REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

René Avilés, su tiempo y su obra - Entrevista con René Avilés Fabila 2/2


Abraham Gorostieta M.

La crítica Margo Glantz caracterizó a la generación de los jóvenes escritores que rompían con los parámetros de cómo se hacía o debía hacerse la literatura como generación de La Onda, por su peculiar estilo gramatical que se reflejaba en sus novelas. Estos jóvenes hablaban y escribían como lo hacen los chavos, estaban preocupados por sus propios temas. A ninguno de ellos les gustó el mote, y a pesar de que no lograron hacer un grupo literario, una generación sólida, muchos destacaron por sus obras, su narrativa sobre temas adolescentes. René Avilés Fabila, José Agustín, Parménides García Saldaña, Gustavo Sáinz, Alejandro Aura, Gerardo de la Torre. Con todos ellos, René hizo una buena amistad, cuando recuerda a García Saldaña, inclina un poco la cabeza y con voz suave, casi dulzona dice:
A Parménides lo recuerdo con mucho cariño, lo recuerdo muy bien, a diferencia de Nacho Solares con el que sí he tenido dificultades -por él-. García Saldaña era mi cuate, lo recuerdo con afecto. Bebimos y fumamos mariguana muy gustosamente, algunas veces nos tomamos un LSD, no tuvimos pugnas de ninguna naturaleza, es más, hay ciertos discos y ciertas canciones que él me enseñó, me hizo conocer a algunos grupos de blues, me regaló discos.

¿Y con el Rayo Macoy?, se le pregunta.
Con Rafael Ramírez Heredía tuve muchos problemas. Al principio cuando yo tenía poder, cuando era director de Difusión Cultural de la UNAM y su esposa trabajaba conmigo, Rafael era otro. Porque al mismo tiempo yo era director del suplemento cultural de Excélsior, es decir, parecía tener poder real dentro de la cultura, cosa que me valía madres, a mí lo que me importaba era tomarme unos tragos y ligar. En ese entonces Rafael me trataba sumamente bien, me invitaba a su casa, bebíamos. Tenía fama de bronco, no conmigo, porque quizá yo lo era más Escribí un texto en un libro que le dedicaron a un año de su muerte, por insistencia de Hernán Lara Zavala y Marco Aurelio Carballo y escribí algo que se llama: “Un amigo difícil.” Y es que de repente teníamos encontronazos violentos que parecían concluir a golpes. No fue así.
Y continúa rápidamente con otro de sus amigos entrañables: “José Agustín es mi cuate, nos vemos poco, realmente poco, pero cuando nos vemos nos emborrachamos gustosamente y a soltar todos los recuerdos… los años escolares, nuestros maestros de literatura, nuestra cercanía con las drogas y con el rock…”
Crítico constante del uso y abuso de la cultura del Estado, sus programas y sus burócratas. En cierto punto de esta charla con René, me da la impresión de que es un escritor peleado con la cultura oficial. Se lo comento y le arranco un risa: “Yo también tengo esa impresión -contesta- y quisiera saber el porqué; por ejemplo, nunca me he llevado mal con Rafael Tovar y de Teresa, nunca, simplemente no nos vemos, incluso cuando a él lo nombraron director de Bellas Artes, él fue el que me llamó para decírmelo”.
En las páginas editoriales de los diarios Excélsior y La Crónica de hoy, donde aparecen sus colaboraciones uno puede rastrear una posición férrea en el tema de la burocracia cultural en México. Como un maestro de tiro, lanzó dardos puntuales a la gestión de Consuelo Sáizar tanto como funcionaria del Fondo de Cultura Económica como presidenta de Conaculta. Quizá con el tiempo, la obra periodística de Avilés Fabila sea dimensionada, no sólo en su estética, también en su valor periodístico y ético. No es fácil encontrar opiniones de adulación dirigidas a los más altos funcionarios, sobre todo cuando éstos detentan el poder. René recuerda su virulencia ante la gestión de Sáizar, su intensa resistencia:
Sí lo fui y con sustento y, fueron casi diez años de veto total. Con Consuelo el pleito empezó cuando ella llego al FCE y prohibió mis libros, los desapareció. Me hablaron muy cordialmente y me dijeron que adiós, que se cancelaba todo, que me pagaban lo que me debían y bueno, yo siempre he tenido algún decoro ¡carajo!, entonces no mande a nadie a recoger la pinche lana que me debían.
Está muy mal que la obra de un autor, cualquiera, sea juzgada por las posiciones personales y no por su valor literario. Vi que Consuelo Sáizar no era profesional, he de decirlo, yo hice mal los cálculos y no pensé que fuera a llegar a Conaculta y llegó. Creo que ella debe arrepentirse de haber llegado a este cargo, porque podría estar todavía en el Fondo de Cultura Económica, pues ella arregló las cosas de tal modo para permanecer varios años en el puesto, en fin, se fue. Consuelo es una funcionaria carente de obra, al igual que Sari Bermúdez. La diferencia era que Sari dilapidó mientras que Consuelo dilapidó e hizo fortuna propia. Ahora parece prófuga, ¿dónde está? ¿Dónde sus aduladores de los medios o los escritores a los que enriqueció?

