REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los buenos frutos de Metepec


Martha Chapa

Si bien Metepec es conocido como uno de los municipios más prósperos del país, lo cierto es que esta comunidad de 70 kilómetros cuadrados, conurbada con la capital del Estado de México, también brilla en el campo de la cultura.
La fama de sus artesanos, la mayoría de ellos alfareros, ha trascendido no sólo los límites del Estado de México, sino también las fronteras nacionales gracias a la originalidad de sus llamados árboles de la vida, ejemplo único de la amalgama entre las tradiciones indígenas seculares y las creencias religiosas occidentales. Para ser auténticos árboles de la vida estas bellas piezas de barro deben contener cinco elementos básicos: Dios padre, Adán y Eva, y el sol y la luna. Toda una cosmogonía paradisiaca.
En este pueblo mágico se le tiene gran aprecio al sol, ese astro que moldean en barro las manos prodigiosas de verdaderos escultores que generación tras generación dan vida a la cultura popular. Porque la artesanía es la principal actividad del municipio: además de alfareros, hay talabarteros y hacedores de vitrales. De hecho, existen más de 300 talleres familiares dedicados a la producción de artesanía, y sus creaciones se envían a toda la república e incluso se exportan a diversos países.
Metepec tiene, además, un patrimonio arquitectónico que esplende lo mismo en el Templo del Calvario que en la parroquia y el Convento de San Juan Bautista. El primero, construido en el siglo XVIII, es de estilo neoclásico, que se aprecia en su fachada e interiores. Se accede a él por una pronunciada escalinata rodeada de jardines y explanadas, desde la cual se aprecia toda la ciudad.
El Convento de San Juan Bautista y su parroquia franciscana son aún más antiguos: datan del siglo XVI y son un claro ejemplo del estilo barroco de la época. Aunque, hay que señalar, el santo patrono del lugar no es San Juan sino Isidro Labrador –el santo patrono de la agricultura–, venerado en los templos y fuera de ellos con fiestas como el paseo que lleva su nombre, donde se conjugan expresiones culturales (yuntas, flores e instrumentos del campo) que recuerdan el pasado de la localidad: un pueblo lacustre y de labriegos.
La gastronomía típica de Metepec también es digna de mención y, sobre todo, de degustación. Ahí están la barbacoa y los antojitos de maíz. Pero lo que más llama la atención es el llamado taco de plaza, que se prepara con ¡18 diferentes ingredientes!, entre los que se cuentan el chicharrón, pata de res, acociles, charales, nopales, guaje, pápalo y chile verde. Como en el propio municipio lo señalan, se trata de una atrevida y deliciosa combinación. Y para acompañar el taco, una típica garañona, bebida a base de hierbas, de color verde y sabor dulzón, a la que se le atribuyen propiedades medicinales y afrodisiacas.
Y hablando de leyendas, siempre me ha llamado mucho la atención que en pleno centro de Metepec, un sitio tan elevado y alejado de las costas, luzca portentosa la figura de una enorme y bella sirena hecha de barro. Se trata de la Tlanchana que, cuentan las historias, era una mítica mujer con cola negra de serpiente. Hay que recordar que hace largo tiempo ésta fue una región lacustre en la que vivían pequeñas comunidades de pescadores matlatzincas y otomíes frente al Nevado de Toluca y cerca de lo que hoy es el Río Lerma. De ahí proviene la leyenda indígena sobre esta bella mujer que se aparecía entre las aguas de los manantiales; un ser voluble, dicen, que en ocasiones ayudaba a los pescadores a llenar sus redes y otras veces atraía a los hombres para llevárselos a las profundidades de las aguas. Con la llegada de los españoles a la región, la cola de serpiente acuática de la mítica Tlanchana se trocó en cola de pescado, que al parecer les resultaba menos amenazadora a los conquistadores.
Desde el 14 de septiembre de 2012, Metepec está catalogado como Pueblo Mágico por ser una tierra de costumbres y tradiciones de gran arraigo, que al lado de su pujante desarrollo conserva su esencia cultural y su ambiente tradicional.
Y es que tanto las autoridades como los habitantes de este municipio se han interesado en hacer de él un lugar idóneo para las expresiones culturales y artísticas de todo tipo. Así, por ejemplo, desde 1991 se realiza el Festival Internacional Quimera, cuyo lema es “La cultura en octubre”. Su propósito es hacer converger las expresiones culturales no sólo del municipio o el estado, sino de todo el país, en lo que se considera un espacio apropiado para mostrar la creatividad de México. Así, durante 10 días Metepec se viste de cultura y en todo tipo de foros y plazas se realizan actividades culturales y artísticas de muy diversa índole. Se eligió el mes de octubre para este importante festival a fin de conmemorar el 15 de octubre de 1848, fecha en la que Metepec fue reconocido como Villa por haber albergado los poderes del estado luego del avance de las tropas estadunidenses en la ciudad de México.
Además, a lo largo de todo el año hay una gran actividad que se despliega en las múltiples casas de cultura con los más diversos talleres de pintura, letras, música y exposiciones diversas. Sabemos, por cierto, que en ocasión del Día del Libro se hizo una toma simbólica del Palacio Municipal para colocar hileras de libros en su puerta principal. Una acción ingeniosa y eficaz a favor del hábito de la lectura.
Metepec significa “habitantes de la tierra de maíz” o “en el cerro de magueyes”, según se traduzca del matlatzinca o del náhuatl. En cualquier caso, es cultura junto a desarrollo social y económico, visión a la que hoy se le da un mayor impulso con la acertada administración que encabeza la presidenta municipal Carolina Monroy del Mazo.
Así, parafraseando aquella sentencia bíblica de Mateo: “Por sus frutos los conoceréis”, bien puede afirmarse que Metepec tiene y ofrece muchos y muy buenos frutos.

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