REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

EL NARCISO PERFECCIONISTA

Para Amaya Lasa Arana vs Jesús Sánchez Rivera, a partir del 12 de julio

“Si me lees te leo”, es frase que circuló en el ámbito periodístico del siglo XX, para protegerse de los redactores narcisistas que salían a la calle listos a recibir elogios a diestro y siniestro. No esperaban el comentario espontáneo, sino que preguntaban qué les había parecido lo publicado. Como la cocinera que acaba de servir el guisado y pregunta ansiosa qué tal le quedó. A veces había respuestas demoledoras. No pruebo mazacotes, era una, ni papazales, otra.
Hubo imitadores con frases de dudoso ingenio. Estoy leyendo a Homero, era una excusa. Releo a mis clásicos, decía otro y voy apenas en el siglo de oro español. La cosa era sacudirse al latoso busca fans a mansalva. Circuló de manera profusa la respuesta de un redactor de medio pelo: “No estoy leyendo a nadie porque influyen mi estilo y me lo echan a perder”.
Lo cierto es que entre los autores hay grandes lectores que no necesitan presumir sus lecturas. Tampoco acuñar frases para sacudirse a los cretinos caza lectores a fuerza.
Sin embargo podía crearse un personaje semejante al que se protegía diciendo si me lees te leo. Un personaje, Feldespato, que no sólo lea por el placer sino también por razones de trabajo. Entonces en cierta situación declara: “Si tengo que leer una novela, leo una mía, la que esté escribiendo”. Si los maestros dicen que el primer requisito de un libro es que debe gustarle al autor, ahí está la justificación. Tendría el privilegio de ser el primero. Los personajes serían a mi gusto. Podría efectuar ajustes de cuenta con personajes desagradables.
Estoy leyéndome, dijo Feldespato en la primera oportunidad. Tiene ventajas. El uso del lenguaje, porque no me gustan todas las palabras, y me desagrada el mal uso del tiempo de los verbos porque no entienda lo que pretendan decirme. Así que si leo lo que escribo de antemano tendrá que gustarme. No he descubierto desventajas. Si las hallo te cuento. El único gusto hallado es corregirme y mejorarme. Quizá es el peor Narciso, el perfeccionista. Odio lo mal hecho.


CABEZA DE MOMIA
El primer síntoma de normalidad aparente que tuvo, tras la intervención quirúrgica fue que volvió a tener sueños y, peor, pesadillas. Nunca le interesó interpretarlas como para buscar mensajes del más allá. Por ejemplo al soñar con amigos muertos. Incluso trataba de rehuir todo pensamiento obsesivo para evitar su regreso en forma de pesadilla. Por eso le asustó que la princesa le contara del esposo de una amiga caído de la cama y que despertó en un charco de sangre. Era extrañísimo. Quizá llegó a casa golpeado y la pérdida de sangre lo hizo desfallecer. La historia llegaba en mal momento, recién operado del cerebro. Lo peor que podía suceder es que el subconsciente se la devolviera hecha pesadilla. Tomó precauciones. Tendió un cerco de suaves almohadas y delgados cojines en torno a la cabeza. Como sucede con muchos escritores, en casa está prohibido contar sueños. Son demasiados y todos sueñan. Él está de acuerdo en que el único autor que hizo literatura con su experiencia onírica, y formidable literatura, fue Kafka. También comparte la opinión de Ricardo Garibay de que es una torpeza interrumpir un cuento o novela para narrar el sueño de un personaje.
Por fin tuvo la pesadilla. A riesgo de cometer la torpeza: el caer de la cama recién operado, se llevó las manos a la testa y se palpó con delicadeza. Más o menos recordaba la densidad de la sangre… Por fortuna había sido un rozón en su oreja derecha con la gaveta del buró. ¿Pasó algo? Preguntó la princesa. No, le dijo para no asustarla, un raspón en mi orejita. ¿Te cuento el sueño? No, ¡claro que no!, dijo ella.
Me lo contaré a mí mismo, dijo:
Sueño que mis hijos están de niños en la ventana asediados por un piquete de gandules de mayor edad. Intervengo. ¡Cabeza de momia!, gritan al verme vendado. Empujan las hojas de la ventana y lanzan trompadas hacia el interior. Entonces respondo con jabs, violentos. Así que caigo de la cama. ¡Ja, ja! ríen los gandules. Cabeza de momia se cayó de la almohada en que andaba. Tengo una turbo, me digo, y con título.

EL PAÍS DE LAS COLAS SIN FIN
Cuando le propusieron un volado, Feldespato, lo rechazó de inmediato. Le desagradaba resolver así los conflictos, a mediados del siglo XX. Prefería razonar y persuadir o disuadir con argumentos no con monedas arrojadas al espacio. Pero se trataba de sus paisanos de Pepetitongo y amigos de barrio. Le habían abierto las puertas del apartamento estudiantil y la cuota de 60 pesos mensuales, por el techo y una de las tres comidas incluida era una ganga. Sólo había que escoger una de las obligaciones indispensables: lavar platos, ir al mercado por los insumos de la comida o por las tortillas. Un volado, dijo Pepe Chong, o iba por las tortillas o al mercado. En la cola de las tortillas corría el riesgo de encontrarse a las chicas del barrio, a Luzana por ejemplo. Sería ridículo, dijo Pepe, aspirante a que un día su pueblo se llamara “Pepititongo de José Fredy Chong Solís”. ¿Prefieres verlas en la fila del pollo?, le preguntó a su amigo. ¿O en la cola de los bisteces o de los jitomates? Mira a dónde vinimos a parar, a la gran urbe, sí, dijo Pepe a la gran urbe de las colas sin fin. Si le calculas bien puede tocarte a cierta hora la cola corta de las tortillas. Se lo contó a Luzana esa tarde mientras hacían fila para entrar al cine. Luzana le señaló con un dedo a un chamaco que recorría la fila desplazándose en cuclillas. Fue cuando sintió el cepillo en los mocasines y vio la mano extendida. Tuvo que descompletar el dinero que llevaba para el refresco y las palomas de Luzana. “Qué país”, le dijo esa noche a Pepe, “el país de las colas sin fin. Hasta pagas mientras esperas turno en cualquier sitio”.