REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Pablo Rudomín, Doctorado Honoris Causa de la UNAM


Luz García Martínez

“Si volviera a nacer y tuviera la oportunidad de elegir nuevamente,
escogería ser científico. La satisfacción que he tenido ante un
experimento bellamente diseñado, ante una hipótesis demostrada
o ante un hallazgo inesperado, compensa otras limitaciones de
mi vida como científico.”
Pablo Rudomín


Le gusta leer y escribir poesía y diversos temas sobre ciencia. Escribe porque siente la necesidad de hacerlo, pudo haber sido un excelente pintor, le apasionaba el arte abstracto, pero su pasatiempo real es la ciencia misma. De enorme personalidad, atractivo, alto, delgado, de cabello entrecano que fija en una pequeña coleta, viste camisa a rayas y un suéter color beige. Está sentado en la terraza de su casa en Echegaray, es abril del año en curso, una tarde de sábado, realizo con él una entrevista, sin imaginar que meses después, como parte del cierre de los festejos del Centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Consejo Universitario aprobó entregarle el doctorado Honoris Causa, por ser uno de los neurofisiólogos de mayor prestigio en el mundo. En 2007, se cumplió medio siglo de la publicación de su primer trabajo científico. Sus contribuciones abarcan la fisiología cardiaca, el sistema circulatorio y pulmonar y la fisiología de la corteza cerebral, es el doctor Pablo Rudomín Zevnovaty.

Es biólogo, fisiólogo, neurocientífico y académico; ha obtenido entre otros innumerables reconocimientos el Premio Príncipe de Asturias de la Investigación Científica y Técnica en 1987, por sus estudios en la médula espinal: “me da mucho orgullo como mexicano que el trabajo sea reconocido internacionalmente” y quien ha dicho: “Más que formular leyes, los neurofisiólogos analizamos comportamientos particulares con los cuales intentamos generar modelos aproximados que expliquen el funcionamiento del sistema nervioso.”

Nace en la ciudad de México el 15 de junio de 1934. Su infancia transcurrió en el barrio de Tepito. Fue el único varón y el mayor de la familia formada también con dos hermanas: Ilianna o Elena (que vive en Israel) y Malka que en hebreo significa “reina”. Es hijo de Sonia Zevnovaty, originaria de Proskuror, localidad de Ucrania y de Isaac Rudomín Najamkes, quien vivió en un pueblo de campesinos llamado Smorgon, cercano a los poblados de Vilnuis (entonces Rusia, hoy Lituania) y Rudomina, de donde proviene el origen de su apellido.
Su padre, quien sólo tenía estudios primarios, emigró a México en los años 20, huyendo de la intolerancia soviética y obtuvo la nacionalidad mexicana en 1931, con la Acta No. 365 del Registro Civil. “Mi papá ya llevaba tiempo viviendo en México, el acta tiene un hermoso sello del Escudo Nacional y era de las pocas firmadas por el entonces Presidente de la República, don Pascual Ortiz Rubio.”

Isaac Rudomín siempre tuvo un gran respeto por el estudio y uno de sus deseos era que su hijo Pablo estudiara. Recuerda que entre los múltiples trabajos que desempeñó su papá, fue el de albañil, en la construcción del edificio de la Secretaría de Educación Pública, en la calle de Argentina ubicada en el Centro Histórico de la ciudad de México.
Cierta vez, cuando Pablo Rudomín era niño y caminaba junto con su padre por la calle de Argentina, éste le dijo: “Mira, yo hice esta pared, a ver si algún día puedes tú hacer algo que dure más que ella.” Así, en 1992, Pablo Rudomín estuvo por primera vez en las tierras de su padre, ¿qué emociones le despertó esta visita? ¿La ciencia es cómo esa pared que le mostró su padre, como una materia que es creada y recreada?: “Lo que dijo mi padre es algo alegórico, uno quisiera que las cosas duraran, pero el conocimiento científico cambia continuamente, lo que hoy es una idea nueva, mañana es cuestionada porque es parte de la dinámica de la ciencia… Ir a Rusia me despertó emociones, pero las sentí remotas, yo no hablo el ruso, aunque conservo ciertas tradiciones: canciones, alimentos, etc. Me percaté de que habían hecho un esfuerzo inmenso por educar a la gente y esto me dio un sentido de optimismo de que saldrían de sus problemas, porque su población es altamente educada, al igual que Alemania y Japón que después de la Segunda Guerra Mundial avanzaron porque tenían una base educativa y esto también me hace ser optimista respecto al proceso educativo de México.”
Su madre, Sonia Zevnovaty, 20 años menor que su padre, pertenecía a una familia acomodada de Proskurov, eran comerciantes de trigo y otros insumos que vendían al ejército del zar, pero también tuvo que huir de las persecuciones. Tenía una gran pasión por la lectura, algo fundamental para el desarrollo científico de Pablo Rudomín, y a quien siendo adolescente le impresionó leer El origen de la vida, de Alexander Oparin.

LA CIENCIA ES LA RESPUESTA DEL HOMBRE ANTE SU PROPIO DESTINO

Pablo Rudomín estudió Biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con especialidad en Fisiología. Trabajó con eminentes pioneros de la fisiología mexicana como el profesor Ramón Álvarez Buylla en la ENCB, el doctor Juan García Ramos, del Laboratorio de Fisiología del Instituto Nacional de Neumología y el doctor Arturo Rosenblueth, en el Departamento de Farmacología y Fisiología del Instituto Nacional de Cardiología.

