REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su Laberinto


Alonso Ruiz Belmont

El complejo industrial militar estadunidense:
hipotecando la democracia


El 17 de enero de 1961, Dwight David Eisenhower emitió un mensaje televisado desde la Casa Blanca en el cual pronunció su discurso de despedida (Presidential Farewell address) como el trigésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América. El demócrata John Fitzgerald Kennedy se preparaba para tomar posesión del cargo y sustituir a Eisenhower en el Despacho Oval el día 23 del mismo mes.
Al paso de los años, las reflexiones que el mandatario republicano planteó aquel 17 de enero resultaron proféticas. El general de cinco estrellas y ex comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial había comunicado a sus compatriotas una histórica advertencia. “Ike” Eisenhower previno a los estadunidenses sobre el creciente poderío de una nueva coalición de intereses económicos, políticos, e incluso ideológicos, que podrían llevar al crecimiento desmesurado e injustificado del gasto militar en aquella nación. Él estaba convencido que aquellos intereses se hallaban consolidando nuevas e influyentes redes de poder que tenían el potencial de obstaculizar los procesos de rendición de cuentas y afectar la división de poderes. Lo anterior constituía un peligroso riesgo para el funcionamiento de las instituciones democráticas en los EE.UU. El entonces presidente se refirió a dichos grupos como el complejo industrial militar o Military Industrial Complex (MIC). El republicano afirmó: “Las estructuras de gobierno (en este país) deben prevenir la interferencia nociva, directa o indirecta, del complejo industrial militar. La desastrosa consolidación de estructuras ilegítimas de poder, es y será una permanente amenaza”. Eisenhower no se equivocó. Los más sangrientos acontecimientos que han transformado al mundo durante los últimos trece años no tendrían una explicación lógica sin una revisión cuidadosa de los conceptos que son mencionados en el discurso de 1961.
En un ensayo titulado “The Military Industrial Complex”, publicado en The Global Arms Trade (Routhledge, 2010), un libro coordinado por Andrew T.H. Tan, J. Paul Dunne y Elisabeth Sköns definieron al llamado MIC estadunidense como una coalición de poderosos actores (representados por integrantes de las fuerzas armadas, la industria militar, los miembros del poder legislativo y otros políticos de alto rango) que buscan un incremento permanente del gasto militar para satisfacer intereses económicos y políticos ajenos al interés ciudadano. Si bien los complejos industriales militares pueden desarrollarse en cualquier país que cuente con una industria armamentista, su funcionamiento varía en función de las características institucionales que se hallen presentes en cada régimen político. Desde un punto de vista teórico, los orígenes del concepto al que Dwight D. Eisenhower hizo referencia, se hallan en el libro The Power Elite (Oxford University Press, 1956), del sociólogo estadunidense Charles Wright Mills. Otras variantes pueden hallarse también en The New Industrial State (Houghton Miffin, 1967) de John Kenneth Galbraith. El término ha sido estudiado por muchos otros académicos e intelectuales, tanto desde perspectivas liberales como marxistas.
Cuestiones fundamentales como el surgimiento y la evolución del MIC en los EE.UU., así como el desmesurado tamaño e influencia política que esta inmensa red de intereses adquirió tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, son abordadas inteligentemente en la cinta documental Why We Fight (2005), de Eugene Jarecki. A lo largo del filme, Jarecki utiliza imágenes de archivo que mezcla con entrevistas a políticos, ex militares y destacados intelectuales, como los desaparecidos Gore Vidal y Chalmers Johnson. El director hace un recuento detallado de las nocivas consecuencias políticas que la descomunal expansión del complejo industrial militar estadunidense está ocasionando actualmente en la economía y la política exterior de aquel país, así como el peligroso erosionamiento de sus instituciones democráticas.
Durante el documental pueden verse todo tipo de argumentaciones contrastantes, a favor o en contra de la existencia de una política de defensa que le quita a la economía norteamericana sus más valiosos recursos financieros, humanos y tecnológicos. La mayor parte de los ciudadanos en aquel país pierden en este momento sus empleos y sus hogares. La clase media ha dejado de ser un segmento mayoritario de la población nacional en los Estados Unidos. Sin embargo, para la Casa Blanca, el Pentágono y el Congreso es más importante administrar sangrientas e innecesarias operaciones armadas que nada tienen que ver con la seguridad de sus compatriotas ni con la del resto del mundo. Tanto John S. D. Eisenhower como Susan Eisenhower, hijo y nieta del expresidente republicano, hablan ante las cámaras confirmando los temores del desaparecido “Ike”.
