REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Cuentos


Herminio Martínez

LOS AIRES

A Enedina, la primera palabra se le clavó como una flecha en el costado izquierdo.
-¡Excelente! -le dijo el sacerdote, saltando como una vieja cabra, convencido de que sus necesidades no fueran a resolverse nunca.
Había ido a ver el señor cura para que le escuchara una canción, y él ya la esperaba, porque desde que terminó la misa de las diez ella le preguntó que si, después de comer, podía ir a hacerle una consulta.
-No de pecados -le dijo-, sino de las tonadas que compongo. Nada más termino mi quehacer.
Al viejo lágrimas de cuervo le impresionó la voz... La felicitó con una mano seca y aun le pidió que repitiera el canto. Ella lo hizo y aunque en otras circunstancias aquel antiguo director de coros, con olor a tabaco y humedad, habría dicho que la tesitura de Enedina no era sino una carcajada rebuznante, con palabras de pato le anticipó:
-¡Qué bello cantas, Enedina! ¡Excelente! ¡Me gustas!
Al otro lado de la calle un hombre barría hojas. Nerviosas damas lo veían y, arrugando la nariz, cambiaban de banqueta. Adentro, la retórica de la ternura de su párroco era otra música, con sonidos más ásperos, que, como ovejas, en la ventisca se juntaban.
Hombre sudado y maldecido por más de un parroquiano y otros con quienes desde el principio, en sus cabales o aquellas borracheras de órdago, jamás tuvieron nada que decirse.
La volvió a saludar, mirándola como quien contempla la llanura:
-¡Qué hermosa melodía! ¿Ya tienes algún título?
-Los aires… -respondió ella.
-¿Los aires? -se sorprendió él- ¿Por qué los aires?
-Porque la compuse ayer, cuando soplaba el viento... Sentí que Dios Nuestro Señor me la inspiraba para protegerme de todos los malditos. Usted sabe cómo andan por ahí esos lobos y una es mujer sola, viuda, huérfana, sin nadie… La música me cuida.
“¿Y a eso le llamas música? -pensó el malsano-. Tu voz supera ¡en mucho! a los gruñidos de los cerdos. Pero lo que sea de cada quién: eres muy bella y eso merece un trago… Los aires han perdido la cabeza”.
-¡Vaya, pues, con los aires! -insistió.
-¿Quiere que se la cante nuevamente?
-Por favor; me haces estremecer e imaginar que subo al cielo. Realmente ando en las nubes. Sólo dame un instante, voy por un tequilita. Se va a necesitar. ¿O prefieres rompope? También tengo cervezas.
-Yo no bebo. Nada más agua y algún jugo.
-De todos modos se va a necesitar. Ahora vuelvo.
Enedina, inocente, repitió la tonada hasta convertirse en aire y ascender al cielo, dejando al hombre con el deseo de poseerla una vez que, cansada, le aceptara beber y descansar un poco en el salón de al lado, donde los fines de semana tres o cuatro mujeres daban el catecismos, mientras él las miraba y, desnudas, se las metía en la mente, esperando la noche, cuando lo visitaran para rendirle cuentas. Pero con Enedina le falló, porque, con la fatiga y tanta magia, ella se fue desintegrando poco a poco, como si un extraño poder la disolviera con la música de aquellos Aires tristes, que al pervertido tanto ilusionara.

