REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Ignacio López Tarso, un nonagenario más que interesante


Abraham Gorostieta M.

Es, para muchos, uno de los diez mejores actores de México del siglo XX. Pocos pueden igualar su impresionante galería de interpretaciones, que le han ganado un nicho permanente en la cultura popular. Su histrionismo ha dejado una huella imborrable en todo aquel que llega a ver una de sus películas, sin olvidar su nombre jamás: Ignacio López Tarso.
El gran poeta mexicano de la primera mitad del siglo XX, Xavier Villaurrutia, maestro del actor, le explicó: “Tu nombre no tiene fuerza: Ignacio López López. Te aseguro que nunca será importante”. En sus años como seminarista, cuando se ordenaba para sacerdote “estudiaba para ser clérigo pero lo hacía por continuar mis estudios; no tenía verdadera vocación” le traen a la memoria a Saulo de Tarso, un centurión romano que logró hablar con Dios y que, con el tiempo, se convirtió en una de las grandes figuras del cristianismo: San Pablo. Lo tenía. Nadie se olvidaría de su nombre: López Tarso.
El actor Héctor Bonilla dice sobre el octagenario histrión: “Nacho es un gran actor, porque él sólo es capaz de cargar una compañía sobre los hombros y sacarla adelante”. No hay papel que no haya interpretado el camaleónico actor y ningún dramaturgo excepcional se le ha escapado: Shakespeare, Cervantes, Eurípides, Moliere, Aristófanes, García Lorca, Unamuno, Usigli, Novo, Carballido, Magaña.

A las órdenes mi general

Nace a mediados del mes de enero de 1925. Su padre Alfonso López Bermúdez, militar que se forjó en la Revolución Mexicana peleó bajo las órdenes del general Carranza. Era un México bronco donde las ideas se defendían con la vida aunque hubiera que derramar sangre. En 1929, sus padres radicaban en el puerto de Veracruz, lugar que vio partir en 1910 al dictador Porfirio Díaz, quien se dirigía a Francia a bordo del Ypiranga.
Es en ese lugar donde ocurre el último levantamiento en armas en contra del gobierno constituido en el presidente-militar Emilio Portes Gil. Su organizador era el general José Gonzalo Escobar, el padre de don Ignacio estaba bajo sus órdenes. “Mi padre lo siguió en esa aventura por lealtad y les fue muy mal. Fusilaron a muchos de sus integrantes. Mi padre salvó la vida de milagro. Por la intervención de un amigo escapó a su fusilamiento”.
Su padre puso tierra de por medio y se fue al otro extremo del país con su esposa e hijo. Llegaron a Navojoa, Sonora, donde su padre fue empleado postal. Oficio que ejerció en Hermosillo y en Guadalajara, cuenta el actor: “Ahí estudié mi primaria y ahí nacieron mis dos hermanos”. Su padre recibió la oferta de ser encargado de correos en Valle de Bravo, en el Estado de México. Sin pensarlo emigró nuevamente. Ahí el niño López, además de estudiar, trabajaba como cartero “lo malo eran los perros; aprendí a correrle a las mordidas muy chico”, narra don Ignacio y suelta sonora carcajada.

Las dos pendejadas.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo… Así comienza la épica obra de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Pues bien, la historia de don Ignacio no dista mucho de la anterior. Muchos años después del pelotón de fusilamiento, el teniente Alfonso López Bermúdez, había de recordar aquella tarde remota en que su hijo conoció el teatro. “La primera vez que estuve ante una obra de teatro tendría unos siete años. Entré a una carpa y quedé maravillado. ‘¡Qué interesante y qué mundo es éste, caray!’, pensé. Fue entrar en un mundo mágico: perderse en el tiempo, en el espacio y dejar de que existiera todo lo demás, sólo una cosa: los actores. Iluminados por una luz que hacían ver sus gesticulaciones. Llorar, reír, bailar. Todo. Me emocionó tanto y me sorprendió a tal grado que en ese momento supe a qué me dedicaría toda mi vida. Mi niñez y juventud quedaron marcadas por la dramaturgia. Desde entonces me puse la meta de llegar al Palacio de Bellas Artes, única escuela de teatro que había en el país en ese momento. Y lo logré”. Así comienza la vida épica del actor.
“Estás cometiendo las dos pendejadas más grandes de tu vida: querer ser actor y casarte”, sentenció su padre al joven Ignacio quien le había comunicado su vocación: “Sería actor, al mismo tiempo conocí a una mujer hermosa y muy buena persona que estaría conmigo por el resto de su vida” narra López Tarso y sentencia: “No me arrepiento de ninguna de las dos y mi padre sí lo tuvo que hacer porque después él fue mi mayor admirador y quiso muchísimo a mi mujer”.

