REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

Importancia del aire en movimiento


Franco Gariboldi

Sentía dentro, muy dentro suyo, que su vida ya había pasado, que sólo le quedaba el respirar, comer, dormir y mirar para mantener vivo un cuerpo que en algún momento futuro debería transmitir sus recuerdos a un remoto posible digno heredero que se hiciese cargo de lo que él le contase.
Hoy, con sesenta y cuatro años encima, la espalda un tanto encorvada, la escasa cabellera incolora, un ligero temblor en las manos y un temor cada vez más grande por el incierto futuro que amenazaba con deterioros en la salud, él, el maestro Edelmiro Del Valle, se sentía agradecido por conservar intacta la dentadura, fresca la memoria y fuertes los dedos.
Porque eran estos atributos los que aún le permitían arrancar del curvado brillante metal esos sonidos que lo transportaban en el espacio y el tiempo, haciéndolo sentirse como si no hubiese transcurrido mucho desde que pudo materializar ese impulso natural de dar forma musical a las ideas que bullían en su interior. Cuando soplaba su vieja trompeta de buena marca, le parecía que en cualquier momento iban a aparecer los muchachos con los que creyó sentirse famoso en una inolvidable temporada que supo durar varios años, y que vendrían para ensayar, repasar los viejos temas e incorporar los que él, el gran maestro Edelmiro Del Valle había estado en estos días sacando para darles forma con sus Rutilantes del Ritmo.
Claro que su verdadero nombre no era Edelmiro Del Valle. Pero nadie que recuerde, por ejemplo, los carnavales del cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve en Resistencia, Roque Sáenz Peña, El Colorado, podrá negar que la sola mención de su presencia atraía multitudes. Y es que sus cha-cha-chá, mambo, fox trox, habaneras y merengues eran simplemente imparables, contagiosos, vivificantes, increíblemente bien realizados. La gente de la provincia lo solía comparar con Pérez Prado, nada menos.
Pero tanta fama y buena vida pasaron. Atentaron en su contra, entre otras cosas, el hecho de vivir tan lejos de la capital, que es donde se arman y desarman los nombres de los famosos.
¿Acaso no fue Carlos Gardel el que dijo que la fama es puro cuento, tan luego él, el más famoso de los famosos?
También se vio desplazado por esa nueva tendencia de los muchachos que venían inmediatamente a su generación, de querer imponer ritmos y modalidades que eran copias de los yonis.
Él se mantuvo a flote como pudo ante tanta avalancha de petiteros, nuevaoleros, twisteros, rockeros y baladistas, pero no soportó el embate cuando la diversión popular comenzó a girar alrededor de los disc jockey, esos tipos que no entendían nada de música, sólo ponían los long plays en el tocadiscos y la fiesta se armaba sola, sin tanto chaleco dorado de los músicos, peinado a la gomina del cantor y saco rojo de él, el director.
Comenzaron por rechazarle los presupuestos que pasaba, y después por simplemente ni atenderlo aquellos mismos miembros de comisiones de clubes que antes tanto lo buscaban. Hasta le sugirieron que se sumase a los nuevos tiempos y se armase un conjunto de tres o cuatro pibes con guitarras eléctricas que farfullasen en imitación de inglés. ¡Cómo podían ofender así al creador de Mambo Mi Negrita, Te Saludo Con El Alma, Esta Noche Los Dos y Brillan Por Ti Las Estrellas, verdaderos éxitos de Los Rutilantes del Ritmo!
En plena juventud, y cuando aún le quedaba mucho por interpretar, arreglar y ensayar, se quedó sin trabajo. Los músicos desertaron todos, con excepción del Corcho Gutiérrez, el baterista que más temporadas duró con él.
Fue justamente Corcho el que, al cabo de un año de total inactividad, y viendo cómo durante aquella década del sesenta estaban envejeciendo muy rápido mientras criticaban a cuanta nueva corriente, canción, jingle, cantor, grupo musical o melodía se popularizase, le propuso aquello de ser ordenanza en el Banco. Corcho conseguiría la cuña, la palanca de un político de cuarta que lo podía recomendar. Se sentía mortalmente humillado, cansado, herido, pero se le habían acabado todos los magros ahorros, Elvira apuraba para casarse y el futuro pintaba sombrío en esa época para un tipo que sólo sabía soplar la corneta y dirigir una entusiasta banda de músicos de baile.
Al principio no faltaba entre los clientes del Banco quien lo reconociera, mientras acercaba una taza de café a un cajero o retiraba papeles del escritorio de una empleada, y hablaban con él un poco efusivamente. Le parecía estar manteniendo siempre la misma conversación con diferentes personas. Comenzaban hablando estos desconocidos (eran el rostro del anónimo público que ahora asumía realidad personal) de lo que se habían divertido en tal o cual baile, de lo bueno que eran aquellos tiempos, de que no entendían cómo no había triunfado a nivel nacional, en lo perdidos que estaban los jóvenes que sólo escuchaban un ruido en el que algún yoni con seguridad los podría estar insultando. Pero ellos recordaban aquellos tiempos tan buenos. Y hablaban de ese pasado inmediato, que estaba allí, a dos o tres años atrás, como si el mundo, la moda, el ritmo de la vida hubiese tanto variado. Tal vez fuera cierto.
