REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
09 | 08 | 2020
   

Confabulario

La pasión según Antonieta y Vasconcelos - Monólogos Imaginarios


Ileana Garma

¿Qué más aire nuevo que el de esta poesía? ¿Qué más aire nuevo que el del Sena mirándome sin poder reconocerme? ¿Qué más aire de acertijos que el que me obsequia la rue Saint Jacques? Aire nuevo, aire que adelgaza, aire que ya no hay tiempo, aire que es tarde para el aire nuevo. Aire, si me lo trajeras a él, a los otros, a las calles que he olvidado, las ventanas que he dejado abiertas, los rituales enfermos, el amor de un niño; te diría que hace falta más, que a mí no puedes traerme. Yo misma no he podido encontrar mi rostro, ni el Petit Point, ni la Ile de la Cite. Oh, y esta catedral, no tiene aire. Catedral que miras con tu serpiente, con tu Adán y Eva, a través de las quimeras y tu piedra de siglos. Aire que eres sólo aire, luz que eres sólo luz ahora derramada por los vitrales que tantas lluvias han conocidos y delgados susurros y rezos y resignaciones triviales. Deben de saber, sí, los vitrales, la luz, el aire, que todo esto no es resignación, es sólo la búsqueda del aire nuevo. Y tú, que me miras con los ojos del que te hizo, del callado escultor que cobijó sus miedos en la forma de tu boca y tus heridas, tú, figura inerte, eres testigo de esta búsque…

Los eternos incrédulos alzarán los hombros diciendo: '¡Bah!, otra fantasía'; pero pronto, demasiado pronto, verán que tengo razón. Eterna incrédula, no has sabido entenderme, no has podido comprender los caminos de este cuerpo enfermo, de este cuerpo que a su manera es toda mi alma dictándome una puerta oculta a los otros, una puerta sin ti, pero una puerta contigo. Antonieta, vine aquí para cerrar las puertas de esa casa desierta con la que vine al mundo. Se ha hecho tarde, mi Antonieta, se ha hecho tarde. Con qué pasos avanzar y asegurar todas las puertas y las ventanas para que la tormenta no sacuda la casa, para que la tormenta no nos llene de sentencias, de cobros, de sospechas y de cartas. Antonieta querida, pero ahora, qué decir. Los eternos incrédulos dirán, tú eres responsable. Porque la tormenta, Antonieta, también a mí me ha alcanzado y ahora que han querido que reciba de nuevo la pistola, he mirado hacia atrás y he visto mis sacudidas puertas en tus ojos, Antonieta querida, y he dicho: No seré capaz de guardar ese triste recuerdo.

La diaria decepción de no encontrar una parte en qué divertirse. La diaria decepción de no saberse en la velocidad de la tierra. La diaria decepción, el escalofrío diario de no mirarse en el movimiento de la luna, alrededor del sol, en nuestra perdida galaxia, en mis propias uñas. ¿Pani, cómo has querido ver en mis gestos sueños que ya no existen, futuros que arrojé con el descuido premeditado de la suicida? Cónsul, oh, te lo pido, te lo ruego, no me pidas ahora que piense en mi padre, no quiero pensar ni en ángeles, ni en Méxicos. Las avenidas posibles ahora son de fuego, sí, de fuego. Ya no puedo verme así. Yo no sé, no sé, no me preguntes, yo no sé por qué nacemos nosotras, las que del amor lo queremos todo, la tragedia y el cielo, las que de la maternidad lo esperamos todo, la entrega y la rebeldía, las que de la vida lo esperamos todo, el suicidio y el orgasmo, y no encontramos más que hombres que se rinden, niños que le copian los gestos a sus padres, países que no reclaman, que no inventan. Para qué nacemos nosotras, las que no soportamos los adobes pálidos, las caras maquilladas, la mendicidad, los falsos poetas, los falsos revolucionarios, los falsos amantes. ¿Para qué nacemos nosotras que nos enfrentamos a la diaria decepción de pétalos que anochecen, de trenes que desaparecen entre colinas? Cónsul, sí, debes saberlo, nada de lo que digas servirá de estrella para este cielo vacío.

