REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 12 | 2019
   

Confabulario

El quibebe del principio del nuevo mundo


Franco Gariboldi

Era como una especie de epilepsia controlada sumada a unas aceitosas transpiraciones y ruidos múltiples de moledora de cascotes, lavarropas sin silenciador y escape de turbina de mediana potencia, que le impedía no sólo escuchar la radio, alguna radio, sino que cualquier tipo de conversación dentro de la cabina del International 52 se debía hacer en tono elevado, casi a los gritos.
Para colmo, venía apurado, pues debía llegar antes del cierre del depósito de la fábrica, allá en Las Toscas, porque si no los muchachos no le descargarían la mercadería, debiendo quedarse haciendo nada hasta el otro día.
El cuerpo le solía quedar tullido, desbaratado, descoyunturados sus miembros, flojas las articulaciones luego de un viaje largo, acusando temblores y espasmos que lo acompañaban hasta la hora de dormir.
Pobre camioncito. No podía ponerlo en buenas condiciones, apenas si era un poco rentable lo que con él hacía, y si tantas veces intentó cambiarlo por uno mejor, nunca le financiaron ni un peso, por su desesperado encuadre económico.
No vendría mal cargar algo de gas oil, así que paró en la estación de servicios de la entrada a Florencia.
Todos los tornillos, chapas sueltas, hierros varios, detuvieron su parloteo, quedando solo la quejosa respiración casi tísica del radiador que con su “ssshhhhh...” prolongado parecía imponer silencio al resto del animal metálico.
Fue un solo acto bajar del catafalco y verla. Ella estaba allí, anunciándose, reclamándolo, llamándole la atención en forma descarada, invitándolo a un placer que le podría acelerar el pulso y calmar la afiebrada mente, desembotar el chisporroteado seso y sosegar el corazón.
Pero decidió que no, mejor que la insinuante y lasciva cerveza helada, se tomaría una delicada, casi insípida e inocente gaseosa, mientras le cargaban combustible.
Fue al baño y pudo ver en el espejo un rostro treintañero pero como avejentado, arrugado, gris, casi triste, muy serio, con indelebles marcas que le iban dejando los sucesivos hechos que minaban su espíritu con un ácido pesimismo, una forma de comportarse y ver la vida totalmente negativa, como con esperanzas y ambiciones adormecidas, siendo conciente que nunca podría, ni en esta ni en la otra vida, alcanzar algo que aunque fuera se pareciese a la bonanza, ya que el término de felicidad le parecía ridículo en su caso.
La ropa sucia, el cuerpo oloroso, las uñas mal cortadas, el cabello desprolijo y unos pocos pesos en el bolsillo.
Después de este viaje ¿qué? Otro y otro y otro, esperando en las puertas de los corralones, parado en las esquinas con el despintado cartel de “Se hacen fletes” indicando su destino, aguardando el llamado de algún ladrillero, o, en casos como éste, un tipo que mandaba de vez en cuando un camioncito con bolsas plásticas.
Pagó, se guardó el vuelto de monedas y billetes arrugados en el bolsillo y subió.
Iba a darle arranque al compañero de correrías cuando oyó que le tocaban la puerta del acompañante con los nudillos. Nudillos de una delicada mano femenina, cuyo rostro emergía en la ventanilla, dispuesto a conversar con él.
No era bonita. Tampoco fea. Tenía un aire a su ex mujer, esa bruja maldita que se solazaba ante cada fracaso suyo, ante cada contrariedad no vencida, ante la batería de calamidades que había representado su vida en común.
Algo en su corto cabello, su mirada directa y fija como de desequilibrada mental, sus pómulos salientes, la dureza de las cejas, guardaban un parecido con aquella otra.
Pero ésta era más flaca, y quizás entonces más inquieta y loca.
Le abrió la puerta para escuchar qué le quería decir.
-Señor, ¿va para Santa Fe?. Perdí el colectivo y tengo que viajar.
Estaba vestida en forma sencilla, humilde, con un gastado bolso al lado y una gaseosa de envase descartable en la mano izquierda.
-Voy hasta acá nomás, a Las Toscas- le aclaró, por no decir un “no” seco, cortante y lapidario- le va a convenir ver algún otro.
-No hay otro, mire- le señaló ella la playa vacía- aunque sea ya me voy acercando ¿no?-dijo mientras comenzaba a subir.
A él no le gustó la intromisión de la desconocida, pero, considerando que eran unos pocos kilómetros y no tendrían oportunidad de hablar mucho, accedió con el gesto, no sin antes aclararle:
-Mire que este viejo bichito bolita es lento, lento y ruidoso ¿eh? Después no diga que no le avisé.
Ella ya se había sentado y mostraba su nuca al intentar cerrar la puerta tratando de entender primero cómo era el complejo mecanismo del original picaporte. Había sonreído cuando él dijo aquello de “viejo bichito bolita”, pero no la había visto.
Al arrancar, ella se estremeció, que era usualmente lo que les sucedía a todos los ocasionales acompañantes que se animaban a viajar con él, y se veían sorprendidos por el hecho que un aparato de tan inocentes y casi graciosas formas pudiese ser el generador de tal ensordecedor ruido.
La vio sonreír.
Con seguridad estaría pensando en la manera en que describiría a su familia, amigos o lo que fuera que iba a ver, esta etapa de su viaje a bordo de la Nave International Modelo 52.
Apenas subieron al pavimento y comenzaron a tomar velocidad, ella abrió el bolsito de manera que él pudiera ver que tenía un revólver.
Un revólver negro, pequeño, agresivo, letal, que amenazaba resolver cualquier situación conflictiva por la vía rápida de la violencia.
Dirigió su mirada del arma a los ojos de la piba, como pidiendo una explicación, pensando que quizás se tratase de una asaltante de caminos que esta vez había errado de víctima. Aunque también podría ser una agente del F.B.I. viajando de incógnito. La mansedumbre de su actitud no dejaba traslucir ningún suceso anormal.
Ella subía a un vehículo y mostraba el chumbo. Qué se le iba a hacer. Con tal que no los parara la cana y se les ocurriese ver que tenía la doña en el bulto, todo andaría bien.
Le acercó en imprevista y peligrosa forma los labios al oído derecho y le casi gritó:
-Es para los que me ven sola, y por áhi se quieren pasar- pronunció el “áhi” muy fuerte, causándole un zumbido chillante.
Comprendió que él entraba en la categoría de peligrosos tipos con aviesas intenciones que podrían querer propasarse con una bella pistolerita.
Por ejemplo, si intentase tomarle una mano para besuqueársela, en pleno día, a la fuerza, en plena ruta, en plena incomodidad de la cabinita del camión, ¿ella lo agujerearía a puro chumbazo? Pero que cosa, ¿no?
Pretendió hacer un gesto como que está bien, mensaje recibido, situaciones de ataque sexual o de la índole que fuera, totalmente neutralizados e inhibidos.
Le mostró el puño derecho con el pulgar hacia arriba, yanqui forma de expresar “comprendido, beibi”.
Anduvieron por espacio de unos cien sacudones más y ella, ya impregnada del tenue vaporcillo de aceite que emanaba del piso de maderas del camioncito, le aproximó otra vez su boca.
-Ando mucho sola por todos lados, así que tengo que cuidarme- y agregó- Ahora me voy a ver un circo que estuvo por acá y me habían ofrecido trabajo, pero de tonta no agarré viaje. Todavía tienen que estar en Santa Fe, porque se quedaban ahí hasta el veintisiete, y hoy es catorce ¿no?
Oscar dijo que sí con la cabeza y la miró directamente, indicándole con el mudo gesto que quería hablarle. Ella acercó su oreja izquierda.
- Y si seguimos hasta donde están derecho nomás- le había dicho como en broma, por no quedarse callado y dejar que fuese ella la voz cantante.
Pareció entusiasmarse con la idea. Repentinamente se le iluminó el rostro, por lo visto, al haber solucionado su viaje en forma tan incómoda.
Aplaudió quedamente y dijo:
-Vamos. Algo también vas a conseguir para vos- pronunciado con tal vehemencia, tal seguridad, que él ya se vio adiestrando fieras, haciendo de payaso, encantando serpientes con una flauta mágica de suave sonido embriagador, practicando doblar el cuerpo como el hombre de goma, o poniendo la inservible cabezota en las fauces de un pulgoso adormecido león loco.
Siguieron otro trecho de sacudones en que los pasaban hasta los monopatines, y fueron descubriendo que no resultaba tan incómodo hablar. Simplemente había que insinuarle al otro que dispusiera su oído y elevar un poco la voz.
Se contaron algo de sus vidas, de los minúsculos dramas que los sometían a prueba cotidianamente. Y se dieron cuenta que el común denominador de ambos, como el de tantos más, era la desesperanza, la derrota.
Sin embargo, la postura de Clara ante los sucesos era muy diferente a la de él, y veía en cada desventura el lado cómico, humorístico, gracioso.
Al llegar a Las Toscas él detuvo el camioncito y le indicó:
-Te conviene bajarte acá, en el cruce para seguir hasta Santa Fe. Espero que consigas algo más veloz.
