REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Juan de la Cabada, su literatura, su militancia política


René Avilés Fabila

Elena Garro, en su fascinante libro Memorias de España 1937, en la primera parte hace una descripción de aquellos tiempos distantes, llenos de pasión y romanticismo, de grandes luchas políticas; recorre las amistades que Octavio Paz y ella iban adquiriendo o aquéllas que ya eran importantes al momento de casarse. Cuando habla de Juan de la Cabada, el nombre aparece entre admiraciones, señalándolo con emoción y cariño. A lo largo del libro, mientras que Paz (que por esos días había escrito el poema '¡No pasarán!') hacía relaciones públicas, ella y Juan se divertían. A pesar de las distintas edades (Elena era de 1920, Juan de 1903) y las tragedias como el ascenso del fascismo y la guerra española, eran capaces de comportarse como niños traviesos. Por desgracia, cuando Elena Garro y Helena Paz regresaron a México luego de un largo y penoso exilio, Juan de la Cabada había muerto en la miseria y un tanto olvidado, el 26 de septiembre de 1986. Las dos Elenas jamás dejaron de hablar con cariño del escritor campechano.
Juan de la Cabada fue un devoto del marxismo-leninismo, para él la militancia en el Partido Comunista era importante, sagrada. Veía de dónde sacaba dinero, pero estaba al corriente en las cuotas. No rechazaba tarea política por modesta que fuera. Para el Partido, Juan era parte de un valioso capital: estamos hablando de un escritor famoso y combativo, que fundó la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y estuvo en España, durante la época difícil de la guerra. Poco lo recuerdan o quienes lo hacen no ocultan un cierto desdén para su tarea literaria. Hace un par de meses, Emmanuel Carballo, en un artículo periodístico, confesó sus tres preferencias en tal sentido: Rulfo, Arreola y Efrén Hernández. Pero no todos los críticos han sido excesivos, desdeñosos o injustos. Luis Leal, en su Breve historia del cuento mexicano, editado por el buen amigo Pedro Frank de Andrea, en 1956, explica: 'Juan de la Cabada (Campeche, Camp., 1903) se dio a conocer como gran cuentista con su obra Paseo de mentiras (1940), en la cual colecciona varios cuentos de diversa índole. 'Sus cuentos y narraciones --dice Sánchez Barbudo en tal recuento literario-- están llenos de atisbos, de hermosas promesas. El cuento llamado 'La niña' y el de 'María La Voz'… nos parecen de lo mejor… en ambos, sobre todo en el segundo, el recuerdo de Valle Inclán es inevitable.' El libro toma el nombre del último cuento, 'La Cantarilla'; paseo de mentiras, o chan-paseo, entre los mayas, es un paseo corto, contrapuesto al noj-paseo, paseo grande, paseo de verdad, esto es, la muerte. En todos sus cuentos De la Cabada descubre al hombre de rasgos firmes.'
En efecto, no muchos parecen recordar a Juan de la Cabada. Pero eso mismo me han dicho los herederos de otros notables escritores como Agustín Yáñez y Efrén Hernández. Una crítica literaria inexperta y acostumbrada a las modas, a las novedades, ha dejado de lado a infinidad de magníficos cuentistas, novelistas y poetas que en vida gozaron de una sólida reputación. A Juan de la Cabada, por ejemplo. Personajes como Andrés Iduarte, Andrés Henestrosa y José Luis Martínez elogiaron su literatura y, desde luego, su cualidad de ser un autor poco común en las letras latinoamericanas.
En el libro de Enrique Congrains Martín, Antología contemporánea del cuento mexicano, 1958, incluyen su relato 'La botica' y al precisar sus cualidades se dice que parece mejor dispuesto para la narración oral que para la escrita. El antologista explica que Juan posee 'una reiterada tendencia a la dispersión'. Sin embargo, pese a estas observaciones poco agudas, sucesivas antologías recogen sus cuentos: En 1956 el Anuario del cuento mexicano del INBA selecciona 'Llovizna' como uno de los mejores relatos del año. Esta misma historia la toma Emmanuel Carballo para ponerla en El cuento mexicano del siglo XX. Llama la atención que dentro de las notas --a veces excesivas y ampulosas-- no hay una línea sobre Juan de la Cabada. También está en la antología de María del Carmen Millán y en algunas otras.