El oficio
¿Cómo se ve como escritor?
He hecho un esfuerzo por escribir cosas de alguna importancia o trascendencia. No creo -y por mucho- ser un escritor del montón. He tenido, eso sí, muchos problemas, muchas dificultades. He sido agresivo, peleonero: comencé mi vida literaria con una novela provocadora Los juegos donde denostaba a todo mundo y eso ha tenido un costo. Lo he pagado. Supongo que como producto de esos inicios, sigo teniendo malas relaciones con el poder, en este caso con el poder inmediato, con el cultural, no creo que ningún escritor le haya ido tan mal dentro de todo como a mí.

¿Se considera un escritor hereje?
De alguna manera sí.

¿Por qué escribió Los juegos?
Es una buena pregunta… Porque no se me ocurrió otro tema. De pronto dije: tengo que escribir una novela sobre pedido -pues yo escribía cuentos y me satisfacía, cuentos que le gustaban a Arreola y que me dieron la beca del legendario Centro Mexicano de Escritores-. Sí, en algún momento de mi vida me pidieron que escribiera una novela, yo no tenía la menor idea, ni siquiera la intención de hacerme novelista, me sentía cómodo con la brevedad, con los textos cortos y de pronto: heme allí, escribiendo una novela, lo único que se me ocurrió fue burlarme de mis semejantes, es decir, de los escritores y de los políticos que yo veía por ahí -que es curioso- y que son prácticamente los mismos de mi juventud.
Y bueno, se hizo un escándalo mayúsculo. Jorge Volpi escribió algo en un libro que fue su tesis doctoral, entiendo, reconstruyendo aquella época terrible: los escritores, los intelectuales en general que se sintieron afectados la emprendieron en contra de mí pero con todo: Fernando Benítez, Juan García Ponce, Humberto Bátiz, Emmanuel Carballo -que era uno de los que me habían encargado la novela-, Carlos Fuentes. Es decir, me peleé con todos los grandes, fue asombroso. Yo era muy joven en realidad.
La verdad me divertí mucho, recuerdo que la primera vez que hablé en Bellas Artes en la Sala Manuel M. Ponce, cuando era una sala exclusiva, no tan democratizada como ahora, en el ciclo que se llamó “Los Narradores ante el público”, me recibió el director de Bellas Artes que era José Luis Martínez y lo primero que me dijo fue: “Bueno, publicó usted Los juegos, ya lo tiene, deje el odio atrás”. No escribí la noevla por odio, sino porque me pareció muy divertido, repuse.
Curiosamente con muchos de los personajes ahí lastimados terminé siendo muy amigo: José Luis Cuevas, María Luisa La China Mendoza; con la edad todo se suaviza, hace poco me encontré en Bellas Artes con Emmanuel Carballo y me dijo: “Por qué no olvidamos el pasado” y a mí me sonó a canción mexicana, a bolero, pero dije pues sí, olvidemos el pasado y volvamos al amor. Ambos estamos viejos. Ninguno le encuentra sentido a morir pleno de resentimientos y aversiones. Imagino.

En retrospectiva, a cincuenta años, ¿qué placeres le ha dado la escritura?
La verdad es que sí produce un gran placer escribir, sobre todo cuando las cuartillas se van acumulando y empieza la historia a tener sentido. Es altamente satisfactorio y placentero, lo demás es lo de menos. Al principio sí me emocionaba mucho cuando aparecía un libro mío, pero después de tantos libros publicados no me llama tanto la atención, sin embargo todavía el fenómeno de la creación, el poder escribir un cuento o un capítulo de una novela me produce una gran pasión.
Nunca me llamó la atención conocer gente. He conocido a muchos escritores y gente interesante. Muchos me los presentó mi padre, otros casualmente, por ejemplo, Andrés Henestrosa se me acercó, a pesar de que fue uno de los agraviados en mi novela Los juegos, y me dijo que él había bebido con mi abuelo, con mi padre, y que le gustaría beber conmigo, y por supuesto a mí me gustaba beber con cualquiera. Y me emborrache con él y nació una excelente amistad. Y así los he ido conociendo, a través del trabajo, en el FCE, en la UNAM, pero no he buscado o querido buscar a alguien. Me pasó con Borges, no lo fui a buscar, llegué a Buenos Aires a presentar mi novela El gran solitario de Palacio y alguien me dijo que si lo quería conocer y dije que sí, lo vi un par de veces en la biblioteca de Buenos Aires, en la calle México, por cierto. Fueron horas intensas, emocionantes. Julio Cortázar vivía no distante del departamento que Rosario y yo habitábamos en París, nunca me atreví a tocar su puerta. Algo parecido me sucedió con Cabrera Infante, cuya dirección me dio Severo Sarduy.