Siempre estos diálogos nefastos terminaban en un silencio en que el otro parecía tomar conciencia de hallarse ante un tipo que, más que descender por la curva de la vida, se estaba sumergiendo en caída libre. Hacían referencia a compromisos con hijos, negocios y apuros inventados, cuando la realidad era que no querían contagiarse de la mala estrella de aquél a quien en otras ocasiones, para verlo, debieron pagar entrada. Cuando en la siguiente oportunidad se volvían a ver, apenas si movían discretamente la mano saludando, o ni siquiera eso.
A los del Banco ni les molestó que los primeros tiempos de su trabajo fuese tan popular y pasase horas hablando con el público. Venía bien recomendado. Y ya habían tenido antes un boxeador medio campeón de alguna categoría, uno que había logrado salir en los diarios de Buenos Aires y que en su tiempo de bonanza hasta auto y casa propios supo tener, así que ya conocían el ciclo, sabían que todo se tornaría normal y que aquellas ordenanzas atesorarían en sus gastadas billeteras alguna foto, una condecoración, una tarjeta, un minúsculo recuerdo que les hiciese sentir en un instante de tristeza que también supieron tener por un momento, tan solo un fugaz minuto en la historia del mundo, a la vida puesta a sus órdenes.
Hoy eran otros los nombres de moda.
En la casa, como los recuerdos no dan para comer y vestirse, y como ya todos estaban cansados de oír las mismas anécdotas, se evitaba el tema del pasado del abuelo. Ninguno de sus hijos ni nietos había heredado la afición por la música, pese a sus vanos intentos de atraerlos hacia lo que él consideraba tan maravilloso. Unos, dale al futbol y hablar estupideces con los amigotes. Los otros, idiotizados por los jueguitos electrónicos y cosas parecidas.
Esta sociedad de películas de karate y ruido estridente había transformado hasta las sanas costumbres de divertirse bien. No entendía cómo, por ejemplo, lo que antes eran reuniones para bailar y conocer otras personas, hoy era motivo para perder el sentido y agredirse hasta llegar a la muerte. No comprendía cómo de una violación y su posterior venganza unos tipos podían realizar una película que dejase millones de pesos de ganancia. Se daba cuenta que no comprendía al mundo actual, que lo suyo había pasado y el retorno era imposible, impensable, improbable, pues todos parecían moverse bien en ese estado caótico de cosas.
Pensaba así hasta hace poco, esperando que pasase pronto el tiempo que le faltaba para llegar a jubilarse. Entonces sí. Entonces sí que los mandaría a todos a la gran perra madre que los reparió, mujer, hijos, nueras, yernos, sobrinos, nietas y nietos.
Se iría a tocar la trompeta a los cabarets, allá en el sur, en esos ambientes pesados empachados de humo, droga, alcohol, mujeres fáciles y misteriosos tipos finos pero corruptos. Al menos así veía en su imaginación el futuro, rodeado de desconocidos malandras que lo dejasen hacer oír su música. Y esto le venía porque se había enterado que Enrique, uno que supo tocar la tumbadora un par de temporadas con él, estaba haciendo esa aventurera vida por algún lugar del promisorio sur del país. Se le llenaba la cabeza de fantasiosas esperanzas cuando pensaba en esto. Si a Enrique le daban pelota con el tun-tun de su tumbadora, no veía porqué el rufianaje y malandraje se podría llegar a negar a escuchar su sabrosón sonido.
Y un día el milagro personificado en dos jóvenes bien vestidos llegó a la puerta de su casa, allá en el tranquilo barrio periférico en que vivía.
Se presentaron como Manuel y José, y por la divertida cara que traían y el porte tan seguro y afectuoso, presumió que eran músicos. Sin preguntarles el motivo de su visita, casi como si fuera que los estaba aguardando, los hizo pasar. Su esposa los saludó desde lejos, entre el pasillo y la cocina, quedándose parada sin atinar a incorporarse a la reunión o retirarse, por lo que él mascullaba internamente que era una estúpida total tomando esa actitud que sólo incomodaba a los recién llegados.
-Bueno, hablá vos.
-No, mejor vos que sos el sobrino, che.

El no entendía de qué sobrinaje hablaban, pero se dio cuenta que si era por el lado musical, quizás fuese una propuesta bastante buena, ya que tenían temor de encararlo a él, el gran maestro.
Y era nomás por el lado de la música. No, no buscaban tomar clases ni nada de eso. Tenían un grupo, una banda como se dice ahora (“antes éramos la orquesta” terció él como para ir rompiendo el hielo y lograr que se abriesen a deschavar qué venían buscando), de mucho éxito en los bailes. Se llamaban Los Insoportables Raperos, y por lo visto eran bastante conocidos, porque Elvira asintió meneando varias veces la cabeza, ya que el nombre le resultaba familiar de escucharlo en la radio.
