REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Letras, libros y revistas

La otra combinatoria de Ítalo Calvino a la luz de una lectura de las Lecciones Americanas


Mónica Chamorro

Cuando en 1985 Ítalo Calvino muere de un accidente cerebral su vida y su obra habían fluctuado ampliamente por posturas políticas y estéticas al parecer contrapuestas. Pero aun en los momentos más disimiles de su trayectoria como hombre y como artista, hay en Calvino una coherencia implícita que nos lleva a reconocerlo, a saber que siempre aun vistiendo los paños más diversos (el neorrealismo de los primeros años, la literatura fantástica de la plena juventud, la combinatoria de la madurez), Calvino fue siempre el mismo, que nunca abandono la fe ardiente que lo llevó a tomar las armas contra el invasor Nazi en las montañas ligures de su infancia.
Por ello su incursión en la literatura combinatoria -Calvino se afilia al OULIPOL, el discutido Ouvroir de Litterature Potentielle de R. Queneau y de F. Le Lionnais, en 1967- no puede ser leída como una deserción hacia la especulación, hacia la vacuidad de un tipo de literatura que privilegiaba sobre todo el experimento intelectual. En Calvino la combinatoria es otra cosa. No es el abandono de la fe ardiente que animó cada uno de sus actos de hombre de letras profundamente radicado en una realidad concreta que amaba desde todos los ángulos de su ser artístico. Porque en Calvino hay un amor desmesurado por la vitalidad inagotable del mundo. Un amor que desde su infancia y por tradición familiar, en él es curiosidad inagotable y también disciplinada ciencia.
La combinatoria, para Calvino es la suma del vértigo de sus dudas, porque el último Calvino, el de los laberintos de El castillo de los destinos cruzados (1973), el de Las ciudades invisibles (1974), y el de Si en una noche de invierno un viajero (1979), ha renunciado al alivio de las certezas. Para el escritor que en 1968 empieza a asistir asiduamente a las reuniones de la OULIPO celebradas en la casa de Le Lionnais en Boulogne-Billacourt, la literatura no podía ser una mera mímesis de la realidad. Hay, en los juegos combinatorios calvinianos, una angustia esencial respecto al papel de la literatura (“mundo escrito”), en el mundo real (o “mundo no escrito”). Así lo expresa en 1983 en la New York University:
Creo que también en mi juventud las cosas iban de este modo, pero en aquella época me hacía ilusiones con que el mundo escrito y el mundo no escrito se iluminasen mutuamente, que las experiencias de la vida y las experiencias de lectura fueran de alguna manera complementarias, y a cada paso hacia adelante, llevado a cabo en un campo, se correspondiera otro paso adelante en el otro campo. Hoy puedo decir que del mundo escrito conozco mucho más que en aquel tiempo: al interior de los libros, la experiencia es siempre posible, pero su importancia no se extiende más allá del margen blanco de la página 1”.
Calvino, al reconocer los límites del oficio literario, desde el abismo de juegos abstractos de la combinatoria, se yergue como un equilibrista entre una realidad inefable y un lenguaje, supremo artefacto, capaz de desvirtuar la existencia de lo real. La búsqueda que Calvino emprende con la combinatoria, se nutre de dos fuentes filosóficas contradictorias: Wittgenstiana, la primera que concibe al mundo como un ente esencialmente silencioso, imposible de cifrar en un sistema de signos; y estructuralista la segunda, en la que el lenguaje es un artefacto autoreferencial y autónomo a la realidad misma.
Las dos filosofías tienen fuertes razones entre sí, las dos representan un desafío para el escritor: la primera, exige el uso de un lenguaje que responda sólo a sí mismo, a sus leyes internas, la segunda, al uso de un lenguaje que pueda hacer frente al silencio del mundo. Las dos ejercitan sobre mí su fascinación y su influencia. Esto significa que termino por no seguir ni la una ni la otra, que no creo ni en la una ni en la otra. ¿En qué creo entonces?” 2
Calvino, decidió creer en la singularidad de lo existente, en la inflexión mínima, en los gestos anódinos. En lo que aparece como marginal e irrelevante para la formulación de una explicación total, como por ejemplo, el juego. Calvino cree en el juego, el de la adivinación en las barajas de El Castillo de los destinos cruzados, el juego con el lector en Si en una noche de invierno un viajero.
En las “Lecciones Americanas”3, las seis conferencias de Charles Eliot Norton que la muerte le impidió dictar en Harvard University en el otoño de 1985, Calvino, ante quienes anunciaban la muerte de la literatura, sostiene en cambio su vigencia y su justificación ontológica, la capacidad de la literatura para interpretar con sus medios técnicos particulares la complejidad heterogénea del mundo. Propone para la literatura del próximo milenio, es decir para éste, el vigésimo primer siglo, cinco recursos técnicos, cinco esencias imprecindibles, destiladas laboriosamente en las cuatro décadas de ejercicio literario que llevaron a ese joven partisano de las Brigadas Garibaldi que fue Calvino, a los terrenos lúdicos de la combinatoria.
