REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

La culta polaca


Por Supuesto

A manera de explicación
Si hay hijos pródigos, puede haber también –como suponía el ilustre filólogo Vicente Fox–, hijas pródigas.
Y una de ellas es La Culta Polaca, que luego de un retiro de auto-reflexión, de monje cartujo, con todo y voto de silencio, y tras apreciar los beneficios de la edición digitalizada de El Búho, decidió regresar al hogar de sus preferencias, a la casa paterna. Y a partir de este número –si el tiempo y las circunstancias lo permiten–, con la venia de los santos patronos René y Rosario y la aquiescencia de los grupos de autodefensa (los lectores), reanudará su participación en este formato intangible de El Búho digital, cibernético.
Y Por Supuesto también regresa, como real hijo pródigo.

Los otros centenarios
Ya se sabe que en este país todo es para el triunfador. Y como aquí el escritor más mediático y mediatizado fue Octavio Paz, su centenario ha recibido gran despliegue (que por cierto, como poeta y ensayista merece, no tanto como ser humano), pero en cambio poco festejo se le ha hecho a los otros escritores centenarios: Efraín Huerta y José Revueltas, pero menos aún a doña María del Carmen Millán, investigadora de las letras mexicanas y a quien se le deben estudios y rescates de glorias de la literatura que estaban por allí, escondiditas o arrinconadas por los famas cortazarianas –y por cierto, Julio también cumple en este año un siglo de haber nacido.
El querido Cocodrilo guanajuatense, Efraín Huerta, cumple en este inmediato junio cien años de haber nacido, aunque murió dos veces: en 1968, por culpa de Porrúa que lo declaró muerto anticipadamente en su Diccionario Histórico Biográfico y nunca rectificó, pese a que Efraín lo reclamó con el mejor argumento posible (“estoy vivo”), y luego, por desgracia, en 1982, cuando dejó a sus amigos y al país, sin su chispa, su inteligencia y su brillo poético.
Aparte de ser el poeta de Todo el amor (“Ahora que me doy cuenta/ todas han sido el amor de mi vida”), el rapsoda de la ciudad a la que amó y odió, también fue el autor (lo recordará el vecino Carlos Bracho) de la iniciativa de crear la Sociedad Pornocrática Mexicana, de la que él quería ser el Secretario Genitoral, el heterónimo Héctor Anaya se apartó el puesto de Vocal Ejecutivo de Uno y Otro Clitoral y Alejandro Aura pretendía quedar a cargo de los Anales de la Sociedad.
Por Supuesto no recuerda si el poeta Arturo González Cosío o el mencionado Carlos Bracho eligieron estar al frente de la Comisión de Introducción de Nuevas Afiliadas o en la Comisión de Examen Oral y Prueba, pero los dos puestos estaban en disputa.
Esta institución, que en los años 70 del siglo pasado habría sido vanguardista, se quedó en proyecto. Pero si hay audaces que la quieran actualizar, innovándola, de seguro se les permitirá que la lleven a cabo, siempre y cuando el peticionario del permiso no sea Cuauhtémoc Gutiérrez o cualquier otro aprovechado priista o clérigo.
El otro postergado es José Revueltas, que como su nombre lo indica, nació el 20 de noviembre de 1914, por lo que todavía hay tiempo para celebrar debidamente su centenario. Se lo merece, no sólo por la elevada calidad literaria de sus relatos y la fuerza expresiva de sus narraciones, la congruencia de vida-obra y la posición crítica no sólo ante la sociedad, sino ante su propio partido político, que le valió la expulsión del Partido Comunista, al que se afilió desde muy joven.
Joven siempre, participó en el Movimiento Estudiantil de 1968 y tras ser aprehendido y acusado de encabezar la protesta juvenil, aceptó la responsabilidad, con el propósito de liberar a los estudiantes de las acciones penales. A los 54 años, quien pasó en la cárcel buena parte de su vida, volvió a asumir el riesgo, a fin de evitarle el encierro a muchos jóvenes. Su sacrificio fue en vano, ya que el rencor enfermizo de Díaz Ordaz no se iba a conformar con dejar libres a los jóvenes que hicieron mofa de él, quien se consideraba representación misma de la Nación y toda ofensa a su persona la tomaba como agravio a las instituciones, aunque era chiste gastado y común que fue López Mateos, al designarlo su sucesor, quien le hizo un feo a la Patria.
El año de centenarios de literatos terminará en diciembre, con el siglo de la maestra María del Carmen Millán, investigadora y funcionaria cultural, directora incluso de Radio Educación y animadora del primer Diccionario de Escritores Mexicanos. No tiene mucha fama pública, pero sí mucha eficacia intelectual, según la recuerdan con cariño los académicos y los alumnos de la maestra, doctora en letras, cuyo centenario es casi seguro que pase inadvertido a los funcionarios culturales. Ojalá la Coordinadora de Literatura del INBA, “La culta más bella”, Stassia de la Garza, le organice algún homenaje. A ella y a los otros centenarios autores.