Y lo que estos raperos (¿el rap no era esa música sin melodía que se asemejaba a un lavarropas marchando a velocidad constante?) le proponían era que tocase con ellos dentro de un par de semanas, exactamente el diez de diciembre.
-Sucede -dijo José o Manuel, no recordaba bien- que el tío de éste -y señaló a su compañero de rapeada- asume el diez como intendente de Sáenz Peña, y el viejo -se dio cuenta de lo irreverente, inapropiado y desubicado que debió sonar aquello, pero tarde- es un fanático del mambo, el bugui bugui, el cha cha chá y toda la salsa. Cuando le dijimos que iríamos a la fiesta que se va a hacer, medio en broma medio en serio nos dijo que para él no habría nada mejor que le tocasen Mambo Mi Negrita, y que si era por el maestro Edelmiro del Valle, mejor.
Se hizo un silencio increíble, se podía oír hasta la nada, hasta los pensamientos. La mente del maestro bullía. ¿Cómo pudo alguien mantener intacto, vivo, su nombre, el recuerdo de una canción, de una feliz frase musical, de un saco rojo a lo largo de tantos años? ¿En la mente de cuántos más estaría su imagen, su sonido, instalado como una referencia de lo bueno de la vida?
-Tenemos que ponernos de acuerdo en cuanto nos va a cobrar, y el tiempo que dispone para los ensayos.
El maestro tocaba el cielo desde abajo, y encontraba que estaba tan delicado, vaporoso y celeste como cuando le confirmaron el primer contrato en la Isla de la Alegría aquel memorable carnaval, así que no podía precisar temas económicos, y en cuanto a la disponibilidad de ensayar era ya, ahora, en este preciso instante.
Ellos se reunirían esa noche, ya que los otros dos integrantes esperaban respuestas y ahí verían cómo encarar la cosa. Se despidió de los muchachos emocionadísimo.
Sáenz Peña. Fiesta popular. Políticos, periodismo. Gente de todas las épocas. Los que lo recordarían, los que lo descubrirían y pedirían por él, que no se fuese más, que no los abandonase.
Urgentemente sacó la trompeta y repasó sus temas, sus arreglos, las escalas, los graves y los agudos que le habían dado nombre y gloria que hoy parecían querer volver.
Por lo visto los integrantes eran cuatro y él. Ni les preguntó qué instrumentos tocaban, pero sabía que hoy existen aparatos que te reemplazan toda una orquesta.
Pasó la tarde nervioso, mirando a cada rato el reloj, comprobando lo lento que pasa el tiempo, y calculando diez veces a qué hora debía salir para llegar a horario. Daba saltitos, caminaba, repasaba sus viejas partituras, le pasaba la franela por milésima vez a la campana y émbolos de la trompeta, comprobaba los cierres del estuche, y se iba hasta la puerta. Ansiedad. Ésa era la palabra que definía su estado emocional.
Y es que se sentía renacer. Ya intuía lo que iría a suceder. Una fiesta como la que preparaban resultaría un acontecimiento muy publicitado, con todo el periodismo, los discursos, y, en el eje, en el mismísimo centro de la atracción, él, que volvería después de tantas décadas, con renovados bríos, con nuevos músicos, a satisfacer los pedidos de los que lo conocían y a abrirle la cabeza a la juventud. Ya verían. Atacaría de tal manera con la inmensa multitud de notas, arpegios, arreglos, semitonos, contragolpes, riff, stacatos, sobreagudos, matices y ligados que los volvería locos, les lograría transformar el gusto en forma positiva, ya que cualquiera con un buen paladar se daría cuenta de la diferencia entre todo lo conocido y su sincopada interpretación.
Se fue eufórico de la casa. Hasta besó a su esposa y repartió sonrisas a las nueras y los nietos.
Volverían los buenos tiempos.
Volvería la diversión.
Volvería a sentirse útil.
Llegó a la casa de los pibes en su bicicleta. Ellos ya estaban. Era una vivienda céntrica, cara, de gente bienuda. Los muchachos se encontraban en una amplia sala del frente, estudiando.
Claro, eran universitarios, de ahí ese aire desafiante y seguro. Le presentaron a los otros dos y, dejando de lado el mate, unas horribles galletitas dietéticas que él nunca había probado pero adivinaba con gusto a alfalfa y cal, los libros, papeles con indescifrables escritos, y se dispusieron a ensayar.
Y ahí comenzaron las sorpresas.
En un rincón había un teclado, un órgano eléctrico, un instrumento que más parecía un negro cajón sobre esbeltas patas metálicas, y una mesa en la que se apoyaban unos extraños aparatos que no podía definir, pero se trataba de vistosas cajas de plástico y metal, con cables, muchas perillas y botones.
Al comando de estos dos ¿instrumentos? ¿máquinas? se colocaron los dos flacos recién presentados cuyos nombres no había podido retener. Los que habían estado en su casa tomaron cada uno un micrófono de aspecto cómico. Conectaron todo a un pequeño amplificador que estaba contra una empapelada pared y probaron el sonido.
