REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Confabulario

El comensal


Ares Demertzis

(i)
La estructura achatada resultaba anacrónica, una incongruencia, discordante con su entorno. Un error contextual. Fuera de lugar. Incompatible. La aplastada construcción, larga y rectangular, parecía estar recostada en la acera, subyugada como en una plegaria humillante, rodeada por rascacielos cuyas modernas fachadas de cristal inútilmente empujaban sus figuras delgadas hacia arriba para alcanzar las innumerables estrellas, aspirando penetrar los misterios de un universo perpetuamente lúgubre, todavía indomable; de un cielo que en ese momento oscurecía apresuradamente con el atardecer. La fachada estaba coronada con un anuncio de neón que destellaba intermitentemente, llamando la atención con frenética energía, anunciando sin ambigüedades su función y origen: “Fonda Acrópolis.”
El joven Juan se acercaba a la Acrópolis avanzando torpemente, penetrando el opresivo y pegajoso calor de agosto. Caminaba con pesadez, pero con determinación, iluminado al pasar de un farol a otro bajo los anillos de luz que estos vertían sobre el hirviente concreto de la banqueta. Las luces lo encuadraban por breves momentos en la oscuridad que envolvía la ciudad, mientras siniestras nubes oscuras se formaban en el cielo, amenazándolo con el tiempo inclemente que se acercaba. Subió los nueve escalones de piedra y entró a la fonda por una puerta transparente de vidrio.
En el interior se hacía evidente la discrepancia con la nación en donde se encontraba la fonda. La decoración consistía en el uso singular y suntuoso de los colores azul y blanco, sugiriendo la venerada bandera del país que tanto extrañaba el dueño del establecimiento. Platos y grandes urnas lucían figuras Clásicas griegas. Columnas de plástico, dóricas y jónicas, sostenían vides artificiales, exuberantes con sus grandes uvas púrpura.
Fotografías decoloradas de un Partenón mutilado por los victoriosos conquistadores musulmanes cubrían las paredes, sus deterioradas columnas de mármol despedazadas, como un infiel kufr, ahora cubriendo dolorosamente una tierra estéril y árida. Las Cariátides, casi irreconocibles, erosionadas por el paso del tiempo, sostenían el Erechtheion. Era un peán nostálgico a una cultura abandonada, con profunda tristeza, por el propietario griego, semejante a los restaurantes mexicanos que habían brotado recientemente en la ciudad. Estos ostentaban los colores rojo verde y blanco, sombreros anchos, sarapes, y rosarios de chiles marchitos y arrugados que sazonaban con melancólica pimienta la imagen de una patria latina abandonada; ahora transformados de su función original en decoración para conservar una frágil reminiscencia del pasado.
Se murmuraba que la mayoría de los restaurantes en la Costa del Este de los Estados Unidos eran negocios de inmigrantes griegos. Los griegos habían bromeado por décadas con que ellos podrían conquistar los Estados Unidos de Norteamérica sin disparar una sola bala, simplemente envenenando a la población. Los mexicanos gozaban de una visión igualmente irredenta con su migración incesante. Insistían en que iban a derrotar a los gringos, también sin un disparo, por simples razones demográficas, sin tomar en cuenta los derechos preferenciales que las tribus indígenas de los apaches, navajos y sioux tenían sobre las mismas tierras. Había quienes consideraban que los mexicanos, a diferencia de los griegos, que simplemente bromeaban, tenían una agenda y complotaban en serio, que inadvertidamente desestimaban la compulsiva naturaleza del cambio. Hace dos mil quinientos años, el filósofo griego Heráclito entendió que “uno no se puede sumergir dos veces en el mismo río.”
-¿Mesa para uno? Preguntó la anfitriona de la fonda.
-Nada más un taburete. Gracias de todos modos, Argie.
Argie era el diminutivo para Argyro, palabra griega que significa plata. Cuando Juan y Argie acudían a la misma primaria, los niños americanos, desconcertados por un nombre inusual, la llamaban Orgía, pese a que ellos ni siquiera sabían el significado preciso de esta palabra. Era una palabra nada más, como chingar, que por ser considerado un término ofensivo, encontraban provocador usarlo.
-Toma una mesa. Es tarde. No se la vas a quitar a ningún grupo grande de clientes.
Juan asintió con la cabeza, aceptando dócilmente, y ella lo acompañó hacia la última mesa que se encontraba escondida en el fondo. Argie tenía cabello negro, ojos oscuros y una piel aceitunada; caminaba erguida, lo que le daba el aire de una escultura de Phidias animada. Era una mujer joven de huesos grandes y de cadera amplia, diseñada por la naturaleza para facilitar el parto. Huesos y cadera que, con el tiempo, engendrarían una “gazuntafrau”, como amenazaba el amigo alemán de Juan, intimidando a todos los posibles pretendientes de mujeres jóvenes de caderas anchas. Pero quién sabe si él proporcionaba esta información pasándose de listo. Era homosexual.
