REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Imaginación y poder


Leonardo Compañ Jassol

En los años sesenta del siglo pasado, específicamente en 1968, se propugnaba el lema “la imaginación al poder”. Detrás de este lema palpitaban perspectivas como las de Jean-Paul Sartre.
El tiempo, que trae a circunstancias no sólo incómodas, sino postmodernas, donde el consumismo y el crédito nos colocan bajo el orden de la depredación mercantil, en cualquiera de sus fórmulas, legales e ilegales, es menester reconsiderar esa frase.
Un sargento cobarde, que siempre admiró la valentía e inteligencia de Ernst Jünger, erigió su imaginación en poder del Estado. Su nombre: Adolfo Hitler. Volvió su lucha, en Segunda Guerra Mundial, apoyado, en buena medida, por los Estados, que después se aliarían en su contra; es decir: E.U.A., Inglaterra y Rusia. No sobra decir que no impidieron, cuando España combatía por recobrar la República, el Guernica genocida de Franco, a quien Dios tenga en sus infiernos, pese a las advertencias de Don Vicente Lombardo Toledano, instaurador de la CTM, robada por Fidel Velázquez, ahora en Malebolgue.
¿Hasta qué punto la imaginación ha de mezclarse con el poder? Para un Marsilio Ficino, filósofo neoplatónico, la imaginación y la voluntad van vinculadas; una, antecede a la otra, intermediada por la razón. Boticelli representa el proceso en su pintura La Primavera, cuando plasma las tres gracias. Es bello, pero nuestra barbarie actual demuestra que su belleza corresponde a la ingenuidad.
Se impuso, sin embargo, la imaginación, que liga el poder con la economía. La llamaron ingenio y la hicieron sinónimo a invención. No resulta impropio subrayar que en ambas palabras el prefijo “in” significa negación; es decir, nada de genio ni de ventura. Ni la máquina ni la producción en masa demuestran genio ni ventura; tampoco, la organización militar del Estado. Menos aún, cuando la pólvora genera muerte y sangre, aunque en México se le llame “guerra contra el narcotráfico”.
Ese choque, posiblemente, produjo lo que Cervantes capturó en su primer y segundo Quijote: el divorcio de la imaginación respecto al poder. En el primer Quijote, el de 1605, maldice a quien inventó las armas y puso a la víctima a merced del victimario. En el segundo, el de 1615, se burla de la pólvora, colocándola en el caballo, que el Quijote y Sancho montan. Explota y los hace caer en tierra, sin que hayan volado.
Pero la imaginación, convertida en poder, llega a sitios inimaginables de la mercadotecnia política, desde que Leni Riefensthal, subordinada a Goebbels, Ministro de Propaganda del Führer, transforma a Hitler en gigante, a partir de su película El Triunfo de la Voluntad.
La imaginación y el poder resultan una fórmula terrible. Ojalá pudiera amalgamar una imaginación magnífica como la de Charles Fourier (1772-1837). Véase el año de su nacimiento y su muerte. Esos años caminan la supuesta tradición constitucional democrática.
Resulta que este hombre, dedicado al comercio, igual que destaca Goethe de Wilhem Meister, espera más de 10 años a que se cumpla su proyecto social; que alguien contribuya a sus falansterios. Muere en la miseria. A nadie le importa, ni a Carlos Marx, que lo desprecia. Bueno, Marx creía que la dialéctica hegeliana otorgaba cientificidad a su sueño. Ya el tiempo demostraría su error.
Pero sigamos con Fourier y su imaginación, tildada de locura, y conectémosla con la de uno de los heterónimos de Fernando Pessoa, la de Bernardo Soares, autor del Libro del Desasosiego. Fourier, igual que Soares, se dedica a una actividad banal, mediocre: el comercio y la contabilidad. Pero, igual que Soares, extrae poesía, belleza. ¿Cómo es esto posible? La respuesta, a decir verdad, no es simple. Lo cierto y claro es que de su imaginación emergen falansterios, donde la armonía deriva de pasiones, al margen de la moneda y la pólvora, para trabajar sin dinero, por puro amor al trabajo redituable. Prescindir de la moneda es una locura, pero usarla, fabricar armas y campos de concentración; o bien, masacrar mujeres y hombres, niñas y niños, parece ser que simplemente es un acto de “investigación” estatal, equivalente a cordura. Interesante esta imaginación, donde lo legal se teje con lo sórdido.
Los falansterios de Fourier resultan de emociones, armonizadas en edad y talento. El equilibrio contable, el cargo y el abono, se convierten en ley complementaria a la ley de Newton; es decir, la ley de gravitación universal es la ley de la gravitación humana.
Pero esto queda sólo en un grave desasosiego, una terrible tristeza, que Soares extrae de libros contables. El fracaso, sin duda, huele a nostalgia, a saudade, que es nostalgia por el alma perdida.
El totalitarismo, la imaginación banal de Hitler, ahora se llama globalidad y los comerciantes se hacen cargo de ella. Ha desaparecido el Estado; también, la imaginación. No hay poder, sólo lucro.