REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera (fragmento)


Ulises Paniagua

Navegación Perpetua
Mar Estático, 3 de Octubre

Esta jornada nos dio por ponernos lúdicos. Decidimos circunnavegar el Mar Estático (que el contramaestre conoce a la perfección) en completa libertad, sin rumbo. Es extraño declarar que la incertidumbre no era nuestra enemiga, como en aquella curiosa jornada de la revuelta. El motivo era el placer de viajar, de no permanecer en ningún momento. Desplegamos velas, agilizamos el timón; dimos bandazos a babor y a estribor, bajo un júbilo que los vientos benévolos se encargaban de esparcir entre nuestras sonrisas amplias, nuestras mentes abiertas; que navegaban a la par de un banco de rémoras que custodiaba nuestra puerilidad.
Fuimos niños en felicidad; amplios… el periplo precisaba cierto límite; pero éramos tan libres dentro de ese territorio que gozamos una celebración inolvidable. Mientras un grupo de ángeles adolescentes alborotaba el barco con el tañido de sus panderos y castañuelas, entonando rondas de marineros beodos; un par de gnomos, traviesos en todo momento, se encargó de iniciar sobre cubierta una guerra a baldazos de agua.
Empapados, primitivos; reímos eternos, en una ruta donde la improvisación vencía la ciencia de cualquier astrolabio. Gozamos del sol y su agonía.
En cuanto el alba retorne a la quilla de la fragata, volverá la cotidianeidad de pulir pisos; de verificar amarres; de calafatear la armadura. Sin embargo, sospecho que hoy hemos aprendido la imperiosa necesidad del azar y el movimiento constante en nuestras vidas. A mí me envolvió de nuevo la calidez de integrarme a la multitud, de ser un grano más en una playa de arena alegre. Este día he sido, inmensa y llanamente, feliz.

El llanto de las mandrágoras
Peña del Abandono, ubicación sin revelar

Las mandrágoras son, en principio, amorosas. Seres de comportamiento complejo e inusual, que de vez en cuando pugnan por ganar mayores territorios; y que en estas batallas demuestran un aspecto afectivo, pues los espacios que consiguen con su lucha sirven para consolidar su nido de amor, un tálamo vegetal al calor de las frondas vecinas. Plinio Apuleyo, en uno de sus tratados más misteriosos y menos reconocidos, De botánica y erotismo, describe las primeras aproximaciones a dicha especie con expresiones de curiosidad y asombro.
Estoy convencido de que arribamos a las tierras que el mismo Plinio visitó en sus numerosos viajes, donde se encontró, fascinado, con la planta. Sin embargo, Atzabel, un demonio alquimista que viaja con nosotros desde hace más de tres meses, comprobó un efecto que no se había descubierto hasta entonces: la fidelidad y la monogamia de las mandrágoras. Al levantar un pedazo de esa tierra húmeda y fértil, no mayor a cuatro varas cuadradas, pudimos evidenciar cómo las raíces de estos seres se agitaban interminables y constantes, en un ritmo frenético, unas sobre otras. Pero nos dimos cuenta, tal como el demonio lo hizo notar, que entre toda esa trama complicada, en ese amasijo de raíces que seguro disfrutaban del contacto entre sus tallos, deleitándose amorosas con los roces más sutiles y también con los más desesperados; que a pesar de la aparente promiscuidad del tejido, al final de su entramado sensual y lascivo, las mandrágoras permanecen unidas en parejas, sujetándose firmemente a una sola raíz -y sólo una- que habían escogido abrazar, y a la cual permanecían atadas terca y lealmente, a pesar del bullicio y la fiebre de la comuna.
Entonces, gozando del paisaje de la peña remota, a la orilla del estrecho que comunica dos grandes océanos, el demonio, dada su natura, fue capaz de uno de los actos más atroces que he presenciado en mi vida: en un movimiento furtivo arrancó una de aquellas plantas del montículo de tierra. La otra raíz, su compañera, lanzó terribles aullidos de dolor que se prolongaron en un llanto incontrolable. Los ejemplares de esta especie, ahora puedo entenderlo, lloran cuando se ven alejadas de su amante, de manera brusca.
Reprendí al demonio con dureza, pero éste se excusó alegando fines de investigación y ciencia. La pobre planta que subió al barco, llorosa y frágil, cobró de pronto una forma semihumana dentro de la botella a la que se le confinó. En su raíz enroscada pareció labrarse un rostro triste, y al tercer día de navegación murió, víctima de una crisis depresiva.
El propio diablejo, a pesar de sus tendencias malignas y homicidas, y después de un profundo periodo de meditación, vino a mi camarote la tarde de anteayer para decirme cuán apenado estaba por haber roto de forma grosera el sagrado vínculo de las mandrágoras. Víctima de la vergüenza, presintiendo haber violentado la armonía y el orden de un algo inexplicable, decidió desaparecer de la cubierta de la fragata, aprovechando el desconcierto de las olas inmensas y la tormenta que anoche nos arremetió.
No sabemos si atribuir su desaparición a un remordimiento suicida; o a un destierro voluntario valiéndose de sus artes de alquimia. Lo cierto es que nunca más volvimos a saber de Atzabel; y después del episodio, en una demostración de solidaridad y simpatía con una flora cariñosa, con nuestra sangre pactamos desaparecer todo mapa u orientación que permita cualquier pista, por insignificante que sea, que pueda servir a futuros exploradores para encontrar la peña de las amorosas mandrágoras. De esta manera evitaremos mayores atrocidades en contra de la pasión y la ternura.