Juan miró furtivamente los senos firmes de la muchacha y llegó a la conclusión de que realmente no necesitaba el sostén que marcaba su blusa. Dirigió su escrutinio a las correas anchas y copas funcionales, sin encaje femenino, que parecían a propósito trastornar toda insinuación de seducción. Era un "sostén utilitario", concluyó; el término burlón que usaba con deleite para describir lencería sencillamente funcional. Nada inspirador. Aburrido. Pero ella siempre había sido una chica muy práctica.
Argie le entregó el menú y Juan dio una ojeada a la pelusa fina que brotaba en el labio superior del rostro de ella. Va a tener bigotes como su madre, pensó.
“Provecho,” Argie repitió el mantra ofrecido a todos los clientes y regresó para asumir su posición asignada en la puerta, junto a la caja registradora.
El padre de Argie y dueño del establecimiento, el viejo George, salió de la cocina. Al ver a Juan sentado se reunió con él, dejando caer fatigadamente su cuerpo cansado en el plástico azul y blanco que cubría el asiento del otro lado de la mesa. Era un hombre chaparro, como su restaurante, con una pronunciada e inconfundible mentalidad parroquial; calvo y pasado de peso, con un abdomen abultado que testimoniaba el placer sibarítico con que había saboreado exageradamente sus propias recetas. Su cara sudorosa sostenía una nariz demasiado grande y en las orejas, con la edad, le habían brotado islas pequeñas de grueso pelo negro. Llevaba puesta una camisa sudada y un largo y manchado delantal blanco.
-¿Pos pan ta pragmata? preguntó en un griego perfecto, sacando una cuerda de cuentas komboloi de la bolsa de sus pantalones.
-Kala, kala, contestó torpemente Juan, con un acento pesado que violentaba su lengua materna.
-No gustar hablar griego, ¿eh, Giani? George preguntó a Juan, usando la pronunciación griega de su nombre y comunicándose inadecuadamente en el idioma de su país adoptivo que no había podido dominar aun después de tantos años.
-Es que no lo hablo bien. Es difícil. Me siento más cómodo hablando inglés.
-Inglés… Inglés. George hizo muecas de reproche. -Supongo eso estar bien, agregó sin convicción.
La mesera se les acercó. -¿Qué se te antoja hoy, Juan?
-¡Caray! Todavía no he visto. Apresuradamente Juan abrió el menú, ojeando las trece páginas salpicadas de la cocina exótica Medio-oriental, incorporada al azar entre los simples platillos Norteamericanos.
-¿Quieres que regrese?
-No. Ya sé lo que quiero. Juan dejó caer el menú sobre la mesa.
-La hamburguesa especial, término medio y una cerveza.
-Lo mismo de siempre- La mesera sonrió mientras apuntaba la orden. -No tenía ni qué preguntar, ¿verdad?
-Ne. Ne. Hamburguesa especial. Bueno. Bueno. Especial de casa, vre -George interrumpió, mirando molesto a la mesera por su comentario gratuito y la familiaridad superflua con Juan, que él consideraba inadecuada para una empleada.
La mesera tomó el menú y se fue.
-No fácil obtener trabajador buena -Se lamentó George tirando de las cuentas del komboloi de ámbar por sus toscos dedos agitados.
-Ella no molesta, George. Tiene buen trato con los clientes, Juan respondió, mientras admiraba el trasero de la mesera que se retiraba.
George giró la cabeza para seguir su mirada. -¿Gustar eso, vre? ¿Para postre quizá?”
Los dos se rieron entre dientes calladamente. Diversión abreviada e insignificante entre dos hombres de edades disparejas que carecen de esa intimidad necesaria para un comentario más lascivo.
-¿Qué hacer ahora, Giani?
-Más de lo mismo. Escribiendo, “mucho”
-Escribiendo. Escribiendo. ¿Qué es negocio de escribiendo, vre?
-Soy escritor, George.
-Un escritor gana vida escribiendo. ¿Tu vivir escribiendo?
-Bueno, realmente, todavía no.
-Todavía no. Todavía no. ¿Y mirar el culo grande de mesera? George sacudió la cabeza negativamente, golpeando ruidosamente las cuentas brillosas del komboloi.
-Culo cuesta dinero, Giani. Agregó solemnemente.
Juan sonrió ampliamente, contestando con juvenil ingenuidad. -No por mirar.
George soltó una carcajada, apreciando de más el inocente comentario, enseñando dientes descoloridos, sostenidos por un delgado alambre de oro.
-Es chico bueno, Gianakimou. Chico bueno, mi Gianni. ¿Saber lo que pienso? Pienso es tiempo para casar, ¿eh?