En 50 años como escritor, ¿qué angustias le ha dado?
Básicamente lo que me molesta más que angustiarme, es ver escritores (no importantes, sí poderosos políticamente) que reciben becas, reconocimientos, premios a granel y yo no. Si tú me dijeras: “Bueno, es que tu obra es mala”, lo entendería, pero no, simplemente es por la aversión que le produzco a la burocracia cultural y los grandes premios vienen del Estado. Que no se te dé un premio porque a criterio de alguien eres un antipático, no lo entiendo. Para eso son los concursos: ahí uno tiene que competir, concursar, ver si la obra lo amerita o no. ¿Estamos juzgando a René Avilés Fabila como persona o como escritor? Eso me molesta, que no sea juzgado como escritor sino como alguien difícil, incómodo.

¿Se sobrevive como escritor?
Nunca he podido vivir de la literatura. Lo que tengo se lo debo básicamente a la docencia. Ser profesor de tiempo completo tanto en la UNAM como más adelante en la UAM, me salvó. Ni siquiera cuando publicaron mis obras completas en Nueva Imagen, me acuerdo que me dieron un anticipo de 50 o 60 mil pesos, eso es mucho para mí. Después tardaron en darme algo más por regalías, pese a que ningún libro mío se ha detenido en la primera edición.

¿Qué otra editorial se ha preocupado por editar su obra (FCE; Porrúa; UNAM)?
No sólo Nueva Imagen, el FCE tenía 5 libros míos pero llegó Consuelo Sáizar y los sacó, yo no sé si soy verdaderamente antipático o esta funcionaria heredó los odios de otros. Porque yo ni la conocía, ni sabía que existía hasta que la nombraron en el FCE, en mi vida la había visto, ella dice que sí, me dijo que nos habían presentado en un programa en donde me entrevistó. Era tan insignificante que ni la recordaba.

¿Cómo son sus hábitos a la hora de escribir?
Escribo normalmente temprano. Yo era un hombre desordenado, tremendamente desordenado. Escribía a la hora que era posible, sobre todo porque bebía, no tenía un sistema o un ritmo. Cuando llegué a París en 1970 me encontré que no podía escribir de noche porque el ruido de la máquina mecánica (no había computadoras) molestaba a los vecinos, entonces me prohibieron en el edificio escribir de noche. Lo que hacía era escribir en las mañanas temprano y se me fue creando el hábito. Me duermo a las 9 pm y a las 4 am despierto a escribir hasta las 7 am y al rato me voy a la Universidad. No tomo nada al hacerlo, ni té, ni alcohol, ni un café. Escribo en mi biblioteca, frente a una ventana que da al jardín, pero a esa hora no se ve nada. Simplemente enciendo la computadora y me pongo a escribir. Como ves, he evolucionado. Empecé escribiendo a máquina, mi madre me compró la primera, luego una eléctrica y las siguientes ya las adquirí yo. Me hice de una de las primeras computadoras que se murió de soledad porque no podía con ella, resultaba para mí complicadas las nuevas tecnologías, hasta que al fin pude dominarlas, más o menos bien, y ahora me manejo en Twitter y Facebook. Necesito silencio para escribir, mucho, mi casa es grande, vivo con mi esposa, ella se pone a trabajar en su escritorio y como no tenemos hijos, no hay nadie que ande por allí deambulando o jodiendo.

