REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Una presencia perpetua


Jorge Ruiz Dueñas

La originalidad es improbable pero posible. Una cauda de influencias nos construyen tanto como la vida misma. Somos la suma de todas las vicisitudes de nuestra existencia. Mas no siempre los hechos literarios operan en el sentido del seguimiento de un sendero que ha de bifurcarse cuando se encuentra la voz propia. No es necesario un poema o un relato para iluminar el camino a elegir, aunque sean el canon literario. También un gesto puede tocarnos el espíritu. Como a los antiguos navegantes, las señales de la bóveda celeste en movimiento perpetuo determinan nuestra singladura por triangulaciones extrañas del azar o conscientes de la elección de rutas alternas para no llegar antes de tiempo a la caída libre del fin de nuestro mundo.
En mi formación inicial de poeta tuvo particular presencia la narrativa. Apenas el recuerdo de versos al desgaire que intempestivamente soltaba mi padre en voz alta, me traía la cadencia de la poesía mexicana de principios del siglo XX: por sus razones filiales, Amado Ruiz de Nervo por delante. La lectura incipiente de versos sueltos en libros consagrados por el regusto nacido del íntimo decoro, no era comparable con la avidez y el impulso de mi madre en la lectura de la novela europea (en particular los rusos) y americana, aunada a la recomendación insistente de los “muchachos” de su época, según su propia expresión: Fuentes y Del Paso como buques insignia. Con su intuición natural vio desde 1963, tras la lectura sin censura de Un día en la vida de Ivan Denísovich el inevitable éxito de Soljentitzin. Pero no fue requisito la sugerencia de sobremesa o epistolar de la familia para llegar al torrente maravilloso de Gabriel García Márquez. Quizá fue la explosión celebratoria de la grata sorpresa en las letras latinoamericanas y alguna de las recurrentes pausas de la universidad, lo que propició mi lectura y asombro por Cien años de soledad. Aún me recuerdo en esos días sentado en la entrada del edificio de mi departamento compartido de estudiante bajo el sol del verano de 1967, porque el instinto me decía que el repaso de aquella “biblia latinoamericana”, como sintetizó entonces la obra María Luisa “la China” Mendoza, requería de raudales de luz desde donde pudiese ver cómo pasaba la vida en mi calle y en Macondo.
Para entonces, en medio de la gimnasia de poemas desorbitados había caído en la tentación de escribir un relato con intenciones de novela. Por circunstancias peculiares mi memoria personal inicia en la casa de mi abuela materna en Jalisco. Un viaje de mis padres a California con el afán delirante de instalar una pequeña fábrica mexicana en el corazón del capitalismo más poderoso del orbe, propició que, como decían los antiguos, “cobrara uso de razón” en el ambiente bucólico de un pueblo al pie de la majestuosa Sierra Madre Occidental. Años después, la lectura de El llano en llamas y Pedro Páramo trajeron a mi mente, contra lo que dicen algunos críticos, la esencia de aquellos poblados que vi en la niñez y la adolescencia. No era un lenguaje fermentado, sólo estaba luminosamente decantado como el aroma de las huertas y el humo de la yesca ardiente. Tuve la fortuna de conversar esto varias veces con el propio Rulfo en su pequeña oficina del Instituto Nacional Indigenista cuyo ventanal daba a la breve calle de Alfonso Caso. Por extraño que parezca le consultaba con relativa frecuencia para trabajos de derecho agrario. Ésa era la excusa, y él me preguntaba por el origen familiar detectado en los apellidos y su trasiego de burguesía rural y sí, él no sólo conocía la región sino cada uno de esos pueblos y su gente con gran detalle y me entusiasmaba compartir una memoria común. Yo respetaba su silencio cuando caía como en trance, recargado el cuerpo contra el muro y una pierna doblada para apoyar el pie contra la pared mientras fumaba en largas bocanadas, casi inmóvil como atlante de arquitectura helénica. A veces, con los brazos cruzados, lentamente giraba el rostro y la mirada clavada en una realidad inasible. Ese mismo gesto avivaba mi recuerdo de los hombres de aquellos lugares, reproducida la postura en la alquería que circundaba la plaza y engarzados en la misma parquedad de palabras, inmóviles, severos, exhalando el blanquecino humo de sus cigarrillos de hoja.