MARÍA DE LA PAZ

Con este nombre, cualquiera hubiera pensado que aquella mujer era una santa. Después se supo que hablar con ella era como ir contra una sierra eléctrica. Las esquirlas de su carácter, más la pedacería de los rumores sobre las malas artes con las que trabajaba, impedían acercársele, aun para darle el pésame, como cuando por la carretera de Guanímaro los policías municipales asesinaron a su padre, una felicitación por su cumpleaños o un saludo.
Al principio, cuando todos la veían reír y pasearse del brazo de Espiridión Aréchiga, con su vestido de cretona floreada, unos botines rojos, abanico azul, peinado con caireles, ambos esbeltos y en plena juventud, algunos susurraban:
-María de la Paz, pese a su vestido decolorado por el sol, es una gran señora, acaso más hermosa que una reina.
-Una señora dama.
-¡Qué mujer!
-Elegante.
-Única.
-Pura luz.
Según es la costumbre, las tardes de los domingos las personas vienen a esta plaza a caminar. Los altos fresnos dan una sombra que a todos enaltece. Son nuestro orgullo natural.
-Y un ejemplo.
-Un cofre de bondad -continuaban quienes todas las tardes se reunían en el portalito de don Pedro Murias a beber cervezas y a comentar las cosas según fuesen llegando.
-Virtudes, nada más virtudes.
-Más esa educación.
Hasta que comenzaron los rumores. Aplausos y esplendor pasaron a la historia. Espiridión Aréchiga era otro. María de la Paz, también. Hinchado como un sapo, el hombre no saludaba a nadie. Y ella, huesuda como el esqueleto de la muerte, parecía más una sombra fría que la antigua cónyuge.
-Espiridión es aguzado como quien sigue las huellas de los lobos y sin embargo...
-¡Qué gordo está!
-Abotagado.
-Algo le habrá hecho esta mujer. Obsérvenlo.
-Brebajes.
-Maleficios.
-Malas artes.
-Cuando alguien te trata como a la chica con la que vas en serio, pero enseguida cambia, entonces soñarás que un gran pájaro amarillo te conduce al cielo. Así anda Espiridión, véanlo: deprimido, hecho un topo, sin voluntad y grueso como si su existencia sólo tuviese un propósito: engordar. En cambio, ella, María de la Paz, se ve muy flaca, es cierto, pero no por la mala vida que dicen que él le da, sino por otras causas.
-Eso de que hablan los decires.
Todo lo que María de la Paz llevaba encima eran los huesos. Al mirarla, cualquiera pensaría: “Ahí viene María de la Paz, drogándose de sol, como una lagartija a la hora de la siesta”. Y Espiridión, cuadrado como un elefante, iba detrás de ella, fatigado, ahogándose.
Los traficantes de chismes comentaban:
-La curiosidad, dijiste; sólo la curiosidad lo llevó a la aventura de casarse.
-Tal vez realmente la ama.
-Es muy hermosa, pero en su mirada se asoma la maldad.
Comenzaba el verano. Sus días limpios eran un acontecimiento venturoso.
-¿De dónde habrá traído Espiridión a esta mujer?
-Dicen que de la Noria.
-No, del Toro, ese ranchito que se halla más allá de la Bóveda, entre Huapango y Tarimoro, de donde viene el viento que, por las noches, a muchos nos llena de presagios.
Siguió rodando el tiempo. Un día, al pasar por la plaza, algunos escucharon que María de la Paz hizo este anuncio:
-¡Señoras y señores, mañana habrá carnitas! ¡Y chicharrón! ¡Y también manteca! Si alguien quiere, desde las ocho tendré abierta la casa. Jamás hubo en la tierra mejor precio… Ya lo verán. Y si hay negocio, ¡volveré a casarme! -recalcó.
Muy pocos o tal vez nadie le entendió. Pero esa noche se oyó llorar un animal; y antes del alba el último chillido que da el cerdo. María de la Paz amaneció atareada, haciendo cortes, moviendo el caso, despachando pedidos, lavándose las manos, secándoselas en un pedazo de periódico, cantando, yendo y viniendo, pesando kilos, cobrando, demasiado feliz por el negocio que, en Arreguín de Abajo, apenas comenzaba. Lo único que había desperdiciado era el chillido que da el cerdo a la hora de morir.