Cada acto al cumplirse, adquiere condición estática equivalente a la muerte. Cada acto nos arroja más hacia lo que somos. Cada acto al cumplirse, Antonieta querida, nos señala el desesperado reloj de nuestros rezos, nos regresa las manos sin líneas, los pies sin el polvo de los exilios, el corazón sin la claridad de las derrotas. Te lo dije tantas veces mi Bovary Mexicana, para que me miraras a los ojos. Lo dije no como un amante, sino como el amigo que comenzó a tu lado el infortunio de creerse Dios. Antonieta, aquella tarde en que llegaste a mi habitación para pedirme dinero, viniste a mí también para que te consolara, para que te tratara como el padre que habías perdido y te limpiara las alas y la sonrisa. Antonieta, ya no sabías aceptarte en la ruina, en el asfalto, en el exilio. Pero Antonieta de mis oraciones, cada acto al cumplirse nos regresa al teatro vacío, a la isla saqueada por los recuerdos, a la soledad.

Nunca he podido llevar el alma ligera, siempre me ha ido pesando algo y en verdad, a nadie le deseo destino semejante. Siempre me ha ido pesando una insatisfacción innata, un deseo de llegar a no sé dónde. Nunca he podido llevar el alma ligera, nunca he podido abarcar en mi cuerpo como en las novelas, el amor de las madres, el odio de Baudelaire a los imbéciles. Siempre me ha parecido que no abarco la playa entera con la mirada. Siempre he creído que me quedo en las medianías y eso es lo que me llena de pesar, sí, es eso. Oh, yo no podré soportar la mediocridad, no podré respirar más tiempo, y tu amor, ya lo sabes, es mediocre. Yo lo quería todo, quería que descorrieras las cortinas un segundo después de mi pregunta, quería que abrieras con apuro la ventana y que le gritaras a todo París, te necesito, Antonieta que lo diste todo, te necesito, te necesito, te necesito. Quería que lo dijeras tres veces como si al confirmarlo de esta manera pudiera permanecer tu voz en el aire, en el viento, en París de tarde, en el Sena. No lo dijiste. Piensas que podrás permanecer a mi lado, ahora aquí en París, haciendo la revista, la crónica de nuestros errores, y para qué, para recibir tu amor sin peligros, sin arrabales en penumbra, sin océanos carnívoros. Así no es posible. No es posible que me digas: Ningún alma necesita de otra. Nadie, ni hombre ni mujer necesita más que a Dios; cada uno tiene su destino comprometido con el creador.

Pueden parecer pobres nuestras reflexiones ante los demás, aun sin serlo, pero tal juicio no alivia la carga del esfuerzo que cuesta alcanzarlas. Tienes razón Antonieta querida, Antonieta conocida en Toluca, Antonieta millonaria y pobre, pobrísima de ti y de mí y de México. Antonieta eras feliz de ser mujer pero una feminista triste. Pueden parecer pobres nuestras reflexiones ante los demás, pobre el deseo de mirarte en el puerto, en un París lluvioso, pobre el deseo de que permanecieras callada y nueva ante mi soledad y mi ruina, Pudo parecerte estúpido, fingido, acaso escueto, vilmente llano el telegrama que te mandé a mi llegada, por eso llegaste a mi hotel hasta pasados tres días y después me asombraste con tus caprichosas preguntas, con tus ideas para la revista, con el libro sobre la historia de la fallida campaña, Antonieta querida, y caminamos juntos como si el Sena nos conociera juntos, como si las calles de París nos conocieran juntos, como si Notre Dame estuviera ahí para nosotros. Hablamos, Antonieta querida, de tantas cosas aquella última vez, aquella caminata final en que parecíamos conocer cada nube y cada fruto del mundo, mi Antonieta, y me deslumbraste con el fuego de tus caprichos porque así eras tú Antonieta. Antonieta capricho, Antonieta millonaria, apátrida, trasterrada de la felicidad, de la complacencia. Y así estabas bien, porque pueden parecer pobres nuestras reflexiones ante los demás, aun sin serlo, pero tal juicio no alivia la carga del esfuerzo que cuesta alcanzarlas.

