REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 01 | 2020
   

Confabulario

Borges, El Aleph y nosotros


Benjamín Torres Uballe

Era la medianía del otoño. Durante el trayecto en el sedán gris hacia la ex hacienda, ahora convertida en hotel de cinco estrellas, el crepúsculo urgía, se divisaban las nubes con ganas de parir caudales de vida a las montañas inquietas, sedientas de lúbrica humedad.
Por fin llegamos. Nos recibe un cielo apretujado en un gris plomo que derrama lastimosamente una ventisca sobre el lugar, pero de ninguna manera socava el ánimo de la escapada de fin de semana de mi espléndida mujer y este irreverente burócrata de poca monta, pero aficionado a la vida, a la en ocasiones inescrutable pero única e irrepetible dogmática vida.
Nos piden en la recepción que pasemos de inmediato al comedor porque el servicio concluye a las 5 de la tarde. El bufet es bastante aceptable. Durante la comida conversamos de todo, desde intrascendencias, pasando por boberías, hasta temas que merecen la poca seriedad de la que disponemos para estos casos.
Arreció la lluvia y, aunque estamos en la terraza, ésta se encuentra cubierta con un cancel que nos permite disfrutar la arboleda en un acto catártico que desembarca de manera franca en el corazón, incluso en el mío, que suele ser un tanto repelente a las travesuras de la naturaleza.
Nos conducen a nuestra habitación, la cual tiene una inmejorable vista hacia el bosque. El enorme ventanal muestra la inconmensurable belleza que nos regalan los inmensos y tupidos árboles vestidos de un abanico de verdes diversos, tan poderosos que irremediablemente invitan a sentarse a placer, cerrar los ojos y abrir el alma para llenarse de esa acuarela perfecta.
La temperatura continúa descendiendo y entonces ella tiene, como siempre, la mejor de las ideas: ir al bar. Uf, llegamos con las manos y la cara heladas, pero en el interior de la cabaña la chimenea provee un ambiente tibio y agradable. Pido un brandy Fundador, como excentricidad y añoranza de una juventud dispendiosa que se envolvía cada fin de semana en copas de esa bebida española y los acordes cadenciosos y cómplices de Mecano portando una “Cruz de navajas”.
Permanecemos ahí, haciendo lo que mejor sabemos y nos gusta: conversar, pintar la vida con palabras. Confieso, sin embargo, que con frecuencia la miro fijamente en tanto mi mente se aventura en sus ojos claros, que me siguen cautivando como desde el primer día que perversamente para mi fortuna los encontré en la primavera de los 24 años.
Volvemos a la cabaña y, después de pagar 90 pesos, encienden la chimenea y nos quedamos tomados de la mano, disfrutando lúdicamente del juego interminable de decirse todo sin palabras, sin verbos, sin tiempos que se han quedado rezagados, devorados por el presente en la armonía de las horas, de los sueños y del umbral del camino ignoto que nos espera a los dos… uno a uno.
En sigilo llega el sueño y mis manos se llenan con su cuerpo, con sus irreprochables afanes, con la preciosidad de su terca alma cuidándome, besándome con el arrullo del tintinar de los minutos y de su tibia piel de manzana en una danza que llena las oquedades sin mácula de los rincones del universo… del Aleph.
Nos despierta la comunión entre los pájaros y la libertad. El cielo continúa atrapado en una gélida mañana. Eso nos provoca el ansia de sumergirnos en los aromas tibios de una taza de café. El desayuno abastece los ánimos y nos invita a caminar plácidamente sin prisa por la vastedad de los espléndidos jardines de la ex Hacienda de San Miguel Regla.
Nada hay mejor en la vida que encontrarse sin poses con la naturaleza, de forma respetuosa e íntima, con los brazos templados por la necesidad de entregarse a lo que somos… todo y nada.
Es llenar a plenitud los sentidos de aire puro, guardar si es posible un poco en los bolsillos o colocarlo en los dedos como si fuera un enorme anillo de compromiso… de compromiso con los vaivenes y el delirio de la vida. Así lo entendimos. Así lo vivimos en el transcurrir de un paseo memorable, sin prisa alguna, solos con la compañía del viento y las tibias pupilas de la mujer que amo.
Docenas de fotografías en la memoria de la Canon perpetuarán estas 48 horas de remanso, en una lejanía que se agradece, fuera de la vorágine de cemento, de asfalto, de láminas tecnologizadas, de la prisa demencial por ir a todos lados y paradójicamente a ninguno. De la brutal degradación que guardan a flor de piel hombres que, con ligereza y cobardía, roban, abusan o matan… y se matan.
Más tarde, el regalo culinario ante nuestros ojos lleva a la indecisión: pollo en mole rojo, mixiotes de cerdo, pancita, sopa de hongos, arroz blanco con rajas y salsa roja en el molcajete; son las delicias que están dispuestas a homenajear el paladar del mortal más exigente.
A la exquisitez de la comida se suman las notas del cuarteto que interpreta otra maravilla de México, su música: “Granada”, del Flaco de Oro; “Amor Mío”, de Álvaro Carrillo; “Somos Novios”, de Armando Manzanero, y “Bésame Mucho “, de Consuelo Velázquez, melodías que hacen que más de uno entrelace las manos, los recuerdos y el alma. Entre ellos, nosotros y las dos chicas de al lado.
Salimos al pueblo y jugueteamos con la esencia de lo que somos, la felicidad. Nada cuesta más caro que la infelicidad y no estamos dispuestos a pagar tan alto e inmoral precio. Así que reímos como niños mientras devoramos la paleta de chocolate doble y me jala por la camisa para que la bese, como aquella ocasión en La Lechuga, la discoteca del Hotel Aristos en la Zona Rosa.
De regreso en la habitación, el frío cala como un verduguillo, a pesar de las gruesas chamarras y bufandas. Nos preparamos un par de rones y encendemos la chimenea. El ambiente es ahora deliciosamente cálido y estamos sentados frente al ventanal, regodeándonos con la esplendorosa vista exterior de la espesura de la arboleda y la hierba, que en su reverberación asemejan magnánimos latidos del universo… del Aleph, insisto.
En tanto aspiro el humo del Montecristo, entro en un estado extático cuando me empieza a leer la página 220 del El Aleph, el último capítulo, del que –a mi gusto– es la obra maestra del extraordinario Borges. En pequeños sorbos me deleito del ron y escucho con atención su voz.
–¿El Aleph?
–Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.
Mi mente, sosegada, se pierde entonces en una lejanía momentánea, en el viaje que algún día llegará y en el cual inexorablemente me embarcaré, sin penas, sin pretextos, sin rémora alguna, sólo con la desnudez de ser, de haber sido, en él me acompañará mi mujer, pues sospecho que, curiosa como es, querrá conocerlo.
Concluye la lectura. La abrazo delicadamente y bebo el último trago mientras pienso que no era posible una mejor manera de llegar al epílogo de El Aleph: Una tarde lluviosa, la naturaleza, un ron, un puro, la paz conmigo y el caudal de anhelos de ella… de mi mujer, siempre aquí, siempre en mí.

©Benjamín Torres Uballe