En su adolescencia, apasionado por el arte, salía constantemente al campo, junto con su esposa, la artista y grabadora Flora Goldberg (entonces su novia), a pintar. Tenía su estudio en la azotea de su casa, pero un día se cuestionó lo siguiente: “¿qué será más fácil, ser buen científico o buen artista?” y decidió lo primero, donde trabaja lo mejor posible y aborda problemas que llaman su atención. Sus estudios versan sobre el análisis de los mecanismos del control central de la información transmitida por las fibras sensoriales en la médula espinal, y de cómo éstas se modifican durante lesiones centrales y periféricas, y procesos de inflamación aguda.

En 1993, en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, Pablo Rudomín expresó que su vida entregada a la ciencia ha sido una constante formulación de preguntas y búsqueda de respuestas. Destacó que la combinación de disciplina, rigurosidad y espontaneidad, aunada a la pasión y el compromiso, es la base de la investigación científica y que sólo puede transmitirse a las futuras generaciones con el ejemplo. “El aprendizaje de la investigación científica no debe transformarse en un proceso solemne, ya que después de todo es una gran aventura guiada por la curiosidad infantil.”

Subraya que la ciencia es una interpretación del universo que nos rodea y en la medida en que esta interpretación sea más “coherente con la realidad externa que deseamos estudiar, tenemos más posibilidades de entenderla y de modificarla en beneficio de los habitantes del planeta, que incluye no únicamente a los seres humanos sino a todos los seres vivos. A nivel social, todavía no hemos mostrado nuestra inteligencia, basta ver el mundo que nos rodea, incluso hay quienes dudan que podamos ser capaces de sobrevivir a los retos ecológicos, sociales y políticos que hemos generado como especie.”

“A través del conocimiento científico se puede trascender ese reto, a veces se duda porque el conocimiento no evoluciona con la rapidez que se desea y se piensa que hacer ciencia debe ser únicamente para resolver problemas que tienen implicaciones económicas. Ése es un sólo aspecto, porque la ciencia es la respuesta del hombre ante su propio destino, si somos seres humanos, es porque nos hacemos preguntas: ¿qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos?”

Pablo Rudomín señala que existen dos formas para abordar lo antes descrito: “Una es a través de posiciones religiosas que son respetables, pero su limitación es que parten de dogmas que no pueden ser discutidos y la otra, es la posición científica que cuestiona sus premisas y trata de hacer modelos coherentes con la realidad en que nos encontramos.”

“La ciencia tiene muchos usuarios, no únicamente el industrial: Desde el científico que hace investigación en su laboratorio y da información para que otros investigadores puedan realizar sus estudios, así como en la formación y capacitación de recursos humanos. Vivimos una época de explosión geométrica de la información que para cualquiera resulta imposible asimilar en su totalidad y el científico es una especie de filtro que permite alimentar esa información.”

En ese sentido, refiere que más que demandar a los estudiantes la acumulación de información, el científico les enseña una forma de razonar. “Les enseña a resolver problemas porque en eso consiste la vida. Por ello, insistimos en que la investigación básica puede contribuir en la formación de los recursos humanos que necesita el país o cualquier sociedad para seguir adelante.”

Destacó que a través del conocimiento se puede tener un mundo más culto y mejor. “Algunos señalan que la ciencia nos ha llevado precisamente a los problemas que estamos viviendo, pero la ciencia es como un martillo que se puede utilizar para “romper cabezas” o “hacer cosas”; por ello es el individuo, su cultura, su educación, el que va a dirigir a la ciencia y el conocimiento en una u otra dirección.'

El conocimiento científico nos permite conocer el mundo en que vivimos, tener una actitud crítica ante las opiniones de los demás, pero también aceptarlas e implica una convivencia y una idea real del mundo en que vivimos. “La forma más efectiva de no caer en esta espiral de violencia es a través del conocimiento y de la enseñanza, y no únicamente conocimiento científico y tecnológico sino de valores éticos que nos hagan darnos cuenta que vivimos en sociedades plurales, multiétnicas y tenemos que aprender a convivir, ése es uno de los ejemplos que México puede dar al mundo, espero que realmente la situación llegué a un estado en el cual podamos insistir que el conocimiento y la educación, son elementos fundamentales para nuestro desarrollo.”

Pablo Rudomín ha expresado que en el sistema nervioso se generan nuestros pensamientos, nuestras imágenes, nuestros sueños. ¿Estas palabras encierran varios significados, quizá metáforas?... “Los procesos mentales son producto de la actividad de nuestro sistema nervioso, es valga la analogía, como cuando una computadora ejecuta un programa: La ejecución del programa podría ser el equivalente al desarrollo de nuestros pensamientos e ideas. Indudablemente algunas personas no estarán de acuerdo con esta visión porque depende de la posición filosófica monista o dualista que se tenga. En ese sentido, me considero monista porque creo que todo es producto de la actividad de nuestro sistema nervioso y éste, como órgano, nos permite relacionarnos con el mundo externo, nos permite tener autoconciencia y nos permite tener un sentido de individualidad.”

UNA AVENTURA APASIONANTE: LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA

¿Cómo se inició Pablo Rudomín en la actividad científica?:

“Es realmente difícil decir en qué momento decidí dedicarme a la ciencia, en la secundaria cuando empecé a llevar las clases de química, fue un descubrimiento asombroso la idea de los compuestos que combinaban unas sustancias con otras, una de las prácticas era hacer éter etílico poniendo alcohol y ácido sulfúrico, me parecía una maravilla y hacía junto con un amigo experimentos en el garaje de la casa. Pero quizás, algo que fue muy importante, es que mi padre (nosotros vivíamos en el barrio de Tepito, en un edificio de la calle de Peralvillo), tenía en sociedad con el padre de Marcos Rosenbaum Pitluck, mi amigo de la infancia, que fue director del Centro de Estudios Nucleares (CEN) de la UNAM, un depósito de fierros viejos en la calle de Matamoros, en esa época no existía la televisión sólo el radio, para mis amigos y yo era fantástico ir al depósito que era un mundo de chatarra donde veíamos partes de automóviles, camiones, máquinas, ruedas, engranes, magnetos y esto nos despertaba la imaginación.

