REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Ileana Garma

Entonces tomé el tren sin despedirme de papá. Llegué al lugar donde impartiría clases a las niñas de primaria. Recuerdo al hombre que hablaba con tanta paciencia y que me ayudó a subirme a la yegua. Me explicó cómo llegaría a casa del Comisario, pues tenía que presentarme con él, antes que nada.
Un día tomé un tren para alejarme de todo. El Comisario vivía en un rancho en medio de la selva. Los senderos estaban inundados de tábanos. Pensé que papá estaría leyendo la nota que le había dejado y que no creería que había partido para dar clases. Pensé en la tristeza de papá. A la pobre yegua la asaltaban los tábanos. Siempre había querido tener esos trazos de verde, de cielo perfecto.
El Comisario no creía que yo estuviera decidido a quedarme en la selva. El Comisario era padre de cinco varones y tres mujeres. Sus cinco hijos un día habían tomado el tren. Las facciones del Comisario parecían haberse derretido sobre su rostro. La más pequeña de sus hijas iba a la escuela. El Comisario no creía que yo estuviera decidido a dar clases, pero me sirvió un plato de frijoles, y me llevó al lugar asignado para la escuela. Ahí esperamos a los otros padres de familia, que me conocerían esa tarde y me ayudarían a limpiar el lugar.
Mamá no sabía que me encontraba en la selva. Imaginaba a papá diciéndole que su hijo vago había decidido vivir en la calle. Imaginaba a mamá buscándome en las plazas y en los parques, como a un vagabundo. Mamá no sabía que los caminos de la selva son oscuros, que los insectos se pegan a la ropa, se mezclan con el sudor; que la escuela estaba bajando una pequeña colina; en un claro. El sol la aplastaba y la empequeñecía
Un día abrí los ojos en un pequeño claro. Si papá estuviera acá, me dije, se acostumbraría en un instante al calor, lo olvidaría todo. Junto a la escuela se encontraba la casa que yo ocuparía. La casa y la escuela eran dos construcciones idénticas, dos diminutas piezas llenas de ventanas y luz, y árboles de zaramullo alrededor de un pozo. No tenía nada más que pedir, pues iría a comer al rancho del Comisario. Y aquel señor que hablaba con tanta paciencia, me prestaría a la yegua para que pudiera trasladarme por el pueblo, cuando fuera necesario.
Un día desperté y tenía una yegua. La yegua era un animal oscuro con un triángulo blanco en la espalda. Un día abrí los ojos y todo estaba inundado de sol. La luz es como el agua. Escuché entonces el rumor de un chapoteo, eran los pavos del Comisario que arrastraban sus alas en la cancha de la escuela, y al hacerlo, parecía en verdad que alguien chapoteaba. Nunca pude entender aquel efecto. Y la yegua oscura me esperaba debajo de un árbol. Un día tomé un tren para llegar a la selva.
Cuatro niñas bajaban a la escuela. Cuatro niñas que me parecieron desnutridas y tontas, pero una de esas niñas era Juanita. Juanita era hija del Comisario. Juanita alumbraba el aula con sus ojos negros, con sus puntiagudos hombros, con sus agudos omóplatos que parecían abrirse como alas.
Un día desperté detrás de una niña de nueve años. Esa niña iba delante de mí en su caballo. Yo cabalgaba lentamente, hipnotizado por el vaivén de aquella espalda brillante, y Juanita cantaba en esa lengua de los indios, parecía invocar a un demonio en contra mía. Recuerdo al hombre que me explicó con paciencia cómo llegar a casa del Comisario.
Todas las tardes Juanita me llevaba a casa de su padre, para tomar ahí la comida, y después yo la ayudaba con sus tareas. Pensaba en la tristeza de papá al encontrar mi nota. Un día descubrí una guitarra en el rancho y comencé a enseñarle a Juanita a tocar aquel instrumento.
Por la tarde Juanita regresaba conmigo a la escuela. El Comisario jamás imaginó que fuera a quedarme a dar clases a las niñas de aquella ranchería. Juanita cantaba frente a mí y yo la acompañaba con la guitarra. Juanita se sentaba sobre mi pierna, sus pies permanecían flotando en el calor. Yo manipulaba sus manos y ella aprendía con rapidez.
Su espalda permanecía pegada a mi pecho. No podía dormir recordando el olor de esa larga cabellera intacta.
Una noche tomé al caballo para alejarme de la escuela. Empezaba a tener miedo de quedarme en aquel lugar. Pensaba en la histeria de mamá depositada en los parques, en las plazas. Pensaba en las vecinas consolándola con idioteces. Pensaba en la furia de papá destruyendo mi nota. Pero esa noche las estrellas tampoco supieron guiarme. Regresé a la escuela, a aquella habitación atravesada por la claridad de la luna. Cerré una a una las posibilidades de perder. Aseguré cada ventana.