Para entonces la pretendida novela era un recuento de aquella atmósfera, pero no una toma de conciencia del propio ser. Lo sabría más tarde con la lectura y relectura morosa de James Joyce. Quizá me hubiese sido posible retornar a la conmoción de aquellos personajes plenos de furia contenida que emergían con el aguardiente, arropados por mariachis templados en medio de los empedrados y los aires de José Alfredo Jiménez entre el contrapunto de disparos al aire y emigraciones al Norte, tempranas aún, cercanas al impulso de la aventura y no a la necesidad. También retomar el sonido del viento recorriendo las haciendas perdidas y los ranchos ya decadentes por el peso de la modernidad hasta tornarse en remolinos en el campo de labranza a punto del barbecho. Pero no era eso lo que había cautivado mi infancia, sino algo más cercano a aquellas historias desbordadas de Gabo. La huella permanente estaba en el manto de estrellas que coronaba la noche de aquellos pueblos sonrientes, sus flores a la vera de los arroyos fuera de madre en época de lluvias cuando partían el espacio en riberas cercanas donde los hombres, las mujeres y los niños, con estupor y cierto regocijo presenciaban el suceso anual de ver las aguas que dejaban su transparencia cotidiana por el color de la tierra mientras arrastraban ganado, islotes y árboles destroncados, para dejar luego cuencas al pie de las montañas tapizadas de flor de San Juan.
Contar las vigas del techo en la noche, escuchar el verraquear y los chillidos en la madrugada que anunciaban la matanza, o escurrirse bajo la sombra de los guayabos silvestres en ojos de agua donde la luz plateada de los charales se arqueaba a mediodía, era mi propio Macondo. El humo dulce de los trapiches, las espigas de las mazorcas rubias igual a las niñas del vecino, los helados con frutos secos, el aroma del pan horneado en casa, la colina después del jardín pletórico de rosas y frente al corredor, inmenso entonces, desde donde se veía en la colina un pequeño ato -como alacena en movimiento- pastar lentamente a la manera de una imagen de Marc Chagall, pero sobre todo, el rostro de la sorpresa, eran formas renacidas de las páginas de García Márquez. El fin de semana con la llegada del cine itinerante donde el público llevaba su propia silla, el amor de los jóvenes floreciendo tras los lienzos de piedra que terminaban en rapto o en tragedia, la estrepitosa y periódica invasión de comerciantes que tomaban por asalto la plaza y el atrio de la iglesia, o el misterio de la feria iluminada con hachones y el perfume del ocote quemado cuando en una jaula con vidrio se contorsionaba una anaconda en el cuerpo de una mujer forrada en lentejuela que igualó en mí la sorpresa de conocer el hielo: de todo eso quería escribir. Contar la breve historia de mi prima Amelia que como Remedios la bella, también pudo elevarse a los cielos hasta que la muerte la hizo no regresar jamás justo cuando cumplía quince años. Pero después de aquel verano de 1967 supe que sobre eso no se podía decir nada con más belleza y precisión, pues el talento de García Márquez había narrado el Génesis de nuestro mundo. En este caso, no añadir innecesarias letras al corpus literario es igual a evitar las malas copias de discípulos anónimos de Filippo Lippi, porque en el caso del Gabo no habrá un Botticelli que honre con justicia al maestro.
Tiempo después, a su manera, León Felipe me reconvino por dejar en intentos de novela el esfuerzo que debía a la poesía. Por ello, mi visión narrativa habría de tomar un largo aliento sin palabras a partir de 1969, cuando inicié mi propia peregrinación al espacio joyciano de la Torre Martello, de Dublín hasta Estambul para retornar a Occidente atravesando la Plaza del Comercio en Lisboa tras las huellas de Fernando Pessoa y el fado de Amalia Rodrigues. Vendrían más libros del gran autor y noches de lectura con renovados azoros. Como el entusiasmo es contagioso, ese primer viaje tuvo una escala en Nueva York sólo para compartir durante algunas horas en el aeropuerto JFK la alegría de esa literatura con mi mejor amigo de la época estudiantil, Guillermo Salcedo Castañeda, joven de Barranquilla que había colgado la bata blanca de la medicina para intentar abrazar la de la pintura. Ese lapso lo dedicamos en la semioscuridad de un bar a intercambiar sin reposo nuestras impresiones sobre lo leído hasta entonces de nuestro admirado novelista. Después, por intermediación de Álvaro Mutis, a quien tanto debo y admiro, conocería a Gabriel y a Mercedes. Llegarían entonces otras profundas lecciones para mi existencia, como el agua de mayo en la tierra dormida.