Visita a la ciudad de las pesadillas
Estrecho de Utopía, equinoccio de Otoño

Antes de que el sol se ocultara, Fado -en profundo trance donde recorrió el puente de mando, contando justo trece pasos y ninguno más- profirió algunas palabras que asumimos pertenecientes al reino onírico.
Sonámbulo y funámbulo, Fado se mecía sobre la cubierta, como una boya a la deriva; mientras describía en voz alta pero melodiosa las visiones que irrumpían frente a él. Así nos habló de una villa enorme, una comarca de piedra y acero poblada por millares de habitantes que semejan parvadas de cuervos tristes; custodiada por crepitantes palos con formas de pajarera. Luego mencionó, en arrebato febril, una serie de invenciones imperfectas pero poderosas: manadas de niños que encienden una hoguera mientras se tatúan el rostro en invierno; una mujer del desierto columpiándose sobre un angosto puente con amarres de telaraña; silenciosos peregrinos que fuman soledad en un camino alargado y sombrío.
Pero entre las imágenes que Fado invocó en su desvarío, capturó la atención aquélla de una terrible mujer semidesnuda quien, oprimiendo un cuchillo entre los muslos, invitaba a su vecino a apagar la luz para seducir a la Muerte.
De pronto, como si se tratara de un muñeco dominado por un titiritero experto, Fado retrocedió, despacio, justo los trece pasos que había adelantado; y una vez llegado al punto de partida, abrió los ojos con desmesura. Acto seguido se desplomó sobre los tablones del barco. Tuve la certeza, ante tal situación, de que el metafísico que llevábamos a bordo no imaginaba por su cuenta. Como si se tratara de una intersección de caminos, uno de esos cruceros que habita el Diablo, Fado había intervenido las ficciones de otro soñante. La ciudad de pesadillas que nuestro amigo describía, estoy seguro, respiraba en la sorpresa y la complacencia de otro personaje que soñaba estas historias. De esta manera, del soñante desconocíamos el nombre y el rostro; más no la tesitura de su alma y la coloración púrpura de sus angustias cotidianas.

