REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

La muerte del Gran Viejo


Miguel Ángel Sánchez de Armas

Hace 52 años, el 3 de julio de 1961, el gran “Papa” Hemingway se quitó la
vida al atardecer. En una habitación de su casa solariega en Ketchum,
estado de Idaho, colocó el cañón de su escopeta en el paladar y jaló el
gatillo. Así dijo adiós a las armas y a su generación perdida y se internó
en el mar de la eternidad, rumbo a las verdes colinas en donde las campanas
siempre doblan a vida y no hay más quinta columna que la de los hombres que
han encontrado la luz. Estaba a punto de cumplir 62 años.
Al día siguiente, el Oakland Tribune escribió: “la muerte siguió la vida
de Ernest Hemingway como una sombra obsesiva. El tema de la muerte fue su
sello distintivo alrededor del cual construyó sus novelas y cuentos. Alguna
vez dijo que sólo había un tema para un escritor: la muerte y su evasión
temporal, la vida”.
En 1953 recibió el premio Pulitzer y en 1954 el Nobel, pero esto sólo lo
recuerdo como anécdota, porque el legado de Ernest es la inmortalidad de su
literatura. El morbo de quienes le recuerdan sólo por una vida desordenada
y caótica no hace mella en su arte. Después de la muerte, dos profesores
dijeron que durante los siete meses anteriores al suicidio Hemingway había
sido un “fantasma” de sí mismo. ¿Y? Quien haya visitado Finca Vigía en las
afueras de La Habana no me dejará mentir: esos artistas pueden abandonar la
carne, pero su energía queda ahí.
Como regalo estival a los lectores de JdO, algunos fragmentos
hemingweyianos:
Del cuento “Los asesinos”, de Hombres sin mujeres:
“Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacía tres años.
Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus
hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la
misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la
afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la
empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas
astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal
embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de
un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del
arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hom¬bro izquierdo se
inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna
izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la
pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba
la cabeza él per¬dió de vista los cuernos y dio dos vueltas encima de ellos
an¬tes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo
cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuer¬nos sin perder la
serenidad.”
De “Los jóvenes que despiertan al amanecer”, de Androgyne mon amour:
“Los jóvenes que despiertan al amanecer pueden asustarse de ser expulsados
con demasiada rapidez de sus protectores sueños de una madre, no
recordados. Repentinamente, entonces, pueden sentir la verdadera enormidad
de la exposición a la casualidad. La mañana que recién comienza, está
colmada de demandas susurradas que ellos sospechan no poder satisfacer. ¿Y
en quién pueden confiar suponiendo, temerariamente, que todavía sean
capaces de confiar sino en alguien (tú) cuyo nombre ha regresado a la
confusión de muchos nombres de anoche? Te miran con precaución mientras te
das vueltas y suspiras en sueños. Están envidiosos de ti, de tu sueño, que
todavía te protege de los susurros que se hacen más audibles cada instante.
Se sientan, con cuidado, en el borde de tu cama, agobiados y temblorosos
como viejos sentados en los bancos, tosiendo con tos de fumadores…
Pregunta: Si no estuvieras durmiendo ¿los llevarías otra vez contigo al
cálido olvido, o, si te despertaras en este momento, acaso ellos no serían
para ti tan sin nombre como tú para ellos, y aún menos confiables?
Probablemente sí, ya que el recelo es, entre las divisas heráldicas del
escudo de tu corazón, la que parece más indeleble, como si estuviera
tallada allí, o grabada a fuego. ¿Qué les queda por hacer entonces, más que
sentarse cuidadosamente al borde de tu cama, mirando de soslayo la prisión
de luz que ha traído la mañana? ¿Será mejor a las diez que a las siete?
Otra pregunta cuya respuesta, equívoca, espera en el magistral tictac del