El filme permite entender las genuinas motivaciones que explican las posiciones ideológicas de prominentes neocons como William Kristol, fundador del think tank Project for a New American Century (PNAC, por sus siglas en inglés) o Richard Perle, integrante del American Enterprise Institute. Karen Kwiatkowski, coronel retirada de la fuerza aérea y ex analista del Pentágono, explica cómo desde el inicio de la presidencia de George W. Bush, la Oficina de Proyectos Especiales (Office of Special Plans) del Departamento de Defensa comenzó a llenarse de misteriosos asesores, provenientes en su mayor parte de los mencionados think tanks. De acuerdo con Kwiatkowski, todos esos individuos trabajaron intensamente, buscando justificar la guerra en Irak que Bush y su primer círculo de asesores querían iniciar desde el día en que el exgobernador de Texas se instaló en el Despacho Oval. Los atentados del 11 de septiembre le dieron a Bush, a sus halcones del PNAC (Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Richard Perle, Richard Armitage, Paul Wolfowitz y William Kristol entre muchos otros) y a destacados neocons (como la futura Secretaria de Estado, Condolezza Rice) el pretexto que necesitaban para su aventura militar contra Saddam Hussein. Tras la experiencia que llevó a la guerra en Irak, Karen Kwiatkowski decidió retirarse del ejército.
Un elemento que subraya el carácter siniestro que jugó la manipulación política para movilizar a los ciudadanos en favor de una guerra ilegítima se ve reflejado en la historia de Wilton Sekzer, un ex policía jubilado y orgulloso veterano de la guerra de Vietnam. Su hijo, Jason M. Sekzer, murió en las Torres Gemelas durante los ataques del 11 de septiembre. Movido por el dolor y el deseo de venganza, Sekzer se convierte en un entusiasta defensor de la guerra en Irak, convencido de los argumentos de Bush sobre la existencia de armas de destrucción masiva y los supuestos vínculos de Hussein con Al Qaeda. El ex policía solicita a la fuerza aérea de su país que el nombre de Jason quede escrito en una de las bombas que son arrojadas en territorio iraquí durante la invasión. Cuando las mentiras que llevaron al conflicto quedan al descubierto, Sekzer reacciona indignado y su consciencia crítica despierta. El nombre de su hijo queda inscrito en la placa de una calle, cerca del vecindario de Wilton en Queens, Nueva York. Para este padre, la bomba simboliza la ira y la placa el orgullo.
Dunne y Sköns explican que el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la entrada de los EE.UU. a dicho conflicto llevaron a la aparición de nuevos avances tecnológicos que fueron aplicados a la industria bélica. En los años previos, los Estados Unidos no contaban con una doctrina planificada de defensa ni dependían de empresas privadas para el abastecimiento de su industria armamentista, todo eso cambió ante la imperiosa necesidad de derrotar a los países del Eje. Sin embargo, al termino de la guerra, la Casa Blanca comenzó a reducir sus gastos en defensa. Los contratistas privados emprendieron entonces un intenso esfuerzo de cabildeo político en el Congreso para que los recortes en el presupuesto militar no se materializaran. El inicio de la Guerra fría en 1947 les dio el pretexto que necesitaban para conservar sus niveles de producción y continuar incrementando sus utilidades. A partir de entonces, los EE.UU. tuvieron que desarrollar una política de defensa a largo plazo y necesitaron la existencia permanente de una sofisticada industria militar para salvaguardar sus intereses. Ante la amenaza de un holocausto nuclear, la seguridad de los Estados Unidos y la Unión Soviética se basó en una estrategia de disuasión: la doctrina de la destrucción mutua asegurada (MAD, por sus siglas en inglés) que ambos hicieron extensiva a sus aliados en la OTAN o el Pacto de Varsovia.
La llegada de civiles a la burocracia militar comenzó en 1947 con la creación de la “National Military Establishment”, dicha entidad sería sustituida en 1949 por el Departamento de Defensa. Su sede fue ubicada en un gigantesco edificio que había sido inaugurado en 1943 y bautizado con el nombre de Pentágono, el complejo de oficinas más grande del mundo construido hasta este momento. Gradualmente, la administración del Departamento fue manejada conjuntamente por los miembros de las fuerzas armadas y los ejecutivos de las corporaciones estadunidenses que eran parte de la industria armamentista. Este hecho dio lugar a la aparición de una corrupta e irreversible interdependencia entre el sector privado y un grupo privilegiado de la burocracia gubernamental que originó un permanente conflicto de intereses. Dicho fenómeno, que es conocido como Revolving Door (“puerta giratoria”), consiste en la contratación de ex funcionarios públicos (militares) por las corporaciones privadas con las cuales éstos gestionaron lucrativos contratos mientras trabajaron en el Pentágono.