Rodeado de grandes

En 1949 don Ignacio ingresa a la Escuela Nacional de Teatro de Bellas Artes, la única que existía en el país. Justo en la época en que los grandes muralistas Rivera, Siqueiros y Orozco repartían su arte en todo edificio público de la capital. En el cine triunfaban las “exóticas” como se les llamaba a las bailarinas que mostraban el ombligo, como la escultural Tongolele. Pero más aún, las películas de “rumberas y cabareteras” se consumían por montones; melodramones que había que verlos con docenas de pañuelos.
Pedro Infante ya era figura nacional y recién se estrenaba Nosotros los pobres y Germán Valdés Tin Tan era el cómico estrella que desbancaba un poco a Cantinflas. Pero lo que pegaba en esas fechas era el mambo. En ese año aparece el dotadísimo escritor mexicano Juan José Arreola con Varia invención, José Revueltas publicaba Los días terrenales.
El poeta Xavier Villaurrutia fue su maestro “un enorme dramaturgo pero sobre todo un gran poeta. Habría dejado una obra poética maravillosa de no haberse muerto tan joven, a los 47 años. Lo conocí en 1949 y en diciembre del siguiente año murió”, confiesa don Ignacio. Otra persona que es decisiva en su vida es Salvador Novo quien fue director de Bellas Artes y “para mi fortuna, otro de mis grandes maestros”, continúa narrando el viejo actor y agrega: “recuerdo que en una fiesta en casa de Dolores del Río, me acerco a Novo y le expreso mi cariño, mi admiración, lo abrazo. Y entonces él interrumpe el abrazo y me dice: No, ya no me abraces Tarso. Ya no. Ya huelo a muerto. Me entristeció verlo así. En ese ánimo”. Efectivamente, Novo murió tres meses después.
A un año de cumplir noventa y con una carrera exitosa, pues en mayo de este año la Universidad de Guadalajara le dio el primer Honoris Causa que brinda a un actor. Emocionado por el recuerdo, el histrión reflexiona: “No existen diferencias entre los actores de hace cincuenta o sesenta años con los actores de ahora. Lo sé porque llevo en esto 67 años. Siempre ha habido actores buenos, malos, regulares y excelentes”. Se humedece los labios, mira hacia sus adentros y analiza: “La única diferencia que veo es la escuela: antes se hacía uno actor a base de esfuerzo en una compañía de teatro. Se empezaba como mozo, te hacían conocer cada uno de los elementos que forman el teatro: escenario, actores, guión, luces, las tras bambalinas, pesos, el tramoyado, la orquesta. Ahora las academias te informan, te instruyen sin necesidad de que el alumno sea curioso y se comprometa en la búsqueda de su actor interno”.
Amigo de grandes figuras como los hermanos Soler “a quienes quise mucho”; Manolo Fábregas, “un gran amigo”; María Félix, “un mujeron de gran carácter”; a Emilio El Indio Fernández, “que era muy divertido”; a Pedro Armendáriz, “un buen cuate”; a Alejandro Jodorowsky, “uno de mis maestros quien me presentó a otro gran amigo: Marcel Marceau”; a Ismael Rodríguez “un hombre con una inventiva y una imaginación desbordante, nos unían muchas cosas: el amor al cine, el amor y juego que hacíamos al trabajar y el tequila. Ismael era un buen tequilero, sabía beber, lo disfrutaba”.
También fue cercano de los dramaturgos Federico S. Inclán y Rodolfo Usigli “Era un señor muy elegante, sombrero, guantes, bastón. Bebía vino a medio día. Mis primeras copas de vino me las invitó Usigli y los primeros martinis que tomé los invitó Luis Buñuel”. Sobre éste recuerda el actor: “Lo conocí una noche, en el hotel y me pegó de gritos pues yo llegaba de la carretera y lo saludaba y él no me veía caracterizando uno de sus personajes. Ahí, junto a él, estaba Gabriel Figueroa, que le dijo: ‘oye Luis, López Tarso es un actor de teatro que tiene ya mucha experiencia, ha interpretado a Shakespeare, los clásicos griegos, y los clásicos españoles. Ignacio caracteriza muy bien’. Al día siguiente llegue a la filmación, hice mi trabajo y Luis Buñuel se me quedó viendo, satisfecho. Solo decía: ‘muy bien muchacho, muy bien’”.

