REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

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David A Figueroa Hernández

Sebastián lerdo de Tejada. Lectura apta sólo para interesados en la historia de México y que deseen adentrarse en un periodo presidencial muchas veces desconocido y mal juzgado por la historiografía oficial; es el recuento de una profusa investigación hecha por Frank A. Knapp quien, basado en fuentes bibliográficas, hemerográficas y testimoniales de primera mano, nos lleva de la mano a reconocer las grandes aportaciones de este personaje muchas veces ignorado e incomprendido: Sebastián Lerdo de Tejada.
Hombre digno de una altivez y disciplina pocas veces vistas en un mandatario mexicano, Lerdo de Tejada ha sido víctima de dos sombras políticas poderosas: Benito Juárez y Porfirio Díaz. No obstante, su periodo presidencial posee varias aristas que definieron la dictadura porfiriana y el México contemporáneo.
En primera instancia, es menester mencionar que además de haber sido Presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada posee una envidiable trayectoria académica en materia jurídica, primero como estudiante jesuita y, posteriormente, como alumno y rector del Colegio de San Ildefonso. Esto sin duda influyó en él para no olvidar los rígidos estándares que practicaba día con día.
Hijo de una familia numerosa, Lerdo de Tejada siempre tuvo como modelo a su propio hermano, Miguel, a quien poco se le reconoce en los últimos gobiernos santanistas y a quien mucho se le debe en la redacción de la legislación que se implementó en la época como fueron las Leyes de Reforma y la de la Constitución de 1857.
El estudio del derecho y el irrestricto apego a la disciplina que siempre lo acompañó. En este sentido, hay que recordar que, al lado de Juárez durante el gobierno itinerante de la intervención francesa, las decisiones jurídicas y muchas también políticas, aunque salieron de la boca de Juárez, se sabe que fueron ideadas por el estadista veracruzano.
Como el ejemplo anterior, el autor también nos proporciona datos de fuentes certeras que nos llevan a degustar hoja por hoja, los pasajes personales y profesionales, tales como su infancia donde su familia y la de don Antonio López de Santa Anna eran vecinos; por otro lado, las peripecias que vivió como joven y que, en muchos casos el haber sido un esclavo de los estudios a temprana edad, hicieron de él un “inspector Javert” (parodiando la referencia de Knapp con Los Miserables de Víctor Hugo) que lo condujeron a convertirse en un mexicano impecable.
Su estadía en el Ejecutivo federal a la muerte de Juárez, lo llevó a impulsar grandes desarrollos para el país. En primera instancia, las dos primeras líneas del ferrocarril, transporte de cuya importancia -decía- era fundamental para el desarrollo de México y había que aprovechar la coyuntura acerera en los Estados Unidos comunicando al nuestro para que el comercio y el transporte de personas, nos llevara a lo que más tarde veríamos “con pompa y platillo” en el Porfiriato.
Sin embargo, para que los grandes desarrollos tuvieran cabida, era necesario contar con finanzas sanas, cosa que no había sucedido en el país. Para ello, tuvo que reordenar los impuestos así como apostar a otros sectores como la educación y la libertad de prensa y expresión, para que México pudiera accesar a una vida moderna como cualquier otra metrópoli del mundo. ¿Acaso no fue esa la visión de los científicos durante el régimen de Porfirio Díaz ya para el año 1900? Al final, los segundos lo conquistarían aunque las bases estaban sentadas años atrás con don Sebastián.
Siempre testigo responsable de los hechos que lo conducirían a la máxima silla del país, Lerdo de Tejada intentó reelegirse para continuar sus proyectos, aspecto que fue aprovechado por Díaz para infligir su revuelta y evitar que se pisoteara la Constitución de 1857 y que, a propósito del acertado comentario, él tampoco respetaría.
Sin poder negociar su permanencia como al frente del ejecutivo y salir exiliado hacia Nueva York, Lerdo de Tejada reprocharía al presidente de la Suprema Corte de Justicia de entonces, José Ma. Iglesias, no lo apoyara en su camino para la reelección y éste buscara su propio andamiaje en aras de conseguir la presidencia y al mismo tiempo, también lamentaría la avidez de poder de Porfirio Díaz, quien había logrado aprovechar el momento y ganar la partida. Al final, Díaz y Lerdo se reconciliarían aunque el jurista no volvió al país más que en su féretro cuando la muerte lo alcanzó en 1889.
El legado de este veracruzano con sangre española en sus venas, fue sin duda alguna su honradez, su disciplina y su gran amor a la patria en momentos en los que los hombres fácilmente cambiaban su bandera política por unos cuantos pesos o por favores militares y/o políticos.
Esta lectura desmitifica, revive y lleva al pedestal de las grandes figuras nacionales a don Sebastián Lerdo de Tejada, un brillante estadista para quien no fueron suficientes cuatro años de gobierno pero sobre los que el progreso nacional se vería consumado décadas después pero bajo otra bandera: la de Porfirio Díaz.

Sebastián Lerdo de Tejada. Frank A. Knapp. Universidad Veracruzana/INEHRM/SEP. 2011, 491 pp.

dfigueroah@yahoo.com.mx