¿Cómo identificar a su generación? ¿Son herederos del Boom latinoamericano?
No, no. -Es Mempo Giardinelli quien empieza a hablar del Post Boom-, recuerdo que en alguna entrevista que me hizo, somos buenos amigos, él habla que mi generación es heredera del Boom, somos el Post Boom, a mí no me cae el veinte, no me siento vinculado con ninguno de ellos, a todos los admiro: Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Carpentier, Fuentes, como escritores, no recuerdo haber tenido problemas con nadie, simplemente nosotros fuimos una generación que no recibió un nombre adecuado, el que nosotros tardíamente buscamos, y tuvimos cónclaves en donde alguien decía: llamémonos generación de los 40s porque ahí nacimos casi todos; otro dijo: mejor del 68 porque éramos jóvenes y nos tocó y nos marcó esa época, y así estuvimos hurgamos, pero nada nos convenció y no nos pusimos ningún nombre. Hoy somos una generación sin generación, casi como Contemporáneos. Nos hemos perdido de vista y la mayoría desapareció del planeta.
Hace unos meses vi a José Agustín irritado como nunca lo había visto en mi vida, lo conozco desde los 16 años y nunca lo había visto así, ni cuando nos dábamos de golpes contra algunos otros. En Atlixco nos entregaron un premio a los dos. Un reportero le preguntó: ¿Qué piensa usted de La Onda? Y Agustín se puso realmente furioso, exaltado, iracundo y se negó a hablar. En algún momento me tomó del brazo y nos fuimos a un barecito que estaba cerca del Ayuntamiento de Atlixco y nos echamos unos tragos. Carajo, siempre nos preguntan lo mismo.

Periodismo cultural
En 1961 nace el diario El Día, cuyo director era Enrique Ramírez y Ramírez, un viejo militante de la izquierda, quien se creyó eso de que “hay que hacer la revolución desde adentro” y al final le gustó tanto que se dejó cooptar por el sistema. Gracias al subsidio oficial de López Mateos, el diario no se preocupó por la publicidad y restó importancia a las páginas de sociales y le dio relevancia a las noticias internacionales y a las posiciones de izquierda. Incluso, tuvo el tino de establecer una página cultural diaria.
En ese periódico, René comenzó a colaborar escribiendo artículos, entrevistas y notas bibliográficas. Ahí conoció a Arturo Azuela y Raymundo Ramos con quienes compartía el periodismo en El Día, también ya colaboraban los talentosos jóvenes María Luisa Mendoza, Alberto Beltrán, Edmundo Domínguez Aragonés, Arturo Cantú, Miguel Donoso Pareja y José Agustín. La amistad con todos ellos se afianzó a unas calles de distancia, en Filomeno Mata, en la esquina, donde se sitúa la antigua cantina La Ópera, lugar legendario en la historia de la vida cultural mexicana, ahí bebieron personalidades del mundo literario como Fernando Benítez, José Luis Cuevas, Carlos Fuentes y otros más con fama de abstemios como Carlos Monsiváis. Hay pruebas fotográficas. En ese emblemático sitio, a donde ahora sólo van turistas y oficinistas pendejos, Carlos Fuentes festejó a su amigo el novelista norteamericano William Styron por la publicación de la novela La larga marcha. El poeta Alí Chumacero se reunía con alumnos y amigos como Carlos Montemayor, Bernardo Ruiz y Marco Antonio Campos y René Avilés Fabila. El propio René recuerda cómo es que entró a trabajar ahí:
Lo que pasa es que no escogí trabajar en El Día, es el diario que me abrió sus puertas. Tengo un dicho: No estoy donde quiero sino donde puedo. Empiezo en El Día y estoy en estos periódicos mexicanos porque no puedo estar en The Washington Post, o en Le Monde. Doy clases en la UAM porque no puedo estar en Harvard, eso solo puede Felipe Calderón. Simplemente me acerqué a El Día porque me lo pidió un escritor regiomontano, Arturo Cantú, quien ya murió, un especialista de Muerte sin fin, de Gorostiza. Buen cuate, gran persona y le gustaba beber. Nos fuimos haciendo amigos, lo nombran editor de la sección cultural y ahí entramos José Agustín, Arturo Azuela, Raymundo Ramos y yo, fue así como llegue al El Día.

