REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Confabulario

Gitanísima


Franco Gariboldi

Fue hace no mucho tiempo.

No vayas a creer que tanto ha pasado. Apenas unos hechos relevantes en la vida de un tipo cualquiera.
Y algún resto de tiempo muerto, repetición infinita de las mismas situaciones.
Todo comenzó durante mi niñez, niñez casi adolescencia, en mi barrio de calles de tierra, trompo, barrilete y bolita ¿te ubicás? Allí, la llegada de los gitanos constituía motivo de fiesta, distracción, comentarios. No sé si en todo el barrio, pero sí sé que en nosotros, los pibes, despertaba la curiosidad, nos
ponía inquietos y parlanchines.
Luego de armada la carpa del miserable circo se daban, como siempre, a recorrer las polvorientas calles ofreciendo un sinnúmero de objetos de poco valor. Creo, hoy, que no era tanto la venta lo que les interesaba, como el regateo, el probarse como mercachifles.
Ellos, de cada cosa que ofrecían, tenían el valor del precio pagado en la mente. Comenzaban pidiendo -desde ya- mucho más, e iban desarrollando la conversación de manera que parecían acceder a los pedidos de rebaja, pero incrementando la compra en cantidad. Reventaban sus bolsos de anteojos, peines, hilos, tijeritas, espejitos, imágenes de santos suplicantes y vírgenes impávidas, de muñequitos color caca, destapadores, pitos y los consabidos ungüentos mágicos. Nuestros ojos no terminaban de pasar revista al cargamento, nuestros oídos de comprender, que ya estaba la gitana vieja, la gitana gorda, la gitana bien peinada ofreciéndose para adivinar la suerte. Desde ya, siempre se dirigía a los mayores.
Tras una conversación en la que cada una de las partes recitaba lo suyo, comenzaba con sus augurios.
Siempre resultaban cosas vanas, sencillas, que a nosotros nos sonaban a profecías ciertas. En algún momento -siempre, inexorablemente, ya fuera porque quien se hacía adivinar el futuro fuese la hermana mayor, o porque una mirada de mamá daba a entender que venía una pregunta secreta- en el mejor momento nos dejaban afuera.
Nunca pudimos oír el final de esos augurios, en los que la gitana terminaba casi siempre opacando la voz, haciendo ademanes ampulosos, gesticulando con el rostro y el cuerpo, y terminaba con unas frases que deberían implicar cierto silencio sobre el secreto develado. Así las cosas. Así las cosas hasta el día en que en el barrio dio por parar la carpa de Jacinta. No eran cirqueros. No vendían baratijas. Comerciaban cacharros, casi todos de cobre. Grandes cacerolas, diminutas fuentes, vasijas, lámparas de aceite.
Jacinta, con voz pastosa estaba ofreciendo a mamá unas hermosas jarras. Hermosas pero caras, imposible de lograr que alguien del barrio gastase su dinero en un objeto así.
Yo fui llegando (cierro los ojos y me veo) por el caminito, desde la bomba de agua a la entrada del terreno.

Al advertir mi presencia, el rostro de Jacinta se transformó. Dejó inconcluso lo que estaba diciendo, frenó los movimientos de sus manos, apoyó en la tierra la jarra que en ese momento tenía, y, señalándome con un huesudo y ensortijado dedo, me dijo:
-Ven aquí.
Mamá y mis hermanos mayores se dieron vuelta, para ver qué clase de espectáculo se iba a desarrollar.
Con su mano izquierda me tomó del hombro derecho y me puso la otra palma sobre la frente.
Rezó una extraña letanía nunca antes ni después oída por mí. Entrecerró los ojos, fue bajando el volumen de su voz hasta quedar en silencio. Así, en silencio, transcurrió un largo (al menos así se me hizo a mí) momento. Podía adivinar a mis espaldas las risas contenidas de mis hermanos, los codazos que se daban, la curiosidad de mamá.
Al fin Jacinta habló:
-Este niño ha de tener fortuna. La más grande que se pueda imaginar. El oro que quiera. Ni en toda
esta vida ni en la que se viene podrá gastarlo. Ni todo lo que trabaje y gane llegará a esto -y se señaló el
filo de la uña- comparado con lo que va a tener.
Este niño recibirá una herencia, o algo así. Su fortuna será muy envidiada y comentada.

Creí advertir alguna luminosidad, brillo o no sé qué muy similar a las lágrimas en los ojos de la gitana.
Interrumpió su acto, no habló más de la venta de jarras ni de ninguna otra cosa, recogió sus bultos y se fue rumbo a la carpa, sin decir adiós.
A todos nos llamó mucho la atención, pues ni siquiera pidió algunas monedas. También, que su discurso hubiese sido tan corto comparado con los que normalmente solían efectuar las gitanas.
A la hora de cenar, papá, ya enterado del suceso del día, me estuvo embromando junto a mis hermanos, hablando de que si pensaba prestarle plata para poner un mercadito como el de don Elías, si iba a darle una casa a cada hermano, y, lo más importante, cuál sería ese pariente al que heredaría que tendría relación sólo conmigo, por lo visto, sin considerar a los demás miembros de la familia.
En el dormitorio, ya con la vela apagada, mis hermanos seguían el juego:
-Che, no será que el tío Berenjena tiene guita escondida en el acordeón.
El tío Berenjena. Semejante croto peor que nosotros.
-A callarse y a dormir- se oyó la voz de papá desde el otro lado de la cortina que dividía nuestras piezas.
Duró algún tiempo de mi niñez -adolescencia ese creerme pero creerme en serio que la fortuna, la FORTUNA así con mayúsculas iba a abrir sus doradas puertas para mí. Me veía en carruajes de oro, fumando (fumar se había constituido en ese entonces en un símbolo de status para nuestro entender), vagando alrededor del mundo. Solía suceder que de pronto, en una clase de la escuela primaria, mi mente me trajese imágenes de un futuro ahíto de dinero.
Dinero.
Dinero que hube de salir a buscar laburando de lo que rayase apenas terminada la escuela. En casa la guita es lo que siempre faltaba, y había transcurrido el tiempo como para olvidar un poco que en cualquier momento nos veríamos transportados a otro mundo, no sólo de no privaciones, sino de abundancias inimaginables.
Así salí a pelearle a la vida, pensando, a veces, que no estaba mal ese estado de cosas. Así sabría valorar aún más lo que luego consiguiese, comparándolo con mis cenas de mortadela y pan.
¡Quién diría!
La pegué con el premio mayor de una timba oficial llamada algo así como “Bingo del Tío”, en la primera vez en la vida que me di a jugar con ganas a algo, y en la oportunidad en que el pozo acumulado es sideral.
Pero, justifico el aturdimiento de Jacinta.
Todos los míos murieron.
Y tengo noventa y tres años.