REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

¿Son las criaturas de Dios tan puras?


Edgar Aguilar Farías

“Son las criaturas de dios tan puras y buenas que salgan inmaculadas del pecado”. Eso pensó un viejo de lentes de grueso armazón al dejar ir a Roberto y Jaime de aquel retiro espiritual que se volviera una orden de hombres antiguos que decidieran introducirse en lo más profundo de los misterios de Jesús y María.
Roberto mayor que Jaime por un año y meses son herederos de una pequeña pero importante cantidad de dinero y una casona en una buena parte de la ciudad que les garantizaba una vida holgada, por lo menos hasta que fueran mayores, algo que sucedería dentro de una década y un lustro.
Entregados en pañales, los pequeños son atendidos por unos viejos que en algún momento de sus vidas estuvieran casados, tuvieran empleo, lidiasen con el tráfico y las rutinas urbanas, pero insatisfechos de la recompensa material que les diera esa vida, se retiraron y se volvieron seguidores de la palabra de dios. Hoy viven en una hacienda a medio restaurar en lo más alejado de la provincia y adentrándose no sólo en los campos de siembra sino en las zonas silvestres que quedan de aquel país. Allí entre la campiña, el jardín es acordonado por una modesta cerca de madera pintada y en medio de aquel terreno la capilla rodeada del inmueble que son los encierros de los hombres de fe, su cocina, su almacén, sus baños, su largo comedor sin muros y de techo de lámina con mosquiteros a los costados, una sala llena de libros que es su biblioteca y una recepción de lámina en la entrada de arco de aquel lugar de oración, en ese sitio crecieron los muchachos, que corrían de un lado a otro libres de las cosas del mundo posmoderno. Tan anticuado era todo en ese lugar que lo único tecnológico que tenían eran los focos eléctricos de la vivienda, una parrilla eléctrica y una radiograbadora que sólo le funciona la grabadora y de la cual únicamente salían clásicos como Berlioz y Mozart.
La biblioteca en un amplio cuarto de paredes manchadas de humedad y un largo ventanal de vidrio soplado que permite entrar al sol cada mañana de invierno, se encuentra delante del bello vitral una larga mesa de caoba y alrededor de ella, además de las sillas, cuatro largos y anchos libreros repletos de libros. La mitad de ellos son de teólogos y eruditos en fe, la otro mitad de novelistas y poetas cuyos últimos días los vivieron entrando al siglo XX. Así Roberto y Jaime aprendieron a leer, escribir, sumar y restar en aquel recinto de saber, que resultase una de las puertas al mundo.
La otra, la grabadora, donde a la hora de la cena se tocan óperas completas y éstas son aderezadas con largas charlas del pasado. Para cuando las piernas y brazos de los hermanos huérfanos eran ya fuertes se sabían todas las sinfonías de Mozart, los poemas de Bécquer, los cuentos de Tolstoi, rezos y vidas de santos, sólo sabiendo del exterior por lo que oían de los ocasionales visitantes. Un mundo que les era sobrenatural y desconocido.
Uno de esos visitantes, el abogado, encargado del testamento de los difuntos padres de Roberto y Jaime que cada trimestre llegaba a ese remoto lugar para entregar un cheque de una modesta cantidad a aquellos retirados del mundo carnal, pero en cada llegada notaba lo viejo y deteriorado de aquellos hombres, era tal su senectud que algunos ya no podían ni levantarse y los jóvenes los atendían cada día más en sus necesidades que les eran ya muchas.
A los muchachos no les molestaba esa situación pues a cada viejo lo veían como un padre recto y amoroso que les inculcase todo su saber y entre ese saber el respeto a los mayores y la responsabilidad de cuidarlos por los años de trabajo que dieron a la sociedad. Aun así el abogado sabía bien que tal situación no podía seguir y usando sus mañas de licenciado alegó en la corte el deplorable estado del lugar donde vivían esos niños y el juez dispuso retirar la patria protestad.
Así después de siete años de vivir enclaustrados los jóvenes tuvieron que despedir su hogar paterno, dar un beso de adiós a los ocho ancianos residentes y subiendo en un lujoso corvette propiedad del abogado dieron su último adiós en la ventanilla trasera mientras veían el umbral carcomido de la hacienda desaparecer en medio de un raído bosque mientras vibraba aquel vehículo al recorrer el camino de terracería que los llevara a un pequeño pueblo donde el anciano de menor edad iba a cambiar los cheques del banco y por las provisiones de cada fin de mes. También de este lugar se despidieron, lo único que conocían de civilización y de ahí a la larga carretera federal, la frontera de su mundo y más allá lo desconocido, una tierra que parecía de mitología y de la cual sólo conocían de habladas y vistazos remotos por las pantallas en la tienda de electrónicos del pueblo. Un mundo taumatúrgico hecho de metal y eléctrico.
