REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 01 | 2020
   

Confabulario

Big Barney


Roberto Bravo

Al entrar en Morrison ́s miré la mesa a donde esa hora y ese día siempre encontraba la figura imponente de Big Barney. La silla estaba vacía y la mesa desocupada. Después de pedir pregunté al cantinero por él:
-Sin Big Barney, esto parece un barco sin tripulación, se siente frío.
-A Big Barney lo puedes visitar en el cementerio si lo deseas, hace tres días fue sepultado.
Vi el whisky en la copa como si fuera vinagre, lo bebí de un golpe y puse el vaso en la barra para que me sirviera otro. Luego de dar un trago al agua volteé hacia la silla vacía. Si a alguien admiraba fue precisamente a Big Barney, me hubiera gustado decírselo. Sus manos enormes, su espalda de gigante, su apostura y gentileza te aseguraban que era un hombre correcto, sin doblez. Su imagen la percibía como la bondad personificaba; verlo cuando llegaba y era saludado con respeto y camaradería por los demás, hacía que sintiera fe todavía en el género humano. No hablé con él jamás, lo que sabía de su persona lo escuché de comentarios de otros. Había llegado joven procedente de Irlanda, de Donegal, trabajó en la acería durante muchos años, finalmente se retiró como empleado de los ferrocarriles. Venía un día a la semana a pasar la tarde con sus amigos irlandeses en el bar, a quienes escuchaba con atención, decían chismes de su tierra y él los embelezaba con historias que conoció y vivió o que le dijeron y contaban cuando fue niño. Tenía en Donegal una casa frente al mar a la que iba a pasar sus vacaciones, una o dos veces al año. Todos sus amigos esperaban su regreso para escuchar las noticias que les traía. Como los antiguos celtas semejaba un Druida, en él moraba la palabra, era una casa impresionante para la lengua. Movía sus manos dando a sus relatos un énfasis de encantador de serpientes. Su voz era cálida, la afinaba con tragos de Guinness y vodka que nunca faltaron en su mesa. Cuando le hablaban atendía, pero cuando empezaba él a contar una historia callaba la cháchara de los parroquianos y lo escuchaban. Se casó con Nelly, la guapa Nelly, una paisana suya; hicieron una familia de seis hijos; todos, hombres y mujeres, trabajadores y respetados. Ahora Big Barney está muerto, alimentando a la tierra, las palabras que lo habitaron han callado para siempre.
Deslicé hacia el cantinero mi copa vacía para que me sirviera preguntándole.
-¿Cómo se llamaba Big Barney? -McBride, Bernard McBride. El cantinero dándome el Glasgow Herald me dijo -Es de hoy. Cogí él diario, mi copa recién servida, y la hoja y fui a sen-
tarme en la silla donde lo hacía Big Barney. El cantinero me vio serio haciendo un ademán negativo con los dedos:
-Acordamos que la silla donde se sentaba Big Barney va a estar vacía este día por las tardes por tiempo indefinido.