Un informe publicado en septiembre de 2012 por la organización Citizens for Responsability and Ethics in Washington (CREW), reveló que entre 2009 y 2011, 70% de los militares de alto rango que habían pasado a retiro en las fuerzas armadas norteamericanas aceptaron puestos como consultores, contratistas o miembros de los consejos de administración en empresas privadas de defensa. CREW estima que la “puerta giratoria” permite a un general de tres estrellas retirado ganar, cuando menos, unos $164,221 dólares anuales, mientras que un general de cuatro estrellas en la misma situación percibe, como mínimo, unos $179,000 dólares al año. El lucro es aún mayor, si tomamos en cuenta que muchos de estos generales y almirantes ocupan cargos similares en dos o más compañías del ramo de forma simultánea.
Dunne y Sköns explican que durante la Guerra fría, el mantenimiento de la llamada “superioridad táctica” frente a la URSS motivó la aprobación de abultados presupuestos en defensa en el Capitolio. Asimismo, la existencia de un solo comprador y la especialización en el desarrollo de nuevas tecnologías bélicas en los EE.UU. consolidó una estructura de mercado oligopólica, en la que un pequeño número de empresas (proveedores) continúa aprovechando apoyos gubernamentales en capital e infraestructura para desarrollar sistemas, vehículos, navíos o aeronaves de combate cada vez más complejos, costosos y poco eficientes.
Si bien la Guerra fría terminó en 1991, en 1993 William Perry, vicesecretario de Defensa, inició una política desregulatoria que propició la fusión de las más importantes compañías de defensa estadunidenses. El proceso se detuvo en 1997, pero las fusiones que se realizaron en dicho periodo incrementaron significativamente el tamaño de las nuevas corporaciones y su influencia política ha alcanzado proporciones descomunales. Un informe publicado en 2011 por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) indicaba que, de acuerdo con el monto total de sus ventas (calculadas en dólares estadunidenses) siete de las diez mayores empresas de defensa en el mundo aquel año eran norteamericanas (Lockheed Martin Corp., The Boeing Company, General Dynamics Corp., Raytheon Company, Northrop Grumman Corp., L-3 Communications Holdings Inc. y United Technologies). Otro reporte del portal AeroWeb, correspondiente al año fiscal 2013 (con corte al 1 de octubre), indica que el valor total de todos los contratos otorgados este año por el Pentágono a las diez mayores corporaciones de defensa estadunidenses es de 79,972 millones de dólares. Cinco de las más importantes son Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon y Northrop Grumman, respectivamente.
Probablemente, el daño más grave que el complejo industrial militar ha ocasionado al interés ciudadano en los Estados Unidos es el crecimiento exponencial del clientelismo político (Pork barrell politics). Cada año fiscal, los legisladores en el Capitolio buscan concentrar el gasto del gobierno en algún proyecto local para ganar votos en sus respectivos distritos o estados. De este modo, aprueban la liberación de fondos presupuestales para la adquisición de nuevos y sofisticados equipos militares de alta tecnología (aeronáutica, navíos, sistemas de comunicación e intercepción electrónica, misiles, vehículos blindados y artillería pesada). Las líneas de producción de estas corporaciones se hallan distribuidas en prácticamente la totalidad de los 50 estados de la unión americana, generando un número considerable de empleos. Congresistas y senadores necesitan un flujo constante de nuevos equipos en las líneas de ensamblaje para generar nuevas fuentes de trabajo. El apoyo que obtienen a cambio por parte de los electores a los cuales representan se traduce en votos que pueden darles la posibilidad de reelegirse en sus escaños y continuar sus carreras políticas. Asimismo, los legisladores necesitan las millonarias contribuciones de la industria armamentista para financiar sus costosas campañas de reelección, o en ciertos casos, obtener fondos para presentarse a las primarias presidenciales de sus respectivos partidos si es que cuentan con posibilidades de llegar a la Casa Blanca.
Por otra parte, todas estas grandes corporaciones han adquirido una influencia política cada vez más desproporcionada que, además, les permite influir en la política exterior estadunidense a fin de prolongar conflictos armados en varias regiones del mundo (principalmente en el Medio Oriente) para incrementar sus utilidades.