La mesera trajo la cerveza. Juan aprovechó la oportunidad de no responder tomando un largo sorbo directamente de la botella, devolviendo al mismo tiempo el vaso a la mesera.
-No necesito el vaso.
-Ah, sí. Perdón. Se me olvidó. Mientras se alejaba los ojos de Juan nuevamente la siguieron.
George se inclinó a través de la mesa, como un conspirador.
-Yo seguro es tiempo para tu casar. ¿Escuchar?
-No necesito casarme, George.
-Antes que tu madre santa muerta, Dios la perdona, yo prometer buscar esposa para ti.
-Sí, bien…
-Yo prometer tu madre tu tener niños. Niños griegos. ¿Entender, vre?
-Seguro.
-¿Seguro, seguro?
-Sé lo que me quiere decir.
-Tu madre y tu padre, Dios los perdona los dos, se revolcarán en tumba si tu hacer bebé extranjero, vre. Los niños, deben ser griegos, Giani.
-¿Por qué?
-¿Por qué? ¿Por qué? Qué significar ¿por qué?
-¿Por qué tienen que ser algo más que simplemente niños?
George echó la cuerda de cuentas del komboloi nerviosamente de aquí para allá a través de su puño.
-Porque japonés casar japonés y mexicano casar mexicano. Por raza. Por no olvidar raza. Tradición.
Juan sintió resentimiento a lo que consideró una palabra coercitiva. Tradición. La consideró una expresión manipuladora. Tradición. Inflexible, habitual esclavizador del progreso, del cambio, de la diversidad, de la ambición y de la aspiración. La carga hereditaria de lo convencional, colaboradora del tribalismo, consorte de la aristocracia, aliada de la represión, compinche del corpus juris, partidaria de la explotación, cómplice de los apedreamientos a muerte.
Esa quimera alucinante, tenaz, inalterable, intransigente, inflexible; mirando invariablemente hacia atrás a un pasado de vana gloria, intimidando así la promesa del futuro.
-La correa de la estrangulación, Juan murmuró inaudiblemente.
Juan se había dedicado a construir una apostasía angustiosa que extirpó, dolorosamente, de los rincones más profundos de su psique, el inconsecuente equipaje de obligaciones que recibió, sin solicitarlas y sin posibilidad de protestar, al nacer. Tomó la decisión consciente de traicionar a la sociedad a la cual pertenecía por virtud de casta; que algunos absurdamente alegaban que era de sangre. Rechazó la incuestionable lealtad y fidelidad a los eternos ancestros. Se esforzó por existir sin estar subordinado a las limitaciones de ningún dios, ninguna religión, ninguna patria, ninguna institución, ninguna filosofía, y ninguna persona. Una prerrogativa de su autodeterminación.
-Mi raza es Americana, George, contestó categóricamente.
-¡No hay tal cosa!
-Sí hay. Los americanos somos la raza nueva. Somos todas las razas del mundo juntas, mezcladas, viviendo y pensando como americanos. Ser americano es un estilo de vida. Una manera de pensar. ¡Somos la raza cósmica!
-¡Bravo! ¡Bravo! Po, po, po. Yo no saber tu ser político, George replicó burlonamente, expresando su profundo desprecio. -¿Es posible tu olvidar historia gloriosa de tu país?
-¿América? Juan contestó, provocativamente.
-Vlakas eise, vre?! Las cuentas del komboloi se azotaron ruidosamente contra la mesa bajo la palma abierta de George. Juan se sorprendió por la vehemencia repentina e inesperada, que George controló con visible esfuerzo.
-Bueno. Bueno. ¿No tener interés en historia, eh? Bueno. Bueno. Ser joven. Tener interés en comer hamburguesa, tomar cerveza, ¡y mirar grande culo de mesera! George pasó las suaves cuentas tristemente, de una en una, entre el pulgar y el índice como si el komboloi fuera un rosario.
-Pero tú ser Ortodoxo. Niños tener ser griegos Ortodoxos. Es iglesia original de Cristo. ¡La herejía Católica empezar 1054! ¡Y la herejía Protestante en siglo dieciséis!
-No soy religioso. Yo no voy a la iglesia, George.
-¿Y? Yo tampoco ir a iglesia, pero yo ser griego Ortodoxo.
-¿Por qué?
-¿Pensar ser Sócrates, eh? Pregunta. Pregunta. Siempre pregunta. Bueno. Bueno, yo decir. Yo bautizar en iglesia. Yo casar en iglesia. ¡Y cuando morir, sacerdote decir palabra bonita sobre mí en iglesia!
-¿Eso es suficiente para entrar en el Paraíso?
-Bueno. Bueno. Alguna vez voy en Pascua… Navidad… continuó George disculpándose.
-Sí. ¿Pero es esto suficiente?
