REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 08 | 2020
   

Confabulario

Tres cárceles


Ileana Garma

Existen mujeres calladas, mujeres que entran al día como a una condena impuesta por el sol, y para ellas, las horas no son ésas que los demás aceptan en el reloj de mano, porque el tiempo interno es mucho más lento, más agotador, y hablar cansa, mirar cansa, perseguir cansa.
Yo soy una de esas mujeres. Desde pequeña me di cuenta de que prefería callar y hacer lo que mi madre me pidiera, los sacrificios a los que me obligaba mi padre en pro de mis hermanas pequeñas, con tal de no tener que hablar. Amaba cuidar pájaros, amaba criar pájaros, pero no para recibir su canto matutino, ya sabía desde niña que ellos cantaban por hambre o por vicio, como también nosotros, hablamos siempre para conseguir algo, para saciar nuestros deseos, por ambición y por costumbre.
Así criaba pájaros, como pude criar cerdos o pavos. Criaba pájaros para ganar dinero, antes de dar de comer a mi padre, a las pequeñas, y de haber permanecido junto a mi madre y asegurarme de que no guardaría comida debajo de la almohada, para fingir que el perro se la había arrebatado y obligarme a darle más.
Entre nada y nada, ¿qué puede haber?, y ¿qué puede significar tener cuarenta años o quince? Entre nada y nada, sólo el canto de los pájaros, los que nacen, los que están a punto de morir, las oxidadas jaulas en la terraza, los gorriones, el huevo revuelto, los frijoles en la comida, el sueño antes de las diez, mis hermanas y yo en una sola recámara mientras mi padre hacía de guardia en el almacén de conservas y mi madre sacaba debajo de la almohada sus reservas de comida. Entre nada y nada, apareció Bruno.
Todos los miércoles y los sábados de verano, el tiempo de los gorriones, llegaba a las doce del día, puntual, aquel viejo que nos compraba pájaros para venderlos en el mercado. Siempre me preguntaba qué clase de personas compran pájaros. Nosotros los criábamos porque nos procuraban una entrada de dinero, segura y mezquina, pero que daba de comer a nuestra inmensa madre y a las pequeñas.
Al medio día yo había terminado de lavar los platos, alimentar al perro, había limpiado la cocina y la terraza, los pájaros tenían ya un periódico limpio, alpiste y agua para todo el día, había bañado a mi madre, mi padre dormía en el cuarto vacío que horas antes había ocupado con mis hermanas, y me encontraba a punto de comenzar a lavar la ropa. Si era miércoles o sábado, esperaba a que llegara el viejo, realizábamos el intercambio de mercancía, me entregaba sonriendo los billetes que yo sin sonreír repartiría según las necesidades de la casa, y por fin volvía a quedarme sola, callada, y comenzaba a trabajar de nuevo, incansablemente, para no pensar, para no hablar, para no escuchar a los gorriones que estaban listos para partir, y lo sabían.
Entre la nada y la nada apareció Bruno. Era sábado, porque mis hermanas que descansaban estaban jugando lotería en el comedor, riendo bajito para no despertar a papá. Yo las odiaba en ese instante. Más que nada, me molestaba el hecho de no poder lavar las sábanas, porque el viejo no llegaba, ya casi iba a dar la una, y yo me había atrasado sobremanera. Las sábanas no estaban limpias, el pescado crudo esperaba en el congelador, mi madre comenzaría a gritar en cualquier momento, mi padre se despertaría y ellas, las pequeñas, escaparían de casa rumbo al cinema, mientras los pájaros cantaban, mientras los pájaros cantaban antes de partir. Yo sólo quería sumergir los brazos en las cubetas de agua helada, sumergir y levantar una y otra vez las sábanas blancas, las espesas sábanas blancas que más que polvo, guardaban el sudor lechoso de las mujeres que duermen juntas, de las mujeres que no se van. Quería humedecerme la piel, la ropa, tener un pretexto para andar húmeda en medio día, en el patio, y que el viento agitara las sábanas mojadas para que éstas me golpearan el rostro mientras intentaba tenderlas; eso quería, y justo cuando estaba a punto de introducir los brazos a una cubeta, llamaron.
Bruno era de esa clase de hombres que sonríen y parecen tristes, preocupados, parecen guardar una enorme historia en los ojos, una historia de exiliados, de fugitivos o de amor, pero que al hablar te demuestran que si llevan esa historia, la tienen de nacimiento, pues nada recuerdan, crecieron como todos los niños, fueron a la escuela, se decidieron por un trabajo, trabajan y eso es todo. Bruno era el ayudante del viejo. Me pidió disculpas por el retraso, dijo que no había podido encontrar fácilmente la casa, que su patrón estaba enfermo, que a partir de ahora él se haría cargo de la compra de los gorriones.
