REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

Confabulario

Ventura angelina


Juan-Pablo Calderón Patiño

           Para Arnau Muria, que está en su batalla más grande

Las manecillas del reloj parecían estáticas si de una mirada exprés se congelaba en la memoria. El calor afuera apenas dejaba sombras como islotes en la plancha de concreto de las avenidas que en horas pico eran lo mismo que las arterias por donde la sangre del cuerpo circula al máximo confundiendo si es esfuerzo físico o pasión encendida en el alma. De repente, a paso veloz, otra mirada me descubría en un auténtico yellow car, que se movía como látigo entre callejuelas, para salir a una vía de alta velocidad donde como ráfaga que no pierde la dirección, avanzaba frente a la escolta de palmeras que parecían guardianes que guerrean para alcanzar los primeros rayos del sol que a corta distancia del Pacífico aparecían más luminosos.
El retrovisor del conductor parecía en blanco por mi ángulo recostado a un lado de la ventanilla. Desprovisto de ajos, crucifijos y agua de la que dicen es bendita, estaba desarmado frente a la ausencia del reflejo que irónicamente da cuenta de un vampiro. Imposible que lo sea a esta hora en el que el solar aparece como salvador. De repente, los ojos del conductor misterioso aparecen en el espejo retrovisor como murmurando querer una conversación.
-¿Ya de regreso a casa? -con un inglés defectuoso, casi como arrastrando las palabras.
-Sí -por desgracia- hubiera querido más tiempo en la ciudad.
-Tu casa está cerca de aquí. Te escuché hablar con el botón que es mexicano como tú. Esto era suyo en la historia del ayer pero todos sus paisanos se sienten como en su propio territorio. -Exclamaba con firmeza.
-Mi casa es Armenia, ¿a poco sabes dónde está? Nadie lo sabe -me decía entre una pedantería elegante que no ofendía y un juego que terminaba con la pregunta imposible del millón.
-¡Claro! ¡Vecina de Georgia y de Azerbaiyán, en el Cáucaso! -exclamaba casi emocionado como si hubiera ganado el premio del juego, mientras sus ojos de abrían al máximo ocupando un espejo de asombro.
-Ves, armenio soy. No preguntes como estoy aquí. Fui del Ejército rojo, me mandaron a ensuciarme injustamente a Afganistán recién salido de una infancia en el campo, cae la hoz y un martillo oxidado, se deshiela la URSS y ve, soy un loco taxista que pizca el español en Los Ángeles por culpa de mis amigos de Jalisco que me enseñaron a beber tequila. Mi esposa es filipina y me trae de cabeza, pero la amo. En mi patria no son ni 3 millones de armenios pero en el mundo somos ¡casi 10! Te puedes dar cuenta, ¡yo soy uno de esos! levantaba la voz mientras en el horizonte aterrizaba un 747 que dejaba inaudible un breve espacio a bordo del taxi. No me duele el estar lejos de los míos, más bien pobres de los míos que sufren en Armenia y sus políticos haraganes y desvelados con la cruda del capitalismo, pero vaaaa, los que abusan de la labor política están aquí en esta cuna de la democracia moderna, en tu país y en todos lados. Esos malolientes. Nosotros somos más grandes que ellos y sabes por qué Porque dormimos tranquilos. ¡Ellos nunca!
-¡Alégrate, regresas a casa! Me hiciste el día, alguien sabe dónde queda mi patria.
-Me despedía y con un apretón de manos firme y una mirada de mutuo agradecimiento, regresaba a casa. Un avión me esperaba.

Los Ángeles, mayo, 2013.