-¿Suficiente? ¿Suficiente? Yo no saber, respondió con irritación, agregando con frivolidad; -¡Yo preguntar Dios cuando lo veo y te digo, Giani!
-Quizás lo veo yo antes, George. La vida no tiene garantías.
-¡Ah! Ser chico listo, mi Giani. George se inclinó sobre la mesa y lo cacheteó juguetonamente en la mejilla con una caricia afectuosa.
-Mi Gianaki. ¿Pensar en cambiar tema, eh? No. Tú ser griego y tener casar con chica griega.
-No conozco chicas griegas.
-Sí conocer.
-No, no conozco.
-Sí, conocer.
-¡Ah! ¿Quién?
-Mi hija.
Un silencio.
-¿Argie?
-Ne. Argie. Mi hija, Argie.
Otro silencio.
-¿Qué tener de malo Argie, vre?
-No… No hay nada malo con Argie. Crecí con Argie.
-¿Y?
-Conocí a Argie desde que se peinaba con coletas y llevaba frenillos. Jugábamos juntos.
Juan recordó súbitamente cuando eran niños y se escondieron una vez detrás de unos arbustos en el parque para orinar, así descubrieron por casualidad la curiosa diferencia de sus cuerpos. Se tocaron uno al otro, y luego, por ese temor jadeante de la ira paternal al ser descubierto su secreto, nunca jugaron solos otra vez.
-Ahora ella ser mujer.
-¡Es tu hija, George!
-¿Y?
-Escucha, George, vamos a hablar de otra cosa. Yo no quiero casarme. No me interesa casarme. Soy feliz como soy.
¡Caray! pensó Juan. Ésta era la razón por la que siempre había evitado salir con chicas griegas. Precisamente porque todos te querían casar con ellas. Una chica griega no era una hembra que podías o no estarte cogiendo. ¡En la primera cita ella se convertía en tu prometida! Por eso, más que nada, él nunca había brincado sobre los huesos de Argie. ¡Caray! Y ahora su papá se la ofrecía como algún bien superfluo que quería desechar.
-¿Ne? ¿Feliz? ¿Ne? ¡Mirar! Camisa arrugada. Flaco. ¡Venir aquí cada noche comer hamburguesa! Esposa, ella te cuidar. Lavar camisa, reparar calcetín, limpiar casa, cocinar. Argie, ella buena cocinar. Tu comer avgolemono, mousaka, kai arnaki, salata horiatika me aceite de oliva. Poner grasa en hueso. ¿Escuchar?
-No.
-Giani, casar mi hija. Ella chica buena. Decente. Argie nunca tener novio, yo no permitir hombre tocar mi Argie, sólo hombre que ella casar. ¡Después de boda! ¡En iglesia! Ella inteligente, pero no problema, ella ser esposa buena, obediente.
Juan bebió de su botella en lugar de contestar. Su boca se torció en una mueca irónica al imaginar la irritación de su madre a lo que seguramente consideraría esta impertinente audacia de George. Ella frecuentemente mencionaba, en relación de la recién adquirida riqueza que él gozaba en este nuevo país, que en la vieja patria él trabajaba como peón de campo; descalzo, su ropa meramente trapos, y su comida de medio día era un limón que prudentemente guardaba en la bolsa de su rasgado pantalón. Ofrecer su hija a Juan era, sin duda, un acto de ostentación absolutamente pretencioso. “¡Como que si vivir en este país eliminara las barreras de clase!” seguramente hubiera comentado con desdén.
George suspiró. Pasó las cuentas del komboloi por los dedos y agregó reticente, con poco entusiasmo:
-Yo dar también restaurante para dote. Restaurante bueno, Giani. Negocio bueno.
-Soy escritor, George.
-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Escritor! Bueno escritor, sentar aquí. Esta mesa. ¡Aquí! Exasperado, George golpeó su gruesa y chata mano de campesino sobre la superficie de la mesa para enfatizar lo dicho.
-Escribir aquí. Mirar empleados trabajar y contar dinero cada noche. -¡También mirar culo grande de mesera! Este lugar bueno para escribir, vre!
La mesera trajo la hamburguesa y la colocó delante de Juan. Cuando ella se marchó, él se esforzó por mirar el tráfico por la ventana, avergonzado por sus manifiestas hormonas que hacían tan obvia su necesidad física.
-¿Que decir, Gianakimou?
Juan tomó una mordida grande de la hamburguesa y la masticó metódicamente, haciendo tiempo.
-¿Qué decir, vre? George insistió.
-Si usted me da el restaurante, ¿qué hará? preguntó Juan con la boca llena.
-Yo regresar a mi patria.
Juan miró a George con ojos llenos de preguntas, mientras masticaba.
-Dejar huesos en mi país. Huesos poner en capilla detrás iglesia, con huesos de toda familia, como hacer tu santa madre, tu santo padre. Aquí país ajeno, huesos pudrir en hoyo de tierra ajena.
