REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Pues sí, señora y señores, este año 2013 se fue volando por el cielo como pajarita de papel picado y ahora está quedando a nuestra vista sólo una estela como si fuera el cometa Haley que se bate en retirada. Y este siete veces H. Consejo Editorial -bueno, a decir verdad, sí es más de siete veces H- la cifra, por pudor republicano la guardamos en el fondo de lo que de nuestra maltratada alma queda. Y dicen los sabios y los eruditos que por el mundo habitan, que lo pasado pasado, lo pasado ya está en el olvido, está en el cajón de la basura o en el baúl que guarda los destellos de los momentos cumbres o que en el fondo están las sombras siniestras de las penas sufridas. Nosotros a beber, a tomar, a bailar, a danzar, a hacer el amor a las once mil vírgenes que habitan en nuestra imaginación. Sí, a meternos a la Oficina del maestro Bracho y quitarle, tumbarle, arrebatarle -o como López Velarde decía: “raptarla a caballo, entre los tiros de la policía”- a su querida amiga María -recordad que en la guerra y en el amor todo se vale- y ante el posible enojo de Bracho, invitarlo a tomar unos cuantos tequilas y listo: las penas con alcohol son menos. Pero, bueno, dejemos de lado nuestras arbitrariedades manifiestas y mejor, mucho mejor, claro, será leer lo que nuestro dilecto y nunca bien ponderado amigo Carlos Bracho nos envía a esta redacción. Bueno, antes de eso, aclaramos que lo del robo de María es sólo una baladronada. Nos declaramos incapaces de robarle o quitarle física o mentalmente una novia o una amante a nuestros amigos. De verdad. Vayamos a lo sustantivo y lean lo que el maestro Bracho nos remite:
La mañana lucía tintes dorados. El sol se asomaba y empezaba a lanzar sus dardos luminosos sobre las copas de lo árboles. Los ruidosos pájaros llegaban de hacer su primer recorrido matinal y escogían el sitio que les daría cobijo.
Gozaba de este espectáculo sentado en una banca y de allí desde esa atalaya contemplaba el concierto natural. Las ramas filtraban los aires que llegaban frescos de su paso por el Iztaccíhuatl. Yo aspiraba y sentía cómo la vida me llegaba vibrante y pura. Cuando una parvada de palomas arribó a este jardín, tomé camino y me dirigí a la Catedral. Puebla es señorial, posee una arquitectura que recuerda en todo a la época colonial. Pero antes de seguir con lo que en la Catedral sucedió, pasó esto: hablo ahora de lo real y de lo cotidiano, y señalo que los platillos y la cocina poblana se enorgullece de su variado menú. Destacan muchos platillos de alcurnia, son tantos en la lista cocinera que hoy, aquí, destacaré solamente uno que ha conquistado fama universal: Los Chiles en Nogada. Aspectos vitales de la nación mexicana ven allí retratados, en vivo y a todo color, los olores y sobre todo los colores que cobijan nuestro lábaro, y que también cobija las conciencias del mexicano: El verde refulgente, el blanco como nieve del Popocatépetl, el rojo como las entrañas de los volcanes. Y si al lado de este fastuoso platillo -que por cierto lo comí con deleite y con hambre de pelón de hospicio en el restaurante Los Murales- está una jicarita con mezcal y unas tostadas de maíz morado, aquello es el aquelarre y una fiesta pantagruélica.
Bien todo lo anterior. Pero ¿saben ustedes, lectoras insumisas, lectoras no pripanperredistas, lo que yo quería agregar a esta experiencia visual y culinaria? Lo describiré con gusto. Ya había comido el Chile en Nogada, ya había tomado tres jicaritas llenas de mezcal y me encaminé luego por las callejuelas de esta ciudad. Y ahora sí narro lo que pasó: Entré al atrio de la Catedral para cruzar hacia otra calle y observaba a la vez esta obra hecha por artesanos que amaban la cal y la arena y la cantera. De pronto, ante mis ojos una visión fantasmagórica y bella: allí frente a la entrada de esta Catedral poblana descubrí dos fuegos argentinos, dos lámparas votivas, dos llamas blancas, dos estelas de luz, dos hachones refulgentes que lanzaban al aire, al éter, a las nubes, al cielo, sus rayos de plata. Esta lámpara votiva, estos rayos de plata que le dan al entorno un algo que huele al alma, que llega a los ojos como visión de espíritu placentero. Y veo la placa en donde se registra al autor: Leonardo Nierman. Aclaro que no necesitaba indagar quién era el artista creador. Cuando vi esas dos votivas luminarias, supe de inmediato que el autor no era otro que Leonardo el vivo. No sé el tiempo que pasé allí, observando las llamas, que cambiaban de color según el sol salía o era ocultado por alguna nube pasajera, lo que sí sé es que luego me fui raudo al bar más cercano, pedí más mezcal y tomé y gocé el mezcal por un lado y la imagen que todavía guardo de esas esculturas de Nierman.
Bien eso lo digo para acabar con este año. Lo digo porque me he hecho ya el firme propósito de sólo leer lo que tiene una trascendencia en la vida: Dostoyevsky, Dante, Shakespeare, Sor Juana, Rulfo… y ver lo que me deja sin aliento, la obra de: Miguel Ángel, Rafael, Leonardo -los dos, el vivo, mi amigo Nierman, y el muerto, (pero también vivo)- Velasco, Goya… y otros más… claro…
Bien, Rosario Casco, éste es mi Tranco decembrino. Y dile al Capitán Lujuria que también lo leeré con fruición.
Vale. Abur.