El trayecto fue largo pues al abogado le toma un día entero llegar y otro para adentrarse en la ciudad de altos edificios y atascadas calles con su smog y demás tóxicos.
Era de noche, muy noche cuando llegaron a la otra orilla de la ciudad, en un barrio de grandes casas y allí el abogado algo fatigado por el viaje toca una puerta de hierro pintada de negro que a un costado está un largo zaguán negro y de cuyos altos muros sobresale una cámara de seguridad. Oprime el botón del timbre y de una bocina sale una voz. El abogado se presenta y sin más, el interlocutor cuelga el auricular para abrir personalmente la puerta y recibir a los nuevos residentes de esa casa de lujo.
Roberto y Jaime exhaustos de un viaje que sólo hicieran una vez en su vida se encuentran profundamente dormidos, únicamente se detuvieron para sus necesidades y un descanso en un hotel antes de seguir, sus comidas fueron en el carro, fugases, pero bastante para no sentir hambre.
Roberto fue el primero en notar la suavidad del colchón donde dormía, lo blando de la almohada, el rico aroma de las sábanas blancas y al abrir los ojos las cortinas finas que colgaban de la ventana y los rayos de sol que entran aplacados por las telas. Miraba el cuarto, un lugar austero sin más muebles que su cama, su buró, un closet y dos sillas. Las maletas estaban arrumbadas dentro del closet y su ropa en las sillas.
Fue Roberto quien se levantó en calzoncillos, tallándose los ojos y caminando descalzo a la silla. Se puso sus pantalones, su camisa, su calzado y se dispuso a salir, temeroso, sin saber que pudiera haber o encontrar detrás de aquella puerta de madera sintética y chapa dorada.
Tomó en su mano el cerrojo y lo giró y entonces la puerta con un ligero sonido se abrió, dio un paso afuera y sentado en una sofisticada silla en medio de un amplio descanso un hombre sin rasurar, de cabello teñido a castaño y lentes oscuros, en un traje blanco y una camisa negra a medio abrochar de donde sobresalía una cadena de oro y un medallón.
Levantó su mano al ver aquel impresionable chico, sus dedos estaban anillados y con ellos se retiró los anteojos para ver mejor al joven quien se quedó impávido como un cervatillo ante el peligro y hubiera huido a su cuarto si el hombre no le hubiera dado los buenos días.
Roberto con voz temblorosa le dio también los buenos días y el hombre siguió hablando. Se presentó como su tío, hermano mayor de su padre por nueve años quien huyera de la casa cuando el menor tenía ocho. No dio muchos detalles de su vida personal pues divagaba con una jerga entre lo vulgar y lo sofisticado.
Para Roberto fue como ver un extraño y exótico animal cuyos graznidos le eran más cómicos que impresionantes, sin embargo entendió que él y su difunto padre jamás tuvieron una relación muy familiar pese a que cada uno sabía dónde estaba el otro, por eso al morir no fue tomado en cuenta en su testamento, cosa que no le importó, pues él tiene más dinero y propiedades que su padre imponiendo su triunfo sobre el difunto
El abogado también sabía de él, pero el testamento era claro en todos sus aspectos, así que fue hecho a un lado hasta que él mismo vio que la decisión de los occisos no era del todo viable. El tío terminó su monólogo dándole la bienvenida a su casa mientras se levantaba y le entregaba unas bolsas de cartón llenas de ropa juvenil de marca, así como calzado caro e insinuó con su gramática que se deshicieran de los harapos con que los ancianos los vistieran hasta ese entonces.
El niño entusiasmado, exorcizado de sus temores entró al cuarto portando todos los regalos de su tío, el cual se retiró con una torcida sonrisa. Despertó a su perezoso hermano y ambos esculcaron las bolsas para ver todo lo nuevo que tenían.
Pasó más de una hora antes que salieran de su cuarto en el tercer piso de aquella mansión. Invadidos por la aventura como en las historias de Ivanhoe, la isla del tesoro y colmillo blanco. No les importó desconocer la casa en su totalidad, ni los movimientos ágiles de los habitantes de la casa que sólo se oían como animales al acecho, manteniéndose ocultos y anónimos.
Los muchachos tomados de las manos miraban las paredes, los techos y los pisos muy distintos a donde habían vivido hasta ese entonces, todo era nuevo y caro en ese tercer piso que era un laberinto de pasillos con entradas de madera idéntica a la suya, nada delataba en ese lugar quién dormía detrás de aquellas puertas o que pudiera existir, ni los jarrones, ni las plantas plásticas de ornato, sólo caminaron a la escalera que bajaba por toda la casa.
