REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 01 | 2020
   

Confabulario

Leonora Tricolli. O la mujer de blanco


Martha Figueroa de Dueñas

No me sentía bien desde hace algún tiempo, alguien me dijo que en las colinas de Plasencia en la iglesia de Santa María di Campania había un párroco célebre por sus bendiciones, el sacerdote Felice Frasi. Era un día soleado y frío de octubre, toda vestida de blanco quería recibir la bendición de ese sacerdote, deseosa que me santificara, un domingo, después de comer pedí prestado un carro para el trayecto. Fue la alcaldía de San Giorgio la que me prestó el caballo y el carro. Muy ilusionada me puse en camino, en compañía de mi amado esposo y de mis padres. El caballo, buen trotador, devoró buena parte del recorrido, cuando, en un determinado momento, comencé a sentirme mal. En ese instante el caballo se detuvo. Le dieron latigazos hasta hacer sangrar, el pobre animal, dando coces y encabritándose, tendió sus patas en el suelo, alargó el cuello, pero no avanzó. Entonces, como fuera de mí, salté del carro, me libré del control de mis familiares y, volando, si, “volando” atravesé los campos y subí la colina en dirección a la iglesia donde queríamos ir. La gente salía, después de la bendición de la tarde. Cuando me vieron, de aquella manera, vociferando y gesticulando, manoteando, agitada, con los cabellos al aire, comenzaron a correr, las mujeres gritaban, los hombres me aventaban piedras, los perros ladraban a través de los campos hacia sus casas. Finalmente, llegué al umbral. Todos se apartaron; y yo, volando siempre, con la cabeza inclinada y caída hacia delante, me metí por la puerta medio abierta de la iglesia, la había atravesado incluso por delante -o más bien por encima- de una masa numerosa de fieles y me detuve suspendida, aturdida o embelesada en medio de las flores y las velas encendidas delante del Santísimo Sacramento y ante un cuadro de la Virgen del Carmen y fui a caer delante del altar mayor sobre el que estaba expuesto el retrato de san Expedito Patrono de las Causas Justas y Urgentes… El párroco acudió seguido por la muchedumbre, y, al contemplar el espectáculo, me bendijo. Yo volví en mí, y durante varios días me sentí muy bien ya dada la bendición, y comencé a contarle lo que hacía.

-Le decía padre, que a ciertas horas del día, una fuerza misteriosa, superior a la mía se apodera de mi cuerpo, de mi alma, y que entonces, aunque me resista, bailo horas y horas hasta caer agotada, y vuelo. Le decía que con una voz magnífica canto trozos de óperas que jamás he conocido, me familiarizo con Verdi, que es de aquí, de Plasencia: Nabuco, Aida, Traviata, la Fuerza de Destino, pero también de las otras, las desconozco; que doy conferencias interminables en lenguas extranjeras ante una multitud imaginaria; que declamo poesías, que anuncio mi próxima muerte y la de todos mis amigos; que muchas veces desgarro con mis dientes todo lo que puedo hacer pedazos, que, en casa, aterrorizo a todos los que allí se encuentran al deslizarme como una serpiente entre los respaldos de los asientos; que rujo, maúllo, aúllo, llamo, grito cada vez más fuerte, sembrando el terror hasta tal punto que a ciertas horas toda la casa parece transformada, como exposición de feroces fieras. Tengo visiones de cosas lejanas, que yo no puedo conocer. Nunca he salido de aquí.

-Contó que, a veces, después de saltos y vuelos dignos de un acróbata, de silla en silla, de mesa en mesa e incluso de habitación en habitación, su cuerpo caía inerte, y permanecía hinchada y completamente negra, durante días enteros, despertando la piedad y la repulsión de cuantos la veían. Añadió, entre muchos otros detalles, que, durante sus crisis, no se sabe por qué fluido misterioso, sus padres, aunque vivían bastante lejos, se encontraban también indispuestos. Se podría pensar, evidentemente, que esta señora fantaseaba para hacerse interesante. Pero la continuación de los acontecimientos no permite esa justificación, era inequívoca.
El Padre Pier Paolo Veronesi, que había escuchado este relato, y era capellán de un hospital psiquiátrico y que había conocido muchos otros enfermos. Pensó al principio en un caso de histeria perfectamente caracterizado, como por otra parte lo habían diagnosticado todos los médicos de Plasencia que la pobre señora doña Leonora Tricolli había podido consultar. Pero la historia continúa y algunos episodios tuvieron lugar ante un público amplio.

Que un mediodía regresó a su casa antes de lo esperado y vio a Cesare que le ponía algo la comida ¿Cuántas veces lo habrá ya hecho antes? ¿Cuántos meses, o años? Por supuesto, sin probar aquellas viandas acudió a una persona de su confianza, un Sciamano que era conocido por ser versado en las malas artes de los brujos. Le dio estas instrucciones: Durante la noche en un lugar oculto prende fuego con leña y ramas de encino verde, cuando ya se levanten fuertes llamaradas arroja en ellas la comida diciendo este conjuro tres veces:

“Fuego, fuego que llevas mi cruz,
Dad a mi camino tu luz,
Fuego, fuego de la antigüedad,
Ilumina mi oscuridad,
Fuego, fuego que atraes la muerte,
Incinera mi mala suerte”


-¡Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado! a una distancia de unos diez metros se escucharon gritos angustiados dentro de la casa “me estoy quemando, quítenme del fuego… me estoy quemando”. Numerosos vecinos que escucharon aquellos gritos llenos de dolor, aquella voz espantosa, pudieron ver al esposo acostado sobre la cama haciendo movimientos convulsivos y desesperados “quítenme de las llamas… me estoy quemando”; nadie pudo hacer nada por la sencilla razón que no se veían las llamas. Momentos después el retorcido esposo víctima de sus propias brujerías, falleció,
Leonora se trasformó, estaba liberada, voló, voló y voló convertida en una blanca mariposa; vuela como una sinfonía de colores, como un encaje de flores, avanza tocando el agua con sus alas para quitar cicatrices y dolores… De su corazón sereno y frágil surgen dulces caricias que apaciguan su congoja… Escapa mariposa y vuela, abre tus alas al sol. Cuanto más alto navegues, menos sentirás dolor.