Tras el fin de la Guerra fría, el gasto en defensa comenzó a disminuir, pero hacia 1999 comenzó a incrementarse nuevamente y creció de forma acelerada a partir de 2001 debido a la llamada “guerra internacional contra el terrorismo”. La base de datos del SIPRI sobre gasto militar (SIPRI Military Expenditure Database, 1988-2012) indica que, entre 2001 y 2012, el gasto militar de los EE.UU. sumó la astronómica cantidad de 6.519 millones de millones de dólares (6.519 billones). En promedio, esta cifra representa 4.075 puntos del Producto Interno Bruto de aquel país durante el citado periodo. En 2006, una reforma constitucional permitió que el Departamento de Defensa pudiese solicitar al Congreso cantidades ilimitadas de recursos para cubrir sus necesidades en las zonas de guerra. Tanto los conflictos en Irak y Afganistán, como las operaciones militares en Pakistán, han sido financiadas casi por completo a través de endeudamiento público. El Pentágono ha utilizado asignaciones presupuestales especiales o de emergencia que no han sido correctamente monitoreadas en el Capitolio. No resulta ninguna sorpresa que hacia 2012, el déficit del gobierno federal en los Estados Unidos llegara a un máximo de 909 mil millones de dólares. Joseph Stiglitz, premio nobel de economía, estima que el costo final de todas las operaciones militares de los EE.UU en el Medio Oriente podría llegar a ser de 5 billones de dólares. Dicha conclusión es similar a la planteada en un informe elaborado en 2011 por la profesora Neta Crawford para Costs of War Project, una organización sin fines de lucro. Este año, Costs of War estimó que los conflictos en Irak, Afganistán y Pakistán ya han cobrado unas 330,000 vidas.
A pesar de ser un halcón, Dwight D. Eisenhower no exageraba cuando uno de sus asesores en el Despacho Oval lo escuchó decir: “Que dios se apiade de este país cuando alguien que se siente frente a este escritorio no sepa todo lo que yo sé acerca de las fuerzas armadas”. El 17 de abril de 1953, el New York Times publicó un discurso del presidente en el que éste había mencionado la necesidad de impulsar la coexistencia pacifica con la URSS. El republicano respondía así a una petición de los soviéticos para entablar negociaciones y tratar de poner fin a la Guerra fría, un episodio que terminó siendo un momento perdido de la historia. Sin embargo, uno de los párrafos del discurso decía lo siguiente: “(…) El costo de un bombardero de largo alcance es no tener una escuela moderna y equipada en más de treinta ciudades. Carecer de dos plantas de energía eléctrica con la capacidad para abastecer a dos poblados de 60,000 habitantes. No tener dos hospitales modernos y completamente equipados. Prescindir de unas cincuenta millas de asfalto para una autopista. Perdemos 16 millones de libras de trigo para pagar cada avión de combate. Gastamos en un solo acorazado los recursos para construir viviendas suficientes para unas 8,000 personas. Esto no es vida en absoluto. Bajo la sombra de una guerra amenazadora, la humanidad vivirá esclavizada por una batalla perpetua”.
Al mencionar la imposibilidad de que el gobierno pueda financiar permanentemente la existencia de un gigantesco complejo industrial militar que le quita a los ciudadanos cantidades exorbitantes de recursos públicos, el desaparecido politólogo estadunidense y profesor emérito de la Universidad de California en San Diego, Chalmers Johnson, advierte en el filme de Jarecki: “Estados Unidos enfrentará muy pronto un colapso financiero e incluso político a nivel nacional y una pérdida significativa de su capacidad para proyectar una imagen de liderazgo ante el resto del mundo.” Johnson añade que las consecuencias que genera una política exterior imperial en la vida de un país democrático pueden llevar a dos escenarios posibles: conservar el imperio y perder las instituciones democráticas (la antigua Roma), o conservar el orden democrático y renunciar a ser un imperio (Gran Bretaña). Johnson considera que, aún sin haberse percatado de ello, los Estados Unidos han elegido ya ser un imperio sin instituciones democráticas.


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1 Why We FIght; EE.UU, Francia, Reino Unido, Canadá, Dinamarca; 2005. Dirección: Eugene Jarecki. Producción: Arte, BBC-Storyville, Canadian Broadcasting Corporation (CBC). Guión: Eugene Jarecki

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