-Déjeme pensarlo, George.
-¿Pensarlo?
-Sí. Escuche, gracias. Yo realmente se lo agradezco. Gracias. Efha… risto… po… li. Juan intentó hablar en un griego inseguro. Y luego, repitiendo las palabras con más soltura y atrevidamente, -Efharisto poli. Aprecio su oferta y todo, usted sabe…
-¿Oferta? ¡Oferta! George se paró precipitadamente con sorprendente agilidad, aunque parecía fatigado; sintiéndose derrotado e humillado. Regresando las cuentas del komboloi a su bolsillo, se inclinó sobre la mesa y puso su cara a centímetros de la de Juan.
-No pensar demasiado largo, vre. Alguien más tomar mi Argie, chasqueó los dedos para énfasis, -¡bajo tu nariz, eh! Sin otra palabra, George giró y se alejó resueltamente.
Juan dejó su hamburguesa en el plato y bebió lujuriosamente de la botella de cerveza con alivio de que George se hubiera ido. Como sus padres difuntos, George representaba el pasado. La suya era una generación nueva, una mentalidad diferente. Juan era el futuro inmediato.
Sacó un cuaderno pequeño de su bolsillo y empezó a transcribir la conversación que acababan de tener, reacio a confiar sus sutilezas a la memoria. Se sentía inspirado, este era un material indispensable. Terminado, reemplazó el cuaderno con satisfacción. Su pequeño departamento estaba lleno de cuadernos como éste, todos meticulosamente organizados, cuidadosamente etiquetados y asegurados en guacales que él recogía de la basura, en el callejón junto a la fonda.
Su mente vagó a aquellos tiempos conmovedoramente estresantes cuando, de muchacho, experimentó personalmente el mundo esquizofrénico que era el suyo como hijo de inmigrantes. Sus padres lo habían matriculado en una escuela parroquial que dividió su educación entre inglés y griego. Le enseñaron, adoctrinaron era la amarga palabra que usaba, con los valores de la irrelevante patria lejana. Aumentando su descontento, al cruzar el umbral de su casa, el único idioma permitido para comunicarse era el griego; el único aceptable comportamiento cultural, el de un país que desaparecía rápidamente de su memoria.
Nunca invitó a amigos americanos a su casa, le avergonzaba que pudieran juzgarla, y a sus padres, peculiares. Los muebles de la sala estaban cubiertos de plástico transparente, las paredes carentes de decoración, excepto por una litografía del Santo Fanourio, con una vela votiva oscilando eternamente a sus pies -y enrollada, en una esquina, la bandera griega que su padre colgaba de la ventana cada año, el 25 de marzo, para conmemorar el día de la independencia griega.
Sólo en una ocasión, cuando era un estudiante universitario, permitió que una novia americana secreta, penetrara en ese santuario esotérico que era su casa.
-Tengo que recoger algunas cosas que olvidé en mi recámara. Ahorita regreso.
-Iré contigo.
-No. Está bien. Sólo tardaré un minuto.
-¿No puedo ir contigo?
-Sólo será un minuto.
-¿No puedo entrar a tu casa?
-Bueno, sí… Está bien… Si realmente quieres.
El destino quiso que fueran confrontados por su madre. Ella fue cordial con la joven, pero cuando más tarde Juan regresó solo, lo desafió coléricamente.
-¡Nunca traer putanas a casa! ¿Entender?
-Ella no es una putana, mamá. Ella es una estudiante, va a la Universidad. Tenemos clases juntos. Solamente la estaba acompañando a su casa.
-¡No perder respeto! Chica que caminar sola con chico ¡es putana! En mi casa, la única chica entrar es chica que te cases. ¡Chica griega que te cases! ¿Entender?
-Caray.
Juan intentó mirar hacia la calle por la ventana, pero sus ojos una y otra vez vagaban hacia los pezones de la mesera que resaltaban bajo la tela delgada y estirada de su blusa blanca. Cuando ella caminaba de arriba abajo por el pasillo sirviendo otras mesas, miraba estúpidamente el borde de encaje de sus pantaletas que se ofrecían con calculada invitación, perceptible bajo su falda, abrazando íntimamente el gran trasero. Se le ocurrió que quizás George tenía razón y verdaderamente el tiempo ya había llegado. Después de comer su hamburguesa, para recuperar la serenidad, haría una visita social a las hermanas de la misericordia, esas rameras jóvenes que auxiliaban a los necesitados en un pequeño hotel a la vuelta de la calle.
La mesera pasó por su mesa. -¿Cómo va todo, Juan? ¿Necesitas algo más?
-Otra cerveza.
-¿Eso es todo que necesitas?
-Sí, Gracias. Él mintió.
Argie llegó a su mesa caminando casualmente entre las mesas.
-¿Todo está bien aquí, Juan?