Mientras realizaba su posgrado en Francia, Avilés Fabila enviaba algunas colaboraciones a Excélsior, cuyo director era entonces Julio Scherer, “el único periodista que tiene teléfono directo con Dios y que sólo entrevista presidentes de la República”, cuenta René. Tras la salida de Scherer y un grupo de periodistas de Excélsior, se fundan dos proyectos editoriales, Proceso encabezado por Julio Scherer y el diario Unomásuno, dirigido por Manuel Becerra Acosta hijo, en cuya fundación participa René Avilés Fabila. Becerra Acosta, -cuenta el propio René- era un periodista en verdad notable con un carácter de los mil demonios y muy mal vino. Allí me hice articulista de fondo y hasta hoy no he dejado el género, es donde mejor me siento.
Del Unomásuno pasó al suplemento cultural que dirigía Fernando Benítez en la revista Siempre!, que según Avilés Fabila era “un tipo fabricante de buenas secciones culturales y francamente insoportable”. Y René enfatiza su relato:
Llegué al suplemento de Siempre! no porque Fernando me invitara o yo se lo pidiera, de pronto José Agustín salta a la popularidad con su novela De perfil, mucho más que con La Tumba, y resulta que nadie tiene ni puta idea quién es José Agustín. Entonces José Emilio Pacheco -que junto con Carlos Monsiváis los brazos de Fernando Benítez-, me habla y me dice: “René, tú que eres amigo de José Agustín, puedes entrevistarlo”. “Sí, claro que sí”, contesté y entrevisté a Agustín y fue algo curioso porque a la mitad de la entrevista se cambian los papeles y Agustín me empieza a entrevistar a mí. Entonces Fernando Benítez me empieza a dar tareas pequeñas, entrevistar a éste o al otro y a veces las hacía y otras fracasaba Recuerdo no haber podido entrevistar a Alejo Carpentier, quien siempre estaba ocupado y después lo encontré en París, lo busqué, le recordé que nos conocíamos de México y empezó una cordial, muy cordial amistad. Nicolás Guillén, simplemente no aceptó a pesar de que yo iba de parte de Benítez. Pensó que yo podía ser agente de la CIA. Bueno era plena Guerra Fría y Cuba estaba ya muy vinculada a la Unión Soviética.
Todo iba bien con Benítez, me publicaba, por ejemplo, me enviaba a hacer entrevistas sobre un encuentro de escritores, y yo llegaba a la redacción y llevaba ocho, diez entrevistas, entonces Fernando las veía y leía: entrevista a Monsiváis, “ésta se publica”; Ricardo Garibay, “se publica”; Fedro Guillén “a la basura” y así iba seleccionando y desechando, entonces me sentía apenado con los cuates que les pedí algo de su tiempo para entrevistarlos y Benítez los sacaba a patadas con mucha majadería. Le preguntaba a Benítez: ¿Por qué los saca? ¿Por qué los arroja al cesto de basura? Benítez me volteaba a ver, sus ojos fijos en mí y decía: ¡Porque son pendejos! Pero Fernando -repelaba- qué le parece si las publicamos y así contrastamos la brillantez de sus amigos con la estupidez de quienes no lo son. Benítez, medio majadero neceaba: No, no y no y se acabó, René.

Pero René combinaba sus tareas periodísticas con la profunda convicción de ser escritor, Emmanuel Carballo le había encargado una novela y René escribió Los juegos. Ahí la cosa se desajustó con Fernando Benítez. Así lo recuerda el escritor:
Apareció mi novela de Los juegos y Benítez se puso furioso y hasta un día me reto a golpes en una fiesta donde coincidimos. Un día salieron de una fiesta vespertina, Carlos Fuentes, Fernando Benítez y José Luis Cuevas y yo estaba bebiendo con Eduardo Elizalde y Ricardo Garibay en casa de una escritora feminista, Sol Argüedas. Entonces Fernando Benítez se me va a los golpes, yo lo veía venir y pensaba: ¿qué hace este pendejo, no sabe lo que está haciendo? Él, enano, flacucho y yo, un peleador callejero, si uno toma, tarde que temprano se llega a los golpes y así uno aprende, te digo, era un pelador callejero -pregúntale a Tomás Mojarro al que le di una madriza espantosa por pasarse de listo-. Lo que hice en esa ocasión pues vi que eran tres: Benítez que me quería madrear, Fuentes que se mantenía a la distancia, no decía nada, no se metía, sólo observaba y Cuevas que gritaba y alardeaba. Entonces fui a mi auto por la palanca del gato hidráulico y pensé: al pintor le rompo las manos para que no vuelva a pintar y al enano le voy a poner una madriza que lo dejará orate y hasta embajador será. Salió Sol Arguedas junto con Ricardo Garibay y nos tranquilizaron y los tres que me atacaron se fueron, y en un momento Ricardo Garibay me dice: “Creo que tenías razón, sabes, ¿Por qué no vamos a alcanzarlos y les rompemos su madre?”