Él no se atrevía a abrir el estuche. Su querida Bluescher made in USA se sentiría cohibida ante tanta austeridad y tecnología.
Entonces uno de ellos explicó:
-¿Sabe que, maestro? Vamos a hacer uno o dos temas para que usted conozca la onda en que andamos ¿le parece bien?
Era un espeluznante ruido asqueroso. Una bofetada no sólo al oído, sino a todos los sentidos, incluida la digestión.
Un tipo apoyaba la mano, estáticamente, sobre el teclado. El otro agregaba ruidos, efectos sonoros como de cosas que caían, se rompían o explotaban. Y el dúo decía (porque no cantaba) algo que tenía que ver con un tipo al que le pasaban sucesos de una simpleza abismal.
Cosas como tener sed, tener hambre, tener ganas de tener una mujer, tener ganas de tener dinero. Se dio cuenta que nadie escucharía con atención lo que decían ni lo que sonaba, lo importante con seguridad era el epiléptico baile y la manera de mover los hombros, brazos y manos al compás y descompás del sonido.
Lo invadió una profunda tristeza. ¿Cómo haría para enseñarles armonía, ritmo y mil cosas más para interpretar uno, aunque sólo fuese uno de sus temas?
Luego de escuchar dos o tres cosas patéticamente similares, iguales, clonadas, mellizas, parecidas, plagiadas, calcadas, copiadas e idénticas entre sí, despertó de su sopor cuando el del teclado le dijo:
-Bueno, don Edelmiro. Esto es lo que hacemos y copa total en los boliches. Pero le voy a explicar lo que queremos hacer con usted.
-Sí, sí, claro- respondió, preparándose a abrir el estuche y mostrarle a esos infradotados lo que era la música bien soplada, bien sentida, bien fraseada.
Tuvieron una mirada de entendimiento entre ellos, y el más audaz se atrevió a explicarle las cosas. Ellos eran estudiantes. No tenían tiempo de ensayar en serio. Así que todo lo que hacían era fácil y estaba grabado en esas máquinas. Hacían como que tocaban, y el sonido salía solo.
Le hablaron de secuenciadores, programas, pistas, y él asentía como entendiendo, pero apenas podía intuir de qué se trataba.
Y entonces, como retomando el hilo de la conversación iniciada en su casa, le explicaron que, para la sorpresa al tío (“al tío de éste”), habían preparado dos canciones de él, Mambo Mi Negrita y otra cuyo nombre ni siquiera sabían.
Fue fácil, le explicaron, pues habían conseguido por medio de un conocido una partitura de un saxofonista (¡Ramiro, pero claro, el flaco Ramiro del que hacía años no sabía nada!) y la metieron en la compu.
En la qué.
En la compu. La compu. La computadora que tiene un programa de lectura y edición musical.
Usted le da la velocidad. Ella le pide el tono, el instrumento, ¿vio?, y con la ayuda de un muchacho que entiende un poco de programación, se hizo facilísimo repetir, nota por nota, arreglo por arreglo, todo lo que treinta, treinta y cinco, cuarenta años atrás él había volcado en un papel pentagramado.
Ajá. Qué bien. Y qué.
Que entonces no hacía falta ni ensayar. Ya tenían los dos temas metidos en la memoria de la máquina, así que lo más indicado sería que él practicase la actuación de hacer como que tocaba la trompeta, y en realidad el sonido saldría sin su intervención, solo y puro lava volcánica.
El ensayo se resumía así a lo meramente actoral. Después de un increíblemente largo tiempo de más de lo mismo, ellos cortarían el sonido para anunciar, a los gritos, la gran sorpresa de la noche. Él aparecería, con su saco rojo, sus lustrados zapatos, el negro pantalón bien planchado, rasurada la oscura barba, brillantes los pocos pelos, calcárea la luminosa gardeliana sonrisa, portando la más inútil de las inútiles trompetas con la misma devoción que los tres magos llevaban las famosas ofrendas.
Estuvo a punto de mandarlos a la re.
Pero, admitiendo que aquello sonaba un poco diferente a lo que él podía lograr, también era conciente que los pretendidos músicos obtendrían en veinte años el sonido, la inspiración, el ritmo y el sabor que alcanzaba con aquellos desaparecidos compañeros del pasado.
Preguntó si podía tocar la trompeta, ya fuera borrando la de la máquina o superponiendo la suya a esa. Pero le hablaron de velocidades, frecuencias, delay y mil macanas más para que no jodiera haciéndoles perder el tiempo. Le mintieron y nunca se enteró.
Volvía a la casa abatido, derrotado, cansado, envejecido, destruido, nostálgico, cuando se le ocurrió que, en vez de rechazar la propuesta, lo mejor sería aparentar ante la familia que todo estaba bien, que se habían matado ensayando y que sonaban muy bien, casi casi como en los viejos tiempos, pero con el ritmo un poco alterado, algo adaptado a la moda actual.
Y ése fue su comentario. Los yernos, nueras y nietos estaban encantados.