DOLORES

¿Por qué ya no me arrullas, Nicolás, como cuando sólo tenía catorce años y tú ya predicabas -en el nombre de Dios el padre, de Dios el hijo y de Dios el espíritu santo- el violento rumor de aquel ruido lodoso?
Tendidos en la fría oscuridad nos arrullábamos. Te acostaste conmigo porque, según tú, era tu forma de quererme. Cuando te conocí eras seminarista; habías llegado al pueblo a practicar tu apostolado, a conocer la viña. Esa primera noche, mojado, pegajoso, sin aliento, me preguntaste que si me gustaba el futbol y yo te respondí que con toda el alma. “Entonces, iremos el próximo domingo; vendré por ti y te llevaré al estadio; avísale a tu madre”, dijiste, acariciándome el cabello. Tu ser, clarísimo como el agua de beber; el mío lleno de rocas. Mi mamá. ¿Cómo iban a desconfiar de un diácono, ya casi un consagrado? Pero no fuimos al futbol; en lugar del juego me llevaste a una casa. Ya no recuerdo qué pasó allí, pero sí me asusté mucho y tú, para callarme, me compraste unos tenis y una camisa roja. A veces, siento que Dios es una fresca nube pasando sobre aquellos luminosos trigales de mi vida. Y tú vagarás, escondiéndote entre los muertos, Nicolás…, la oscurecida plaza de la tuya. Es como un bosque de torres amarillas. Algo que ambos deseamos olvidar. Todo ocurrió en el templo de san Juan Bautista, cerca del Hospital Civil; es lo que entre relámpagos me llega a la memoria, entre gritos, afanes, llanto y aquella respiración que me quemaba.
“El próximo domingo iremos al futbol, doña Bernarda -hablaste con mi madre-; hoy no hemos podido; fuimos a conocer el templo donde será mi cantamisa”. Ella, feliz: “Cuando guste, padre; a que ande con ociosos, mejor que vaya con usted, así, al menos, conocerá buenos caminos y escuchará consejos.”, sonaron sus palabras. Por eso, puntual, el siguiente domingo regresaste en tu auto. Mi cabeza iba pensando muchas cosas y ni siquiera disfruté los goles, ni escuché la gritería, temeroso y confuso por lo que pudiese suceder, mientras tú te levantabas del asiento para mandarle porras a tu equipo. Al final, de nueva cuenta me llevaste a la recámara, advirtiéndome que no era malo tocar a una persona para demostrarle cuánto se le quiere y hasta me ofreciste una cerveza y un cigarro. Lo peor fue cuando te arrodillaste para orar… Otra vez cedí, cerré los ojos, lloré por el dolor... Un infame dolor que me partía los huesos. Algo murmurabas acerca de los señores arzobispos y de los cardenales que, alguna vez, por evangelización, tuvieron que tocar seres humanos. Y que hasta Pío IX con Edgardo Mortara, un apuesto chico judío al que mandó secuestrar -me decías-, había tenido relaciones… y fue beatificado. En este pensamiento me pedirás que ya no eche leña al fuego, para que la caldera ya no siga ardiendo... Que no sea delincuente, depredador, abominable, esperma fétido… Tres días después le pedí a mi mamá que me dejara ir con mi abuela a San Sebastián de los Arroyos, pero hasta allá fuiste a buscarme; ibas con el pretexto de saludar al párroco, pero lo hacías por mí, llevándome regalos y dinero para que “a mi abuelita no le faltara nada”. Mis padres estaban separados, lo sabías, manipulador de la conciencia. Tal vez por esto actuaste con confianza. Te gustaban mis ojos aguamarina y mi piel blanca; susurrabas, arrullándome como a tu Cristo Nene.
No comprendo por qué ahora lo niegas, Nicolás; por más que te cambien de parroquia, todo es cierto. No faltará quien diga. “El demonio que estuvo aquí de párroco se llama Nicolás y es pederasta”. Podrás asombrar a más de un elegante, hombres de carne fofa, mujeres resignadas, pero a otros no. En tu familia me conocen; muchas veces dormí contigo allí en tu cama y hasta tu mamá y tus hermanas nos veían. ¿Las convenciste de que yo era un alma descarriada? ¿El velo estival de tus colinas aún cubre las catedrales del placer? ¿Qué ganas con negarlo?
No vine a pedirte que me pagues, Nicolás; después de tantos años el dinero se vuelve más maldito. Cuando te ordenaste te mandaron a la Congregación de los Rivera y quisiste terminar la relación, exigiéndome respeto por lo que ya representabas. “Cristo Nene, tienes que ir con el psicólogo -comentaste-; aún estás a tiempo. Todo tiene remedio. Probablemente cometí un error, mas Dios es generoso y ya me ha perdonado. Toma este dinero para tu mamá y tu abuelita. Vete. Yo también me voy”.
Jamás te he vuelto a ver. Pasé tiempo buscándote, vagando por las calles. Mis encontradas sensaciones de tensión, alivio, rabia, odio y nada de perdón, me encaminaban de una ciudad a otra. Iba al seminario a preguntar por ti, a la catedral, a muchos templos. Hasta que vi tu nombre en una manta de la peregrinación que iba a Zapopan. Me enteré que te habías mudado a La Minilla, donde ejerces de director espiritual de un internado. Te escribo para saludarte, no para pedirte un par de tenis, boletos, una camisa nueva, pantalones. Lo hago por curiosidad y acaso para saber si sigues acostándote con jóvenes, llamándolos ahijados, sobrinos, primos, Cristos Nenes. Te burlaste de mí al enviarme a un médico. ¿Cuál hiperactividad? Tu Cristo Nene nunca estuvo loco, nada más muy solo, con la desgracia de haberte conocido aquel verano. No deseo que te mueras, ni que te lleven a la cárcel. Con todo y que me presentabas como el “sobrino malo” o el “ahijado inquieto”, pese a que tu familia nos veía en la cama cuando me llevabas de vacaciones a La Mocha y abusaste de mí durante tantas sangres ciegas, tantas mugres solas, sudores, lágrimas, lunas, noches espantosas. Sencillamente busco saber por qué. Que el día no pase sin descifrar los hechos. “Nunca fue mi intención. Era una manera de ayudarte -pensarás-. Y si hubo falta, también habrá perdón. Me equivoqué”.
¿Te equivocaste? Cinco años no se curan con disculpas. Tus intenciones serían estupideces. Es cierto, ya estoy grande; alguna vez también yo fui agua joven. Habrás pescado un par de ricachonas para tu chocolate y el respeto. A mí me da vergüenza ¿igual a ti? Quién sabe a tu familia. ¿Aún vive tu mamá? ¿Por qué con niños, Nicolás? Ni siquiera me importa saber si ya eres rico. ¿Alcanzaste las glorias de esas cuentas? De poco le servirían al sacerdocio las fortunas, si los “amores” que lo sostienen están hechos de lágrimas.
Así es; no puedo llamarte “padre”, porque, para mí, en ningún momento fuiste consagrado… Acuérdate que esa noche estuvimos juntos y hubo luna llena y mucho terror y sangre, y otra vez la expresión de: “Cristo Nene, mañana me besarás las manos; después de mi mamá y mis dos hermanas eres el primero”. Flotaban los arpegios en el aire. Y tú, nadando entre ángeles, perfumes, flores, rezos.
Me acaricia el suicidio…, ala de viento triste, urraca, buitre, tiniebla y pájaro, cálidas islas del deseo de huir. Lo haré por ti y por mí. Tal vez mañana, el miércoles.