REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 12 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su laberinto


Alonso Ruiz Belmont

Los jóvenes en la Rusia de Putin

El 31 de diciembre de 1999, Boris Yeltsin anunció sorpresivamente su renuncia como presidente de la Federación Rusa a través de un mensaje televisado en cadena nacional. Por voluntad expresa de Yeltsin y en apego a lo dispuesto por la constitución de aquel país, el primer ministro, Vladímir Vladímirovich Putin (ex oficial de la desaparecida KGB) se convirtió ese día en presidente interino de la nación y se desempeñaría simultáneamente como jefe de Gobierno. Tras ocho años en el poder, Yeltsin heredaba a su sucesor una grave crisis económica y un gobierno debilitado por fuertes pugnas internas al interior del Kremlin.
El 26 de marzo de 2000, Putin candidato del recién formado partido Rusia Unida, ganó la primera vuelta de las elecciones con 56% de los votos. El 7 de mayo tomó posesión como nuevo presidente. Este hombre frío e implacable efectuó drásticos ajustes en la política económica y en la estructura del Kremlin, orientados específicamente a retomar todos los hilos del poder. Su principal objetivo era sacar al país de la recesión y terminar con el caos imperante. Académicos como Leslie Holmes y Michelle Man, afirman que el Estado emprendió una nueva estrategia de desarrollo destinada a recuperar el control de los sectores estratégicos de la economía (petróleo, gas, energía nuclear y la industria militar) sin romper con el orden capitalista. El nuevo sector público tendría a su cargo la gestión mayoritaria de las empresas más lucrativas. El régimen contaría así con los recursos financieros necesarios que permitirían mejorar la calidad de vida de la población y recuperar la posición hegemónica que el país había perdido en la geopolítica internacional. Economistas como Aleh Tsyvinski, Sergei Guriev y Peter Rutland señalan que, entre 2000 y 2008, el país registró altas tasas de crecimiento, la pobreza y el desempleo disminuyeron significativamente. Las enormes reservas de gas y petróleo de Rusia convirtieron al país en uno de los principales abastecedores de gas para Europa (suministrándole una tercera parte de su consumo total) y en el segundo productor mundial de petróleo. En su libro Putin’s Labyrinth (Random House, 2008), el periodista Steve Levine afirma que a partir del año 2000 el incremento en los precios internacionales del crudo comenzó a generar ingresos espectaculares para aquella nación. La nueva potencia emergente liquidó la totalidad de su deuda externa, comenzó a invertir en el mercado especulativo internacional y aseguró 200 mil millones de dólares en un fondo de emergencia. La clase media comenzó a expandirse y experimentó una prosperidad económica sin precedentes. Putin logró un segundo mandato en 2004 al ganar las elecciones presidenciales de aquel año con 71% de los votos. La constitución rusa no le permitía presentarse para un tercer mandato consecutivo, así que el 8 de mayo de 2008 Putin entregó la presidencia a su compañero de partido, Dimitri Medvédev. El expresidente fungió como primer ministro en dicho gobierno hasta 2012 aunque, en realidad, siguió controlando todos los hilos del poder.
Entre 2000 y 2008, el presidente Putin brindó a los ciudadanos de Rusia una aparente sensación de orden, estabilidad y renovación. El jefe de Estado ganó aún más credibilidad al proceder legalmente contra algunos de los más poderosos empresarios del país como Boris Berezovski, Vladimir Gusisnski y Mijaíl Jodorkosvi, a quienes imputó graves acusaciones de corrupción (en realidad el móvil era estrictamente político). Así, este hombre rudo, frío y sin carisma, había logrado alcanzar índices de aprobación ciudadana mayores al 80%. Según Levine, Putin fomentó la indiferencia política de sus compatriotas difundiendo exitosamente una agresiva retórica nacionalista antioccidental con tintes xenófobos: Rusia debía recuperar su pasado glorioso y ocupar la posición estratégica, que por derecho le correspondía, como la nueva potencia del siglo XXI. Propiciando este razonamiento, el líder autócrata acusaba a todos sus detractores, así como a sus más peligrosos rivales políticos, de ser instrumentos de las potencias occidentales y traidores a la madre patria. Fue así como, por aquellos años, amplios segmentos de la sociedad rusa toleraron el rápido desmantelamiento de la libertad de expresión, las crecientes violaciones a los derechos humanos, así como el bloqueo y la persecución sistemática de todas las organizaciones en las cuales militaban buena parte de los principales líderes políticos opositores al régimen. Rusia se convirtió en una fachada democrática, un sistema político que había dejado de tener elecciones libres y democráticas.