Hay en tus ojitos el verde esmeralda que adorna el mar

Es la primera estrofa de un bolero de Agustín Lara. Pero para mar pintado de verdes esmeraldas, turquesas y azules, solo el mar de la Rivera Maya. Don Ignacio es gran visitante de esa parte de México. “Gozo mucho yendo a Quintana Roo. Trabajando o de vacaciones. Voy porque me invitan. No tengo negocios ahí. Solo placeres”, confiesa y cierra los ojos para mirar hacia dentro “El mar, simplemente el mar me seduce para ir seguido. Oler el aire que trae el mar. Entra por mi nariz y se queda en los pulmones”.
Y sin más suelta: “En cualquier lado se puede comer bien, a mí me gusta mucho Playa Delfines, Sushi Ken Palenque, Le Basilic, en el fiesta Americana Beach”. Ahora tiene ciertas restricciones médicas pero si de atracones se trata prefiere comer comida argentina en Puerto Madero o italiana en Casa Rolandi y no perdona la visita a Los almendros.
“Me hospedo en los mejores hoteles, la vida es para vivir bien”, afirma seriamente. Los lugares que frecuenta son El Fiesta Americana Condesa Cancún Hotel, JW Marriot Cancún Resort & Spa y el Grand Oasis Cancún. Pero ningún lugar como Tulum o Xcaret, sugiere el actor.

El misterioso señor B

La cinta de Macario lo internacionalizó y es la primera película mexicana nominada a un Óscar. Lo ganó. Inspirada en la obra de B. Traven cuyo nombre real pudo haber sido Ret Marut, cosa que nunca se ha podido probar. Hay toda una leyenda sobre él: que fue un estadunidense que se entusiasmo en Baviera con la revolución anarquista de 1919 y que huyó cuando lo condenaron a muerte; o un actor alemán hijo ilegítimo del káiser Guillermo II y de la actriz Hellen Mareck; o el hijo de un acaudalado judío que huía de su bochornoso pasado antisemita; o un hombre extremadamente tímido que gustaba presentarse en el rodaje de las películas que se basaban en su obra, como sucedió en 1947 con la cinta El tesoro de la Sierra Madre, donde se hizo pasar por Hal Croves, supuesto agente literario del señor B y que acudía al lugar para cerciorarse que la novela de Traven no fuera distorsionada.
Hay versiones que un extraño hombre llegó al rodaje de Macario, se hacía llamar Carl Moisen, representante del señor B. Estuvo observando al actor por largo tiempo mientras hacía una escena que al terminarla partió satisfecho diciéndole al director Roberto Gavaldón “Felicidades, qué gran actor”.
Para don Ignacio, B. Traven era un gran observador, abunda “Macario salió cuando Traven escucha la leyenda, le parce que tiene algo que ver con los hermanos Grimm y creó la historia” y señala enfáticamente “Macario es un cuento de la tradición oral mexicana del siglo XIX que se llamaba El Ahijado de la Muerte. Cuando estudiaba el guión de la película, mi padre -que ya era viejo- me escuchó leerla y dijo: Esa historia yo la conozco desde muy niño”.
Es así como la leyenda del misterioso señor B seguirá creciendo pues hay algunos que sostienen que era un plagiador. Otros indican que era un mal escritor y la verdaderamente talentosa era su traductora.

Yo no considero que sea una sombra en mi vida

Durante los primeros tres años del sexenio de Carlos Salinas de Gortari el actor fue diputado del PRI y lo reconoce con orgullo, faltaba más “soy prisita desde que nací, por herencia, tradición y convicción absoluta porque es el único partido que tiene raíces en México. Los otros partidos son hijos del PRI. Y sigue siendo un gran partido. Muy bien fundado y muy bien pensado. Ahí esta el verdadero espíritu de México”.
Sucede que era secretario general de la Asociación Nacional de Actores, organismo que aglutinaba a todo actor que fuese sindicalizado. Y todos los secretarios de ese sindicato habían sido diputados. Era la cuota de poder que les brindaba el PRI por ser fieles. El actor festeja: “Cómo perder el honor que nos hace el partido de ofrecernos una curul y ser uno de los 500 representantes de todo el país. Rechazarla sería una estupidez”. Durante la gestión de esa legislatura, la Cámara de Diputados aprobó la venta de 1,100 paraestatales a precios verdaderamente ridículos, la tasa de pobreza creció considerablemente, la fortuna de los pocos y consentidos empresarios creció también y un levantamiento armado estaba por tomar las armas en Chiapas.

Cinéfilo

El tiempo de la entrevista termina. Llaman a la tercera llamada y el actor no se ha maquillado por dialogar con nosotros. Le gusta estar solo y en silencio por diez minutos y concentrarse, respirar para salir a la función. Ése es su ritual que por esta ocasión se reduce a dos minutos. Antes de concluir se dijo seguidor de Marcelo Mastroianni, Clark Gable, Laurence Olivier, Sean Pean, Al Pacino, Quinn, Benigni, Hopkins, Depardieu. Y sentencia: “La vida es también lo que uno aprende de sus personajes”.