¿Y qué? Yo acababa de cumplir treinta años, mis hermanas pequeñas ya tenían novios, dos de ellas ya estaban planeando casarse. Cuando él se fue remojé las manos en la cubeta de agua helada y pensé en sus ojos de un verde sucio, tristes, como pájaros que caen sin fuerza, con las pestañas espesas y largas. Pensé en esos ojos mientras mis brazos se iban enfriando, mis hombros se helaban y mis pezones se crisparon.
Y una tarde, él apareció por la casa, se quedó unos minutos en la reja, esperando, observando la tranquilidad que las aves dibujaban, los árboles del jardín, la fachada alta y oscura, y yo, a mis treinta años moviéndome de un lado a otro, como una quinceañera a la que no dejan salir. Sólo sé que olvidé la cubeta roja en el piso y le abrí la puerta. Nos sentamos en las mecedoras blancas, sucias. Era delgadísimo y moreno, parecía un gitano que acababa de regresar del desierto, de innumerables desiertos, que venía a contarme una historia trágica, pero sólo era el tercero de nueve hermanos, casi un cuarentón, que desde hacía más de veinte años trabajaba en el mercado, como ayudante aquí y allá, que vivía todavía con sus padres, ya viejos, y que odiaba cada tarde el tener que regresar a casa.
De todo esto me enteré poco a poco, después de muchas tardes en las que vino a visitarme, porque a los dos nos gustaba el silencio, nos gustaba el rumor del aire revolviendo las pequeñas hojas secas que caían del tamarindo, el parloteo constante del refrigerador, los ventiladores de la casa prendidos todo el día, los carros que pasaban una y otra vez, y que también eran una especie de pájaros, una especie de pájaros que rompían la tarde; y los gorriones, el estremecimiento de sus alas sobre los recipientes de agua, su canto. Yo sabía que en cualquier momento me pediría matrimonio, y lo acepté mucho antes de que me lo propusiera, acepté sus manos, sus duras manos morenas, su bigote ya canoso, el agua verde de su mirada, su descuidada manera de vestir y su ondulado cabello castaño que enmarcaba una sonrisa sucia, a la que le hacían falta algunos dientes.
Nos casamos entonces, en la casa mi foto de boda fue la primera en instalarse, luego vinieron otros cuadros, las bodas de mis hermanas, en la iglesia, con los vestidos puritanos siempre hasta el cuello y de manga larga, encajes transparentes sobre los hombros y los brazos, pero en todos los cuadros mis hermanas sonreían junto a su pareja, y yo no sé por qué el único recuerdo de mi boda, es esa foto donde estoy con el vestido de novia carísimo comprado en una tienda elegante, saliendo del carro, sin sonreír, sola. No sé por qué mi foto de boda no es como la de todas mis hermanas, frente al altar, con mi esposo.
Nos fuimos a vivir a una pequeña casa en las afueras de la ciudad y todos los días, no hacía más que preguntarme por la vida que llevaría ahora mi inmensa madre, y mi padre muerto de sueño tras su trabajo de vigilante en la bodega de conservas. Me preguntaba por mis hermanas pequeñas que apenas estudiaban. ¿Qué hacía yo tan lejos de ellos, preparando un espagueti aguado para Bruno, que llegaría por la tarde, comería silencioso, sin mirarme, y luego me llevaría hasta la cama para abrirme las piernas? No lo soportaba, no toleraba que se sentara a mirar televisión, que la tristeza en sus ojos poco a poco comenzara a diluirse, que engordara con rapidez. No podía vivir yo en una casa sin pájaros, necesitaba a los pájaros que chillan antes de partir. Y aunque Bruno llevó un gorrión a la casa, nunca logré sentirme a gusto. Yo no quería lavar su ropa, no quería cocinarle, no quería abrir las piernas, las piernas que terminaban sucias, pegajosas, malolientes. Eso no podía permitirlo.
A veces, los domingos, veíamos una película y luego almorzábamos en aquel sitio de comida italiana que tanto le gustaba. Recuerdo mi cuerpo blanco y delgado que él sujetaba por la cintura, tensando mi vestido de flores rojas. Yo no servía para esto. No, no era posible. Y una noche mi estómago comenzó a inflamarse. Poco a poco a inflamarse, día a día a inflamarse.
Él trabajaba más y más y llegaba tarde a casa. Se molestaba porque no le lavaba las camisas, porque la casa estaba sucia, porque en el fregadero se amontonaban los platos de porcelana, los regalos de boda que él abría para no tener que lavar los trastos acumulados, llenos de moscas. Yo permanecía el día entero sobre la cama, como mi madre, y comía todo el día, hora tras hora, y se me iban las fuerzas en apretar los botones del control remoto. Ya no me preocupaba por mi aspecto, me quedaba desnuda, con los senos abriéndose sobre mi pecho, desparramándose, y él venía cada vez más tarde, cenaba afuera, levantaba mis piernas y me tomaba, hasta que una noche le dije que eso no podía continuar, que me lastimaba, que lastimaba al bebé, que iba a regresar con mis papás porque él no sabía cuidar de mí.
