REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Monolingüe sin remedio
Sin dudas, Feldespato admitió desde siempre la necesidad de leer y escribir en otro idioma. Pero fracasó. Hubiera querido escribir “ha fracasado” y darle otra oportunidad. Sé que habemos los negados para otros idiomas. Y debe haber razones científicas. Aunque ignoro qué clase de consuelo sea ése. Un mal que debe atacar a muchos. Sabía cuándo empezó todo. Con el rock y con las películas. Quería aprenderse las letras de las canciones y acaso tararearlas. Si algún día me encontraba a Claudia Cardinale, a Sofía Loren o a Brigitte Bardot en una rueda de prensa caería a sus pies prosternado y murmuraría en inglés o en francés: “My darling quiero toda la vaina contigo”, frase de moda entonces para declarar el amor de manera contundente. “Contigo, o con usted, porque era muy tímido”. “¿Y qué pasó?”, le preguntó con sorna la Princesa Petunia Flowers. “¿A poco se te olvidó el ‘my Darling’ a la hora de la hora?” Fui de curso en curso, dijo él. De profesora en profesora. Renunciaban de hecho a darme clases. Mi lógica en español era aplastante e inaguantable cuando trataba de aplicarla en el inglés o en el francés. ¿Qué hiciste? Pensé en para qué diablos gasto energías tratando de leer y de escribir en un idioma que no es el mío. Yo tenía uno y en “ése” habían escrito Don Quijote, Pedro Páramo y Cien años de soledad, así como un puñado de hermosos poemas. ¿Olvidaste el otro idioma? Todavía me di otro chance. El tropezón fue gramatical. Porque si ambicionaba escribir el Quijote II, Pedro Páramo II o Cien años de soledad II tenía que aprender bien, pero muy bien los intríngulis de la gramática. ¿Y? Y me quedé en los diptongos y los triptongos, en cómo acentuarlos. Cuando llegué al inaccesible y descerebrante “hiato” me dije ahora intentaré de nuevo el inglés. En ésas ando.

Incomunicación
Sí, comunicarse es cada día más difícil, admitió la princesa. Habían comentado la actualización del lenguaje a veces para mal. Es la vida, dijo ella. Aprende a lidiarla. No es la vida que quiero, dijo él. Pero tal y como diría el clásico aquí nos tocó. ¿Siempre ha sido así en tu caso? Siempre. ¿Siempre y más o menos igual?, insistió ella. Hay algo peor, o simpático según se vea. ¿Sí? ¿Qué? La jerigonza, la jerga. Los tecnicismos de los oficios y de las profesiones. La de los médicos por ejemplo. ¿Te acuerdas? empezaron porque no se les entendían los garabatos en las recetas. No creo que haya sido un problema de caligrafía, sino la jerigonza. ¿Es lo peor que has vivido? Peor porque en una de ésas tu vida está de por medio. Pero de chamaco, en unas vacaciones entré de aprendiz a un taller mecánico. Mi padre estaba preocupado. Quinto de primaria pintaba pésimo para su hijo mayor. Sería un mal ejemplo para los cinco hermanos menores. ¿Aprendiste? No sólo no aprendí a bajar y a desmontar el motor de un carro, la gran hazaña perseguida, sino que ni siquiera sé cambiar con destreza una llanta. ¿Perdiste el tiempo? No, confirmé mi gusto por las palabras. ¿Cómo fue eso? Ahí escuché por primera vez “la madreseca enzapatada del diferencial” y su sinónimo “la cachafrana de la pizpirigüeta del diferencial”. ¿No te parece ingenioso? ¿A ti sí? Cuando menos mejor que los médicos, aunque éstos sean académicos. ¿Por qué lo dices, tú, un hipocondriaco?, dijo ella. Cuando el paciente les pregunta por las causas de cierta enfermedad, que ni te curan, responden: “Criptogénesis…”, que, preguntando, puede ser que descubras un día que tu mal es, según ellos, de origen desconocido.

El osado José Agustín
Se cree que para contrarrestar a la mafia literaria de los años sesenta del siglo veinte había que ser osado no timorato ni modesto ni humilde. Sino asumir una actitud como la del pintor José Luis Cuevas. Quizá por eso, José Agustín le dijo lo que le pidió al editor de Joaquín Mortiz, Joaquín Diez Canedo, que le editara su segunda novela De perfil, tras el éxito de venta de su primera historia de adolescentes, La tumba. El editor le ofreció tres mil pesos de adelanto a cuenta de regalías por derechos de autor, como es costumbre en el ambiente editorial. José Agustín le dijo que necesitaba cinco mil, el costo de la máquina eléctrica de escribir portátil que él deseaba comprar. Algo semejante a poseer hora una compu portátil. Esa cantidad se la damos pero a Carlos Fuentes, dijo Diez Canedo. “Yo soy mejor”, replicó irreverente, como era de esperarse, José Agustín. El editor de Joaquín Mortiz modificó, sonriente, el cheque de tres mil a cinco mil pesos.
Años después le pudo haber ido mejor a un escritor tamaulipeco, si no fuera porque durante una conferencia de prensa declaró que él era mejor escritor que Juan Rulfo, autor de una de las mejores novelas mexicanas Pedro Páramo y del libro de cuentos El llano en llamas. Medio mundillo editorial se le vino encima, es probable que no por desparpajado sino que, aunque muchos lo duden, pocos toleran el elogio en boca propia, no por cínicos, sino por malcriados.
Sin embargo Antonio Delgado, escritor tamaulipeco, dijo una frase, que le ha sido útil a más de un escritor principiante que lee las declaraciones de los escritores en busca de orientación, de tips. Esa frase de Antonio Delgado fue: “Hasta cuando no escribo, escribo”. Suficiente para que, en la búsqueda de su significado, hallar caminos.

El país de las colas sin fin
Cuando le propusieron un volado, Feldespato, lo rechazó de inmediato. Le desagradaba resolver así los conflictos, a mediados del siglo XX. Prefería razonar y persuadir o disuadir con argumentos, o que lo persuadieran o disuadieran, y no con monedas arrojadas al espacio. Pero se trataba de sus paisanos de Pepetitongo y amigos del barrio. Ellos le habían abierto las puertas del apartamento estudiantil y la cuota de 60 pesos mensuales, por techo, incluida una de las tres comidas era una ganga. Sólo había que escoger un deber: lavar platos, ir al mercado por los insumos de la comida o por las tortillas. Un volado, propuso Pepe Chong, o iba por las tortillas o al mercado. Lo detuvo el riesgo de encontrarse a las chicas del barrio en la cola de las tortillas, a Luzana por ejemplo. Sería ridículo, dijo Pepe, aspirante a que un día su pueblo se llamara “Pepetitongo de José Fredy Chong Solís”. ¿Prefieres verlas en la fila del pollo?, le preguntó su amigo. ¿O en la cola de los bisteces o de los jitomates? Mira a dónde vinimos a parar, a la gran urbe, sí, dijo Pepe, a la gran urbe de las colas sin fin. Si le calculas bien a cierta hora puede tocarte la cola corta de las tortillas. Se lo contó a Luzana esa tarde en la fila para entrar al cine. Luzana le señaló con un dedo a un chamaco que recorría la fila desplazándose en cuclillas, cepillo de bolero en mano. Fue cuando sintió la cepillada de los mocasines y vio la mano extendida. Tuvo que descompletar lo que llevaba para el refresco y las palomas de Luzana. “Qué país”, le dijo esa noche a Pepe, “el país de las colas sin fin”. “Pagas mientras esperas turno en cualquier sitio”.