-Sí, Argie, Gracias.
-Está floja la noche.
-Quizás llegue más clientela al rato.
-Para mí está bien así. Tuve un día pesado.
-Bueno, pronto cerrarán y podrás descansar.
Argie se quedó parada torpemente al lado de la mesa esperando algo más, pero Juan no continuó.
-¿Quieres compañía?
-Seguro. Siéntate.
-¿Que has hecho, Juan?
-Lo mismo. Escribiendo.
-Prometiste dejarme leer algo tuyo, ¿te acuerdas?
-Bueno, es que no lo he terminado.
-Ha pasado mucho tiempo. ¿Escribes lento o es un cuento largo?
-¡Caray, Argie! Un poquito de ambos, creo. Replicó Juan avergonzado.
-¿De qué se trata?
La mesera trajo a Juan su cerveza y los interrumpió.
-Hay unos clientes en la puerta, Argie, anunció, desafiándola sin rodeos.
Argie no la miró. Irritada por la intrusión, respondió bruscamente -¡Siéntalos tú!
Molesta, la mesera se alejó rumiando su silencioso resentimiento.
-Creo que eso no le gustó, Argie.
-Este negocio no está sindicalizado. Todos hacemos un poco de todo.
Juan tomó un bocado de su hamburguesa fría.
-Dime de qué se trata, pues.
Con la boca repleta. -La vida.
-¿Mujeres?
Otra mordida grande. -Sí.
-¿Sexo?
De repente, Juan se ahogó con un pedazo errante de hamburguesa. Tosió, salpicando la mesa de comida masticada. -¡Caray! Lo siento. Lo siento, Argie.”
-No. Es mi culpa.
Alcanzaron el abastecedor de servilletas simultáneamente, sus dedos se tocaron inadvertidamente. La mano de Argie tembló. Él la sostuvo ligeramente, indeciso.
-Creo que me agarraste desprevenido. Explicó humillado.
-Obviamente. Ella procuró sonar despreocupada, pero su voz se quebraba y se alarmó que pudiera traicionarla, como su respiración y los latidos del corazón que de pronto se habían vuelto erráticos.
La mesera se acercó. Paulatinamente apartaron sus manos para permitirle limpiar la mesa con un trapo húmedo.
-¿Ya terminaron aquí? la mesera exigió con una voz audaz e insinuante, molesta por la intimidad entre ellos.
-Sí. Sí. Llévate el plato. Respondió Juan.
-Pero tráeme otra cerveza, él llamó atrás de ella y apartó inmediatamente sus ojos para mirar fijamente afuera de la ventana.
-¿Te gustan los coches, Juan?
-No sé. A lo mejor. ¿Por qué?
-Bueno, yo estoy sentada aquí delante de ti y estamos hablando, pero parece que prefieres mirar el tráfico.
-Ah, oye, no es… Es que… Ah… discúlpame…
-No. Creo que soy yo quién debe disculparse, quizás. Te interrumpí para platicar y todo lo que hago es hacer comentarios maliciosos. ¡Es que he estado muy tensa últimamente. Estoy sudando, ¡hace un calor sofocante aquí!
Se hizo una pausa larga mientras Juan asimiló y procuró interpretar su confesión, porque la fonda tenía aire acondicionado, y el ambiente le parecía más bien fresco.
-De verdad lo siento, Juan.
-Bueno, a lo mejor fuiste un poco agresiva, pero oye, olvídalo. ¿Quieres salir afuera a tomar un poco de aire fresco?
-¿Afuera?
-Sí. ¿Puedes salir?
-Seguro. Mi padre es el dueño. ¿Qué va a hacer, despedirme?
Se rieron, se levantaron, y salieron juntos; George mirándolos oculto desde adentro de la cocina. En la calle caminaron con los hombros tocándose, sin hablar. Tomando bocanadas del aire bochornoso de la noche.
-Va a llover. Dijo él.
-¿Tú crees?
-Claro, se huele la humedad en el aire.
-Es agradable. Gracias por invitarme a caminar contigo.
Ríos de sudor se deslizaron por la espalda de Juan cuando, tímidamente, enlazó la cintura húmeda de Argie, y el cuerpo de ella se amoldó cómodamente al suyo.
-Me siento mejor. Murmuró ella.
Pasaron por el pequeño hotel donde varias prostitutas descansaban afuera, la conversación se detuvo mientras veían pasar a la pareja. Juan hizo un esfuerzo por ignorarlas. Ellas, discretas, no lo saludaron.
-Debe ser un trabajo terrible, el que tienen esas chicas. Dijo ella.
-Creo que sí.
-Ellas probablemente pensaron que somos amantes.
-Probablemente.
-¿Crees que ellas trabajan toda la noche y duermen todo el día?
-No sé mucho acerca de eso.