“Una vez quisimos hacer un submarino, otra hicimos aparatos que no sabíamos para que servían pero siempre tratábamos de hacer algo. Cierta vez, construimos una nave que en nuestra imaginación nos transportaba por agua, tierra y aire a todos los lugares de la Tierra y del Universo. Recuerdo que el panel de comandos lo hicimos con una vieja máquina de escribir Olivetti, de color negro y el periscopio era un enorme tubo de acero.”

Cursó la secundaria en el Colegio Hebreo Tarbut, donde tuvo como maestro a Gilberto Fernández Corzo, hermano de Rodolfo Fernández Corzo que fue director del IPN (1953-1956) y egresado de Ciencias Biológicas. “Eran los años 48, 49 y Gilberto, que también daba clases de meteorología en el IPN, nos impartía geografía y trataba de explicarnos lo que era la ciencia, fue una de las personas que me entusiasmaron por la actividad científica”. Él me prestó los libros Cazadores de microbios de Paul De Kruif y Héroes de la civilización de Cottler y Jaffee, 1956, biografías de científicos que habían dedicado sus vidas a la investigación: Luis Pasteur, Roberto Koch y otros científicos que me parecieron un modelo de vida de personas entregadas a un ideal, la imagen que tenía uno del científico era la de un misionero del conocimiento que dedicaba su tiempo y su energía en búsqueda de la confirmación de una hipótesis, en búsqueda de información, eso me impactó enormemente. Tenía la idea romántica de la ciencia que dista mucho de serlo en la realidad.”

¿En qué consiste esa idea romántica de la ciencia?:

“La ciencia como una especie de apostolado y casi un éxtasis continuo, se enfatizaba poco sobre los fracasos y las dificultades que tiene el científico para conseguir apoyo y ser comprendido, inclusive muchas veces en su propia familia. Pero en estos libros se presentaba como una cuestión luminosa y eso motivó que me dedicara a la investigación científica.”

Cuando estaba en la preparatoria, un cliente de su padre, que iba a comprar fierro era un investigador muy conocido en esa época, el ingeniero José Mireles Malpica que trabajaba en la ESIME, junto con un ayudante de apellido Lara. “El ingeniero Mireles Malpica me invitó un verano a ayudarles en el laboratorio que tenían en la calle de Belisario Domínguez, me pusieron a pulir algunos motores, tenían una máquina electrostática que al dar vueltas generaba electricidad, vi por primera vez algo que parecía un laboratorio de investigación y así también me fui interesando por la actividad científica.”

Cursó estudios en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, quería ser ingeniero químico ya que las clases de Química le habían gustado en la secundaria, “pero no tenía una idea real de qué era la investigación”. La preparatoria fue importante por dos cosas: fue quizá la primera vez que estuvo expuesto a la universalidad de las ideas y los cursos de Matemáticas y Física le fueron atractivos, también empezó a hacer experimentos de física. “Por esos años, en 1949, entre los maestros que estaban ahí había uno que daba clases en ciencias biológicas, el maestro Moncada que cierta vez me invitó a ir a la ENCB del IPN.”

Pablo Rudomín recuerda que en la Preparatoria el contacto con los maestros era mínimo. “Habiendo empezado en la Universidad el bachillerato en Ciencias Químicas, sentía angustia en ir al IPN. Recuerdo que cuando llegábamos a la UNAM, me trataban como uno de tantos miles de estudiantes y lo único que se veía eran las oficinas, una señora recibía las solicitudes, nos asignaba grupo y las ventanas se cerraban automáticamente, pero en la ENCB que en esa época era uno de los máximos exponentes de la educación en México y que estaba ubicada en Santo Tomás, una persona me mostró los laboratorios de biología y me hizo sentir que había interés por parte de la escuela en que yo estudiara ahí, pero lo que más me impresionó fue ver por primera vez los laboratorios de investigación con gente mirando al microscopio y los equipos electrónicos me hicieron recordar al submarino de mis juegos infantiles. Me enseñó el laboratorio de Ramón Álvarez Buylla, un maestro refugiado español y vi amplificadores, simuladores, equipo electrónico, todos esos racks me impresionaron mucho y decidí cambiarme a la ENCB.”

“Y si bien, tuve una excelente relación con los maestros de la UNAM, nunca fue comparable a la que tuve en Ciencias Biológicas porque éramos pocos estudiantes y encontré este contacto humano que fue importante para determinar una vocación. Para mis compañeros universitarios era yo “un traidor, un renegado” y para los politécnicos “era yo un catrín, un universitario popis” porque venía de la UNAM, empecé como químico bacteriólogo.

“Juan Oyarzábal, que también daba clases en la Facultad de Ciencias, me impartió Física de partículas elementales, un curso que me apasionó y estuve a punto de ir a estudiar Física a la Facultad, pero fue algo circunstancial y seguí en Ciencias Biológicas.”