Los efectos que esta retórica nacionalista autoritaria ha tenido entre amplios sectores de la juventud pueden ser apreciados claramente en el documental Putin’s Kiss (2012), de la cineasta danesa Lise Birk Pedersen. La cinta, filmada entre 2007 y 2010, muestra la breve y exitosa trayectoria política de Masha Drokova, una joven adolescente que a los 15 años se incorporó en la organización juvenil progubernamental Nashi (“nosotros”, en ruso).
En 2005, un movimiento democratizador en la República de Ucrania, conocido popularmente como la Revolución Naranja, había logrado anular el fraude electoral que el candidato proruso Víctor Yanukóvich perpetró en contra del opositor Víctor Yúshenko. Este último se convirtió en el nuevo presidente de aquella República y desarrolló una política pro occidental que afectó los intereses de Moscú. Algo similar había ocurrido en la República de Georgia en 2003 tras la llamada Revolución Rosa. Temeroso de la influencia “desestabilizadora” que dichos episodios podían ejercer en la Federación Rusa, Putin comisionó en 2005 la formación de Nashi, una idea inspirada en el Komsonol (las juventudes comunistas). Su objetivo era organizar a los adolescentes apolíticos y educarlos en el culto a la personalidad del presidente. El virulento nacionalismo antiopositor, antioccidental, xenófobo e imperialista del líder ruso se convirtió en la ideología de Nashi. La agrupación se autodefinía tramposamente como un movimiento “democrático, antifascista y anti oligárquico” aunque en realidad era exactamente lo contrario. El papel estratégico que desempañaban sus militantes era realizar espectaculares mítines progubernamentales en las principales plazas de las ciudades más importantes, neutralizando así la capacidad de los movimientos opositores para tomar las calles y manifestarse.
Drokova nació en 1990 en Tambov, un poblado al sureste de Moscú. Masha es una joven adolescente brillante y ambiciosa, que decidió mudarse sola a la capital para proseguir con sus estudios con la intención de realizarse profesionalmente. Convencida de que Putin había construido un nuevo país del cual se sentía orgullosa, la chica se une a Nashi y decide incursionar en la política. La inteligencia y el carisma de Drokova la posicionan rápidamente como una de las voceras más importantes del grupo. Rápidamente se gana la confianza de Vasily Yakemenko, el oscuro líder de la organización, convirtiéndose en su principal asistente. La idealista Masha, una atractiva, talentosa y persuasiva oradora, se revela como una joven promesa política, un activo importante para la cúpula dirigente del frente. Su potencial hace eco en el Kremlin. El presidente ruso organiza un encuentro público ante los medios y felicita a Masha por su convicción e ideales. Acto seguido, la joven le pide inocentemente a Putin permiso para darle un beso en la mejilla en señal de agradecimiento y éste acepta sin reparos. La imagen le dio la vuelta al país y Masha Drokova se volvió famosa en Rusia como “la adolescente que besó a Putin” (una frase que encerraba maliciosas e infundadas connotaciones sexuales). La lealtad y el compromiso de Drokova hacia Nashi son recompensados muy rápidamente. A Masha le obsequian un auto y un cómodo departamento. También la ayudan para que pueda presentar un examen para ser admitida en la Universidad Estatal de Moscú, donde se inscribe para estudiar la carrera de Administración de Empresas. Con el apoyo del gobierno, entre 2008 y 2010 la joven fungió como conductora y productora de Rusia.ru, su propio talk-show televisivo. En éste, comentaba temas políticos de actualidad y debatía con toda clase de invitados, incluso opositores al régimen. Drokova se convirtió en una celebridad mediática de la era Putin.
La protagonista conoce entonces a Oleg Kashin, un periodista independiente con quien desarrolla una amistad. Kashin es un crítico implacable de Putin y un vivo retrato de la prensa no oficialista (permanentemente acosada y silenciada por el Kremlin) que denuncia cotidianamente el autoritarismo del régimen, las constantes violaciones a los derechos humanos, así como la corrupción imperante en las altas esferas del gobierno; un sector de la sociedad civil que lucha por la democratización del sistema político en ese país. El nuevo amigo de Masha tampoco simpatiza con Nashi, considera que es un peligroso instrumento para alimentar la intolerancia política y la violencia hacia los opositores al régimen. Kashin y la joven tienen puntos de vista radicalmente opuestos, pero ambos defienden sus argumentos de modo pacífico y amigable. Poco después, Drokova conoce a otros colegas amigos de Oleg en varias reuniones informales, los debates continúan y la atmósfera de respeto nunca se rompe. Sin embargo, gradualmente Masha se topa con una compleja realidad y percibe que el disenso es un elemento indispensable en una sociedad democrática. Sus nuevas amistades no agradan a la cúpula de la organización juvenil y la adolescente es advertida que debe romper todo vínculo con los opositores.