-¿No tienes curiosidad? Siendo un escritor, quiero decir. Para utilizar una como personaje en alguna novela.
-¿Crees que debería regresar y pasar algún tiempo con ellas? Nada más para fines de investigación, por supuesto.
Ella se rio. Una risa dulce y melodiosa.
-No… Estás conmigo ahora. No quiero que te vayas.
Silencio. Un silencio largo. Largo. Argie reprimió un grito sordo que luchaba por escapar de su boca. Finalmente. -¿Crees que esas chicas invierten en un cuarto por la noche, o cobra el hotel por hora… o por cliente?
¡Caray! Es siempre la mujer que inicia la seducción. Primero te sueltan el gancho y luego te acusan de violación, pensó Juan con aprensión y ansiedad.
-Debería regresarte. Tu papá pensará que te rapté.
-Si quieres. A lo mejor deberíamos regresar. Ya me siento mejor.
Mientras caminaban, un calor asfixiante los envolvió, dificultando la respiración. Respiraban laboriosamente el aire estancado, buscando ansiosamente alivio. El viscoso sudor que los cubría saturaba su ropa con un calor febril. Argie tembló.
Acercándose a la fonda, Juan giró bruscamente en el cañón estrecho y sombrío del callejón contiguo. Ella lo siguió, caminando junto a él, sin objeción. Después de algunos pasos, envueltos en una oscuridad tenebrosa, él la volteó para enfrentarla y buscó su cara íntimamente. Argie respondió con insospechada pasión, asfixiándolo con una boca hambrienta.
La levantó del pavimento en sus brazos, llevándola más adentro de la oscuridad, mientras gruesas gotas de lluvia caían repentinamente del cielo, evaporándose al golpear el pavimento caliente. Metiendo su mano en la blusa, él comprobó que verdaderamente sus senos eran como los había imaginado, sin ninguna necesidad de los arreos “utilitarios” que ella utilizaba estrictamente por modestia y convención. ¡Caray! pensó, el viejo George probablemente decía la verdad cuando dijo que su hija nunca tuvo un novio. Tetas tan firmes nunca habían sido acariciadas, ni chupadas.
La llovizna ligera se transformó en una impetuosa lluvia cayendo de un cielo enigmático y caprichoso cuando él apretó el cuerpo de Argie contra la pared. La acarició palpando tímidamente bajo su falda, sorprendido de que Argie no pronunciara el obligatorio “no.”. Procurando penetrarla, se dio cuenta de pronto que ella era virgen todavía. Juan quiso detenerse, pero Argie gemía y jadeaba avivadamente, tratando desesperadamente de recuperar el aliento mientras sus brazos lo aplastaban en un abrazo intenso. ¡Caray! ¿Cómo paro esto ahora? Pensó ansiosamente, mientras al mismo tiempo empujaba recio, penetrando hondo, dejándose ir; rindiendo su cuerpo al ávido hurgar con que ella devoraba su cuerpo.
-¿Lo rompiste? Ella balbuceó afónicamente. Jadeante, él era incapaz de contestar.
El sudor febril que corría por sus rostros se mezclaba con la intensa lluvia que violentamente empapaba sus cuerpos. Desde algún lugar muy lejos Juan oía los incoherentes gemidos roncos y agudos de Argie en su oído. Le colocó una mano sobre la boca abierta para suavizar la penetrante cacofonía. Un trueno rugió, indignado, encima de ellos.
Las piernas de Juan comenzaron a temblar descontroladamente como siempre lo hacían cuando tenía sexo en esta incómoda posición, teniendo que soportar el peso adicional de su pareja. Prefería la comodidad de un colchón. Necesito hacer ejercicio, fortalecer los músculos de los muslos, él pensó.
Una repentina ráfaga de viento sopló por el callejón, haciendo girar la basura en un vórtice furioso de ruidosos remolinos. El sonido de guacales vacíos que caían astillándose lo distrajeron de su violento empujar, devolviéndole una vaga sensatez. Un gato negro saltó en el aire maullando y en seguida se evaporó entre los escombros. Juan percibió una ventana abierta; la del baño de la fonda que daba al callejón. Una sombra los observaba. Se escuchó un trueno profundo seguido del destello de un relámpago. En los instantes que duró su brillante incandescencia, Juan reconoció a George, con lágrimas corriendo por su rostro, espectador silencioso del desenfreno; testigo de la derogación de su cosmos. De pronto Juan estalló en espontáneos, instintivamente urgentes chorros, volviendo el líquido de su inicio dentro del suave, húmedo cuerpo de Argie. Su boca se abrió en un gemido involuntario, replicando la olvidada eyaculación primordial en los genitales enmarañados de Lucy, nuestra Eva genética, cuya mitocondria emergió del África para crear al asirio, el chino, el egipcio, el hebreo, el indio, el griego.