¿Qué le gustó de ese curso?:

“Era un persona extraordinaria, hacía sus cursos espléndidos, supo despertar el interés en la Física, la cual planteaba como una emocionante aventura. Don Juan había sido capitán de fragata en la República Española y nos contaba interesantes anécdotas, eran un convencido del Esperanto, idioma universal que suponía con toda razón, que en el momento en que la gente hablara el mismo idioma o pudiera entenderse, habría menos guerras y más entendimiento entre la humanidad, algo que sigo pensando que es importante.

“Al poco tiempo me di cuenta que no me interesaba la bacteriología sino procesos biológicos más generales, quería hacer genética, estamos hablando de 1949, 1950, un poco antes de que se descubriera el código genético que era el tipo de genética mendeliana que se hacía y había un maestro, Antonio Hernández Corzo, hermano de Gilberto que me daba clases en secundaria, Gilberto también estaba en Ciencias Biológicas, en fin, había decidido mi vocación y llevamos clases en una bodega, ya me había yo cambiado a biólogo, era compañero de María Luisa Sevilla Hernández que después fue directora de la ENCB, queríamos hacer genética o bioquímica.

“También había otro maestro Castañeda Arguyo, fuimos a su laboratorio, queríamos entrar a trabajar y nos dijo: “Muy bien, -y nos dio un tambache de libros-, pues léanlos y cuando los hayan leído los regresan”, obviamente no los regresamos. El laboratorio de Álvarez Buylla me llamaba la atención, yo acababa de terminar el primer año de la carrera en Ciencias Biológicas y tenía un compañero que después fue licenciado distinguido, Mauricio Russek con quien hice amistad y un día me preguntó si no quería entrar a trabajar al laboratorio de Ramón Álvarez Buylla, yo siempre veía el laboratorio de fuera, veía los aparatos y estaba impresionado con la personalidad de Ramón, el trabajo en su laboratorio fue fundamental y definió mi vocación.

“Cuando terminé mi tesis de ciencias biológicas, busqué trabajo porque en esa época no había posibilidad de conseguir posición en la ENCB, entonces coincidió que el Dr. García Ramos quien era discípulo de Arturo Rosenblueth, trabajaba en el Instituto Nacional de Neumología y Juan Manuel Gutiérrez Vega, que fue también director de Ciencias Biológicas y estaba colaborando con él, me dijo que si no quería ir a trabajar con García Ramos y acepté. Por las mañanas iba al Casco de Santo Tomás y en las tardes a Tlalpan, en esa época se iba uno en camión, no tardaba uno tanto, la ciudad se ha hecho más grande, el tráfico es inmenso, el hecho es que una vez ahí, cuando García Ramos se iba a ir a la Universidad, me dijo si quería trabajar con Rosenblueth en Cardiología.”

SU RELACIÓN CON ARTURO ROSENBLUETH

Pablo Rudomín conocía a Arturo Rosenblueth a través de las conferencias que éste impartía en el Colegio Nacional y la posibilidad de trabajar con él en el Instituto de Cardiología le emocionó profundamente. “Fui a verlo y me dijo que si me interesaba trabajar ahí podía hacerlo en enero de 1957, pero curiosamente el primer día que llegué a trabajar con Rosenblueth a Cardiología, yo vivía en la colonia Roma, fui a comer a mediodía a mi casa y al llegar me dijeron que mi padre acababa de morir, entonces se planteó la situación de que tenía que hacerme cargo de la familia (mi madre, mi hermana más chica y los abuelos) yendo a trabajar al depósito de fierro viejo, pero la idea de trabajar con Rosenblueth era un sueño y tomé una decisión, hice mis cálculos, me pagarían 1,200 pesos al mes en Cardiología, la renta en la calle de Campeche y Manzanillo era de 500 pesos, sólo me alcanzaba para los gastos de la casa y yo podía comer en Cardiología, aunque las comidas institucionales siguen siendo malas, pero tomé la decisión y le dije a mi madre que no quería dejar esta oportunidad: “la vamos a pasar difícil pero no quiero vivir toda mi vida arrepentido de algo que pude haber hecho y no hice…

“¡Obviamente, algunos familiares consideraban que estaba loco, aún lo consideran!, otros que era un mal hijo y tuve ese complejo de culpa hasta que en 1979 obtuve el Premio Nacional de Ciencias e invité a mi madre a la ceremonia, quien al terminar el evento me abrazó y sonriendo dijo: “¡Pablo, qué bueno que no me hiciste caso!”… Esto no significa no hacer caso a los padres, pero si se tiene un sueño, hay que seguir adelante muchas veces en contra de la opinión de la gente y viendo en retrospectiva, siento que eso es lo que define o no el que pueda uno ser científico en países como México.”

Señala que su trabajo ha sido como una carrera de obstáculos. “Siempre se las ingenian para generar obstáculos burocráticos y hay quienes al primero se desaniman, otros somos necios y parte de mi historia a nivel científico tiene que ver con estos obstáculos y cómo con ser lo suficientemente necio pude contribuir a pesar de las ideas que había respecto a ciertos conceptos fisiológicos, el hecho es que estando en el Instituto de Cardiología reafirmé mi interés por el sistema nervioso.”

COMPUTACIÓN Y FISIOLOGÍA

¿Cómo ha aplicado Pablo Rudomín la ciencia de la computación en la fisiología?:

“Los antecedentes se remontan a la década de los años 50. La historia empieza el 19 de enero de 1957, cuando Pablo Rudomín entra a trabajar en el Departamento de Farmacología y Fisiología que dirigía el doctor Arturo Rosenblueth en el Instituto Nacional de Cardiología, ahora “Ignacio Chávez” (1944-1960) y quien en 1961, encabezaría el proyecto de creación del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (CINVESTAV) del IPN, al que le dedicó los últimos 10 años de su vida, con una gran visión creadora que la han hecho ser una institución de excelencia y uno de los pilares en los que se sustenta la producción científica y la educación superior del país.