Y regresé a los pájaros. Mamá parecía mucho más gorda. Papá estaba muy cansado y delgadísimo, su piel se había convertido en pellejo; ahora se dormía en la mesa, antes de desayunar. Bebía y bebía y había que llevarlo cargado hasta la recámara. Dos de mis hermanas se habían casado también, vivían ya con sus esposos y apenas visitaban la casa. Mis otras hermanas se dividían el trabajo de los pájaros, estudiaban, trabajan, y tenían novios que las iban a visitar por las tardes. Todas ellas querían casarse y salir, no entendían porque yo había regresado. Yo no respondía a sus preguntas. Recibieron a la misma hermana mayor, callada, inaccesible, y poco a poco volví a hacerme cargo de la casa, a ocupar el mando.
Me deshice del perro para que mamá no inventara que éste se había llevado su pieza de pollo o su jamón, procuré que papá durmiera en lugar de beber, lavé toda la ropa y las sábanas con aquel inconfundible olor a leche de las mujeres que aún duermen juntas y solas, di de comer a los pájaros, madrugué para darles el alpiste y el agua, para escuchar su canto hambriento, cotidiano. Bruno venía algunas tardes, me daba dinero, me traía sus camisas para que las lavara, se quedaba a comer. Mis hermanitas se fueron encariñando con él y hablaban en voz baja de lo mal que lo trataba. En ese momento las odiaba por hablar bajito, porque no se iban, porque parecía que nunca iban a terminar de largarse.
A las cinco de la mañana nació Renato, tenía que llamarse como mi padre, Renato. Llegó débil y fue directo a la incubadora, parecía un pequeño pájaro sorprendido por la fría luz de la existencia. Sus grandes ojos verdes lo observaban todo. Bruno y yo lo miramos a través del cristal, inválidos, como si alguna parte de nosotros hubiera desaparecido para que Renato estuviera ahora ahí, débil, despierto. Algo dijo Bruno acerca del futuro; yo nunca lo había visto tan vulgar, tan mediocre, nunca lo había sentido tal cual era, un simple ayudante de mercado, un pordiosero al que su familia, por caridad, le había regalado una casa. No llegaría a ningún lado con él, no podía permanecer a su lado.
Fui con Renato a casa de mis padres. Bruno nos visitaba una vez a la semana, puntualmente, al medio día, llevaba dinero y leche, a veces algunos regalos para el bebé, hasta que Renato comenzó a enfermarse. Primero fue la fiebre, cada tres días la fiebre, cada dos días la fiebre, hasta que la fiebre no pudo abandonarlo. Las diarreas, los vómitos, yo iba a buscar a Bruno al mercado, detestaba que no pudiera responderme, que su miserable trabajo no fuera suficiente para comprar las medicinas. Mi padre sacó de sus ahorros para pagar médicos, mis hermanas abandonaron un tiempo sus estudios para ayudarme, y Bruno, era lo que era, un ayudante de mercado, cuarentón fracasado, un imbécil.
Una mañana, desesperada por la enfermedad de Renato, fui a buscarlo, le dije que vendería la casa, que vendería todas nuestras cosas, lo tomé de la camisa, lo sacudí, le di bofetadas. Él, sin perder la paciencia, cual pájaro que no comprende los conflictos humanos, me entregó las llaves. Yo vendí la casa toda amueblada. No me arrepiento, no me arrepiento de nada, pero no por eso Renato se salvó.
Lo enterramos justo a un año de su nacimiento, y los pájaros seguían cantando aquella mañana, y quizá alguien se levantó con la ilusión de comprar un gorrión, porque las personas se levantan todos los días felices de estar vivos, y sólo el que tiene a su lado un cadáver, no escucha el rumor constante de los aparatos eléctricos, de los ventiladores, de los carros que atraviesan el día y el canto de los pájaros. Bruno no se apareció durante todo el funeral. Desapareció de la faz de la tierra durante años.
Yo seguí cuidando de la casa, de papá y mamá, de las hermanas que aún quedaban, de las que volvían para no volver a marchar. La vida no cambió mucho. Procuraba el desayuno, las sábanas limpias, la entrada segura con la venta de los pájaros, que podrían ser también cerdos o pavos, hasta que un día, alguien me habló de Bruno, lo había visto salir del cine, con una chica a la que tomaba de la cintura, parecía cansado, viejísimo, ausente.