REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Fragmentos diarios 2


Hugo Enrique Sáez A.

Según Lacan (La ética del psicoanálisis), el coro de la tragedia griega funciona como el Otro que se compadece del destino de los mortales y sufre por nosotros. Žižek lleva las cosas más lejos aun y se imagina al individuo que regresa fatigado a su hogar y enciende la televisión para que los protagonistas de la telenovela se hagan cargo de sus emociones. Se produce entonces un fenómeno doble: el aparato funciona como el Otro que siente por mí; a su vez, el individuo se incorpora a la trama de la pantalla como un miembro más que opina a favor o en contra de los diversos actores involucrados en esa fútil historia. Resultado: se relajan las tensiones y, en lugar del rezo anterior al sueño, un dispositivo alimentado por electricidad nos abre el camino al descanso.
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La incorporación al conocimiento formal abstracto se inicia muy temprano en la niñez, y no ocurre en la escuela. La inveterada costumbre de “dar un domingo” a los hijos configura un acto pedagógico que yo bautizaría como “introducción a la sociedad real”. El dinero así obtenido representa la posibilidad de intercambiarlo, dependiendo de su monto, por cualquier juguete agazapado en su imaginación. Un objeto rectangular de papel (si es de color verde, mejor) que no tiene una propiedad similar a otros papeles (en la hoja del cuaderno se escribe, un pliego de colores se destina a envolver un regalo) enciende una revolución en su mente y se instala en su deseo. De ahí en adelante, el ciudadano en ciernes tendrá la certeza de que no importa la materialidad que adquiera esa hierofanía llamada peso, dólar, euro, yen; se anunciará, como moderno ángel, en billete de papel, en moneda de metal, en tarjeta de plástico, en cheque, en onza de oro, en cuenta bancaria. Su poder trasciende la fragilidad del cuerpo corruptible en que se manifiesta su propio cuerpo. La pura cantidad de la denominación monetaria se transmuta en los más diversos objetos con cualidades muy concretas. La cantidad abstracta somete a las cualidades concretas. Por encima de esas relaciones entre cosas que vinculan personas se halla una autoridad que garantiza el reconocimiento de ese valor por el banco central. “In god we trust” (lema inscrito en el dólar estadunidense) me había parecido una intromisión indebida de lo divino en asuntos terrenales. Sin embargo, ahora entiendo que se trata de otro dios que nadie ha visto, pero que sí regula los intercambios humanos.
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Homo homini lupus. Frase desafortunada de Plauto que adoptó Hobbes para describir el estado de naturaleza -inventado por él- en que los hombres están empeñados en una guerra de todos contra todos. Desde entonces se volvió moneda corriente para referirse a la animalidad humana, con gran imprecisión, de acuerdo con mi criterio. El lobo es un animal fiel a su pareja alfa (el tipo medio de la sociedad no es fiel ni a sí mismo); el lobo sólo mata para comer o para defenderse de un ataque (los ejércitos masacran con los medios más modernos a poblaciones enteras, sin parar mientes en niños, mujeres embarazadas o ancianos indefensos). El proceso de apropiación de todo el territorio terrestre por la especie humana ha conducido a las manadas de lobos a refugiarse en apartados lugares donde los amenaza la extinción. ¿Por qué escoger al lobo y no a una feroz especie que todos conocemos?
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Un amigo se refirió a conocida persona como “artista de telenovelas”. Me atreví a solicitarle que reservara el término “artista” para los grandes: un Picasso, un Beethoven, una Chavela Vargas. Se suscitó una discusión amena en la que se llegó a sugerir el sustantivo “actriz” para designar a la protagonista de lamentables churros de la pantalla. La sugerencia iba fundamentada por una entrada en el diccionario de la Real Academia Española de la lengua que definía “actor-actriz”. Yo seguí defendiendo la idea de no aceptar en forma pasiva los significados que se nos imponen desde la niñez, y sostuve que la única forma de captar el mundo es penetrar más allá de la malla de palabras que lo encubren y que sostienen nuestra sujeción a una idea de las cosas y de las personas agradable a las minorías que rigen en la política y en la economía del planeta. Heráclito ya destacaba que somos y no somos al mismo tiempo, que nunca nos bañamos en el mismo río. Frente al cambio permanente, ¿podemos conformarnos con usar una calificación fija de los fenómenos en transformación?
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Precisamente, Heráclito enunció un principio básico de toda dialéctica: “La guerra es la madre de todas las cosas”. No se refería a conflagraciones mundiales -entonces inimaginables- que arrojaran millones de muertos, como viene sucediendo desde el siglo XX a la fecha. El apocalipsis se imaginó en otro contexto, diferente al del “oscuro de Éfeso”. En español tenemos un término más light que proviene del idioma que utilizó Heráclito: polémica. Polemós se decía guerra en aquel griego clásico. Guerra es enfrentamiento, violencia de algún tipo; aun la verbal; se manifiesta en las relaciones personales, en las calles, en las competencias deportivas. Pleitos de clanes encienden la hoguera en que se esfuman lazos de familia. León Gieco agregó algo nuevo al aforismo del que estamos hablando: “Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente.” La “indiferencia” es cobijarse en el fácil argumento de que los demás están en guerra, de que “yo no me meto en problemas y pago mis impuestos”. “Sólo me intereso por defender lo propio, lo demás es algo ajeno.” Las manifestaciones de los maestros por las calles del DF son un asunto que sólo les compete a ellos. NO ES CIERTO. Si bombardean a Siria, los muertos deberían de conmovernos porque ninguna guerra nos es ajena. Quizá muchas marchas no puedan detener a esos criminales autómatas que lanzan misiles desde cientos de kilómetros del blanco. No obstante, la violencia que nos circunda es como el hilo de agua que confluye con otros para formar el océano de la destrucción. La indiferencia es la actitud ética más cobarde; refleja el conformismo de una vida que ha optado por una conciencia cotidiana mediocre que se ocupa sólo de la supervivencia gris.
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Quienes aspiramos a una sociedad igualitaria y libre, nos nutrimos del heroísmo de personas como Salvador Allende, que no trepidó en entregar su vida por esa causa. En aquella década de 1970, la sangre joven latinoamericana emprendía una gesta por varios caminos para enfrentar el despotismo y la explotación de los pueblos. La respuesta del sistema en los distintos países fue el cruel y masivo crimen de opositores para extirpar “las ideas subversivas”, como si los portadores de estas banderas fueran los causantes de la miseria imperante entre las mayorías. Aun hoy persiste el privilegio de una elite que considera a la muerte como la cirugía social para seguir avanzando en sus proyectos de enriquecimiento económico. Se mata con las armas de los militares, se mata con proyectos de minería en comunidades antiguas, se mata con planes económicos neoliberales, se mata con la desertificación de los campos, se mata con la incursión de los transgénicos, se mata privando de educación y salud a los sectores marginados, se mata confundiendo las estadísticas de la pantalla de la computadora con la crudeza de la realidad. “Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan. Siempre me matan…” canta Daniel Viglietti, un artista al que muchos hoy deben de juzgar como arcaico. En este aniversario del demencial bombardeo de La Moneda habrá quienes evoquen lo que ellos llaman “pronunciamiento militar”, un eufemismo que justificaba la implantación del capitalismo salvaje en Chile. Otros derramaremos una lágrima por las víctimas de las dictaduras atrabiliarias que han sembrado el dolor en América Latina.