De allí pasó a la Revista mexicana de cultura, suplemento cultural de El Nacional, diario del gobierno mexicano. Lo dirigía el poeta español, militante comunista, Juan Rejano. “Un tipazo fantástico y generosos”, aclara René. En 1984 entró a Excélsior que era dirigido por Regino Díaz Redondo por invitación de ese buen periodista que firmaba con el nombre de Nikito Nipongo. En esa cooperativa estuvo cerca de tres lustros, ahí fundó el suplemento cultural El Búho y con esa publicación ganó numerosos reconocimientos, incluido el Premio Nacional de Periodismo que cocedía el gobierno de la República en aquel entonces. El jurado lo encabezaban Rafael Solana, Alberto Domingo y lo presidía Edmundo Valadés.
Pero en un diario la censura llega tarde o temprano, no es una regla general, lo que sí es que nadie puede pedir la renuncia del Presidente y Avilés Fabila pidió la renuncia de Ernesto Zedillo y Regino Díaz Redondo renunció a René y lo sustituyó por el novelista Lisandro Otero: “Salí de Excélsior y cerca de setenta colaboradores se solidarizaron conmigo. De ello nadie supo nada. El colmo fue la ironía barata de Miguel Ángel Granados Chapa que en un artículo escribió ‘que nadie derramaría una lágrima por el suplemento El Búho’. También me corrieron de IMER al llegar Vicente Fox, en ese momento sólo Beatriz Pagés y Carlos Ramírez me tendieron la mano”. El nacimiento de El Universo del Búho lo explica así el escritor:
Nace básicamente, aunque parezca pedante, como una respuesta a un acto de censura y a la convicción de un montón de pintores, músicos, literatos que dicen: “No, se va René y nos vamos todos, y con lo que se pueda hacemos una revista”. Me pareció un lindo gesto, de una gran solidaridad. Por eso formamos la revista. En ella están algunos de los más grandes nombres de la cultura nacional como Silvio Zavala, Premio “Príncipe de Asturias”, que siempre me acompañó. Como Edmundo O’Gorman, Ernesto de la Torre Villar, Martha Fernández, Alberto Dallal, Carlos Bosch, Griselda Álvarez, Andrés Henestrosa… Están desde luego escultores de la talla de Sebastián quien hizo el logo; nos han dado portadas artistas como Juan Soriano, Raúl Anguiano, Roger von Gunten, Guillermo Ceniceros, José Luis Cuevas, Felipe Ehrenberg, muy distintos entre sí, pero que les atrajo el proyecto, la revista. De tal manera, nace como respuesta a un acto de censura, pero además como el deseo de preservar a un grupo que había encontrado una forma de expresarse dentro de un suplemento cultural y en un medio no muy favorable a la cultura. No hay más políticos cultos.

Crítico feroz, Avilés Fabila tiene una regla: no escribir para elogiar pero tampoco para ensuciar. Buscando ser congruente, el trabajo periodístico de René ha tratado de ser una voz disidente y ha apuntado sus dardos en contra de los caciques culturales mexicanos, que son figuras emblemáticas en nuestra historia. Entre sus clientes, se encuentra Carlos Monsiváis. Desde Los juegos hasta “Sueño de una tarde de verano con Monsiváis”, aparecido en Internet, René ha marcado su posición, al preguntarle sobre el origen de este enfrentamiento el escritor responde:
Es una buena pregunta, no sé con exactitud en qué momento chocamos terriblemente él y yo, pues hubo momentos de paz y cordialidad. Lo conocí en el 59 o 60. Era un poco mayor que yo, en esas fechas aún continuaban las obras de Ciudad Universitaria y en el centro de la ciudad aún estaba parte de la vida cultural de México. Los ambulantes no se habían adueñado aún del Centro Histórico y las pistas de hielo no habían borrado aún la huella legendaria de Torres Bodet, Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Salvador Novo... Y ahí nos conocimos Carlos y yo. En donde estaba la preparatoria número 1. Él ya iba de salida y yo fui, por su elevada matrícula, a la siete, en la calle de Guatemala donde ahora es el Palacio de la Autonomía.
En ese plantel fui presidente de la Sociedad de Alumnos y José Agustín era mi secretario de Cultura (si yo hubiera llegado a ser Presidente de la República, Agustín sería mi Rafael Tovar y de Teresa). Le pedí a mi maestro, Alberto Híjar, que si nos daba una conferencia y me dijo: sí y que Monsiváis te dé otra; yo pensé: ¿Quién chingaos es Monsiváis? En fin, nos dieron una conferencia y ahí nos empezamos a tratar. Nunca se entendió con nosotros y en especial con mi cuate Agustín, quien hasta lo ironizó en una poema: “Monsiváis a donde vais/ ni lo sabéis ni lo buscáis…”
Monsiváis vivía en la Portales y yo una parada antes, en la Postal, cerquita. Intentamos hacernos amigos, le presente a José Agustín, intentaron hablar. Yo creo que quizá mi pleito con Monsiváis es herencia de José Agustín. Un día Agustín me habla y me dice: Oye, me habló este puto (Monsiváis) queriéndome dar consejos para escribir, ¿Qué se cree este pendejo? Y escribió los versos satíricos antes citados que ahora han querido convertir en una gracejada. Tengo el original. Eso no le hizo gracia a Carlos y empezamos a tener esa relación de encuentros y desencuentros, no se entendía con José Agustín y eso me provocaba malestar.
Y así comenzó una relación, a veces amistosa, a veces difícil, Avilés relata:
Mucho tiempo después, en San Antonio, Texas, en Nueva York o en Alemania hemos estado juntos Carlos y yo. Nos llevábamos bien, salíamos a caminar juntos, nos burlábamos de todo mundo, pero de pronto se volvía a recuperar esa aversión y luego escribí ese texto de “Una tarde de verano con Monsiváis” y fue lo que supongo le colmó el plato y ya no volvimos a conversar como antes, incluso nos encontrábamos y apenas nos saludábamos. Fue desdeñoso hacia mi generación -él consideraba que la generación de La onda (por aceptar el término de Margo Glantz)- había vulgarizado -plebeyizado decía él- la literatura, a lo mejor tenía razón pero bueno, era divertido. A la fecha, al reunirnos Agustín y yo, Monsiváis nunca sale bien librado.