La vida literaria y la hagiografía están llenas de ingratitudes y malicia donde algunos trepan sobre el cadáver de otros, y el afán de lastimar sólo logra reafirmar por escasos minutos a quienes ya viven tocados por la vileza. Por ello, encontrar un talante como el de Gabriel García Márquez, preocupado por los demás, es insólito. Le he visto conversar en tertulia sobre cine con mi hijo Alonso, entonces adolescente, como un entusiasta más y no como lo que es, un gran ariete del cine latinoamericano. Nada le ha inhibido mostrarme su justificado recelo a los aviones ante fallos de una nave impotente sobre el Valle de México, mientras efectuaba incesantes revisiones al estuche de la máquina que resguardaba la última versión de El amor en los tiempos del cólera, porque no deja de ser antinatural que surquemos los aires, pues, el hombre de nuestro tiempo debería recordar como los victoriosos generales romanos, que sólo somos eso (Respice post te, hominem te esse memento). Me ha dado su tiempo y atención, y hasta un “salvoconducto” personalísimo para Norberto Fuentes (a quien nunca pude ver en la Habana), y ha visitado mi casa sabiendo que nos honraba, siempre con la sencillez del que llega a puerto seguro riñéndome afectuosamente y a tiempo cuando la edad de muchos obligaba ya a poner barandales a las múltiples escaleras de la casa. No ha tenido empacho en revelarme vericuetos del idioma con su impecable cuidado, a contrapelo de sus sugerencias por simplificar la gramática. Sin proponérselo siquiera, en muchas ocasiones también me ha lanzado mensajes oportunos sobre lo verdaderamente valioso de la existencia: los seres que uno ama; compartir los momentos de alegría con los amigos; apoyar siempre sin denuedo los sueños de los hijos; confiar hechos delicados que antes no eran conocidos porque la confianza en la discreción ajena es una apuesta de la amistad; transitar con decoro y elegancia de alma hacia el silencio que nos espera a todos sin dejar de prodigar una sonrisa y una palabra para saber de uno y de los nuestros, a través de Arcelia, la más sensible mensajera de la familia, porque él y Mercedes saben bien que la vida puede ser una empinada cuesta pero una palabra generosa también hace más ligera la travesía.
Empero, la literatura del hombre de Aracataca tiene singularidades que han marcado nuestras letras. Él nos ha reafirmado en la necesaria presencia de nuestro origen como único punto seguro en el trazado de la vida. “El hijo del telegrafista” como él con grandeza se ha llamado, nos ha demostrado una vez más que la literatura está en nosotros, en la calle, en la pequeña tragedia de la gente, arropados todos por la tradición oral que es la primera fuente de la historia y de la narrativa. Hacer de la cotidianidad una verdad literaria requiere un talento superior y el escalpelo de una mirada amorosa y escudriñadora. Tal es su mérito. El gran Gabo sabe que es bueno reafirmarnos en nuestra realidad hispanoamericana y caribeña, tantas veces sea posible, porque la pérdida de nuestra identidad sería la muerte de nuestra esencia universal. Narrar con poesía la reducción de la naturaleza sobre mantos de caseríos y ríos en la crujiente pisada de hojas marchitas bajo los pasos del Coronel, y ver subir, como hemos sido testigos de oídas de la ascensión de las niñas bellas rodeadas de una floresta flotante sin necesidad de más magia que el imaginario popular, es parte del legado de este hombre irrepetible que ha sabido estar a la altura de la circunstancia humana y escribe en nuestro pensamiento mágico notas diarias e invisibles de periodismo donde se incuba la crónica de nuestros días.
Cuando en el año de 2007 en Cartagena de Indias, con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, se le brindó un homenaje intenso por vivificar nuestro idioma, le recuerdo en el banquete. En su mesa departían él y Mercedes con presidentes, el señor William Clinton, primerísimas figuras de nuestra literatura y el presidente de la Real Academia. Recuerdo entonces su saludo y abrazo cálido, pero sobre todo el brillo de su mirada para comentarme los muchos días que ya tenía en su tierra y los muchos más que esperaba permanecer allí. Con ello, me decía otra vez, cómo siempre ha de acompañarnos el orgullo por lo que somos y de dónde venimos. Tengo para mí que ésas son influencias inmerecidas en cuanto a la cercanía para expresarlas, que me han enriquecido por encima de los alamares literarios y, de alguna manera, al tocar nuestras existencias de familia, me ha impulsado a ser menos imperfecto aun en la palabra escrita. Siempre, claro, como decía Montale, para vivir nuestro tiempo con el mínimo de cobardía para nuestras débiles fuerzas.