reloj, de tantos, tantos relojes. Y así, sin que nadie haya pronunciado sus
nombres ni haya tocado sus cuerpos agobiados, descienden otra vez al
misterio de la cama, tras haber cerrado los postigos para dejar atrás el
día un atardecer más.”
De Por quién doblan las campanas:
“Después se acomodó lo más cómodamente que pudo, con los codos hundidos
entre las agujas de pino y el cañón de la ametralladora apoyando en el
tronco del árbol. […]
“Cuando el oficial se acercó al trote, siguiendo las huellas dejadas por
los caballos de la banda, pasaría a menos de veinte metros del lugar en que
Robert se encontraba. A esa distancia no había problema. El oficial era el
teniente Berrendo. Había llegado de La Granja, cumpliendo órdenes de
acercarse al desfiladero, después de haber recibido el aviso del ataque al
puesto de abajo. Habían galopado a marchas forzadas, y luego tuvieron que
volver sobre sus pasos al llegar al puente volado, para atravesar el
desfiladero por un punto más arriba y descender a través de los bosques.
Los caballos estaban sudorosos y reventados, y había que obligarlos a
trotar. […]
“El teniente Berrendo subía siguiendo las huellas de los caballos, y en su
rostro había una expresión seria y grave. Su ametralladora reposaba sobre
la montura, apoyada en el brazo izquierdo. Robert Jordan estaba de bruces
detrás de un árbol, esforzándose porque sus manos no le temblaran. Esperó a
que el oficial llegara al lugar alumbrado por el sol, en que los primeros
pinos del bosque llegaban a la ladera cubierta de hierba. Podía sentir los
latidos de su corazón golpeando contra el suelo, cubierto de agujas de
pino. Estaban tan juntos, que mientras se movía la aguja que marcaba los
minutos, aguja que él no veía ya, sabían que nada podía pasarle a uno sin
que le pasara a otro; que no podría pasarles nada si no eso; que eso era
todo y siempre, el pasado, el presente y ese futuro desconocido. Lo que no
iban a tener nunca lo tenían. Lo tenía ahora y antes y ahora, ahora y
ahora. O ahora, ahora, ahora; este ahora único, este ahora por encima de
todo; este ahora como no hubo otro, sino este ahora y ahora es tu profeta.
Ahora y por siempre jamás. Ven ahora, ahora, porque no hay otro ahora más
que ahora. Sí, ahora. Ahora por favor, ahora; el único ahora. Nada más que
ahora. ¿Y dónde estás tú? ¿Y dónde estoy yo? ¿Y dónde está el otro? Y ya no
hay por qué; ya no habrá nunca por qué; sólo hay este ahora. Ni habrá nunca
por qué, sólo este presente, y de ahora en adelante sólo habrá ahora,
siempre ahora, desde ahora sólo un ahora; desde ahora sólo hay uno, no hay
otro más que uno; uno, uno, uno. Todavía uno, todavía uno, uno que
desciende, uno suavemente, uno ansiosamente, uno gentilmente, uno
felizmente; uno en la bondad, uno en la ternura, uno sobre la tierra (...)”
De Un lugar limpio y decente:
“¿Qué temía? No era temor o miedo. Era una nada que él conocía demasiado
bien. Todo era nada y un hombre era también nada. Algunos vivían en ella y
nunca la sentían, pero él sabía que todo era nada y pues nada y nada y pues
nada. Nuestra nada que está en la nada, nada sea tu nombre y nada tu reino
y tuya será la nada en nada como es en la nada. Danos esta nada, nuestra
nada de cada día y nada a nos en la nada, pero líbranos de la nada; pues
nada.”
De Verdes colinas de África:
“Los buenos escritores son destruidos en su país y sus talentos marchitados
por exceso de ambición, por los elogios desmedidos, por sus pretensiones de
intelectualismo y de superioridad.
“En cierta época de sus vidas, los escritores suelen convertirse en
líderes. ¿A quiénes conducen? Poco importa. Si no tienen discípulos los
inventan. Y es inútil que aquellos que han sido escogidos como discípulos,
protesten. En este caso se los acusa de deslealtad... Hay otros que ensayan
salvar su alma con 10 que escriben. Es un medio fácil. Otros, todavía se
arruinan por la primera suma de dinero recibida, la primera alabanza, el
primer ataque, la primera vez que descubren que no pueden escribir, o bien
se asustan e ingresan a asociaciones que piensan en lugar de ellos.
“Piojos de la literatura, gusanos para anzuelo, metidos en una botella, que
tratan de derivar conocimientos y alimento de su propio contacto.”

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