Se le pide una anécdota y René cuenta con risas:
De Monsiváis tengo un libro norteamericano que produce dos versiones: una, Carlos es intraducible y la otra, es tan “valioso” lo que escribe que nadie se atreve a traducirlo y modificarlo. En ell libro de marras que nos publicaron en la Universidad de Texas, tiene colaboraciones de unos diez mexicanos. Las enviamos con mucha anticipación. Al llegar a San Antonio, juntos, Monsi y yo, casi tomados de la mano, cantando. En el aeropuerto nos dan los libros y obviamente busco mi nombre en el índice y lo veo traducido y luego busco el de Monsiváis y está en español, entonces me acerco al decano y le digo: Oiga, hay un lamentable error, me consta que Carlos envío su texto con tiempo suficiente para ser traducido. Me respondió desolado: Lo dejamos tal cual, no lo pudimos traducir. Nadie lo entendió. Ésa era una característica de Carlos: nunca sabías exactamente qué es lo que había escrito, a pesar de frases deslumbrantes.
Dentro de sus anécdotas, hay un lugar que le trae gratos recuerdos, una legendaria cafetería capitalina: Café La Habana, donde se reunían los periodistas de Excélsior, El Universal, Novedades y El Nacional. Un paseo obligado. “Con un poco de suerte -cuenta René- podía uno toparse con Salvador Novo, Rubén Salazar Mallén, Rafael Solana, José Revueltas, Héctor García (entonces un fotógrafo no tan prestigiado como lo es hoy), Sergio Magaña, Luis Spota, Antonio Magaña Esquivel, Fedro Guillén, Ermilo Abreu Gómez, la guapa periodista y novelista Magdalena Mondragón, Juan de la Cabada, el inolvidable Tlacuache, humorista, literato y diplomático, César Garizurieta, Ricardo Garibay, Manuel Marcué Pardiñas, Juan Rulfo, José Alvarado, Carlos Denegri, Pancho Liguori, eterno enamorado de Griselda Álvarez y un epigramista formidable, cuyos dardos yo también sufrí, Francisco Liguori, José Pagés Llergo, Edmundo Valadés, Alfredo Cardona Peña (de Costa Rica), Otto-Raúl González (Guatemala), Carlos Illescas (Guatemala), Raúl Leyva (Guatemala), Tito Monterroso (Guatemala), y el crítico literario Francisco Zendejas. Con muchos de ellos establecí cálidas conversaciones en el Habana: destacan mis encuentros con Ermilo Abreu Gómez: nunca dejaba de aconsejarme leer a los clásicos y en particular a los de habla castellana. Fue gentil y me firmó con letra pequeña y nerviosa, varios de sus libros, entre ellos Canek”.
Avilés Fabila también ha apuntado sus críticas hacia los deslices literarios, políticos y éticos de la escritora Elena Poniatowska. Al preguntarle sobre el hecho, nuevamente sonríe y responde:
A Elena Poniatowska le tenía afecto, cierta admiración -hablo hasta Lilus Kikus, no a lo posterior- era muy amiga de Juan José Arreola. Cuando fui Director de Difusión Cultural de la UNAM, lo primero que decidí fue hacerle un reconocimiento amplio a Arreola -uno tiene que pagar sus deudas-, y le dije: Maestro, quiero hacerle un homenaje y vamos a hacer esto y esto otro y esto más. Arreola me propuso: Quiero que todo culmine con una mesa redonda donde estén todas mis ex parejas. Maestro, si usted me dice quienes deben estar, yo las busco. Tita Valencia, Elsa Cross y así me las fue mencionando, ahí estaba Poniatowska. Le hablé a Elena, me dijo: No, ¡qué voy a homenajear a ese canalla, es un miserable! (René estalla en una risa), todo fue gracioso -termina la historia-. Tengo cartas, mensajitos, papelitos, libros dedicados por Elena, seguramente ella tendrá cosas mías, en donde se refleja cierta simpatía mutua, cierta cordialidad. El problema hace crisis cuando me niego a aceptar que la izquierda es el PRD, allí es donde empiezo a chocar con personajes con los que tuve una relación respetuosa, distante pero respetuosa. Es un problema más complicado porque es político, soy de esos dinosaurios que quedaron congelados en los libros del marxismo leninismo, a mí no pueden decirme que López Obrador, Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard o Arturo Nuñez son la izquierda. Tampoco he recibido beneficios de los priistas y menos de los panistas, tal como los han tenido la mayoría de los llamados grandes intelectuales. Estoy más cerca políticamente de José Revueltas y Juan de la Cabada que de los citados y premiados por el poder.