Miembro del Colegio de México, el doctor y también pianista Arturo Rosenblueth, apasionado de la séptima sinfonía de Beethoven y candidato al Premio Nobel de Fisiología en 1952, dilucidó aspectos fundamentales de la fisiología del corazón y de los músculos estriados y lisos. “Igualmente apasionado era cuando descubría la explicación de un fenómeno que cuando destruía con argumentos demoledores y comentarios cáusticos a quienes ejercían la simulación en la ciencia o en las relaciones humanas.” (“Acercamiento a Arturo Rosenblueth”, por Emilio Rosenblueth, Memoria del Colegio Nacional).

“Lo recuerdo -señala Pablo Rudomín- porque fue el mismo día que murió mi padre Isaac Rudomín Najamkes, y fue una especie de compromiso que adquirí con la ciencia, porque al morir mi padre, la familia esperaba -como lo señalé antes- que me dedicara a los negocios que él tenía: el depósito de fierros viejos en el barrio de Tepito, en la calle de Matamoros, pero eso no me llamaba la atención, entonces me volqué más a la investigación y cuando entré a Cardiología, una de las cuestiones que Rosenblueth hizo en algunos de sus trabajos fue cuantificar los fenómenos que estaba estudiando.

“Él estimulaba algunos de los nervios, por ejemplo, el nervio vago, veía cómo se enaltecía la frecuencia cardiaca y trataba de hacer una relación entre la frecuencia de estímulo o intensidad de estímulo al vago y los cambios en frecuencia cardiaca; sacaba las curvas y hacía ajustes matemáticos. A partir de entonces, se desarrolla la idea de cuantificar los fenómenos biológicos y no dejarlos únicamente a nivel anecdótico, sino en una descripción cuantitativa.”

También en 1957 se casó con Flora Golberdg y la idea era que ambos se fueran a Nueva York, pero ella tuvo problemas con la visa, “no se la daban en parte porque su familia era muy amiga de Diego Rivera, era la época del posmacartismo.” Por lo cual se va solo y hace un curso de verano en uno de los laboratorios más famosos de Biología Marina en Woods Hole, Massachusetts, trabajando con Sthepen W. Kuffler y Josep Dudel que estaban escribiendo un trabajo sobre inhibición presináptica en la unión neuromuscular del músculo de los langostinos.

“Ellos usaban los langostinos y le sacaban un nervio, la mayoría de estos animalitos tiene una característica interesante, en los vertebrados, los músculos son inervados por un sólo nervio, un axón que al activarse libera aceticolina y se contrae el músculo; en los invertebrados o los langostinos o los crustáceos en general, los músculos reciben dos nervios: excitatorio e inhibitorio, entonces regulan sus movimientos a través de este balance de excitación-inhibición que en los vertebrados se hace en la médula espinal, pero ahí se hace parte en la periferia. Y esto es interesante, por ejemplo, ¿cómo saltan los chapulines?: se activa todo el tiempo el sistema excitatorio y el inhibitorio, y de repente quitan el inhibitorio y viene el salto, es como hacen los muchachos en las carreras de autos: aceleran y enfrenan al mismo tiempo, quitan el freno y sale disparado el coche.

“En esos estudios descubrieron que el nervio inhibidor podía inhibir no sólo al músculo sino a las fibras excitatorias a través del fenómeno de inhibición presináptica, lo cual me pareció interesante y surgió la inquietud por saber si los mecanismos de inhibición presináptica también están presentes en los vertebrados. Así, pasé un par de meses estudiándolo en otras especies de animales como el palinurus o panovirus, crustáceos que en lugar de recibir un sólo axón inhibitorio recibían dos axones inhibitorios, entonces la idea era si ambos tenían acción semejante.”

Después de estar con Arturo Rosenblueth en el Instituto Nacional de Cardiología, a Pablo Rudomín le interesaba estudiar el sistema nervioso y en 1959, se fue a Estados Unidos al Instituto Rockefeller de Nueva York, donde colabora con Vernon Brooks, gracias a una beca de la Fundación Guggenheim e ingresó a la Sociedad Mexicana de Ciencias Fisiológicas.

Tiempo después va a Italia a trabajar al Instituto de Patología Médica en Siena, donde vive un año con su familia. “Trabajé con el investigador italiano Sanketi en otra línea, pero curiosamente al final del verano, en agosto de 1961, cuando íbamos a regresar a México, se organizó un seminario en Pisa donde participaría el neurobiólogo inglés John Carew Ecclees (Australia, 1903- Suiza, 1997) quien en 1963 obtuvo el Premio Nobel, por su trabajo por el mecanismo iónico de excitación e inhibición de las sinapsis cerebrales.

“Fue una situación curiosa porque antes el también renombrado científico mexicano, uno de los neurobiólogos más citados, Ricardo Miledi (México 1927), miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y la Royal Society de Londres, había estado con Eccles; de hecho en el Instituto de Cardiología yo ocupaba la plaza que Ricardo Miledi tenía cuando trabajó con Arturo Rosenblueth en uno de los grupos de investigación más activos del país.