Nobél, no Nóbel
La muerte de Gabriel García Márquez puso de manifiesto el empecinamiento de periodistas, comunicadores, escritores, público en general, políticos oportunistas (¿hay de otros?), en cuanto a pronunciar Nóbel, cuando se refieren al Premio que instituyó el sueco Alfred y que ni siquiera en su idioma materno se pronuncia con acento grave, sino agudo, como deben ser en español todas las palabras que terminan en –el, conforme a las reglas gramaticales de esta Lengua.
No es el único barbarismo que cometen estos asaltantes del idioma –aunque vivan de él–, sino que también sueltan cártel, pánel, nóvel, aunque no se atreven a colocar la tilde, porque no son congruentes y no saben nada de acentuación, pues ignoran que de acuerdo con las reglas gramaticales debieran llevar acento escrito, al convertirlas en graves, que terminan en consonante que no sea ni “n” ni “s”.
La Culta Polaca les quiere hacer un favor, aunque obviamente no atenderán, ni agradecerán: les regala la regla gramatical.
En español, todas las palabras terminadas en –el, son agudas. No sólo los nombres propios: Isabel, Rafael, Miguel, Daniel, Ezequiel, Mabel, Samuel, Anabel, Uriel y otros; sino también los sustantivos comunes: cascabel, betabel, clavel, oropel, coronel, papel. La excepción la constituyen cuatro palabras, dos no muy castizas: túnel y níquel, pero las otras tienen más prosapia castellana: cárcel y ángel.

¿De dónde procede el necio afán de volver graves a Nobel, cartel, panel y otras? De la ignorancia, por un lado y de la confusión. Tal vez la acentuación de cártel, para referirse a la delincuencia organizada provenga del alemán Kaartel, por el sentido de corporación que encierra y que como tiene doble a equivale a una acentuación, pues si en otros idiomas no hay tildes, tienen en cambio vocales largas que prolongan el sonido, como ocurre en español cuando la tilde marca a una vocal.
Y dado que esas bandas de delincuentes (aunque ahora se haya puesto de moda el adjetivo “delicuenciales”) se manejan como grandes empresas, a algunos se les habrá ocurrido que eran verdaderos Kaarteles, con evidente olvido de que la palabra cartel tiene una larga presencia prestigiosa de toreros y boxeadores, quienes resultaban “de gran cartel” cuando habían permanecido bastante tiempo en el interés del público, ya que sus presentaciones o de sus peleas se daban a conocer mediante aviso en grandes anuncios que se fijaban en las paredes.
¿Y lo de pánel? Es que no se les ocurre que deriva de panal, esa estructura vertical que construyen las abejas para depositar la miel, porque como lo toman de manera instantánea del inglés, no razonan que las dos palabras tienen la misma raíz etimológica latina. En inglés denomina a los foros de discusión, tal vez porque en los recintos académicos se separan los sitios de discusión con una especie de tablones, que darían la idea de un panal.
En cuanto a Nóbel no hay justificación, ya que ni siquiera por su procedencia sueca es válido volver grave el apellido del inventor de la dinamita. El señor se llamó Alfred Nobél (de manera figurada, para que quede claro cómo debería acentuarse). Alguna vez un actorcito de esos de televisión se atrevió a “argumentar” que se acentúa grave para diferenciar el nombre del premio del calificativo que se le da a un escritor que comienza. Claro que el pobre no sabía que uno se escribe con “b” y otro con “v”.
¿Y cómo hacerles entender, si no tienen entendederas?