El primero, quizas el esencial, es la levedad. Calvino la pone ante nuestros ojos como Perseo victorioso, volando al lomo de Pegaso, mientras sostiene en su mano el despojo sangrante de la cabeza de la Medusa, el monstruo mitológico capaz de transformar todo aquello que mira, en piedra. Y similar a este Perseo victorioso debe ser el escritor, el poeta; capaz de librar la batalla contra lo monstruoso y de llevar en un vuelo leve y triunfal el aspecto más aniquilador y abrasivo de la realidad.
Por ello, la combinatoria para Calvino es juego y por ende aquello que carece de gravedad, lo in-grávido, lo que escapa al insoportable peso del mundo no escrito. La combinatoria para Calvino es una de las formas de la levedad. Pero no es una levedad que se agota en la ensoñación, es una levedad que actúa sobre el mundo, que reclama nuestra atención ante ese ángulo incógnito en el que en medio de la gravedad de lo real anida lo poético. Calvino se propone descubrir un aspecto de la realidad que en abstracto reconoce como inaprehensible pero que en lo concreto considera sensiblemente incontrovertible. La levedad no es un artificio para hacer menos pavorosa la fealdad; la literatura de la levedad, en la máquina infernal de nuestros tiempos, es una traza luminosa que con gracia poética revela el esqueleto tenebroso de la realidad.
Pero la levedad, es decir el moverse suavemente y sin peso alguno en los circuitos de lo insoportable, es posible solamente a partir de la constricción. Sólo a través del respeto de un canon riguroso, la literatura puede moverse volatil, aérea, tal y como los poetas clásicos lo hacían, a pesar de estar presos en la armadura de hierro del metro y de la rima. Y la constricción, el plan prefigurado a través de un sistema abstracto, la aplicación de una liturgia matemática o geométrica, son las claves de la combinatoria. Ésta es la tarea que acomete Calvino con su ingreso al OULIPO, la empresa de la libertad en medio del mayor rigor, la de la levedad en un mundo agobiado por el peso.
La constricción, la ley que impera en el mundo de la combinatoria, es una de las expresiones de la exactitud, la segunda cualidad calviniana de la literatura del nuevo milenio. El oficio de hombre de letras que Calvino asumió en contradicción con la tradición familiar que señalaba para él un destino científico (su padre era agrónomo y su madre botánica y él mismo estuvo inscrito en la facultad de Agronomía), le dejó para siempre una nostalgia por la precisión y la certeza de la ciencia. Para Calvino, el recurso a los experimientos matemáticos oulipianos, es una de las formas de la nostalgia por el paraíso perdido de la ciencia.
La literatura debe ser, como la ciencia, una imagen del mundo y de este modo sus micro y sus macromecanismos deben estar regulados por la exactitud. Esta precisión es a la vez método y a la vez levedad, sutileza. Como la del ADN que regula el funcionamiento de la vida, como la de las sinapsis neuronales que gobiernan el pensamiento. El Calvino de las operaciones combinatorias, pretende una literatura que sea una lente cuidadosamente calibrada a través de la cual el mundo no escrito, caótico e inexacto, adquiere el esplendor de la verdad. Su combinatoria es el resultado de su rechazo hacia lo inexacto, lo desenfocado, lo opaco. Calvino no confía la clave de la salida de sus laberintos a los caprichos del corazón de Ariadna, él se decide por la cifra precisa.
La combinatoria traza los límites entre los cuales debe fluir el río creativo. El diseño de estos límites debe corresponder, sea en la arquitectura general de la obra, sea en lo mínimo -en el uso del léxico, de la retórica y de la sintaxis- a la exactitud. El Calvino que en 1967 traduce Les Freurs Bleues de Queneau, es un escritor que detesta el uso casual del lenguaje, que experimenta una molestia que él mismo define como “intolerable4” ante el uso aproximativo, casual e irreflexivo del lenguaje.
Pero mientras en el arte combinatoria de Queneau o de Perec, el rigor abstracto y la pericia matemática aparecen como formas puras, como embriones de laboratorio, en Calvino la exactitud está en conflicto, trabada en singular batalla, con la sensación. El mundo fluctúa entre dos polos, entre la exactitud de la ciencia y la indeterminación del sentimiento y sólo la literatura, aquélla que no abandona el parámetro de la exactitud, puede mediar entre estos extremos. La literatura para Calvino es una ciencia del objeto (del sujeto) individualmente considerado.