“En esa época yo era muy tímido, recuerdo que todo mundo rodeaba a Eclees, yo no lo busqué, de hecho ya nos veníamos para México, habíamos dejado la casa en Siena y estábamos en un pequeño pueblo a 30 kilómetros de Pisa, en la playa donde se quedaba Flora con mi hijo Isaac. Yo me iba a Pisa todos los días a un simposium que duró una semana, al medio día todos se iban a dormir la siesta y yo me quedaba en el jardín del Instituto y un día vi a un hombre arriba de un peral donde colgaban frutos, era Eclees quien me preguntó observando fijamente una fruta en sus manos ¿Oiga, qué frutas son éstas?, yo le contesté: “son peras”, entonces se bajó y empezó a preguntarme de dónde era, etc.”

Rudomín señala que entre Eclees y Ronseblauth había una rivalidad porque Rosenblueth había defendido la hipótesis de la transmisión química en el sistema nervioso y Eclees la transmisión eléctrica y si bien no se conocían personalmente, a través de la literatura científica no se agradaron uno al otro. “Esto tuvo consecuencias, cierta vez Eclees, me dijo: “si algún día te peleas con Rosenblueth y quieres venir a Australia, te vienes conmigo”, también dijo: “he visto que todos me rodean y me buscan y tú no me has buscado”, entonces le platiqué lo que estaba haciendo. En ese simposium Eclees presentó por primera vez sus estudios sobre inhibición presináptica en la médula espinal de los vertebrados, entonces resulta que el fenómeno que yo estudiaba y que Kuffler y Josep Dudel habían empezado en los crustáceos, era un mecanismo más general.

“Debo subrayar, que Raúl Hernández Peón, investigador mexicano destacado en el campo de la neurofisiología, Premio Nacional de Ciencias 1961, hizo estudios en los que decía que la información sensorial se podría controlar por el propio sistema nervioso en lo que él llamaba la primera sinapsis aferente: había un control en las fibras sensoriales que entran y hacen contacto con las neuronas, aunque en esa época que eran los años 50, no estaba claro cuáles eran los mecanismos.

“Cuando Ecless postuló también este mecanismo de inhibición presináptica, se relacionó con algunas de las cosas que había dicho Hernández Peón que fue una gran pérdida para México, murió a los 42 años en una accidente automovilístico el 16 de abril de 1968. También recuerdo que cuando estaba en Estados Unidos y no le daban la visa a Flora, decidí irme a Italia y Raúl Hernández Peón me convenció que me fuera a Siena con un amigo de él y yo iba a regresar a trabajar con él en un centro que fundó y dirigió en su propia casa en la colonia del Valle: el Instituto de Investigaciones Cerebrales que se transformó en lo que es ahora el Instituto Nacional de Neurología, lo apoyaba Manuel Velasco Suárez, que era Subsecretario de Salud y después fue gobernador de Chiapas.

“Así, cuando regresé de Italia tenía dos posibilidades: ir con Raúl Hernández Peón precisamente a ese centro o entrar con Rosenblueth a Cardiología, hospital que estaba en ciernes y las condiciones con que se perfilaba el CINVESTAV se veían atractivas como era la investigación interdisciplinaria; entonces al regresar de Italia me fui al CINVESTAV, este año se cumplen exactamente 50 años de eso… “

EL CINVESTAV… EL NUEVO ESCENARIO

Así, Pablo Rudomín regresa de Italia en septiembre de 1961 y en octubre ingresa al CINVESTAV. “Empecé a trabajar y una de las condiciones de Rosenblueth fue que en los próximos cuatro años tenía que doctorarme, ya que conforme a los reglamentos del CINVESTAV, se iba a empujar el programa de doctorado y no se podían impartir clases o ser investigador si no estabas doctorado.” En ese entonces, el doctor Rudomín tenía 15 o 16 trabajos y el compromiso era que en los cuatro años que iba a estar se iba a doctorar, estaría a cargo de los estudiantes y también tomaría cursos.

“Cuando empezó el CINVESTAV, estábamos alojados en espacios provisionales del IPN: estuvimos un año en la Escuela de Medicina, después en la Escuela de Física y Matemáticas, hasta que en julio de 1963 construyeron el edificio en Zacatenco, ahí empecé a trabajar mecanismos de control de la información sensorial, donde estimulaba el nervio laríngeo-superior que controla los músculos de la laringe y veía que producía reflejos y efectos de estimulación de otras vías sensoriales o de la corteza cerebral y encontré una inhibición que duraba más o menos que la inhibición que Eclees había supuesto que era inhibición presináptica, estamos hablando de 200 milésimas de segundo.

“Las inhibiciones que se conocían no duraban más de siete a diez milisegundos y la idea de inhibición presináptica de que el sistema nervioso pudiera controlar la información que viene del mundo externo era una novedad, empecé a estudiar esa inhibición y llegué a la conclusión que se trataba de inhibición presináptica.

“En esa época Rosenblueth era Director del Centro y yo Jefe del Departamento de Fisiología. Recuerdo que en un seminario presenté esta cuestión de inhibición presináptica y Rosenblueth preguntó: “¿quién dice esto?” y contesté: “Eclees lo ha postulado”. Rosenblueth expresó: “Yo a Eclees no le creo nada porque ha cambiado de opinión, primero defendía la hipótesis eléctrica y ahora la química, ¿qué se puede esperar de una gente que cambia de opiniones?”. Yo trataba de explicar los datos, pero Rosenblueth no me dejaba hablar, él había hecho un estudio de modelos matemáticos de la transmisión sináptica en la médula espinal pero no habían metido esos conceptos, entonces me impacienté y le dije: “bueno, si no ha leído esos trabajos no discutamos, léalos primero”, y en el momento en que lo dije me quedé pálido, ¿cómo me había atrevido a decirle eso al doctor Rosenblueth?, él se quedó callado y proseguí con mi ponencia.

