REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

Confabulario

El mimo de la zona rosa


Benjamín Torres Uballe

Viernes a las cuatro de la tarde. Mi jefa me dijo imperativa con alegría inusual: “ya puedes irte, por hoy no te necesitaré más”. La ansiada liberación semanal de súbito se hacía presente.
Tomé mi pequeña mochila, la colgué en la espalda y salí presuroso del edificio de oficinas gubernamentales antes que ella se arrepintiera, como ya lo había hecho en ocasiones anteriores.
Se rumoraba que sostenía un romance con el jefe de Recursos Materiales de la dependencia. Ella era soltera -pasados ya los cincuenta-. Él, casado y con cuatro hijos. Nada atractivo y bastante prepotente con una bien ganada fama de corrupto, ¿entonces? Conductas extrañas de las mujeres.
Era yo su asistente personal y en función de ello me enteraba de asuntos que iban más allá del plano laboral, los cuales hábilmente yo simulaba no saber en razón de garantizar la seguridad en mi encomienda profesional.
Como la quincena ni siquiera se vislumbraba en el horizonte, decidí por lo más barato y cercano: el Centro Histórico. De niño había vivido muy cerca de ahí y desde entonces conservaba gusto por tan hermosa zona llena de exquisita historia, en cualquiera de sus antiguas calles y edificios.
Inicié mi caminata en Reforma, luego doblé a la derecha en la avenida Juárez. Me fascinaba ver a la gente, cada una en su mundo, abstracto o real, pero inmersos todos en cumplir la inercia de vivir la no solicitada vida.
Fuera del Hilton, donde alguna vez estuvo ubicado el Hotel del Prado, atendía a un par de señoras argentinas que me preguntaban cómo llegar a Bellas Artes, cuando de reojo alcancé a verlo pasar. Me despedí rápidamente de las gordas espantosas y lo alcancé: Mimo… hey, mimo, espera”, le dije. Volteó sin demostrar ninguna emoción a ver quién le llamaba.
“¿Te acuerdas de mí?”, le pregunté. “En la Zona Rosa, en la calle de Copenhague, ahí donde hacías todos los días tu rutina de mímica”. Se quedó sorprendido, negando con la cabeza cubierta de escaso cabello ensortijado, pero al cabo de un momento me preguntó: “¿tú me viste hacerla, me viste actuar?”. La mirada se le alegró en esos ojos amarillentos bordeados por cuarteaduras que gesticulaban y protestaban al mismo tiempo el inexorable transcurrir del calendario.
“¡Por supuesto!”, afirmé entusiasmado. Trabajaba en aquel entonces en esa calle, justo frente al restaurante el Perro Andaluz, muchas veces fui testigo de lo bien que te iba, la gente aplaudía y premiaba la generosidad de tu talento en el arte de la mímica. Admiración que se traducía en abundante cantidad de dólares y billetes de alta denominación, ¿o no?, agregué.
Y era verdad. En esa pequeña cuadra se ubicaban varios de los mejores restaurantes de la ciudad. Los turistas extranjeros eran los más desprendidos a la hora de soltar el billete. Tenía un éxito envidiable.
Seguimos platicando. Iba con el maquillaje blanco en la cara, vestido con ropas muy cercanas a lo que bien se pudiera calificar como harapos proporcionados por el “Ejército de Salvación”. Noté que le faltaban los dientes incisivos superiores, olía mal y el desencanto ahora parecía haber rendido la firmeza del atribulado rostro.
“¿Y cómo te ha ido, dónde andas?”, le pregunté a bocajarro. “Mira -pareció recobrar la fuerza- ahorita ando caminando aquí, en esta zona para ver si la gente quiere tomarse una foto conmigo y se mocha con algo de lana, respondió. “Pero se ve que la cosa está muy difícil -el desencanto dominó su voz-, nadie quiere cooperar y luego no saco ni para comer”, se lamentó con una tristeza de ésas que duelen como hierro encendido en el alma, en su alma ya de por sí lúgubre y gélida.
Estuve tentado a darle un billete de 50 pesos, pero recordé la lejanía de mi siguiente sueldo y dejé de lado mi noble pero descabellado e insensato propósito.
Se sintió escuchado, dejó entonces fluir las palabras. Me dijo -reiterando no recordarme- que la extraordinaria cantidad de dinero que ganaba en aquellos días la gastaba en cocaína, whisky, prostitutas o gringas que lo buscaban para tener extensas jornadas de competencias sexuales.
En ese momento su mirada estaba posada en ningún lugar. Parecía más bien un prisionero liberándose de sus demonios atados al tiempo y de sus martirios que lo oprimían con pesados grilletes.
Siguió en esa súbita expiación consigo mismo, aunque aparentara hacerlo conmigo. “Jamás guardé un centavo, creí que siempre sería joven, y hoy mírame, soy un viejo, sin familia, solo… muy solo, sin dinero, sin casa, durmiendo donde me dejen, a la intemperie”. Guardé silencio, nada dije… nada.
Caray, sentí una terrible pena por él. Levantó el carrito que traía jalando con una bola de tiliches y me dijo: “gracias por platicar conmigo, ya nadie lo hace, y si de veras me viste actuar en aquellos años, te agradecería que conservaras esas imágenes; la de ahora, por favor, olvídala…” Me extendió su áspera y sucia mano, luego se marchó caminando lentamente, encorvado, tal vez por los lamentos del hambre y de sus fantasmas terrenos que algo le susurraban perversamente al oído.
Me quedé observando cómo se alejaba. Carajo, pensé. Pobre güey, cómo vino a caer tan bajo, ya ni la friega, qué irresponsable. Y luego, con más estupidez, pensé: ¿habrá muchos como él en el mundo?
Continué mi marcha hacia el Zócalo. En el trayecto encontré un saxofonista que interpretaba New York, New York; en la esquina de Luis Moya, un guitarrista interpretaba Nocturno, de Federico Chopín; una media calle adelante, justo afuera del Museo Memoria y Tolerancia, tres que, según el letrero que tenían colgado en la batería se llamaban La Calle Mata, “aporreaban” bastante bien sus instrumentos mientras una veintena de transeúntes chavos habían detenido la marcha para escucharlos.
Antes de cruzar el Eje Central estaban cuatro jóvenes interpretando ópera a capela. Lo hacían con mucha solemnidad a pesar de que sólo había unas cinco personas escuchándolos.
Ya en la calle de Madero me percaté que en el atrio de San Francisco presentaban una exposición de 13 esculturas de Leonora Carrington. Como tenía poco que había leído el libro Leonora, me llamó la atención y entré para admirar la obra de la inglesita, quien lo que tenía de extraviada e indecente lo tenía de talentosa en la pintura, la escultura y también en la escritura. Una virtuosa de las artes, pues.
Salí fascinado y directo al templo franciscano. Me encantan los oleos que están en los laterales y el retablo del altar mayor. Ahí, me arrodillé montado en las cavilaciones de la vida, sentí una oleada de paz y tranquilidad, tanta que hasta pedí por el Mimo. Ah, y por la locuacidad pirujienta de las ciegas pupilas de mi jefa. En eso estaba cuando una voz como las que a menudo se escuchan en Reforma 222 me dijo coquetamente casi al oído: “disculpe, joven, ya vamos a cerrar el templo”.
Me persigné y salí con destino a derrochar hasta 37 pesos en un helado de menta con chispas de chocolate en la heladería del mafioso italiano, situada 4 calles al oriente.

*Cuento especial para La Revista Cultural El Búho, del maestro René Avilés Fabila.
©Benjamín Torres Uballe