REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 09 | 2020
   

Confabulario

Poemas


Víctor Argüelles Ángeles

Corazón de la nada
Con esta moldura de letras reproduzco el sonido: como van, sortijas de su andar a tientas, como vienen y revelan un enjambre de luces olvidadas.
Esta modulación lleva signos abrasivos, demandan ser pulimentados.
A veces, es sólo el llanto de palabras que alguna vez atravesaron témpanos.
Hoy sitiado en contracorriente vaticino tempestad; basta mirar el tapiz del cielo para saber la prontitud del llanto, próximo a desbandarse.
El surgimiento de la noche viene con su imprevista finitud, me doblega y algo parece llamar a altas horas en que el sueño me colapsa.
Viene y es el tramo del sendero caminado, y es la llama cautiva, inconclusa en el río; reconozco ser de todo aquello la voz soterrada del exilio.
Cuando vuelvo acudo a tus orillas y, en este volver exhalo corazonadas en el aire; formas cautelosas me hacen descender al terciopelo marino. Muslos de una mar desnuda, que abrevia con sus olas su grandeza. Infinito corazón partido de la roca.

Señal de fuerte vida

Cuando el poema arribe con su carga, pondrá su verbo en el oído, hará surgir la voz. Situado desde ahí como zumbo de colmena, el poema ordenará dictados, iniciará su ascenso para reconocer su debilidad y fortaleza.

Con un lápiz siempre agudo a cada paso del desplome de las sombras, eternizo mi otredad en los ojos abismales de todo aquello que se acerca, que me mira: seres y cosas en total mutismo pronto habrán de inaugurar palabras.

Con cuadernos blanquísimos recibo lluvias de signos a la tinta, suficientes charcos arrastrarán pequeñas olas para dejarme marcas transparentes. Escritura congénita para ser de mí: señal de fuerte vida que no quiere ser desanudada.

Espejo de tu cicatriz

Si es sólo un espejismo. Prolongada cicatriz de ti nocturna, Ágata púrpura bañada en el mejor de los brillos lacerantes, que un día invoca en sus luces residuales. Tú disfrazas y ocultas en un velamen tu principio matinal de selva acalorada. Tú deshaces a contrapelo mi caricia ofrecida al mejor astro de afelpado tacto. Ocultas de mí, la luz cubierta de tu musgo acalorado, selva vientre, vientre de terciopelo. Qué más tuerto corazón que el ojo repite hasta el cansancio. Si es tu pálpito muchedumbre de blasfemia, rota irías por una avenida cruzada, entrecruzada de piernas. Rota como una pústula abreviatura de la leña, Rota en sedienta forma de morir agazapada de quimera.
Me hundes en el párpado, tú: prolongada. Abisma en el mejor de los conductos.

Ceniza

Transida y fría. Parda la libélula, delibera su anatomía de exquisita sombra transparente. Robusta parece fenecer, robusta hace girar su parpadeo en un dos por dos al instante sorpresivo de su una aleta. Aleteos de parvadas mariposas. ¿Qué será…, qué fue en su funesta vida de pasado giratorio? Vuelo y vuela. Y vuelvo a ser de ti, papalota nocturna de mi parque y vuelvo a ser de ti, un deseoso por llevarte como una conspiración brava de luciérnaga en el ojo, tras los parpados. En oscuro lapso de aguijón del paladar para escribirte mi sabor de amargo, enfermo de vida, pues mi muerte la llevas tras de ti cuando parada en mi ventana la esperanza se hace un puñado de ceniza.

El sueño

El escribiente lleva por delante una nube cargada de explosivos, palabras; todas cubiertas de frío, un escudo para no ser atravesado por las horas inexactas, estéril guiño de la herida de la noche. Lleva el aguijón urgente en la punta; no de veneno, de prisa por estamparse en el paraíso de la letra. Llueve, el poeta llueve dentro de sí, y para no mojarse se ha inventado una sombra de árbol, donde pájaros eléctricos cagan en su hombro; en su cesto de poemas rotos hay fotografías de memoria reveladas en B y N. Llueve, en la casa he dejado mis retazos, un mar se ensancha y pretende tragarme. Cierro los parpados y soy devorado por el sueño.