Presagio de muerte
Taberna de Hades, 2 de Noviembre, por la madrugada

Decidí otorgar una semana libre a la tripulación apenas tocamos tierra. Hemos vivido largos meses de viaje, ante sucesos asombrosos que nos han mantenido en expectación constante. Pensé que distraernos, bajo estas circunstancias, bebiendo unos buenos toneles de vino y al calor de unos deliciosos muslos de mujer, no nos causaría ningún daño.
Pero esta noche, al beber mi cuarta copa de un vino seco que arañaba la garganta con una delicia incomparable, mientras retozaba en el cuello largo y delicado de una hermosa mulata que olía a fragancia de rosas; una inquietud inexplicable se adueñó de mí. Incómodo ante la gritería y la banalidad de los marinos, que semejaban una jauría de perros abandonando el cautiverio; decidí alejarme de la taberna y su bullicio.
Seguí la escalinata de cedro rústico hasta llegar a la azotea del lugar. Desde allí, recargado en una baranda, escuché rumores provenientes de un hostal para peregrinos. La noche era cerrada. Un cúmulo de nubes, si bien no anunciaba tormenta, tampoco permitía resquicios a los rayos lunares. Decidí encender un tabaco americano, de los que acostumbro fumar en ocasiones especiales. No bien había raspado la cerilla contra la baranda, provocando el incendio del pequeño instrumento, cuando el tabaco resbaló desde mis labios mientras me limitaba, absorto, a mirar al cielo: un galeón enorme se abría paso entre nubarrones, como Moisés en el Mar Rojo. Al paso de la embarcación los cúmulos se dispersaban hacia los cerros vecinos, imitando el movimiento cadencioso del oleaje. Sobre el fulgor lechoso de la Vía Láctea, el galeón impuso su monumentalidad.

Aún no terminaba de recuperarme de la sorpresa, cuando una segunda visión me cautivó. Sobre el puente del barco, una hermosa mujer, vestida a la usanza de un corsario, ostentaba un sombrero de pico de gran elegancia. Sus cabellos largos y castaños ondulaban al viento, enmarcando un bellísimo, casi diría perfecto rostro, en el que destacaban, dulces, los ojos color miel. Su cuerpo, sostenido por las amarras, echado adelante y heroico, también destilaba sensualidad. Quedé atrapado en el misterio de la pirata. Ella, en cambio, me lanzó una mirada de ternura infinita. El gesto de simpatía me desconcertó; luego, el desconcierto se transformó en angustia: en las dulces pupilas de la bella distinguí, puros, los daguerrotipos de la Muerte.
Comprendí que se trataba de un presagio funesto, un recordatorio de que la certeza de vivir constituye sólo humo ante nuestros ojos. Recordé el episodio del anciano de la cueva que intentaba desentrañar un patrón por demás inútil; recordé las terribles palabras de Fado en aquella jornada. Fascinado pero temeroso, perseguí la mirada de la corsaria hasta que el navío se alejó por completo, internándose en el horizonte, llevándose con él mi corazón.
Esta noche, a pesar del calor de las sábanas y del cuerpo delicado de la mulata que duerme en mi regazo, no puedo apartar de mí la imagen de dos ojos claros, que me contemplan, apacibles, desde las profundidades del destino, con esa terrible precisión de una maquinaria de relojería.

Las distancias y la noche
6 de Noviembre, tierra firme

Andando las calles del puerto, decidí visitar a un amigo. Hace mucho tiempo (más de dos décadas), él había sido marino. Un día se cansó de las amarras y los aparejos. Decidió acercarse a un taller de pintura y escultura, para aprender el oficio con un reconocido maestro.
Al llegar, el olor a tinta, a aceites y a pigmentos, me fascinó.
-Qué bueno que llegas -dijo, como si no mediara un largo periodo sin vernos-, quiero enseñarte esto.
Allí, entre algoritmos, secciones áureas y la complejidad de espirales, procedió a demostrar cómo, en uno de sus dibujos al carbón, se reproducían el iris y la pupila del ojo de su novia -una hermosa vendedora de frutas-, con la misma exactitud que asumían las distancias, en el cielo, entre una docena de estrellas.
-Un ojo y la noche guardan similitudes fascinantes -afirmó, feliz.
Esa tarde la pasé de maravilla en su compañía, recordando viejos tiempos, repasando anécdotas y juergas, romances fallidos, trifulcas estúpidas; pero sobre todo, compartiendo experiencias sobre las matemáticas sincronías que gobiernan al Universo y a la belleza.

*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.