La Fundación René Avilés Fabila
¿Alguna vez le interesó hacer novela histórica?
No me interesa la novela histórica. Cuando leí Noticias del imperio me impresionó mucho, me gustó, me hizo reflexionar en ella, un género mucho muy antiguo y hoy de moda por la facilidad de trabajarlo a la mexicana. Noté que no era mi forma de escribir. No busco personajes memorables en la historia, no me interesan. No me llaman la atención, en la mayoría de los casos hay algo de charlatanería y de facilismo: “Vamos a tomar a Hidalgo y contemos su vida como nos dé la gana: que era ligador, y medio homosexual y le gustaba el trago”. Entonces tienes una novela de éxito efímero, olvidable. Muy pocos de la andanada de libros que nos dejó el centenario y el bicentenario se van a conservar como obras valiosas. Estoy de nuevo en la novela amorosa y he regresado con mucho entusiasmo al cuento. Si me publican bien sino también. Seré optimista, siempre hay alguna universidad pública o editorial pequeña que me llama con gentileza, sin esperar a que adule al rector. Tengo enemigos, tú me los has dicho y lo sé bien, pero asimismo tengo muchos amigos y lectores. Lo aprecio en las redes sociales.


Sabe, para hacer esta entrevista pedí la opinión de distintos escritores sobre su obra, los de su generación son elogiosos, incluso, Carlos Bracho me llegó a comentar que usted se robaba los libros de las librerías. Los que vienen después de su generación no se sienten ligados ni atraídos. Me comentan que su trabajo periodístico o de promotor cultural y la propia Fundación lo alejaron de su camino: la escritura.
No lo sé, parece un buen pretexto para descalificarme. Pero uno hace lo que le viene en gana y hasta hoy así ha sido. La Fundación es una carga, pero sobre todo un gasto enorme y entonces tengo que estar escribiendo artículos aquí y allá (lo que no es pecado en alguien que tiene 50 años en los medios impresos) y entonces carezco de la concentración necesaria. La Fundación y el Museo del Escritor me han hecho más daño que beneficio y ahora no sé qué hacer con precisión. Temo por el patrimonio que Rosario y yo hemos formado y que no es en absoluto despreciable hablando de libros y cuadros. Como dije hace poco en Bellas Artes, quizá lo done a alguna universidad pública, de esas que he amado siempre. En fin, no lo sé. Pero dudo que alguno de mis críticos en tal sentido, hayan leído algo reciente de mi producción literaria o los haya invitado a mi casa para que vean mis colecciones. Finalmente, si hicimos la Fundación y el Museo es para regresarle a un sector de la sociedad, lo mucho que grandes escritores y maestros me dieron en la juventud.

¿Hacia dónde va la Fundación?
Pues yo creo que ya no va a ningún lado, los recursos se acabaron. Queda el Museo del Escritor. Nunca he podido obtener un centavo de ayuda, a nadie le interesa, ya me cansé de tocar puertas, ya basta. Espero que la delegación Miguel Hidalgo me diga que vaya por las cosas, los voy a guardar en cajitas muy bonitas y las voy a guardar.
Tienes razón, posiblemente el hecho de poseer un museo y una fundación de apoyo a jóvenes, me ha alejado un tanto de la escritura, no lo había pensado. Sin embargo estoy por publicar dos o tres libros nuevos y viene la nueva versión de El Evangelio según René Avilés Fabila, corregida y sensiblemente aumentada. Ahora te odio, pero no tanto como a mis críticos gratuitos.

FIN