REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Algo sobre René Avilés Fabila


Ignacio Trejo Fuentes

René Avilés Fabila es uno de los intelectuales más completos que pueda haber: académico, escritor, periodista, promotor cultural… Su desempeño en esas tareas ha sido, es, infatigable: a veces sospecho que en realidad son varios René, porque ¿cómo puede desdoblarse, multiplicarse para hacer tantas cosas? Supongo que duerme poco para no perder el tiempo (dormir es una de las mejores formas de no hacer nada). Por ejemplo, escribe cada domingo en las páginas del periódico Excélsior; los lunes, miércoles y viernes en La Crónica de Hoy, cada semana en la revista Siempre!, lo que parece fácil y no lo es, porque hay que estar enterado de las cosas, del mundo, lo cual implica leer periódicos, escuchar y ver noticiarios… ¿A qué horas?
Tengo la fortuna de conocer a René desde la década de los setenta del siglo pasado: fue mi profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y mi director de tesis de licenciatura; desde entonces me ha brindado su mano abierta, su amistad, y puedo por eso asegurar que se trata de un hombre desbordadamente generoso. Debo decir, a manera de paréntesis, que las estudiantes lo consideraban el profesor más guapo de la Facultad y se peleaban por asistir a sus clases.
En su misión de profesor, René ha formado a generaciones de periodistas y escritores, decenas de prominentes plumíferos que se pavonean por ahí surgieron de las enseñanzas del maestro, y supongo que todos le deben estar agradecidos, como yo, aunque nunca faltan los ingratos, los canallas.
También me ha tocado acompañar a René en varias aventuras periodísticas, como cuando atinadamente dirigió El Búho, de Excélsior y luego la revista El Búho, a secas, que ahora puede consultarse por Internet. Como funcionario cultural universitario ha hecho que publicaran por lo menos un par de mis libros (y los de muchísimos autores más).
Como escritor es asimismo vasto y diverso: ha escrito novelas, cuentos, ensayos, textos memoriosos o autobiográficos y deliciosos bestiarios. Sólo le falta, creo, hacer teatro y poesía (aunque los teatros de otro modo los hace con frecuencia). Sin embargo, de toda esa pluralidad de géneros y temas, es posible distinguir en su literatura de ficción algunas líneas específicas, como lo amoroso, lo fantástico y lo político. Cabe recordar que publicó una de las primeras, si no es que la primera, novela-testimonio sobre los acontecimientos de Tlatelolco 68, El gran solitario de Palacio, que debió hacerse en Argentina porque aquí las cosas eran hierro al rojo vivo. Antes, había publicado la novela Los juegos, donde descalzonó a la clase cultural de México, a la mafia, lo que le valió toneladas de enemistades, algunas de las cuales sobreviven.
Lo anterior remite a un asunto de veras importante: tanto en su literatura narrativa y ensayística como en su periodismo, René ha sabido ponerse los pantalones: ha llamado pan al pan y vino al vino en tiempos en que hacerlo era casi suicida, es decir se atrevió a exhibir los permanentes errores de los políticos de gran nivel, a los empresarios, a los clérigos, a la sociedad misma, cuando eso significaba meterse a la hoguera, al hocico del león que sí era como lo pintaban. Y eso era heroico, porque en estos tiempos cualquier pobre diablo armado de pluma o micrófono y cámaras puede pendejear sin consecuencias al mismísimo presidente de la República. René lo hizo cuando eso era motivo de cadalso y hoguera: los huevos por delante, ante todo.
Hay algo en la literatura de René que no debo omitir. Aun cuando aborde los temas más candentes o dolorosos, lo hace con una serenidad pasmosa, y a veces, muchas, mediante el humor: se ríe de lo que a otros nos haría llorar. Prueba de eso es la novela política atrás mencionada, y la titulada Réquiem por un suicida, acaso una de sus obras más dolorosas y punzantes: ¿cómo puede hacerse escarnio de los pobres tipos que se quitan la vida? Si bien el autor no lo hace en forma directa, propicia que los lectores se encarguen de hacerlo.
Muchas de las novelas de René son, nada sencillamente, bellísimas; pienso en Tantadel, La canción de Odette o El reino vencido. Lo mismo puede decirse de sus cuentos. Y aprovecho para apuntar que el autor se mueve con absoluta naturalidad y eficiencia en ambos espacios, la novela y el cuento, cuando muchos dicen que sólo pueden hacerlo en uno: pobres de ellos. Recomiendo la lectura de sus libros Recordanzas y Nuevas recordanzas, porque ahí encontramos al René vivo, palpitante, el que no se esconde detrás de las tramas y los protagonistas: centenares de historias y personajes que se han cruzado en su vida para bien o para mal desfilan por esas páginas espléndidas. Y por supuesto, hay que leer el relato memorioso dedicado a su madre, pues creo que enfoca uno de los asuntos más entrañables del escritor, tratado a su vez con una voz profunda e íntima.
Dije que en la literatura de RAF abunda el humor, y eso es celebrable en un medio donde los escritores parece que se ponen el frac, la corbata de moñito y las mancuernillas antes de escribir, lo que los hace solemnes hasta el hartazgo y por eso aburridos hasta el bostezo; René supo vacunarse contra ese mal muy a tiempo. Y en la vida misma, pese a sus tortuosidades, él va con la risa y la sonrisa a carne viva, es capaz de hacer chistes sobre sí mismo: lo comprobarán en unos momentos.
Podría seguir hablando días enteros sobre René y su obra, pero no debo ser egoísta. Sé que me reprochará haber escatimado elogios y adjetivos a él y su trabajo, pero ya lo haré en algún libro dedicado expresamente a eso. Por lo pronto, te doy un abrazo, René, y nos veremos en futuros, merecidísimos, homenajes.