No se detuvieron ni en el segundo piso, ni en el primero, hasta que llegaron a la planta baja donde un aroma delicioso les llamó la atención, cruzaron el recibidor y la amplia sala sin dar cuenta de lo que existía allí, hasta llegar a la cocina, el sonido de alguien que preparaba alimentos se podía oír al fondo donde estaban los niños.
En lo profundo es donde está la estufa, el refrigerador y demás muebles de cocina. Cerca del acceso un amplio desayunador con unas sillitas de madera tapizadas de telas de colores y a unos metros un cancel que daba al patio e iluminaba esa parte de la cocina. Desde ese sitio no se podía ver quién estaba en la cocina, pues un muro de cristales separaba ambas partes, aun así la anónima cocinera pudo oír unos pasitos y dijo el nombre del tío pensando que él era el que entraba. Los muchachos respondieron dando los buenos días como se les enseñara y la chica levantó la cabeza. No la vieron Roberto o Jaime, pero ella, al reconocer a los nuevos huéspedes les dio un buen día con una voz femenina y dulce y desde donde estaba les advirtió que se sentaran para darles el desayuno.
Los niños se sentaron en las sillas derechos, animados y hambrientos, esperando ver qué se les serviría y entonces salió por la amplia entrada en el muro de cristal una mujer de mediana edad con sus cabellos peinados con permanente y desteñido a un tono rojizo, portando en cada mano un plato lleno de hot cakes con miel que se deshacía por el calor al igual que la mantequilla que perdía en cada segundo su consistencia sólida, pero lo que le llamó la atención aquellos muchachos que se quedaron con la vista pelona fue el torso desnudo de su cocinera. Se quedaron observando aquellos abundantes pechos de amplia aureola y vistosos pezones.
Aquella mujer vestía un mandil, debajo la ausencia de cualquier prenda a excepción de unas medias y unas zapatillas que hacían juego. Para la mujer presentarse así ante los sobrinos del dueño de la casa no representaba un acto impúdico y grosero, pues todas las mañanas de los lunes mostraba su sensual carácter como era la ley en esa casa, así para ella como para todas las que duermen entre el tercer y segundo piso.
Para Roberto y Jaime aquel inesperado acercamiento de ese mítico ser de fábulas y cuentos románticos llamado mujer resultó por demás sorprendente e imposible de creer al ver sus formas y en especial al ver cómo colgaban aquellos órganos que en algún momento los alimentó a los dos en un pasado que no recordaban y hoy el reencuentro insospechado.
Ahora, esas esferas voluptuosas se menean para saludar a los dos muchachos acompañados con unos deliciosos movimientos de cadera, con un natural paso de coquetería. Los hermanos miraban los senos y no los perdieron de vista en especial cuando se quedaron estáticos al momento que pusiera los platos delante de ellos. Luego, aquella cocinera de deseos carnales se sentó acomodando una de las silla con el respaldo hacia enfrente y sentándose con las piernas abiertas, posando sus brazos en el respaldo y sin cubrir sus senos mientras sonreía al ver las caras de los dos chicos.
Sin un lívido que les llenara la cabeza de lujuria no supieron cómo reaccionar, miraban aquello sorprendidos como un vaquero mirase una bella yegua o un arqueólogo unas ruinas jamás descubiertas. Para la mujer le resultó agradable que aquellos niños no apartaran sus vistas de sus carnes, era la mejor muestra de respeto a una veterana dama de la noche que se cuidaba lo más posible y seguir cautivando al macho humano, despertando sus instintos lascivos.
Les preguntó su nombre para romper el trance que había provocado y los niños respondieron como si su mente durmiera. Luego Jaime en su curiosidad comenzó a hacer preguntas para poder comprender lo que veía, preguntas que parecían bobas, pero fueron las únicas que se le ocurrieron, como “si no pesaban al caminar” o “si adentro se encontraba el corazón”. Roberto al escuchar aquellas preguntas sin sentido interrumpió y corrigió a su hermano por su mala educación, pues él sabía de alguna manera después de leer tantos libros del siglo pasado y anterior que lo que hacía no era correcto.
Pero aquella mujer rio a todo pulmón y entendía la inocencia de esas criaturas que jamás habían convivido con mujer alguna en su vida, y atrevidamente como era ella les invitó a tocarlos para que su curiosidad quedara satisfecha. Lo hicieron, con algo de temor como si de repente aquellas partes femeninas se volvieran en terribles mandíbulas y los mordieran, pero aun así estiraron sus brazos, abrieron la palma de su mano y sin ninguna malicia y sonrojados de la pena tomaron cada uno una. Las yemas de sus dedos palparon la piel para comprobar que era natural, sintieron el peso, la textura de la aureola y la forma del pezón y sólo los detuvo la mujer cuando comenzaron a apretar para sentir la firmeza y el volumen.