En El castillo y en La taberna de los destinos cruzados Calvino hace uso de un esquema sistemático de lectura de dos juegos de cartas de Tarot (para El castillo, usa el tarot Visconteo de Bérgamo, para La taberna, el más moderno tarot Marselles). Aplica un esquema de lectura del Tartot diferente en cada caso, que en el caso de El castillo es, en su geométrica funcionalidad, una máquina literaria perfecta. Pero bajo este edificio elegantemente construido, las historias individuales, los destinos cruzados fluctúan autónomos y anárquicos. Para Calvino como para Borges la “firme trama es de incesante hierro”, pero la libertad del sentimiento anida en las grietas de la individualidad: “Desde el momento en el que escribí esa página me ha resultado claro que la mía búsqueda de la exactitud se bifurcaba en dos direcciones. De un lado la reducción de los acontecimientos contingentes en esquemas abstractos con los cuales se puedan llevar a cabo operaciones y demostrar teorías; del otro, un esfuerzo con las palabras para dar cuenta, con la mayor precisión posible, del aspecto sensible de las cosas”.5
La combinatoria de Calvino, es una combinatoria que escapa a la modernidad compartimentada del conocimiento, es una combinatoria “renacentista” en la que hierben en un mare magnun indistinto la ciencia y la poesía. Calvino es un nuevo Leonardo Da Vinci, un Leonardo frenético e industrioso que une el saber ciéntifico a un disciplinado ejercicio literario. Para Leonardo, no hay nada como el arte para describir las ciencias de la naturaleza, para Calvino, no hay nada como la ciencia para insuflar vitalidad al arte.
Esta exactitud, que aplicada a la combinatoria podrá parecer un artefacto demasiado anguloso, debe ser modelada por la rapidez. La rapidez, la cuarta cualidad calviniana de las conferencias Norton, hace que el texto se deslice desenvuelto y evite la excesiva iteración o la excesiva digresión y le permite al lector dejarse caer con agilidad en medio de los meandros del texto. La rapidez garantiza el ritmo de la combinatoria, le permite adquirir una cualidad musical e intuitiva que hace ágil la exactitud. Porque la combinatoria para Calvino se encuentra en un paraje extremadamente distante del terreno en el que florecen la ilegibilidad modernista del texto. El texto es, solo en tanto es legible y por ende la más intrincada combinación matemática no debe obstaculizar de ningún modo su fruición.
La digresión para Calvino es una ausencia del escritor, quien perdido en los meandros de sus circuitos mentales, abandona al lector en el bosque narrativo de la obra. El lector dejado a su suerte se encuentra en la imposibilidad de realizar el destino fundamental de toda obra literaria: el conocimiento y la clasificación del mundo. La rapidez en cambio anuda los circuitos mentales del escritor y del lector y anula también los circuitos del espacio-tiempo. Para Calvino la literatura combinatoria con sus propios medios técnicos, es la única que permite anular no sólo la distancia que existe entre el mundo interior y el mundo exterior sino también la distancia existente entre los innumerables mundos de las conciencias individuales.
La disciplina de la rapidez prevé un fervor poético que va de la mano con la exactitud en la búsqueda de la expresión justa, de la palabra insustituible capaz de unir la forma y el significado en un binomio inescindible. Es una destreza imprescindible para quien desee construir un mundo literario hecho de expresiones necesarias, únicas, densas, memorables.6
Sólo a partir de la rapidez se puede obtener la densidad de significado necesaria para la efectividad de las operaciones combinatorias. El sumergir la prosa en las aguas de la rapidez es impregnarle significado, llenarla de una mayor cantidad de imágenes mentales, es decir, aumentar su visibilidad.
Tenemos entonces que la rapidez potencia la visibilidad.
La irrupción a finales de los años sesenta de Ítalo Calvino en las filas del Ouvroir de Littérature Potentielle (OULIPO), no es, en su caso peculiar, una mera aventura algorítmica. Para Calvino, quien por ese entonces acababa de fijar su residencia definitiva en Paris, dejando atrás su larga experiencia como editor políticamente comprometido, para ese escritor famoso y militante desafortunado del Partido Comunista Italiano, la literatura combinatoria, fue una declaración espiritual y estética, una brecha definitoria.


ÍTALO, Calvino, Mondo scritto e mondo non scritto. (Milano: Oscar Mondatori, 2002), 115.
2 Íbidem, 117.
3 ITALO, Calvino. Lezione americane. Sei proposte per il prossimo millennio. (Milano: Oscar Mondatori, 2002).
4 Íbidem, 66.
5 Íbidem, 82.
6 Op. cit. p. 56.