La cara de ella demostraba asombro ¿es que no habían quedado que seguían juntos hasta llegar al circo?
La seriedad de su rostro al hacer el reclamo lo inquietó, pues la adivinaba medio desequilibrada y sabía que tenía un arma ¿qué podía pasar?
La convenció para que se quedase ahí mientras él ingresaba en la fábrica y hacía bajar las bolsas, suponiendo que al regresar ella ya se habría subido a un moderno camión con aire acondicionado y música en compact disc.
Pero no.
Había aguardado esa casi hora y media sentada en el pasto, como una gitana, con su tibia gaseosa a medio consumir, y el bolsito.
Al verlo venir por el pavimento se incorporó y una sonrisa se colgó en su joven rostro.
Había tomado en serio su promesa de seguir hasta Santa Fe.
Óscar hizo mentalmente la cuenta del gasto que le demandaba el viaje, y vio que con lo que le habían pagado le alcanzaba para llegar.
Paró para subirla, en silencio, y buscó una gomería, ya que recordó tener el auxilio pinchado.
La tarde comenzaba a caer. El gomero les dijo que iba a tardar porque no tenía electricidad por el momento, pero que el corte no duraría mucho.
Aprovechó para sacar del cajoncito su equipo de mate, unas galletas, y se puso a calentar agua en un improvisado fuego hecho con ramitas y maderas que siempre llevaba.
Entonces ella, como al descuido, le dijo aquello:
-Hoy a la noche, si tenés una cacerolita y compramos lo que hace falta, cocino un quibebe como nunca en tu vida comiste uno igual.
La palabra quibebe sonó y retumbó dentro de su frágil cerebro, rescatando reminiscencias dormidas de una casa, un patio, una cocina a leña con solamente dos paredes de barro, allá, en el Chaco, en La Escondida, donde él se quedaba quietecito para no molestar, y mamá preparaba la comida, cortando el zapallo calabaza en trocitos regulares a los que disponía en formación geométrica sobre la oscura y agrietada tabla de la mesa, disponiendo la maicena para agregarla a la leche, echando la sal que se deslizaba en blanca cascada desde sus agrietadas manos de madre viuda, dejando que el olor a palo quemado fuese gradualmente desapareciendo bajo el de la comida tan casera, tan grata, tan rica.
El queso fresco, el tomate, la cebolla, aguardaban para incorporarse al casi puré que se formaba en la cacerola, donde la pimienta daría el toque picante exacto. ¿Cómo podía medir los volúmenes, la temperatura, el tiempo de cocción aquella mujer, para saber el preciso momento en que la preparación estaba lista?
Años, décadas, que no probaba el rico humilde manjar que lo había acompañado tanto durante su niñez y adolescencia.
¿Qué comía, qué carajo comía en el presente? Basura. Cosas impersonales repartidas por un tipo o una tipa que, antes de atenderlo, revisaba el ticket para darle esas hamburguesas plásticas con sabor a estopa.
Cuando se cocinaba él, ya se sabía: churrasco, churrasco y churrasco. ¿Para qué variar?
Y de pronto, esta aparición en su vida que le habla como una cosa natural del olvidado sabor de las cosas buenas, de un quibebe hecho con auténtico zapallo calabaza, con queso fresco y de rallar bien esparcidos, con ajo, leche y aceite bien revueltos, bajo la atenta mirada de quien sabe que está llevando a cabo una operación rayana en la alquimia, en la transformación de los elementos para obtener lo más aproximado a un placer y la ingesta de los nutrientes necesarios para seguir manteniendo vivo al género humano.
El sol se ocultaba justo detrás de ella, formando una especie de aura en su cabeza.
El mundo entero quedó como suspendido, en silencio, generando un instante casi mágico, de conjunción de las fuerzas astrales y los pensamientos internos de cada criatura sobre el planeta.
Se dio cuenta que con ella podría volver a paladear la sensación del quibebe, la de un reviro quesú bien regado con vino generoso, de un yopará que conmueve por su simpleza y la exquisitez de su sabor.
Delicias que, como el auténtico guiso caldudo, o la polentita mbaypú, nunca figurarán en la carta de menú de ningún comedero que se precie.
El la miró como si fuese la primera vez, la descubrió bella, deseable, enigmática y plena, y entonces le preguntó aquello, esperando una respuesta múltiple que le confirmaría lo acertado de su decisión de huir hacia un futuro circense que se le ocurría mejor, adivinando haber encontrado aquella indefinida cosa que tanto inútilmente buscó:
-¿Y qué más sabés cocinar?


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