“Debo aclarar que Rosenblueth fue mi padrino de bodas y me conocía desde que yo tenía 19 años, había una relación un poco paternalista. Recuerdo que al terminar el seminario me encontré con García Ramos, que fue colaborador durante mucho tiempo de Rosenblueth y me dijo: “oiga Pablo, ésa no es manera de hacer evidente que el doctor Rosenblueth no está leyendo, estuvo muy agresivo” y le respondí: “Yo no puedo discutir eso, si se discute hay que poner las cosas sobre la mesa y él mismo Rosenblueth me enseñó que las cosas así deben de ser.

“Sin embargo, me sentí muy mal y pensé: “¡Aquí ya se acabó todo!”, entonces al día siguiente fui a ver a Rosenblueth a su oficina y le dije: “Oiga doctor, García Ramos me dijo esto y la verdad no quería ser agresivo” y me dijo: “¿Quién te enseñó a discutir así en los seminarios?, ¡pues yo!, hacía mucho que no gozaba un seminario, sigue así Pablo, ya cortaste el cordón umbilical”; es decir, su reacción fue positiva pero no estaba convencido del fenómeno del que el sistema nervioso pudiera controlar la información sensorial justo al entrar, porque inclusive está modulando nuestras percepciones del mundo externo por lo que respecta a estímulos cutáneos y musculares, a mí me parecía un fenómeno bello estéticamente hablando y pensé ahondar en el tema, es decir, su escepticismo fue una motivación para seguir adelante.
“En esa época el CINVESTAV era pequeño, no tendría más de 30 personas, comíamos en un pequeño comedor que manejaba un primo de Eugenio Méndez Docurro, donde hacían una comida casera. En ese lugar conocí a Harold Dutton quien estaba en el Departamento de Ingeniería y le manifesté mis intereses, sabía que él trabajaba en computación, no sabía exactamente qué hacía pero le interesó este mecanismo de control, después me enteré que había trabajado en sistemas de control automático para los vuelos y tenía un doctorado en el MIT y otro en Columbia University en Nueva York.”

UNA NECESIDAD… LA COMPUTACIÓN Y LA “PDP12”

Pablo Rudomín señala que en esa época no había computadoras digitales en el CINVESTAV, ni siquiera en México. En ingeniería eléctrica el que manejaba una computadora analógica era Harold Dutton, “precisamente en la computadora analógica metes un voltaje y tienes amplificadores que continuamente están sumando, restando, multiplicando, entonces se podían obtener con las distintas partes y filtros, promedios y fluctuaciones.”

Dutton diseñó esos circuitos en los cuales trabajaron los entonces estudiantes Jaime Álvarez Gallegos, Cristina Rodarte y José Madrid Flores. “Dutton se los trajo de ingeniería eléctrica y cada uno mejoró este sistema de computación analógica, publicamos los primeros trabajos antes del 68, pero para que eso funcionara necesitábamos generadores de pulsos y era un poco antes de la época de los circuitos transistorizados, como generadores de pulso usábamos los estimuladores que vendía Albert Grass que había sido técnico electrónico de Rosenblueth en Harvard y después puso una fábrica de equipo electrónico y apoyó mucho al CINVESTAV. Rosenblueth nos daba o prestaba ese equipo, de hecho fue un apoyo fundamental el de Albert y Helen Gras que duró por muchos años, aún después de muerto Rosenblueth.

“Recuerdo que una vez entró Rosenblueth a saludar a Albert Grans y vio que estábamos usando cinco estimuladores, se enojó y nos preguntó: “¿cómo, usan cinco estimuladores, si yo con uno o dos podía hacer todo lo que quería?”; entonces Albert Gras le explicó y lo convenció de que lo que estábamos haciendo estaba bien, pero yo ya tenía noticias de la computadora digital e insistía desde entonces en su adquisición. La idea de la computación digital era poder hacer las cosas automáticamente porque la analógica tenía como 20 potenciómetros que había que estar ajustando todo el tiempo y en eso Dutton era una maravilla, hacíamos experimentos prolongados que duraban toda la noche, nos quedábamos en el laboratorio, no teníamos un sitio para dormir y cuando estábamos muy cansados para regresar manejando a nuestras casas, como a las tres o cuatro de la mañana, dormíamos en el suelo donde poníamos nuestras batas y empecé a pedirle también a Rosenblueth un sofá para dormir, pero se opuso rotundamente porque decía que se podían usar para fines indecorosos: “Es que pueden hacer otras cosas en el sofá” y yo le contestaba: “¿Sabe usted para su información, lo puede hacer uno en el suelo también?, -sonríe-.

“Finalmente, cambió de opinión y me autorizó tener un sofá con un colchón de hule espuma que aún conservo y pudimos arreglarnos para estar más tiempo en esos experimentos y fue cuando sucedió lo del 68, en esa época me fui de sabático un año, en octubre estaba en Estados Unidos, en los Institutos Nacionales de la Salud en Merilidan, recién se estaba metiendo la computación digital y el profesor Porcelino impartió un curso de computación digital, decidí tomarlo y quedé maravillado porque me di cuenta de la potencialidad. El jefe del departamento donde yo estaba era Carlos Franc quien manejaba uno de los programas de apoyo a las ciencias básicas que daban los Institutos Nacionales de Salud y me convenció de pedir un donativo para mis proyectos que tanto le platicaba. Tener un donativo de los Laboratorios Nacionales de Salud era difícil y lo sigue siendo, pero me apoyó y conseguí el donativo que mantuve por 38 años seguidos, caso único de alguien que no está en ese país que puede tener apoyo por tanto tiempo y que era muy competitivo y fue lo que me permitió estar en México y tener bien equipado el laboratorio.”