Un buen estudio hecho sobre Juan de la Cabada, se debe al escritor y crítico literario Alejandro Miguel. En el prólogo del volumen Cuentos rescatados, hay un trabajo de la salvación de doce textos de Juan: 'cinco de ellos fueron publicados en periódicos desconocidos, de escasa circulación o casi eventuales, editados por urgencias de la militancia de compañeros del autor, miembros del Partido Comunista Mexicano, en el que el escritor militó desde su ingreso en 1926 hasta su transformación en Partido Socialista Unificado de México, del que fue candidato a diputado federal por un distrito de su estado natal.' Pero la introducción va más allá, hace un recuento de sus publicaciones incluyendo las ediciones del Fondo de Cultura Económica y, desde luego, la publicación de sus Obras completas por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en los momentos en que Juan aparecía regularmente en la televisión cultural acompañado por Cristina Pacheco, donde hacía alarde de su ingenio, gusto por la conversación, largo historial de militante y literato, cultura, simpatía, humildad y agudeza.
Alejandro Miguel contrarresta las afirmaciones simplonas acerca de que la capacidad oral de Juan le restaba méritos a su literatura. El crítico precisa: 'Juan de la Cabada es el cuentista mexicano por antonomasia; aportó al cuento la claridad y la sencillez en el aspecto formal y el carácter nacional, la posición partidaria y la ternura e ironía de la vida humilde, cotidiana, en el plano de las ideas…'
En una antología seria, inteligente, atinada y por completo olvidada, publicada en 1945 por Manuel Lerín y Marco Antonio Millán (por cierto hombre muy cercano a José Revueltas), 29 cuentistas mexicanos actuales, Ediciones de la Revista América, bellamente ilustrada por Julio Prieto y Salvador Pruneda, Juan de la Cabada queda incluido. La ficha sobre Juan lleva las siglas de Millán y vale la pena reproducirla: 'Cuentista, novelista, nace tres años después que nuestro siglo. Antes de llegar a la mayoría de edad abandona Campeche, su tierra natal para ampliar su horizonte en la Perla de las Antillas. Retorna a México y recorre el país en casi toda su extensión en doble función de estudio y enseñanza. Militante ilegal del Partido Comunista en pasadas épocas de represión, se singulariza por su combatividad y firmeza de convicciones. Sus primeros escritos --siempre atentos al problema social sobre su poderosa fantasía y su sencilla belleza-- aparecen en primer lugar en El Machete, órgano periodístico del citado Partido y después en la revista de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios que lo cuenta entre sus más valiosos fundadores. Ha asistido a dos congresos internacionales de escritores celebrados uno en New York y en Madrid el otro. Lleva escritos casi una docena de libros, pero sólo ha publicado Paseo de mentiras (1936) e Incidentes melódicos del mundo irracional (1944).'
Como es posible notar, no hay una gran precisión sobre las fechas de las primeras publicaciones de Juan de la Cabada. Pero tampoco una justa valoración de su trabajo, al que el autor parece darle menos importancia que a su militancia política a favor del comunismo. Como a Siqueiros y Revueltas, hay que analizarlo de manera integral: no al militante y al literato por separado. Los dos son uno. Aunque, insisto, son pocos los estudios serios sobre su obra y aún sobre su intensa vida de militante político. Uno de esos trabajos valiosos proviene de la pluma de otro escritor contemporáneo suyo y asimismo comunista, Ermilo Abreu Gómez, como prólogo a la Antología de cuentos de Juan de la Cabada (1959), que editara la UNAM y más adelante, para la segunda y tercera ediciones, la hiciera suya el Fondo de Cultura Popular, empresa del Partido Comunista. Ermilo, camarada de Juan, como en alguna época fue asimismo Revueltas, señala la importancia del cuento mexicano a lo largo de los siglos XIX y XX. Sin duda llegó a su mejor momento con los libros de Rojas González, Efrén Hernández, Rulfo, Rubín, Arreola, Edmundo Valadés, Carlos Fuentes y el propio Juan de la Cabada, a mediados del siglo pasado. Advierte Abreu Gómez que no es fácil definir al cuento, porque se confunde con el relato y el cuadro de costumbres. 'Pero --precisa-- entre este amasijo se siente un hilo conductor, la veta humana que define la intención del autor.' Y si Ermilo encontraba esta complejidad o riqueza, hoy el asunto se ha hecho más dificultoso aún con la mezcla de los géneros literarios y periodísticos entre sí y la presencia de 'minirelatos' o 'brevicuentos' o 'microrelatos', según quién defina, que vienen sin duda de escritores poderosos como Ramón Gómez de la Serna, a pesar de que muchos supongan que el origen es Monterroso, Torri o Arreola o el mismísimo Borges y que, con todo rigor, son frases ingeniosas, aforismos, pero no cuentos. Esto viene al caso debido a que hay libros de Juan de la Cabada imposibles de definir o precisar como Incidentes melódicos del mundo irracional. No conozco la primera edición de 1944, pero la segunda, de 1974, es obra muy del autor desde la portada, las ilustraciones (de Leopoldo Méndez) hasta los textos llenos de musicalidad. Sin duda es el más singular de todos los libros aparecidos en México. Música, ilustraciones, textos que lo mismo se asemejan a la fábula que resulta novedad insólita, está dedicada a Silvestre Revueltas. Es un libro irrepetible, de una hermosura y una originalidad sorprendentes por la estructura y la atmósfera maya que allí encontramos.
