REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos de Bracho


Carlos Bracho

TRANCO I
Este siete veces H. Consejo Editorial esperaba que los dardos venenosos y certeros del maestro Carlos Bracho fueran eso: duros y certeros y dirigidos, como siempre lo hace, hacia los glúteos, nalgas y traseros de los polacos mexicas. Todos nosotros esperábamos que de su ronco pecho salieran los rugidos de rabia que le producen los cínicos y desvergonzados diputados y senadores de todos los partidos, políticos que han traicionado a la Revolución Mexicana, que han entregado al mejor postor sus tierras y sus bienes y sus ríos y sus mares y su petróleo… y que por allí, por ese tenor y en esa dirección iban a dirigirse las flechas envenenadas… Y no, sorpresa grande, resulta que hoy Bracho, escritor siempre preferido por nosotros -que conste-, se puso a cantarle al amor, bueno, a narrarnos sus coloquios amorosos con María. María a quien por cierto, todos y cada unos de nosotros deseamos conocerla para darnos un “taco” de su belleza nativa. Pero don Carlos ha de guardar una distancia más que prudente con relación a nosotros; claro, conoce bien nuestras debilidades, nuestras flaquezas y como no somos, de ninguna manera, unos santos, o que seamos unos individuos dignos de confianza en relación a las mujeres de nuestros amigos, y como no reza con nosotros aquello de: “No desearás a la mujer de…” pues por esa razón entendemos perfectamente la posición de Bracho. Y hace bien, eso hará que María le dure mucho, sí, que no la ande exhibiendo por allí, que no la muestre a la raza, que no nos enseñe su cuerpo… Nosotros habíamos comentado que si algún día nos la presentaba, íbamos a romper todas nuestras estrictas reglas que rigen nuestros desmanes y nuestra propensión nativa de hacer todo lo posible por “sí desear la mujer de…” y que por lo tanto respetaríamos, como juramos y muy a pesar nuestro, a María. Que la veríamos como si fuéramos unos dignos caballeros de la mesa redonda, como si fuéramos unos hidalgos quijotescos, como si fuéramos unos monjes tibetanos, como si fuéramos unos santos peregrinos y que nos morderíamos lo que se tenga que morder para aguantar nuestras ganas de conquistadores perpetuos y a ella, a María la veríamos como se mira una Virgen en su santo nicho, nuestros libidinosos ojos se tornarían puros y limpios, nuestros sucios y negros pensamientos lúdicos, los convertiríamos en pensamientos cercanos a las divinidades que pueblan los sacros cielos, nosotros, los miembros de este siete veces H. Consejo, la miraríamos como se mira a una madre o a una Madonna de Leonardo. Sí, todos esos enormes sacrificios los haríamos con gusto, cuando llegara el día que Bracho nos presentara a María. Y como ese día no llega, no ha llegado y creemos que no llegará, todos nosotros, compungidos y tristes nos fuimos a tomar unos tequilas y unas copas a la cantina de la esquina. Allí, claro, y dado que no estaba María, para qué les contamos a ustedes, estimadas amigas, lo que hicimos con las alegres amigas que nos atendieron. Eso no lo podemos contar, eso está reservado por la poca vergüenza que nos queda. Mejor, amigas queridas, veamos lo que Bracho nos cuenta sobre el tema que le llena el alma y le nutre su cuerpo:
María no trabajaba ese día. Era su descanso semanal. Era su día libre. Pasé a recogerla a su domicilio, allá por los rincones de Xochimilco. Los árboles que movían sus ramas impulsadas por los vientos que bajan de los volcanes y los canales que trazan cientos de caminos secretos y las chinampas y el movimiento perpetuo de remos y de agua y voces que cantan a los cuatro puntos cardinales; ese movimiento, ese ajetreo cotidiano me hizo acelerar el paso para llegar a casa de María, y más apresuré mi caminar pues sabía que su madre y su hermana, su única familia -ella es huérfana de padre-, estaban en la Villa cumpliendo una promesa, estancia que les llevaría todo el día. Al llegar tomé la llave que María siempre me deja en un pequeño hueco que hay en el árbol que está a un metro de la puerta. Abrí. Cerré con cuidado. El perro “bravonel” me recibió con gran regocijo. Adentro se escuchaba el agua de la ducha y por las cortinas se alcanzaba a ver aquel cuerpo de bronce, cuerpo de barro de olla pecadora, cuerpo de tezontle que cruje cuando se le pisa, cuerpo de curvas prodigiosas que hacen que los brazos y las manos y los dedos se sumerjan en delicias táctiles, cuerpo de mujer que grita a los corazones vivos que la tengan caliente como su sangre, cuerpo de mujer que brilla cuando baila el baile de los enamorados, cuerpo de mujer que resume todas las cualidades que dictan los que aman a Venus, cuerpo de mujer que sabe de lo que está hecho y que sabe cómo debe ser tratado por el que la ama. -¡Entra! Fue su voz imperiosa la que me trajo al mundo real. Lancé las ropas a las cuatro paredes. Entré a ese rincón malévolo y pleno de vapor y de agua que resbalaba por nuestros cuerpos incitándolos a cumplir con las tareas que los enamorados deben hacer sin demora alguna. No sé si sus besos y sus caricias me hicieron viajar por los contornos más cercanos de su piel, no sé qué embrujo me poseyó, que el tiempo no corrió con la celeridad de la traslación de la tierra, no sé qué brebaje bebí de su boca que gravité tan lejos que recuerdo como se aparecía ante mí aquella aurora boreal, no sé que diabluras y signos mágicos salieron de sus piernas, yo apenas podía respirar, apenas podía con mi cuerpo, apenas podía seguir el vaivén que marcaban sus manos, apenas podía seguir el ritmo de sus brazos y de sus manos… Al llegar la noche salí de esa casa de ensueños, salí como si yo hubiera viajado al corazón de María y le hubiera dado siete vueltas. Salí como sonámbulo que no sabe qué camino seguir, salí de esa casa en donde los espíritus benignos nos envolvieron en rezos y en caricias interminables, salí. Cerré y coloqué la llave en el sitio secreto. Mi cuerpo estaba lleno de sus huellas. Mi cuerpo se prepararía otra semana para estar listo y sano y entero para llegar a casa de María y cumplir con el rito de los flechazos de Cupido… Ah, María, María…