Al hablar, los ojos más bien grises, se le encendían de pasión, como si un cruce incesante de relámpagos fuesen las señales de una pasión resuelta, una voluntad que conoce sus metas; pero luego, en el reposo, se advertía no sé qué ternura.
Al hablar, los ojos más bien grises, me decían que la despedida iba a ser ya para siempre, aunque volviésemos a reunirnos, sí. En Texas, sus ojos me decían que se daba por vencido, que él también tendría que huir. Y yo huía, escapaba de la falsa posibilidad de hacer política, de la falsa oportunidad de superar nuestros propios prejuicios. Ya sabía que en Texas quedaría todo. Oh, Vasconcelos, ya sabía que en Texas quedaría intacta y enterrada nuestra mutua nostalgia. Es de tanto caminar que se van perdiendo los amores, que las pasiones se terminan, que se miran las metas como un perdido cometa, como el globo que ha escapado de la mano de un niño. Pero luego, aquel reposo de tu mirada gris lo fui recordando en Estados Unidos, sí, lo fui haciendo nuevo, lo fui alargando hasta dejarlo filoso, letal. Oh, Vasconcelos, y fue entonces que enfermé y los calmantes no servían para nada y supe de tu derrota. Al hablar, tus ojos más bien grises se me iban perdiendo en las costillas, tus ojos me llevaban a un corredor alegre, a una cama tibia, a un libro como un viaje, como un barco, como una tormenta. Tus ojos Vasconcelos, los ojos que adormecí en mi enfermedad y en mi delirio sin que pudieras venir a mi lado, sin que pudiéramos encontrarnos, pero fue mejor. Oh, tengo que decirme que fue mejor, sólo porque no fue de otra manera, sólo porque este andamio de la historia no existe para tus ojos, no existo enferma, porque no me consolaste.

Lo que excusa la mezquindad de nuestros actos es que cuando los vivimos, padecemos, y es el caudal del dolor sufrido lo que al cabo determina la misericordia y liquida la expiación. Antonieta querida, y aquel mes de agosto el dolor no lo ocultaron los pinos ni los encinos de Linares. Los Robles iban haciendo más profunda la noche y en las jornadas de la campaña que me parecía infinita, Antonieta querida, no supe darte nada, no supe siquiera prometerte. Antonieta, y tú te reías en la carretera mientras el viento te devolvía la serenidad perdida por la noche. El viento de Linares, sus casas de tabique, el sol de agosto, el agosto extenso, el agosto al que no le veíamos horizonte, aquel agosto en que fuiste para mí. Eso me quedó de mis afanes en la campaña, me quedaste tú metida hasta dentro del calor y el temor de no estar haciendo algo más, pero no me dejabas decir nada, me cerrabas la boca con tu cuerpo, me cerraste los pensamientos, los recuerdos, lo cerraste todo con la música de tu cuerpo. Antonieta que en Linares fue donde en verdad te conocí y ahí te quedaste para siempre, no en París, no es cierto que en París. Antonieta querida, perdona la mezquindad, pero el dolor ahí estuvo, y fue hermoso, aunque me duele todo el cuerpo ahora, Antonieta de mis rezos, fue hermoso, el amor todavía tiene grietas que se inundan de sudor, como una zanja entre los matorrales, y es hermoso, pero yo Antonieta querida, sólo hablo para que entiendas que lo que excusa la mezquindad de nuestros actos es que cuando los vivimos, padecemos, y es el caudal del dolor sufrido lo que al cabo determina la misericordia y liquida la expiación. Porque los días terminarán por deshilarse como en un telar viejo, porque las costumbres terrosas que vimos juntos no pudieron decirnos nada, porque el llano nos sujetó con la mano de su ocaso, y los viajes nos retuvieron en el rojo de sus gritos.

Bibliografía

Brandu, Fabienne, Antonieta, Fondo de Cultura Económica, México 1991.
Rivas Mercado, Antonieta, Correspondencia (Universidad Veracruzana, 2005) Compilación, preámbulo y notas de Fabienne Bradu, Xalapa, Ficción, 390 p. ISBN: 968-834-681-0
Vasconcelos, José, Obras Completas Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México 1994.