Los tiempos que corren tienden a separar el arte de la política. Suelen justificar los errores políticos afirmando que primero está el arte, la literatura en este caso. Pareciera que la polémica sobre el arte comprometido fuera obsoleta. La globalización hecha por las potencias dominantes capitalistas ha frivolizado al arte, le ha restado profundidad y pasión social. No fue el caso de Juan de la Cabada, quien pudo darle a su literatura un inteligente y sensible toque de compromiso político sin perder lo esencial del arte, tal como en la plástica lo hizo David Alfaro Siqueiros.
Sobre la supuesta desigualdad que muchos hallan en Juan de la Cabada hay mucho que refutar: es una tonta actitud, mezquina. Reyes lo elogió sin temores: '…vigor auténtico, creación verdadera, bondad y virtud legítimas, escritor y hombre de primera. Lo quiero y lo admiro. No hay en él página perdida.' Y como don Alfonso, lo hicieron Octavio Paz, Manuel Altolaguirre, Andrés Henestrosa y José Bergamín. Este último precisaba en 1941: '…destaca poderosamente la fisonomía de un auténtico escritor de estirpe en Juan de la Cabada, uno de los mejores escritores de prosa española contemporánea, a mi parecer. Su lenguaje refleja con rasgos certeros el habla de las gentes… No conozco otro narrador, otro cuentista mejor en México…'
Para Ermilo Abreu Gómez 'los cuentos de Juan de la Cabada figurarán entre los cuentos clásicos de la literatura moderna de México.' En el citado prólogo, más que analizar la obra literaria de Juanito (como afectuosamente le decíamos sus amigos y camaradas del Partido Comunista), Ermilo narra su poco ortodoxo método de trabajo: harto de caminar por el mundo, de escuchar historias, de contar las propias, de pasar miserias y hambres, de luchar contra las injusticias sociales, de pronto se detenía y escribía cuentos prodigiosos que perdía, olvidaba o le entregaba a una imprenta desconocida. Pese a tal desorden (propio del luchador político, social), Juan escribió sorprendentes cuentos como 'Llovizna', 'La botica', 'María La Voz', 'Juan Fish', 'La niña'. Yo lo recuerdo así: generoso, siempre comunista, respetuoso, agudo, lleno de vitalidad, como solía describirlo Eraclio Zepeda. No faltaba a las reuniones del Partido y cumplía con las órdenes que el Comité Central daba, siempre dispuesto a ayudar y por encima de todo, un ser humano sensible, dulce y maravilloso. No le gustaba teorizar, era hombre de acción y de hechos concretos. Alguna vez en una mesa redonda sobre el cuento mexicano, uno de los participantes, con la tradicional jactancia y vanidad del intelectual mexicano, trató de explicar cómo Borges escribía su literatura en el más depurado plano de la creación. Juanito dijo, más o menos irritado, por qué mejor no escribimos nosotros unos cuentos en lugar de hablar de los otros.
Vale la pena mencionar el apoyo de las universidades públicas que Juan tuvo y que habla de la devoción de sus amigos, admiradores y lectores: la citada edición de Obras completas de Juan de la Cabada que la Universidad Autónoma de Sinaloa publicó de forma elegante y una antología personal que la UNAM llevó a cabo en 1985 y que contó con el apoyo del fotógrafo Héctor García y de quien esto escribe, cuando era director general de Difusión Cultural de la UNAM. Y aquí permítaseme una anécdota que muestra de cuerpo entero a Juan. Cuando tratamos la antología personal, Héctor García propuso, y yo estuve de acuerdo, que el prólogo fuera del propio autor o de algún otro escritor. Juan de la Cabada se negó, adujo que los cuentos no lo necesitaban; 'Sólo leerlos, manito', me dijo con su rostro bondadoso, lleno de luz.
Fui camarada y amigo de Juan por largos años, lo visitaba y coincidíamos en tareas del Partido, viajamos más de una vez y de todo ello me quedan recuerdos soberbios, libros dedicados y algunas fotografías tomadas por el extraordinario artista Héctor García. Sin embargo lamento no haberle preguntado más sobre su trabajo, sobre sus secretos literarios. Nunca me atreví a interrogarlo, y con ello desperdicié una oportunidad espléndida. A cambio, más de una vez, con copas y sin ellas, me atreví a decirle que lo quería y admiraba. Hoy quiero ratificar esa misma devoción que tuve por el escritor talentoso, el militante comunista íntegro, el amigo sincero y generoso, sin dobleces, que fue Juan de la Cabada.
*Texto leído en el homenaje a Juan de la Cabada en el Palacio de Bellas Artes.