Durante la cena soportó un reportaje en el que mintió y mintió, hasta llegar a decir que iban a ensayar todas las tardes para lograr una verdadera buena presentación. Se sintió mal esa noche sabiendo que él y su trompeta serían solo un adorno en la fiesta de un político pueblerino (en su ataque de bronca había caído en el desprestigio hasta el ignoto caudillo de Sáenz Peña), que haría el ridículo saludando los aplausos que en realidad deberían ser para un circuito electrónico.
Pero, le quedaba el aliciente de saberse el creador de aquel sonido que compartiría con el público. Era una sensación extraña. No tenía una grabación de ninguna canción de aquellas épocas. Y ahora el destino lo hacía participar de una representación tan indignante como impensable.
Sáenz Peña.
Sáenz Peña y un nombre de mujer de antes de casarse, unos carnavales en el Club Sokol. Una gringa hermosa llamada Laura a la que siguió viendo durante marzo, abril, mayo, viajando los días de semana pues viernes, sábado y domingo, ya se sabe, había actuaciones que impedían verla.
Y un mal día en el que todo se terminó.
Nunca más volvió a Sáenz Peña.
Nunca más supo de ella.
Intuyendo que en el transcurso de su actuación se le podría llegar a develar alguna respuesta sobre lo que hubiese sido de la vida de ella, decidió finalmente seguir adelante con la farsa.
En un mundo plagado de mentiras, donde la palabra no tiene valor, lo que se dice encubre otro interés velado, y el disfraz es el atuendo normal con que se ocultan las intenciones verdaderas entre los hombres, ¿quién podría acusarlo de fingir, de seguir la corriente que el mundo imponía a todos para sobrevivir?
Se daba cuenta que en realidad lo que la vida le brindaba era como una migaja, una burla, un sopapo, a lo que él realmente podría ofrecer.
Recordaba, en frío, que había intentado vanamente frasear un arreglo con su trompeta sobre las canciones, para quedar como otro instrumento más, sumado a la armonía general. Pero ellos, con delicadeza, se lo impidieron, aduciendo que les desvirtuaría aquello que ya estaba en programa.
El diez de diciembre amaneció radiante, un festivo día en el que hasta la naturaleza agregaba su luz, color y aroma para que el espectáculo fuese completo.
Los muchachos quedaron en pasar a buscarlo a eso de las nueve, para estar en el almuerzo en lo del tío, compartir el acto de la tarde y tocar durante la noche. No se atrevía a preguntar cómo es que querían darle al tío la sorpresa a la noche, si ya al mediodía se iban a ver.
No le dirán que yo soy yo, pensó. Pero también la realidad podría ser otra. El tío ya sabría que él iba (y hasta quizás no ignorase que haría como que tocaba, moviendo los dedos sin tocar), pero fingiría sorpresa cuando él interrumpiese en el escenario y sonasen los dos mambos.
Fingir.
Mentir.
Caretas de los tiempos que corren, donde nada es lo que parece, sino que lo aparente se transforma al momento de aprehenderlo, escondiendo su verdad tras capas de camuflaje. Siempre así. Todo así. Mentiras de la pareja ideal, la solidaridad, el bien público, la amistad sin quiebres, la fidelidad y el desinterés.
Pero pensando en ese sentido sólo se causaba dolor, de manera que prefirió enfrentar los acontecimientos con una radiante sonrisa mientras algún nieto le preguntaba por décima vez dónde iba con su brillante trompeta.
Se despidió de la familia como si partiese hacia un triunfo seguro y merecido, cual vencedor de un duro combate.
Durante el viaje, en la combi, los muchachos hablaban de facultad, películas, chicas, deportes, todo mezclado como en los informativos, de manera que nadie atendía a lo que decía el otro, ni tampoco mantenía el tema de lo que supuestamente estaba diciendo. Se sentía incómodo, pues le resultaba imposible participar en lo más mínimo, y los otros ni parecían darse cuenta de su existencia.
Fue entonces que, al pasar por la entrada a La Escondida, luego del pequeño poblado de Lapachito, aprovechó un ocasional silencio para intervenir:
-La Escondida, je, La Escondida- y como con ese pequeño e inexpresivo prólogo supo acaparar la atención del grupo, entonces se explayó:
-No saben lo que nos pasó una vez acá.
El pueblo queda para adentro, para el lado de Colonia Elisa. El club se llama San Carlos o San Juan, no me acuerdo bien.
Fue para una carnaval del cincuenta y ocho. Había una comisión que quería reunir fondos para el hospital y nos contrataron por una noche. Se suponía que vendría gente de todas partes, así que tenían la ganancia asegurada.
Llegamos temprano, y el tiempo había estado macaneando desde el mediodía. Antes que fuera noche caía una llovizna que embarró las calles y hacía difícil que se pudiese hacer el baile con buena concurrencia. Hablé con los muchachos y decidimos irnos.
La noche estaba perdida, así que mejor nos íbamos temprano a nuestras casas a dormir.
Teníamos por delante tres días más seguidos de bailes en Resistencia y el interior.