Pero fue amable, con voz cariñosa les hizo saber que eran parte de ella aun cuando no lo parecía para aquellos curiosos que quedaran fascinados ante el nuevo saber. Sólo le dieron sus sinceras disculpas y le preguntaron su nombre cuando sintieron que el hielo se derretía.
Verónica era el nombre de la portadora de los primeros pechos en carne viva que contemplaran. Y así como los niños se mostraron desconcertados al principio, así se les olvidó y empezaron a desayunar afanosamente pero sin dejar la conversación con un sinfín de preguntas acerca de las chicas sin saber cuáles eran correctas o no, sólo querían saber más acerca de esa rara criatura que estaba delante de ellos que les era el mayor de los misterios a su edad.
Para Verónica las preguntas le resultaban un chiste, y se carcajeaba con toda el alma pero las respondió todas y conforme respondía iban llegando las demás féminas meneando sus cuerpos semidesnudos, mostrando su carácter sinvergüenza y su enorme curiosidad por las sonrientes caritas nuevas en esa casa. Para Roberto y Jaime ver tantas mujeres juntas en tampoco tiempo fue como ir por primera vez al zoológico y maravillarse con todos los animales, querían saber de cada una, qué comían, dónde dormían, a qué se dedicaban pero eso tomaría mucho tiempo, eran demasiados rostros nuevos en la vida de aquellos huérfanos.
Al pasar los días las mujeres se sintieron seducidas por aquellos chiquillos de carácter firme y masculino, pero sin perversidad, ni deseo de dominio, que de alguna forma su inocencia y bondad sacó a relucir algo en ellas que habían olvidado o no sabían que existía en sus almas y las cautivó más que el oro o el tío que es todo un playboy, un casanova experto y con sus palabras y actos hace que las mujeres le hagan trabajos que ni ellas pensaron lo harían en alguna ocasión de su vida.
Pasando el año y meses todas las chicas de la mansión festejan el onceavo cumpleaños de Roberto que se siente muy contento rodeado de sus nuevas amigas, todas lindas, con sus más seductores trajes de baño, sus minitangas o sus esculturales cuerpos portando únicamente sus tatuajes o sus sombreros para el sol.
Varias de ellas tuestan sus cuerpos al sol o salen cubiertas de agua de la piscina, orgullosas y coquetas paseándose de aquí allá antes de partir el pastel, pero todas sin excepción atendiendo a sus hombrecitos, en especial a Roberto en ese día tan especial.
De cada una Roberto recibió un regalo, todas llenaron su rostro de besos y fuertes abrazos al cumpleañero que recibió agradecido con calidez y afecto esas muestras de cariño, luego de tanto aprecio se puso a juguetear con su hermano, con alguna de las más jóvenes mujeres de la nómina de su tío y corrían en el pasto entre el patio y la piscina, pues todas sin excepción le prohibían correr cerca de la piscina para que no se resbalara.
Roberto en su traje de baño corre en dirección contraria al jardín y para amenizar la fiesta se lanza como una piedra a la piscina y empapa a varias con el agua que sale expulsada de aquella acción, pero todas ríen a un las empapadas, mientras Roberto que ha aprendido a nadar por los esfuerzos de las mulatas que saben nadar y le han enseñado todas sus técnicas, mueve sus brazos y piernas y sale a la superficie, luego nada a la orilla y sale con mucha agilidad.
Más de una se queda atenta al ver salir a Roberto de la piscina, ven sus sanos músculos contraerse y expandirse al momento de arquear la espalda, sus firmes brazos que lo impulsan fuera, las piernas que lo sostienen y lo ponen erecto en un instante, todas ven el magnífico espécimen que es ya Roberto. Pero todavía tiene cuerpo y rostro de niño, su mirada es dulce y su voz amable, sus actitudes juguetonas y sin vilezas, pero pronto, en días, semanas, meses, tal vez menos de dos años, será un hombre, todo eso que las tiene seducidas de él cambiará y tal vez ni él se dé cuenta de ese hecho, para bien o para mal y entre ellas, entre todas ellas, cuando noten las primeras miradas lascivas, su voz cambiada, los vellos que empiezan a crecer, las señales de su pronta madures en Roberto. Entonces alguna de esas criaturitas feroces se escurrirá con él a algún rincón seguro y secreto, sea día o noche y allí de incógnitos esa venustez robará su infancia para hacerlo hombre y habrán perdido todas, aquel niño del cual se sentían atraídas.
Pero hoy lo disfrutarán como él es, caballeroso y alegre, un alma libre pero que se sabe moderar y evitar el mal. El humano que no ve sus cuerpos sino a ellas con una gran curiosidad y fascinación. Un día será como los demás, algún día conocerá el pecado.