REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
28 | 01 | 2020
   

Arca de Noé

Día de los difuntos


Francisco Carranza Romero

Ni bien nos ponemos a pensar en el tiempo presente, éste se pasa y se vuelve pasado. Ni bien creemos que hemos capturado el presente por un instante, éste se escapa y vuela para nunca más ser capturado. ¿Cuánto dura lo actual, lo presente? A ver, que respondan los que se dan de muy actualizados y modernos; y que también respondan los que reniegan del pasado.
Nuestros difuntos pertenecen al pasado mientras los vivos somos el presente. Cuando recordamos con afecto a los que se marcharon de esta vida queremos compartirles nuestras historias, proyectos, fiestas, comidas y bebidas. Por esta razón, cuando visitamos las moradas de los difuntos les llevamos comida, bebida, música y nuestras historias íntimas. Al dar las ofrendas a los difuntos les decimos mental y hasta oralmente: Vean, oigan y compartan nuestra comida. No los olvidamos. Al contarles nuestras vidas, también les informamos y pedimos ayuda desde la otra dimensión.
En el siglo XVI el sacerdote José de Acosta (1540-1600) escribió sobre el rito a los difuntos practicado por los nativos del Perú: “Creen que las ánimas de sus defuntos andan vagando, y que sienten frío y sed, y hambre y trabajo, y por eso hacen sus aniversarios llevándoles comida, y bebidas y ropa” (Historia natural y moral de las Indias, Libro V, Cap. 7). Luego exhorta a los prelados para que instruyan a los gentiles peruanos para que ya no sigan en la “superstición gentílica”. A pesar de varios siglos de catequesis y prédicas, muchos cristianos del siglo XXI de las zonas rurales siguen, como sus antepasados, dando ofrendas de comida, bebida y música a sus difuntos porque es su memoria histórica. Esta práctica de la tradición no significa que no colaboren con los sacerdotes a quienes también les contratan para que celebren misas y otros ritos para los difuntos. Y esta realidad pluricultural sólo exige el respeto de la religiosidad indígena y la que han traído los europeos. Nadie debe satanizar a los que son diferentes.
En Corea del Sur he visto la actitud de los religiosos católicos, quienes, cuando asisten a los ritos para los difuntos, respetan los ritos de los nativos con influencias del taoísmo, confucianismo y budismo. En los funerales de los católicos, fuera de la misa y el responso, dejan que las ceremonias sean dirigidas por los maestros geománticos. En el Año Nuevo Lunar y en la fiesta otoñal de Chusok asisten al rito de ofrecer comida y bebida a los difuntos representados por una fotografía o una tablita con el nombre. Por el respeto que muestran a otra manifestación cultural reciben mayor respeto de sus feligreses y de los no creyentes. Un monje budista coreano, al hablar de los católicos coreanos que son una minoría, opinó con sinceridad: Como los católicos saben respetar merecen nuestro respeto.
Noviembre, mes de los muertos (aya killa en quechua), es la oportunidad para mostrar la tolerancia cultural. Lima, capital del Perú, es una ciudad rodeada por “asentamientos humanos” (eufemismo por barriada, suburbio), es testigo de la variedad cultural que se muestra en esta oportunidad. Los católicos europeizados y seguidores del catecismo recuerdan a sus difuntos con misas de varias categorías, responsos y ramos de flores. Los pobladores de los asentamientos humanos (andinos que migraron a la capital huyendo de la inseguridad y pobreza) demuestran sus ritos milenarios ofreciendo a sus difuntos comida, bebida, flores, rezos en quechua y castellano. Y, como las orquestas y bandas de músicos acuden a los cementerios para ofrecer sus servicios, los contratan para que interpreten las tonadas que sus difuntos gustaban; entonces, los vivos bailan llorando ante los difuntos. Así, los primeros días de noviembre se convierten en fiestas del reencuentro de los vivos y los muertos.
A pesar de las críticas de algunos peruanos a esta forma de recordar y comunicarse con los difuntos, se mantiene la tradición milenaria mezclada con los aportes cristianos. Como la tradición no ofende ni contamina, sólo se pide el respeto. Que la divinidad y los difuntos juzguen esta pluralidad cultural.