El miedo a los robots
La aparición de los primeros robots, palabra que originalmente apareció en una novela de Karel Ĉapek (aunque él dice que la inventó su hermano Joseph), hizo temer a muchas personas que estas máquinas hechas para trabajar (ésa es su etimología en checo: robotnik), terminarían apoderándose de los seres humanos, que primero escaparían de su dominio y luego lo ejercerían contra las personas.
Hubo reacciones en contra, se habló de temores infundados, y no faltaron los defensores “de la modernidad” que tildaban a los demás de retrógrados, enemigos de los avances y lindezas parecidas. Los acusaron de paranoicos que siempre suponían lo peor y terminaron asegurando que eso no ocurriría (como si hubieran podido adivinar el futuro).
La suspicacia fue aumentando, desde 1921 que nació el robot, e incluyó a la tecnología que se fue agregando, “para hacer la vida más cómoda”. Las máquinas derivadas de la tecnología fueron sucediéndose e incrementaron las sospechas de quienes creyeron que se podrían apoderar de su voluntad y hasta de las mentes de los humanos.
Pero los primeros avances, parecían mostrar que –como diría años después Marshall McLuhan– eran simples extensiones del hombre, a las que no había que temer, sino aprovechar en beneficio de la Humanidad. La radio, la televisión, antes el cine y el automóvil, parecieron inocuos al principio y dieron un mentís a los catastrofistas que siempre ha habido.
Sin embargo, hoy es evidente la robotización de la vida.
Las máquinas, que originalmente iban a ayudar al hombre, para que trabajara menos y dispusiera de mayor tiempo para el ocio creativo, han terminado por arrebatarle el empleo, establecer el modelo de comportamiento humano que esperan los nuevos dueños de la existencia y modernos esclavistas, que se valen de esos esperpentos tecnológicos para regular la conducta de los asalariados. La amenaza de usar robots, en vez de contratar personas, es la nueva espada de Damocles:
–¡Fíjate: ellos no piensan, no reclaman, no se sindicalizan, no piden más dinero por trabajar horas extras, siempre están dispuestos, no critican al patrón, ni le reclaman que se enriquezca con la plusvalía! O le bajas a tus prestaciones y a tus conquistas sindicales o lleno mi fábrica de puros robots. Y ya vienen los que sí piensan, pero en favor de su amo y señor. Y no me salgas con el cuento de que es inhumano trabajar tanto. Por eso son maravillosos los robots. No se cansan y a lo sumo requieren de vez en cuando un poco de aceite y una que otra revisión o mantenimiento. Tú, en cambio, estás malacostumbrado a comer todos los días.
La nueva educación, desde luego que se ajusta al modelo que demandan “los que generan riqueza”, los dueños del capital. Y no es que Por Supuesto quiera ver todo negro y no se percate del bien que producen los inventos “luciferinos” (decía García Márquez, a quien ningún robot podrá sustituir), pero es que la verdad esa moderna tecnología no nos ha hecho mejores humanos, sino menos.
No es casual que la disgenesia (el deterioro neuronal) haya aumentado al parejo de la producción de aparatitos. Y no solamente en México, sino en los países europeos, que siempre parecieron los mejor preparados. Pero es que –en apariencia– ya no hace falta saber, porque las maquinitas todo lo pueden hacer. Con aprender a apretar botones y saberse de memoria los manuales y los instructivos (que en eso hay que ocupar las escasas neuronas que aún les quedan a algunos), es más que suficiente para ser contratados en una empresa que pague bien la docilidad y la robotización.
¿Habrá tenido razón, al cabo de décadas, el poeta uruguayo Herrera y Reissig?, que advertía en el siglo XIX: “Muchacho, amigo mío:/ si quieres ser feliz/ como me dices; no analices, no analices”.

Escritores Maestros
El INBA ha organizado, por medio de la Coordinación de Literatura y más concretamente el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, cuyas siglas parecen cifra romana (CCLXV) un ciclo de conferencias denominado Escritores Maestros o Maestros Escritores, autores que aparte de realizar su obra se han dado tiempo de formar escritores, no de “enseñarles a escribir”, porque en realidad no hay quien pueda ufanarse de lograrlo, sino de ayudarles a encontrar su propio camino en las letras, mediante la aportación de recursos y herramientas y la revelación de algunas claves del oficio.
En tales condiciones, el primer jueves 5 de junio, a las 19 horas, en el mencionado Centro, que se encuentra en la colonia Condesa, Nuevo León 91, esquina con Fernando Montes de Oca, va a participar en un diálogo público con la periodista y conductora radiofónica, Blanca Lolbee, el heterónimo de esta sección, Héctor Anaya, para hablar de sus libros y de su larga carrera de docente, que comenzó a los 17 años, como profesor de teatro en escuelas secundarias, donde algunos alumnos eran más altos que él.
La entrada es gratuita, pero el espacio limitado, así que si quieren asistir al interrogatorio animado a que lo someterá Blanca, acudan temprano, para que encuentren lugar, en ring-side, donde podrán ver cómo se defiende y ataca el autor del libro El arte de insultar y El patrimonio intangible, su más reciente creación, y de otras 24 obras de distinto género y estilo: cuento, novela, ensayo, teatro, guión de cine, radio y televisión y obras de literatura para niños.

Origen de las costumbres
Y precisamente de El patrimonio intangible, hábitos, costumbres y expresiones populares, nombre completo de la obra, en que Héctor Anaya advierte del riesgo de perder soberanía intelectual, con la corrupción idiomática a que conduce la “servidumbre voluntaria” de la que hablaba hace 5 siglos Étienne de la Boétie, pero en este caso ante el inglés de la nación dominante y la pereza mental de millones de mexicanos que por comodidad toman de otra lengua palabras que no necesita el español.
De ese libro, se presenta a continuación una singular costumbre relacionada con el paraguas tan conocido y tan aceptado socialmente, pero que hace dos siglos y medio no era tan inocuo, pues quienes se atrevían a usarlo se arriesgaban a ser objeto de burlas sociales y discriminación sexual.