Pero los tipos
-los muchachos lo miraban fijo, en silencio. Había logrado concitar su atención con una anécdota que ya nadie le quería escuchar- que organizaban la milonga no querían saber nada. Decían que ellos conocían a la gente, que igualmente vendría. Que no dudaban en que más tarde mejoraría el tiempo. Que esto y que lo otro.
Yo insistí en suspender todo hasta otra fecha, pero ellos sabían que aquello podía volverse improbable, ya que éramos muy requeridos, y quien sabe para cuándo tendríamos un sábado disponible.
Tanto insistieron que les dije, bueno, si nos quedamos, se haga o no se haga el baile, ustedes nos pagan la actuación ¿estamos de acuerdo?

Los cuatro muchachos y el chofer estaban expectantes. El cuento, por otra parte real, los iba atrapando.
-Y no dejé de insistirles en parar todo, en dejarnos de joder, suspender la milonga y aquí no ha pasado nada. Ni siquiera queríamos que nos pagasen los gastos, así éramos de piolas.
Pero los tipos insistían, más fuerte lloviznaba, y ellos más se empecinaban con que enseguida iba a mejorar y vendría la gente.
Llegó la hora, armamos la batería dentro del salón porque afuera ya llovía, y tocamos.
Saludé como siempre, me dirigí a las escasas veinte personas presentes igual que si se tratase de un inmenso público y tocamos.
Pusimos el alma en tocar. Era un ensayo, un ensayo con unos curiosos que no se atrevían a bailar, y que no podían quizás creer que el conjunto número uno estuviese allí, en exclusiva, para ellos solos. Cuando terminamos la primera actuación de la noche y bajamos del escenario, se escuchaba sobre el techo del club que afuera se caía el mundo en forma de agua
.
Él hablaba y revivía por dentro aquel momento. Era joven otra vez y estaban todos, Juan, Corcho, El Loco Manuel, Federico, El Santo, Barbarroja y los demás. Los ojos le brillaban al traer allí, entre aquellos cinco desconocidos, el recuerdo de los buenos amigos cuyas huellas el tiempo no había podido borrar para siempre.
-Los de la comisión quisieron entonces hablar con nosotros. Habían estado cabildeando, nos convidaron de todo para tomar, y nos hicieron la propuesta. Nos daban toda la recaudación, incluida la cantina, y suspendíamos todo.
En la mirada de los muchachos leí que sí, que aceptáramos, que estaba bien
.
Hizo una corta estudiada pausa. De tantas veces repetido el relato, ya sabía cuándo convenía captar la atención del oyente y cuándo hacerlo pensar acerca del desenlace.
-Les dije que no, que ya había sido muy claro unas horas antes, cuando había propuesto suspenderlo. Ahora quería que cumpliesen con el total del contrato. Se quedaron de piedra.
Me mantuve en mi postura. Me pidieron que tuviera algún miramiento, que se trataba de reunir unos mangos para el hospital, que así quedarían con una pérdida importante.
Y yo me mantenía en lo mío. El contrato era legal. Se paga o se paga.
Le dije al presidente de la comisión, que era un comerciante acomodado al que hacía años conocía, que me extendiese un cheque de su cuenta personal, si quería a quince, veinte, treinta días, que se lo aguantábamos sin problemas.
Maldiciendo en voz baja, fue a buscar la chequera mientras el mundo se desplomaba en agua y los muchachos me miraban contrariados, pues me conocían bastante bien como para saber que yo no era capaz de una acción como aquélla. Los demás miembros de la comisión guardaban un silencio de velorio, y yo, inmutable, busqué el recibo y el contrato.
Cuando apareció el presidente de la comisión supuso que durante su ausencia habrían podido ablandarme los otros, porque inocentemente preguntó por qué cantidad hacerlo.
“Y, por el total” le contesté yo.
Muy pero de muy mala gana me dio el cheque, le firmé el recibo, y, mientras le decía a los muchacho “a seguir trabajando”, les arrebaté de arriba del mostrador una botella de whisky importado medio empezada que había estado juntando.
Subimos al escenario bajo un silencio pesado.
Anuncié que habíamos estado hablando con la comisión sobre hacer sólo dos presentaciones y no tres como se estilaba en las veladas, ya que la concurrencia de público era escasísima.
Y ahí nomás hice notar que no se había recaudado casi nada. Una lástima por el hospital, que tanto necesitaba de fondos para atender las necesidades que padecía. En ese momento el sentimiento más benigno que yo podía percibir era el de odio
.
Los otros lo miraban intrigados sobre la moraleja a que conduciría aquella conversación.
-Entonces les anuncié que, para ayudar un poco con la recaudación de esa noche, se ponía a remate la botella de whisky que levanté en mi mano derecha, dejando la trompeta sobre el atril.
¿Quién dijo un peso por aquí, quién dos pesos, quién dos pesos con cincuenta centavos por allá?, decía yo, parodiando los rematadores de feria.