Los cielos se abrieron de pronto sensualmente, sin vergüenza, derramando un gran aguacero. Venas de agua cayeron en cascada, rugiendo como una catarata, bautizando sus cuerpos inertes, gastados, fusionados.

(ii)

Juan nunca volvió a la fonda después de esa noche. Se cambió de casa, a otra parte de la ciudad. Muchos años después, en el centro de la ciudad, encontró a un conocido del viejo vecindario, un joven griego cuyos padres, como los de él, habían inmigrado a este país. El amigo estaba vestido con un traje oscuro, finamente hecho a la medida, con una camisa blanca crujiente, corbata conservadora y brillantes zapatos negros. Oliendo a un perfume costoso. Sostenía una cartera delgada de cuero fino. Completamente integrado a la sociedad norteamericana, Juan pensó, un ejecutivo bien remunerado trabajando para alguna empresa trasnacional; permutó su vida por la posibilidad de una oficina en la esquina del edificio y una cuenta de gastos pagados por la empresa.
El ejecutivo habló acerca de su casa en los suburbios y le mostró la fotografía de una esposa americana, rubia, con ojos azules, dos niños y el perro labrador dorado, alrededor de una piscina que chispeaba en la brillante luz del sol. En el fondo, una casa grande cobijada por árboles de sombra. El Sueño Americano. Probablemente tiene una fotografía similar sobre el escritorio de su oficina, pensó Juan maliciosamente, para recordarle, en esos momentos de inevitable angustia existencial, la razón por la cual está permitiendo que su vida se pudra.
Sin embargo Juan sentía una punzada de celos y más que una insinuación de resentimiento. Él todavía vivía en un departamento pequeño y barato, donde tenía que subir seis pisos, en la parte baja de la ciudad. Todo depende de las cartas que te toquen, pensó con rencor, o más probable de cómo se barajaron ¡No! Corrigió rápidamente su equivocada reflexión, descartando ese pensamiento propio de los fracasados; no era eso. Todo dependía de cómo juegas la mano que te tocó.
-¿Qué me cuentas, paisa? Preguntó el ejecutivo, resbalando en lo que él consideraba el obligatorio trato vernáculo del vecindario para este tipo de encuentro.
-Escribiendo todavía. Casi termino mi novela.
-¿Misma novela?
-Sí. Es complicada.
-¿Qué es lo que la hace tan complicada?
-Es una novela histórica. Acerca de nosotros. Gente. Gobiernos. Religiones. Las mentiras grandes. Nuestras victorias pequeñas.
-¡Ah! ¿Crees que la vas a terminar algún día?
-Espero que sí. Este libro es acerca de cómo éramos. Luego quiero continuar con un libro acerca de lo que llegaremos a ser. Pero no creo que viviré para terminarlo.
-¿Éste tiene un título?
-La Violación.
-¿La Violación?
-Sí. Nosotros todos fuimos violados en un momento u otro.
-Va a ser difícil encontrar una editorial para publicarlo. La gente ya no lee.
-Lo sé. Ven la tele.
-Escribe para la televisión. O para Hollywood. Ellos pagan millones.
-Ellos son un paliativo para las masas. Es entretenimiento popular. No es literatura.
Charlaron brevemente acerca del vecindario y los viejos tiempos. Cuando se despedían el ejecutivo pregunto: -¿Estas casado?
-No. Prefiero alquilar, no comprar.
-Sé lo que quieres decir. Sale más barato a largo plazo.
Luego, mencionó a Argie. -Ella siempre tuvo una debilidad por ti, ¿sabes? Todo el mundo pensaba que acabarían juntos.
-Argie. Ah, sí, recuerdo a Argie. ¿Qué pasó con ella?
-Decían las malas lenguas que estaba embarazada. Su padre, George, ¿lo recuerdas? ¿La fonda? Él la mandó de regreso a la vieja patria para un casamiento arreglado. Cosa tradicional, ya sabes.
-¡Caray!
-Ella tuvo suerte, si su padre hubiera sido musulmán, la hubiera decapitado.
-¡Caray!
-Ella se casó con un cirujano.
-¡Un cirujano!
-Sí, le debe haber costado a George un dineral, la dote para enganchar a un cirujano, ¡y con su hija encinta! Agregó el ejecutivo, burlonamente.
-¿Ella tuvo al bebé? Preguntó Juan, e inmediatamente lamentó haber expresado un interés que traicionaba el vestigio reacio de prosaica conformidad que aún le quedaba, y que se había escapado involuntariamente de sus labios.
-No sé. Lo dudo, con un marido médico. Como no era el bebé del cirujano, lo más seguro es que lo abortaron. Tengo entendido que ella tiene un par de niños y viven en Atenas.
-¿Y George?
-George está muerto, lo enterraron aquí, en el Cementerio Municipal. Por supuesto ¿sabes que hay un rascacielos donde estuvo la fonda?