REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

Marzo Amoroso


Roberto Bravo

La vocación amorosa de dos pichones, un macho gordo de doble pechuga y una dama más bien común, eligió mi azotehuela para procrear. Pasó desapercibido su romance hasta que una mañana el desagüe de la lavadora se desbordó e inundó el piso hasta la cocina. Pensé que la máquina había dado de sí, y al escudriñar en la manguera descubrí el nido de los pichones encima del hoyo del drenaje, y en medio de él, un huevo blanco como sol de invierno flotaba entre las breñas que taparon el escape del agua. Me sentí aliviado, porque eso me libraba de comprar otra lavadora, pero a su vez me preocupé porque el agua fría pudo dañar al huevo que estaban empollando. Limpié, acomodé el nido y el huevo en una caja de zapatos, y lo puse en otro lugar. Vi a la pareja de pichones observándome desde la azotehuela de otro apartamento. La mañana entera estuve pendiente de las aves y el nido. Los vi merodear el huevo sin atreverse a entrar en la caja. Preocupado de más pensaba que lo abandonarían por estar ya dañado o por miedo de caer en una trampa. Me sentía malo, e imaginaba el sufrimiento de los animales como si fuera uno de ellos. Al observar su conducta temerosa, pensé poner la caja en el mismo lugar y cuando ocupara la whirlpool, la quitaría para que no obstruyera otra vez el conducto del agua. Así lo hice procurando no ir a la azotehuela sino lo indispensable. Muy pronto empezaron los sonidos del cortejo y los de placer porque estuvieron apareándose como desesperados. El siguiente sábado que puse la lavadora, encontré en el nido tres huevos más y excremento de pichones cubriendo la whirlpool y parte del piso. Molesto por el cochinero, aseé feliz el lugar porque los tres huevos me quitaron la culpa definitivamente. Vi a los cónyuges observándome desde la base de una ventana de enfrente, molestos porque había movido la caja. Una vez que dejé de usar la máquina, puse el nido en el mismo lugar.
Al nido-caja podía mirarlo desde el fregadero cada vez que limpiaba los trastes. Días después vi rastros de yema y cascaron regados por el piso. Sólo un huevo cubierto del contenido viscoso de sus hermanos seguía intacto. Rescaté el nido y lo puse junto a la ventana de la sala, y limpié aquella ruina. La tarde completa pensé en los motivos del macho gordo para destruir los huevos y reducir a escombros el futuro hogar de sus pequeños. La caja de zapatos era estrecha y al entrar en ella pudo haber roto alguno de los huevos provocando esto su ira exterminadora.
La fuerza voluntariosa de la naturaleza y la eminencia de la primavera estimularon a la pareja que otra vez acarrearon briznas de hojas, ramitas, y construyeron un nuevo nido en el lugar donde antes puse la caja. Al terminarlo, se emparejaron con fervor haciendo su sostenido sonido de placer, y otra vez la pichona clueca se sentó en el nido, puso dos huevos, y luego, bajo la mirada hostil y el abastecimiento de comida del macho gordo doble pechuga, los empolló hasta que nacieron los pequeñuelos.
Después del alumbramiento de los hijos, la pareja se ausentó llevándoselos a destino incierto. Volví a limpiar sus porquerías, y decepcionado porque no conocí a los polluelos di por concluido el asunto.
A dos semanas de cerrar el caso, luego de estar en Cuernavaca por tres días, al abrir la azotehuela, salieron volando alarmados los pichones a otro balcón; la lavadora que había dejado impoluta y con la tapa abierta, la encontré convertida en el inodoro de los apasionados amantes. El suelo, como si no hubiera sido suficiente el depósito de la whirlpool estaba cubierto de porquería.
Furioso y aguerrido, dispuesto a terminar con aquello, limpié el excremento acumulado, y el nido que habían dejado lo puse en la basura. Como me observaban desde el otro departamento, les hice un ademán de que saltaría por ellos, y se fueron volando.
Puse después, a lo largo de la barandilla de la azotehuela, cartones que les impidieran aterrizar nuevamente en mi vivienda.