La orquesta de Edelmiro del Valle y sus Rutilantes del Ritmo ofrece este bonito cheque por un valor de ocho mil pesos y estos dos mil en efectivo por la botella, por lo que queda en nuestro poder. ¡Y viva el mambo!
Por los importes, no se olviden que esto sucedía hace mucho, y que ocho mil era lo que cobrábamos normalmente.
Tocamos un rato, bajé y les devolví el cheque y el efectivo de mi bolsillo que no querían de ninguna manera aceptar, y amanecimos como hermanos jugando a las cartas, al dominó, contándonos nuestras vidas.
¿Saben qué? En La Escondida éramos como... como D’Arienzo, como Gardel. Nos cansamos de hacer bailes exitosos allí
.
Hubo una pausa, un silencio sólo interrumpido por el monótono zumbido del motor de la camioneta japonesa. Los muchachos habían pensado que ellos, ni aunque quisieran, tendrían un día una anécdota similar para contarle a pibes del futuro.
Eran otros tiempos, tiempos de la tecnología, los superpoderes, los sorteos por T.V. y las chicas desnudas en las efímeras tapas brillantes de revistas de distracción. ¿Distracción de qué?
¿Para qué querremos adquirir conceptos carentes de contenido y así evadir el pensamiento razonable?
Llegaron a Sáenz Peña y se advertía el clima festivo en los adornos de la calle principal, la limpieza de la reciente pintada de la plaza y el palco que ya se había instalado, al que aún le faltaban las banderas.
El tío intendente del sobrino estudiante rapero resultó ser un pelado medio gordito con sus buenos años encima, dicharachero, jovial, muy del gesto amigable, de palmearlo, estrecharlo y apabullarlo como si conociese a su interlocutor de toda la vida. Había en la amplia casa un montón de gente. Políticos y politiqueros, periodistas y periodistruchos, honestos y sinvergüenzas, un músico y unos pibes que sólo sabían prender una máquina reproductora de golpes de bombo sobre un escenario.
El tío intendente del sobrino rapero tuvo una atención especial, diferencial hacia él. A medida que atendía la gente que llegaba, ayudaba a acomodarse a los visitantes, hacía preguntas y respondía respuestas, manoteaba el teléfono, se desplazaba por otras piezas y llegaba hasta la vereda, intentaba mantener una cosa que era lo menos parecido a un diálogo lúcido con él, refiriéndole recuerdos de los Rutilantes del Ritmo y otras desaparecidas agrupaciones como Los Cinco Amigos, Los Brillantes del Jazz, Cándido y los Audaces de Cartagena. ¡Ah, que hermosos tiempos! (Y, sin querer, ambos conjugando verbos en pasado).
La esposa del tío resultó ser una petisa que parecía ausente, como distante de aquel revuelo que armaban esas desconocidas personas en su hasta hoy pacífica casa.
Luego de almorzar, en cuanto pudo, salió a caminar por Sáenz Peña, solo, sin cómplice ni guía, como solía hacerlo hace una eterna eternidad, comenzando a sentir que sus pasos lo iban guiando en dirección al barrio donde mil años antes vivía Laura. Se orientaba por el instinto del cazador, olfateando e imaginando, pues lo que antaño era tierra hoy estaba cubierto por el asfalto, los postes de luz mercurial invadían las veredas, los baldíos eran casas o estaciones de servicio.
Pero, contando las cuadras, pensó “en la esquina que viene había un taller de zapatero con la puerta pintada de Boca ¿qué encontraré ahí ahora?”
Se le aceleró el corazón cuando se topó, al doblar, con la misma puerta de chapa azul y amarillo. Simplemente se paró y la tocó con su mano derecha, como si aquel inanimado objeto le restituyese un trozo de vida, le confirmase que no había viajado en vano, que pasado y futuro estaban próximos a cruzarse para siempre. Lo invadió un estúpido sentimiento similar a la emoción de sentirse nuevamente joven.
A unos treinta metros debía vivir Laura. Encontrarla después de tanto tiempo, hablar con ella, contarse sus mutuos fracasos y comprender que se podría llegar a establecer un vínculo reivindicativo que los potenciase para tener un motivo por el cual vivir, era una sensación que le hacía pulsar las sienes. Intentando pensar en la trompeta, en la actuación de la noche, fue aminorando los pasos para conseguir caminar despacio al hacerlo frente a su casa.
Pasó cuatro veces, en uno y otro sentido, siempre mirando disimuladamente hacia adentro. La casa seguía estando retirada del frente, pero habían construido una habitación hacia la vereda, y la fachada era diferente a la de sus recuerdos.
Como había unos niños jugando en el parquecito de adelante (¿¡los nietos de Laura!?) que, al verlo pasar en actitud semi-sospechosa interrumpieron sus distracciones para mirarlo con atención, decidió dejar su merodeo y volver donde el tío intendente del sobrino rapero seguirían hablando sin escucharse, y sin haber ni notado su escapada.
Pasó la tarde tomando mate y semiparticipando de casi diálogos con personas mayores que venían por el hecho político y se encontraban allí con él, un exponente del museo de los tiempos ya idos.
