REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Pasan los días, pasan los meses y Cronos no detiene nunca su marcha. Las manecillas de los relojes se mueven implacables y en una carrera dispareja se suceden los segundos, atrás de ellos “corren” los minutos y atrás de estos las horas con parsimonia ceremoniosa avanzan inmutables. Y luego el desfile anual de las Estaciones que siempre marchan puntuales: al Invierno -que nos hace beber el vino- le sucede la Primavera, pasa ésta dejándonos una estela de flores rubicundas y sensuales; y sin más aviso llega hasta nuestras almas giratorias el Verano -y nos provoca y nos invita a quitarnos la ropa que estorba los juegos lúdicos-; y campante llega el Otoño -el que nos convida a ver la caída de las hojas y a escuchar el concierto de las pisadas en el tendido montaraz de la hojarasca-; y cuando menos lo esperamos irrumpe a su debido tiempo y en la Estación precisa la tormenta que nos obliga a guarecernos en la cueva y allí en la penumbra quieta abrazar aún más fuerte a la mujer que tirita. Y si es noche de relámpagos furiosos, más furiosos se tornan los besos y los abrazos, más furiosos se deslizan por las pieles manos y dedos que a cada deslumbramiento centran mejor su objetivo amado. Y las bocas, en el aquelarre luminoso, van a todos los rincones habitables y rinden culto candente y voraz a las lecciones de Venus.
Y cuando es el tiempo del Sol, cuando es la hora de los calores intensos, cuando el Rey lanza sobre nosotros sus candentes rayos, yo también lanzo a los cuatro vientos las camisas y los pantalones y todo lo que oculta lo inocultable, y llamando con voz profunda, como llamada de la selva, a María, a Renata, a Martha y a las once mil vírgenes, a que hagan lo mismo, a que sólo se vistan con el aire, con las brisas marinas, con los vientos alisios, con la luz de la luna llena, que cubran su cuerpo con las nubes tempraneras, con la bruma matutina y con el vapor de los helechos, y así, ya sin las ataduras del algodón y de la seda, pasar por los cuerpos ansiosos las manos con dedos como de seda y de algodón.
Y si del frío se trata, si de las temperaturas bajas es el tema, si del hielo y de la nieve es el cuento, entonces el recurso usado por generación tras generación, de hombres y mujeres de ayer, de hoy, el hoy -que es igual al de antaño- lo vivimos plena y totalmente, sin resabios, sin corajes, sin protestas. No, quién se atrevería a protestar de la caída de una nevada si yo, por ejemplo, contemplo su blancura y siento lejano su frío desde mi estudio al que calienta el fuego de la chimenea y que un vino tinto esparce su olor en la pequeña estancia y que Anna, recostada en la alfombra ofrece su cuerpo como los pájaros ofrecen su vuelo giratorio a la pareja, como el león que ruge para ser escuchado por la amante leona que ruge más fuerte todavía, Anna, cuya boca parece decir la oración que acercará a la otra boca; boca que clama, boca que pide, boca que implora, boca que manda, boca que merece ser atendida sin tener en cuenta ni tiempo, ni espacio, ni frío, ni hielo. Sí, bienvenido el Invierno. Bienvenido el frío. Yo lo recibo con los brazos abiertos sabiendo que los de Anna, para mí, permanecen más abiertos que las puertas del Paraíso, más abiertos que el horizonte que se divisa desde el desierto del Sahara.
Afuera los copos tiñen de blanco todos los rincones del bosque, los pinos son fantasmas inmóviles que quisieran meterse por la ventana, y el espacio exterior se cierra para que no se cuele ninguna luz, ni la de la luna ni la del sol poniente ni la de las estrellas que habitan en la Vía Láctea. Amo el Invierno crudo, amo los icebergs, amo los témpanos, amo los mares helados, amo las ventiscas que azotan al Everest, amo los fríos polares, pero más amo los iglúes porque dentro está Juana o Antonia o Josephine o Jane y allí dentro, en la soledad que rodea a este refugio, está una mujer que va a dignificar el soplo de vida, que va hacer del día o de la noche un cántico al amor, que va a tornar lo helado en el calor que la piel exhala y que yo, pegado a ella, pegado como carne al esqueleto, gozaré de su magia plena de lujuria, gozaré de sus caricias que a mi cuerpo le devolverán el calor suficiente para renacer y para seguir en el juego de nunca acabar, en el juego corporal que tiene siglos de haber sido establecido.
Y bueno, amigas insumisas, amigas no pripanistas, no me pregunten por qué hoy no lancé mis dardos venenosos a las nalgas de los políticos mexicas, a esos seres a los que López Velarde calificaba como “…los políticos sin sexo de la ciudad de México, en la que están domiciliados tantos misérrimos individuos”. O como los trataba el poeta Amado Nervo: “Me duele tanto desvarío. Me duelen las peleas de hermanos. Los políticos están destruyendo nuestro país. Sólo buscan el poder”. Y esto, amigas, está dicho hace ya más de cien años, duele, y mucho, pues en México vivimos en la inseguridad total en la bancarrota moral, en el robo, en el fraude, y todo cometido, permitido, tolerado y hecho por los políticos a los que los poetas mencionados ponen en su lugar: la basura.
Bien, el tiempo, como arriba indico, sigue su marcha, así que ahora me despido. Y que gocen del vino y del frío y de los abrazos. Eso es mejor y más reconfortante que las noticias de los robos de los políticos. Vale. Abur.