El 6 de noviembre de 2010, Oleg Kashin fue atacado por varios desconocidos afuera de su departamento y recibió una brutal golpiza que casi le costó la vida. Kashin pasó varios días hospitalizado en terapia intensiva con múltiples fracturas. Oleg responsabilizó a Yakemenko de haber ordenado el ataque, en represalia por los artículos del primero en contra de Nashi. Inmediatamente, todos los amigos y colegas de Kashin realizaron una campaña pública para exigir justicia y castigo a los responsables. Masha decide unirse a las protestas y apoyar a su amigo. Con su valiente actitud, se gana el respeto de varios periodistas. La joven descubre así el lado más oscuro de la organización en la que milita, pero se halla ante una encrucijada y debe tomar una decisión. Poco después, Drokova decidió salir de Nashi y abandonar la política; ha conservado su amistad con Kashin, pero mantiene su admiración hacia el presidente. Masha se distanció por igual, tanto de los grupos pro gubernamentales, como de la prensa independiente. Actualmente, es una exitosa administradora que dirige el área de relaciones publicas en Runa Capital, una empresa de capital de riesgo que financia nuevas compañías en el sector tecnológico ruso. ¿Cómo fue que Putin logró concentrar todo el poder y controlar una nación entera sin que personas como Masha se diesen cuenta?
El proyecto económico de Yeltsin, basado en una agresiva política de choque, privatizaciones masivas y liberalización a ultranza, había resultado un estrepitoso fracaso y empobreció a la mayoría de la población. Las más importantes empresas estatales habían sido vendidas a un grupo selecto de individuos. Estos corruptos empresarios rápidamente construyeron inmensas fortunas al amparo del poder y se convirtieron en los hombres más ricos de Rusia, fueron conocidos popularmente como “los oligarcas”. Su enorme influencia política era incuestionable. Al interior de este grupo se hallaban Berezovski, Jodorkovski, Gusisnski y Roman Abrámovich, entre muchos otros. Putin hizo un pacto estratégico con ellos: quienes conservasen su lealtad hacia él y se abstuvieran de competir políticamente conservarían sus fortunas y no serían procesados por sus delitos. Muchos aceptaron, pero algunos deseaban continuar ejerciendo el poder. Berezovski, Gusisnski y Jodorkovski desafiaron al nuevo presidente. Los tres fueron perseguidos. Berezovski partió al exilio en 2001, murió en Londres el 23 de marzo de 2013. Gusisnski, también debió exiliarse en 2001, actualmente reside en España. Jodorkovski fue detenido en 2003 y sentenciado a nueve años de prisión por fraude, pero en diciembre de 2010 recibió una condena adicional por desfalco y lavado de dinero que lo mantendrá encarcelado hasta 2017.
Entre 1991 y 1999, la influencia de la mafia rusa se había tornado hegemónica en la vida del país. Sus redes se extendieron alrededor del mundo y la violencia del crimen organizado en la nación se salió de control. Por aquellos años, dicha organización controlaba cuatro quintas partes del sistema bancario nacional. Entre 1998 y 1999, Vladimir Putin había sido director del Servicio Federal de Seguridad (FSB, por sus siglas en ruso), heredero de la extinta KGB. Levine afirma que al llegar a la presidencia, el nuevo jefe de Estado pactó con la poderosa mafia rusa a cambio de que ésta detuviese la violencia callejera, guardase un bajo perfil y no desafiase su autoridad. Durante sus tres mandatos presidenciales, la mayor parte del primer círculo de Putin ha estado integrado por los llamados siloviki: miembros o ex miembros de los ministerios del Interior, Defensa y el FSB. Aproximadamente 78% de las puestos más importantes al interior del Kremlin, Rusia Unida, los ministerios gubernamentales y las empresas públicas se hallan en manos de este grupo. El FSB mantuvo los vínculos que había desarrollado con el crimen organizado, en adelante operaría como una red de matones dedicada a realizar todo el trabajo sucio necesario para proteger los intereses del presidente y sus siloviki. Putin creó una nueva generación de fieles y corruptos oligarcas que, al igual que sus predecesores, han construido inmensas fortunas al amparo del poder político. Los periodistas David M. Herszenhorn y Andrew E. Kramer, del diario The New York Times, afirmaron en marzo de 2012 que en este nuevo grupo figuran empresarios como Arkady R. Rotemberg, Yuri V. Kovalchuk Gennady N. Timchenko y Vládimir Litvinenko. Sin embargo, el tamaño de estas redes bien podría rebasar los límites de lo imaginable. En abril de 2012, el analista político Stanislav Belkovsky calculó que el presidente ruso podría tener una inmensa fortuna de aproximadamente 70,000 millones de dólares. Ésta se halla convenientemente oculta del escrutinio público, pero es cada vez más difícil de esconder, tomando en cuenta una gigantesca residencia valuada en 1,000 millones de dólares que se está construyendo en la costa sur del Mar Negro y cuya propiedad se le adjudica.