Con más desesperanza que buen ánimo y encontrados sentimientos, procedió a bañarse donde y cuando se lo indicaron para ponerse la pilcha de actuar.
Llegaron a la plaza y una fulanita muy paqueta, gringuísima atractiva y locuaz les tenía preparada la presentación. Comenzaría con un breve discursito un concejal, como para abrir el fuego.
Luego tenían danzas folclóricas, músicos chamameceros, rock nacional.
Después tocaban los sobrinos estudiantes raperos dos o tres cositas de ellos. Él aparecería con su trompeta, atacaría con Mambo Mi Negrita y ahí haría su aparición el tío simpático gordito intendente, bailando mambo con su petisa de corto oscuro cabello, ya que eran conocidos por todos como grandes bailarines. La hinchada tiraría petardos, soltarían globos, y ellos meta pachanga.
Así, ellos tocando y la pareja dale baile, harían dos temas. Ahí terminaba la actuación, el tío diría un breve mensaje de circunstancias, y se armaba el baile con unos cumbieros locales y disc-jockey.
El maestro entendió todo. Estaba reviviendo esa efervescencia de estar a un costado del palco, semioculto a las miradas del público, con el nerviosismo de saber que quienes allí se encontraban, en un momento posarían sus miradas en ese extraño embudo metálico brillante al que arrancaría, con sus labios y dedos, el dulce son caribeño que les haría olvidar momentáneamente sus penas e incertidumbres.
Porque de eso se trataba.
De magia.
Magia blanca que blandía el aire impregnando alegría a los demás.
Eso era él.
Un hacedor de felicidad que por tanto tiempo estuvo apagado, silenciado, oculto, tapado, innombrado.
Pensándolo bien, hoy volvía pero no del todo. La gente vería su avejentado rostro, su identificable saco rojo, creería oír su trompeta que no sonaría y se codearía diciendo que para él los años no habían pasado. Quizás a partir de esa noche se pudiese armar algo como Los Rutilantes.
Los raperos hicieron sus dos o tres monadas que tanto gustaban a los jóvenes. Pararon el ritmo y entonces el trajeado locutor gritó, más que dijo, aquello que hacía tanto pero tanto pero tanto eterno tiempo no escuchaba.
Pedía un aplauso en su nombre. Y la gente, el público, que había ignorado su presencia hasta ese momento, estalló en una ovación.
Emocionado, a paso lento y medido, sin ningún pensamiento en el seso, se acercó al micrófono. Simplemente saludó y levantó la trompeta. El sabía que a partir de ese momento le cerraban el audio y comenzaba a salir el sonido grabado, programado, encapsulado, envasado, muerto y frío de las máquinas de los pibes, limitándose a fingir que tocaba moviéndose con soltura.
Apenas arrancaron, vio que el público gritaba, señalaba y sonreía. Adivinó que a sus espaldas había aparecido el tío y su petisona. Así era. El éxito de este día estaba asegurado, y las máquinas de fotos no dejaban de registrar el inmortal espectáculo.
Y entonces sucedió.
Allí, a escasos cinco metros del escenario, inmóvil y de pie, con sus azules iluminados ojazos, con las inalterables diminutas pecas casi transparentes orleándole la tenue sonrisa, el cabello largo cubriéndole los hombros, vestida con esas ropas de la pasada juventud, estaba ella, Laura, Laura que volvía desde los idos tiempos a recordarle que cumpliera su promesa.
Entonces él le sonrió, para que supiese ella que había recibido el mudo mensaje. Y apartó la trompeta de sus labios.
Comenzó a caminar hacia el borde del escenario, ya que ella se acercaba también en esa dirección. El momento era mágico.
Apoyó la trompeta sobre el piso del escenario, se arrodilló en el borde y le tendió la mano, intentando estrechar la de ella.
Miles de pares de ojos no podían creer el espectáculo al que les tocaba asistir. El trompetista viejo, disfrazado y loco había tirado el instrumento a un lado y caminó hacia delante, arrodillándose, apoyando la mano derecha en el piso y llevándose la izquierda al corazón, mientras la falsa música seguía sonando como si en verdad el farsante estuviese para ellos actuando.
Pero Edelmiro del Valle no veía ni oía nada. Nada que fuese ajeno a aquella imagen que se abría paso entre el atónito público.
No veía que, ante el ridículo que les tocaba representar en público, alguien había detenido la música, y la pareja de tíos, con el gesto contrariado y presa de un bochorno insospechado, se retiraba del escenario.
No oía ni veía nada de esa realidad irreal.
Porque había emprendido el viaje de la mano de Laura, la nunca olvidada novia fallecida joven que lo llevaba hacia las moradas eternas, mientras en la plaza se quedaban sin saber qué hacer con ese tipo muerto que, tendiendo la mano derecha al vacío, se había apretado alrededor del aire, de la nada, de ningún objeto, de ninguna cosa material o concisa, mientras de la ahora huérfana trompeta brotaba una lágrima azul brillante, azul brillante como se dice que son las eternas estrellas viajeras del insondable cosmos.