El paraguas
Es tan común ver ahora a miles de personas desplegar sus paraguas en los días de intensos aguaceros, de copiosas lluvias o bien traer su aditamento bajo el brazo o llevarlo a manera de bastón mientras no llueve, que difícilmente se podrá creer que este sencillo accesorio tuvo hace unos 250 años en el británico Jonas Hanway un arriesgado pionero, casi un «mártir del paraguas».
Este hombre, que a los 40 años (hacia 1752) ya se había hecho de una buena fortuna, se propuso introducir en Occidente el uso común del paraguas que había observado en el Lejano Oriente. Y no es que se desconociera su utilidad para protegerse de la lluvia y del sol, sino que carecía de prestigio la costumbre de usarlo, pues la gente rica se servía de los carros de alquiler durante los aguaceros.
Pero Hanway pensó que no había razón para que un hombre dejara de ser caballero por el solo hecho de utilizar apropiadamente un paraguas y así fue que con sobra de audacia se atrevió a pasear todas las tardes por las calles de Londres portando con grave elegancia su paraguas, no obstante las múltiples burlas de que lo hicieron objeto sus coterráneos y a pesar de las embestidas de los cocheros que lo salpicaban de lodo haciendo pasar sus carruajes sobre los charcos, sino que incluso llegaron a la acción directa y le lanzaron piedras y palos. Ignorantes de los beneficios que a la larga les acarrearía la imposición de esta costumbre, hacían mofa de Hanway a quien le suponían vulgaridad sin límites y gustos homosexuales.
Y aunque finalmente se generalizó en Inglaterra el hábito de usar paraguas para protegerse de la lluvia, lo mismo entre hombres que entre mujeres (gracias, a que otro elegante de la época, McDonald, se adhirió a la campaña de Hanway), lo cierto es que durante decenas de años muchos fueron los hombres que se negaron a usar paraguas, temerosos de que su masculinidad fuese puesta en entredicho (así como hoy no hay hombre que se atreva a usar una sombrilla para protegerse del sol).
La mala fama de esta prenda no era nueva. Aunque los historiadores han encontrado documentos que prueban el uso del paraguas hace por lo menos tres mil años (los chinos ya lo usaban en el siglo XI antes de Cristo), en la cultura occidental no fue considerada prenda propia de los hombres. Los griegos y los romanos, por ejemplo, se oponían a servirse de la sombrilla o del paraguas, por temor a que se les considerase afeminados. No obstante, entre los persas tenía una connotación de gran prestigio, hasta el punto de que uno de tantos jeques se enorgullecía de firmar como «Rey de los elefantes blancos y Señor de 24 sombrillas».
No era en modo alguno despreciable ni manifestación de escasa fortuna tener 24 sombrillas, pues las que originalmente se fabricaban eran de cuero y de recias varillas que demandaban el empleo de fuertes hombres portadores de las sombrillas. De Persia pasaron estos parasoles, seguramente, a Egipto y a Grecia, donde fueron modificados hasta el punto de hacerlos tan ligeros que hasta una dama podía sostenerlos sin mayor esfuerzo. Servirse, sin embargo de alguien que sostuviera el paraguas o parasol, era prestigioso, lo mismo entre grupos tribales de África, que en reinos exóticos como los de Asia Central o los aún más improbables del Nuevo Continente. Los conquistadores españoles descubrieron con asombro que a los tlatoanis aztecas los protegían sus sirvientes con parasoles.
Al paso del tiempo las sombrillas y los paraguas perdieron su prestigio y dejaron de ser exclusivos de los grandes señores, para transformarse en un artefacto popular, sobre todo cuando en el siglo XIX se inició la producción industrial de ellos en Inglaterra, gracias a que Henry Holland incorporó a los paraguas de seda las nuevas varillas de acero, en vez del costillaje de caña, de bambú o de huesos de ballena, que hasta 1840 se utilizaba.
Hoy, con todas las modificaciones que se pueden hacer en más de siglo y medio y hasta con las criticadas aportaciones del plástico, los paraguas son prenda común que ha resistido hasta las creencias que aconsejan no abrirlo en una habitación cerrada, a fin de no provocar la cólera del sol (según se asegura fueron concebidos para resguardarse de los rayos solares). Pero sobre todo hoy se pueden utilizar al aire libre sin provocar la rechifla de los transeúntes ni de los conductores de automóviles, gracias a Hanway.