REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 01 | 2020
   

Artes Visuales

Rubén Leyva: construcción de los misterios


Miguel Ángel Muñoz

Figura consolidada del arte mexicano, donde empezó a despuntar hacia el ecuador de la década de 1970, Rubén Leyva, jamás se ha perdido por la intrincada senda del arte donde públicamente transita desde hace 35 años. Toda una vida, pero vivida paso a paso, sin saltos al vacío, ni estridencias de ningún tipo. Éste es, en principio, el camino de la pintura, cuya historia se pierde en la noche de los tiempos, aunque luego, cada cual lo puede recorrer con mayor o menor agitación. No es el caso de Leyva, pues el equilibrio de su obra se ha cifrado en mantener simultáneamente en pie lo poético y lo instintivo, o, si se quiere, lo mental y lo corporal que asedian cualquier proyecto artístico, pero lo sintético ha consistido en plasmar sobre la tela, o mejor, en sus lienzos resientes, todos los recursos pictóricos de lo gestual, todo ello entreverada de un elemento figurativo muy variado y un cromatismo brillante y refinado

Sólo con detenerse ante estos nuevos dibujos, el espectador comprobará que el argumento de estos cuadros protagonizados por “figuras puramente plásticas” (que llevan dentro una fuerza visionaria y misteriosa muy peculiar), es de carácter absolutamente pictórico. Nos encontramos, pues, con unos papeles que tienen por tema único a la pintura, declarando también en qué pueden consistir este arte y su práctica.

Para atraernos, este arte ha entrado en un proceso de iluminación, de aclaración del color. Desde las enseñanzas de Kandinsky sabemos que “los colores claros atraen el ojo con intensidad y fuerza, y que ésta es aún mayor en los colores claros y cálidos: el bermellón atrae y excita como la llama, que el hombre siempre contempla ávidamente…, mientras el ojo busca profundidad y calma en el azul o en el negro”. Es notorio también que la contemplación del color puede provocar un efecto más profundo que el de la atracción: una conmoción emocional. A ese respecto, Leyva ha venido sustituyendo el trazo gestual del principio por una manera propia de arrastrar el color por el espacio pictórico, dinamizándolo, haciendo de él un elemento plástico muy activo. Al mismo tiempo, ha logrado que las formas y los elementos constructivos aumenten su consistencia formal y fuerza compositiva. Así, su obra última se afianza sobre tres criterios primordiales: un colorido más claro, libre y creativo; unas formas geométricas elementales que funcionan sobre juegos muy sencillos (figuras rectangulares sueltas o asociadas en series, perfiles de escalera y de pirámide), y una manera cada vez más rotunda de estructurar el cuadro como un todo absoluto. Hay que recordar sus anteriores exposiciones individuales, donde se ve claramente, no sólo su evolución estética, sino también los cambios constantes de su discurso. Sobresalen: Crónicas de un jugador (2007), en la Unión de Escritores y Artistas en Cuba; Espejos del alma (2000), Casa Lamm, Ciudad de México; Jugar o no jugar (1999) Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, entre muchas otras.

En lo que atañe a la estructura, interesa comprobar cómo la obra última de Leyva no sólo incluye referentes de orden arquitectónico o constructivo, sino también formas y figuras plásticas que remiten a “lo cósmico”, como lo son esas enormes esferas y círculos no siempre regulares, que resultan de una libertad formal y compositiva de la mayor expresividad y de una intensa emoción psicológica. Por supuesto que la referencia al universo de las esferas solares y a los sistemas constructivos del mundo -incluso se podría “encontrar” en alguna ocasión alguna cita orográfica-, no niega la completa emancipación de la naturaleza externa en la que se vienen produciendo los dibujos de Leyva. Lo que ocurre es que un pintor, por abstracto o figurativo que se sienta o que sea, nunca podrá borrar por completo el “mundo” de las formas de la realidad externa, ni cerrar la intuición a las sugestiones de color que le entran por la mirada. Lo determinante está en convertir el color, la forma, el espacio y la estructura en agentes internos propios, y en elementos plásticos determinantes en la creación de sus obras. Así es en el caso de Leyva, y así se expresa en su libre e intensa vivencia espiritual de lo pictórico. Una libertad que puede y debe llegar (citando de nuevo a Kandinsky) hasta donde alcance la intuición del pintor.
Pero, por encima de todo, lo que hace Rubén Leyva, paso a paso, es encararse, hay que decirlo, con esa esfinge prohibida de la belleza, logrando atisbos, a veces escalofriantes en los grandes papeles, con manchas homogéneas de color saturado, acosadas por atrevidas tonalidades circundantes y formas quebradas que tratan de rasgar sus contornos. Algo así como un Kandinsky posmoderno, siempre en una línea poética sorprendente.

* Texto del catálogo de la exposición Rubén Leyva: obra en papel, que se exhibe en el Centro Cultural de la Ciudad de Guantánamo, Cuba.

miguelamunozpalos@prodigy.net.mx