En 1969 aparece el ordenador PDP-12, que fue utilizado en aplicaciones como la química, la psicología aplicada, el monitoreo de pacientes y pruebas industriales y fue el sucesor al LINC-8. “Aunque inicialmente solicité un promediador digital, el LINC-8, después de haber tomado el curso, me di cuenta que era mejor una computadora digital porque se podía programar. Yo me enamoré de esa computadora porque el LINC-8 era un miniordenador que fue su antecesor, fabricado por Digital Equipemt Corporation entre 1966 y 1969. La PDP12 ocupaba más espacio que una nevera y actualmente está en el Museo Tezozomoc o Centro de Difusión de la Ciencia y la Tecnología del IPN.

“Me llama la atención a lo largo de estos años que Rosenblueth venía de un medio como el MIT donde esto era una cuestión rutinaria, sin embargo, yo lo atribuyo a que él viene en 49 o 50, y no vivió el brinco tecnológico que implicó el paso de los bulbos a los transistores y ya estaba metido en los 60 con la Dirección del Centro y estamos hablando de los 70, entonces no hubo esta cuestión y en la historia de la ciencia es esencial la interacción con otros grupos y lo vemos en el presente donde el progreso es acelerado cuando hay interacción y señalo esto porque justamente cuando hay crisis y limitación de fondos, lo primero que suspenden son las salidas de los muchachos a Congresos, las salidas al extranjero, porque lo consideran turismo científico y no se dan cuenta que esa interacción nos permite aprender, compararnos con otros y darnos cuenta de nuestras potencialidades.

“Yo me di cuenta tempranamente y he insistido en la necesidad del trabajo interdisciplinario que empezó con Harold Dutton, luego tuvo un periodo de estancamiento, pero desde que entró René Asomoza Palacio a la Dirección del CINVESTAV, hemos generado un seminario y una red multidisciplinaria donde están fisiólogos, matemáticos y computólogos, llevamos año y medio de funcionar y han surgido proyectos de interés común.”

LA NUEVA CASA DE LA COMPUTADORA PDP12

La computadora PDP12 que adquirió el doctor Rudomín para los trabajos en el CINVESTAV, actualmente está en el Museo Tezozomoc. Son cuatro refrigeradores gigantescos, tenía 20K de memoria y cada k costaba mil dólares, entonces eran 20 mil dólares lo que costaba. “Hicimos maravillas con la PDP12, yo programaba en tiempo, en lenguaje de máquina binario, era maravilloso y la tecnología ha avanzado mucho respecto a esa computadora gigante a como son ahora y esto es significativo, es parte también de la historia del CINVESTAV en estos 50 años que cumple de su creación.

“Conservé la PDP12 porque es una maravilla, toda atrás fue alambrada a mano y a veces había problemas porque se metían algunos ratoncitos, mordían los cables y dejaba de funcionar. En el Museo Tezozomoc la colocaron muy bien y como ya no funcionaba, le pusieron adentro una pequeña PC que imita su funcionamiento y atrás le quitaron la tapa, le pusieron un plástico y se ve muy bien.”

Doctor Pablo Rudomín, ¿si no se hubiese logrado contar con la computadora PDP12, esto hubiera influido en su investigación científica?:

“Definitivamente, lo más probable es que me hubiera ido por otro camino porque sentía que era una necesidad primordial y mi proyecto de la inhibición presináptica fue reconocido para el Premio Príncipe de Asturias, o sea, era el momento, y esto es otro de los problemas que tenemos en México que a veces no es nada más la cuestión del dinero a la ciencia, sino la oportunidad de usar ese dinero.”

50 AÑOS DEL CINVESTAV, 50 AÑOS DEL TRABAJO DE UN INVESTIGADOR

Estos 50 años que se cumplen del CINVESTAV que son también 50 años del trabajo de Pablo Rudomín, ¿qué significa y qué hay a futuro para este Centro y el trabajo específico de Pablo Rudomín?:

“Es una pregunta complicada, me asombra que hayan pasado 50 años tan rápido, han sido como un suspiro o como un tío le dijo a su esposa cuando cumplió 50 años de casado: “Hay mi vida, estos han sido como cinco minutos, sí pero cinco minutos debajo del agua”. Han habido buenos y malos momentos, sigo sintiéndome el mismo jovencito insatisfecho que sigue buscando, que sigue tratando de trabajar, tengo estudiantes, me gusta el laboratorio, debo reconocer que en ese sentido el país ha sido generoso conmigo, me han dado toda clase de reconocimientos y he tenido ofrecimientos a altos niveles de la administración pública que no he aceptado porque mi compromiso está con la ciencia: la ciencia de todos los días, el tener estas interrogantes y la idea de tener un jefe con el que tengo que estar bien, va más allá de lo que yo puedo manejar y en estos puestos desafortunadamente ni siquiera importa lo que haces o no haces, sino formas parte de un grupo y son otros parámetros, obviamente todo lo que he podido hacer en ciencia se lo debo a mi esposa y a la familia.”

El doctor Pablo Rudomín toma un libro, comienza a hojearlo, yo lo veo con admiración, nadie como él para recibir el Doctorado Honoris Causa de la UNAM y pienso en el otrora niño que jugaba en el depósito de fierros viejos en el barrio de Tepito, juegos que despertaron su imaginación y le hacen decir: “Si volviera a nacer y tuviera la oportunidad de elegir nuevamente, escogería ser científico…”

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