Los trece años de la era Putin han estado marcados por acontecimientos particularmente sanguinarios. En 1999, la invasión de Dagestán por milicias integristas chechenas y una ola de atentados terroristas en las ciudades rusas de Moscú, Buynaksk y Volgodonsk (atribuidos también a dichos rebeldes), permitieron que el entonces primer ministro iniciara una segunda intervención militar en la República secesionista de Chechenia que terminó casi diez años después. La primera guerra había tenido lugar entre 1994 y 1996. Se estima que en ambos conflictos murieron cuando menos 160,000 personas. El inicio de la segunda guerra en 1999, elevó la popularidad de Putin y le permitió alcanzar la presidencia. En octubre de 2002, un comando de rebeldes chechenos ocupó el Teatro Dubrobka de Moscú y mantuvo como rehenes a 850 personas durante tres días. Un cuerpo especial del FSB utilizó un peligroso gas anestésico de origen opiáceo para poder tomar por asalto el teatro e iniciar un rescate; 130 de los rehenes murieron intoxicados al no recibir atención médica oportuna y alrededor de 700 sufrieron secuelas irreversibles. En septiembre de 2004, otro grupo de terroristas ingusetios y chechenos secuestró una escuela en Beslán, Osetia del Sur, tomando alrededor de 1,100 rehenes (777 de éstos eran infantes). Tres días después, las fuerzas de seguridad del gobierno ruso iniciaron un ataque para liberar a los prisioneros. En la operación murieron aproximadamente 380 personas, entre las víctimas se hallaban 186 niños. Tanto en el episodio del Teatro Dubrovka como en el de Beslán, las familias de las víctimas acusaron al gobierno de Putin de haber actuado con negligencia al no respetar la seguridad de los rehenes. Muchas de las personas que exigieron el esclarecimiento total de los hechos recibieron amenazas de muerte.
La inmensa lista de críticos y opositores al régimen que han muerto asesinados en más de una década (sin que los autores intelectuales de estos crímenes hayan sido identificados o procesados) incluye a los periodistas Ana Politkovskaya (2006), Anastasia Baburova (2009), Natalya Estemirova (2009), Yuri Shchekochikhin (2003) e Igor Dominkov (2000); al exiliado disidente Alexander Litvinenko (2006); al político Sergei Yushenkov (2003); o a defensores de los derechos humanos como Nikolai Girenko (2004) y Stanslav Markenov (2009), por mencionar sólo algunos.
Hacia 2008, el crecimiento de la economía rusa comenzó a disminuir y los salarios de la población empezaron a estancarse. La escandalosa corrupción minó gradualmente la legitimidad del régimen. El fraude gubernamental en las elecciones legislativas de 2011 marcó el inicio de multitudinarias protestas ciudadanas en Moscú en contra de Putin. La clase media salió del letargo. Decenas de miles de personas tomaron las calles exigiendo reformas democráticas; las protestas continuaron durante el año siguiente, antes y después de las elecciones presidenciales de marzo. Vladímir Vladímirovich obtuvo 63.6% de los votos y consiguió un tercer mandato, pero un importante frente opositor multipartidista ya se había conformado. El activismo de ciudadanos y políticos como Boris Nemtsov, Alexei Navalni, Gary Kasparov, Grigory Yavlinsky o Sergei Udaltsov, supone un enorme e impredecible desafío para Putin. El presidente ha reaccionado con nuevas leyes que han endurecido la represión a los opositores, al tiempo que la sociedad se polariza entre partidarios y detractores del régimen.
A mediados de 2012 el gobierno decidió desmantelar Nashi, temeroso de que sus cuadros pudiesen disputarle su hegemonía al líder del Kremlin. El antiguo frente será remplazado por una nueva organización juvenil sin ningún peso político, que únicamente realizará tareas de educación cívica. Sin embargo, en un artículo publicado el 20 de marzo, Tatyana Stanovaya, analista del Institute of Modern Russia, señaló la posibilidad que el presidente emplee estrategias de movilización pública aún más violentas e intolerantes, utilizando a movimientos abiertamente reaccionarios y ultraconservadores en sus intentos por reprimir el creciente descontento ciudadano.

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1 Putin’s Kiss; Dinamarca, Rusia; 2012. Dirección: Lise Birk Pedersen. Producción: Helle Faber
Edición: Janus Billeskov Jansen, Steen Johannessen.