Por la tarde Juanita y yo estábamos practicando. Sus piernas abiertas descansaban sobre mi pierna. Se balanceaba, se acomodaba, reía cantando en su maravillosa lengua incomprensible. Mis manos jugaron con sus rodillas y ella me suplicaba que no, pues la llenaba de cosquillas y ella no podía dejar de reír. Le pedí que fuera por un lapicero a mi habitación.
Una tarde yo y una bruja infanta estábamos encerrados en un diminuto espacio, con las ventanas selladas. Mamá seguro deseaba que regresara con ella. Juanita y yo nos sentamos en la hamaca. Sus piernas abiertas. Mis manos manipulaban las de ella. Juanita cantaba. Yo le dije, no dejes de cantar Juanita. Mi mano acarició el interior de sus piernas. No dejes de cantar Juanita. Mi mano acarició el vértice de sus piernas. No dejes de cantar Juanita. Y mis dedos rompieron el vértice. Le tapé la boca. Pensé en la furia de papá negando que yo estuviera en la selva dando clases. Tiré la guitarra y senté a Juanita sobre mí. La niña pataleó, se estremeció y sangró, derramándose en mí. Estaba seguro de que mamá no se había resignado
Una tarde tomé el tren sin despedirme de los pobladores de aquella ranchería en la selva. Recuerdo a Juanita llorando en el centro de la diminuta habitación. Tuve que amarrarla a una pata de la mesa para que no corriera con su padre. Recuerdo los insectos adheridos a mi sudor. El dulce y pesado aroma de Juanita estará siempre en mis sueños.


II
La calle estaba desierta ese mediodía lluvioso y una delgada claridad se arrastraba sobre las residencias. La señora se acercó a la ventana, en uno de los sillones descansaba el estambre blanco y las agujas. No debería estar tan mal el tiempo, qué injusto.
Ella tejía de lunes a viernes, todo el día, incluso durante las comidas, entre bocado y bocado, masticando con lentitud sus abundantes alimentos, se iban formando gorritos, chaquetas, medias, guantes o bolsos. Sus clientas iban a visitarla y le regalaban dulces, siempre dulces. Como si yo los necesitara, como si yo quisiera tener alguna plática, como si fuera útil estar siempre con el vestido planchado, las zapatillas lustradas y el cabello bien peinado. Ellas no saben nada, y además se atreven a preguntar.
Llegaban las visitas de lunes a viernes, y bien sabía que sin esas visitas no podría vivir, pues gracias a esto la casa se seguía manteniendo con la misma cantidad de lujos que en otra época, con la misma criadita y los dulces ingleses, los chocolates importados, los quesos de Holanda, las cortinas de seda, la porcelana, la plata, todo como antes, cuando los niños entraban y salían de casa, así iban y venían ahora mujeres embarazadas, próximas abuelas, vecinas o extrañas, personas que habían escuchado de maravillosos tejidos.
La muchacha de limpieza llegaba desde temprano y se encargaba también de las comidas. No era una cocinera experta, más bien había dominado el papel del perro que conoce a su amo y sabe qué trucos debe hacer para agradarle, aunque de la anciana no obtenía más que un gracias, puedes irte.
La señora se encontraba la mayor parte del día en la sala, sobre uno de los sillones forrados en piel oscura; era como si juntos, ella y el mueble, decidieran lo que iba a tejerse; el color de las flores, la clase de pájaros, y todo el mundo que podía dibujarse, con reglas que sólo ella y su sillón parecían establecer, hasta que tocaban la puerta y alguna vecina colocaba su risa en medio de las nubes púrpuras que estaban naciendo, con sólo un par de agujas y poco de hilo.
El diluvio no cesaba, de vez en vez un automóvil pasaba a toda velocidad, como si más allá, muy lejos, hubiera otro mundo, uno mucho más cálido, seco, sin huesos de estambre. Miro el reloj, miro los retratos, ahí estaban los niños, solos, pequeños, nunca sonreían, pero luego ya con sus parejas, parecían dichosos. Y Roberto, enojado como siempre. ¿Qué le he hecho yo a esos niños? Un trueno hizo vibrar la ventana. La lluvia blanqueaba la calle y oscurecía al viento. La vieja sintió frío pero apenas se movió. Vio la chambrita blanca que había comenzado y ahora dormía sobre el sofá como un gato perezoso. Ella no tocaría eso, ya no podía tejer más.
La chambrita era para una de sus vecinas, la que más le compraba, la que más hablaba de hijos y nietos. Como si fuera una vieja gallina que quisiera seguir empollando por miedo al cocinero. No tiene derecho a venir a hablar de sus chiquillos, del cabello rubio de sus nietos, es una estúpida. A los hombres les gustan las mujeres estúpidas. Afuera la lluvia ablandaba la calle. Es injusto.
Había estado a punto de vengarse. Su vecina acababa de ser abuela de nuevo, una niñita más, y quería un camisón blanco, con un cuello alto y rojo; un detalle que había visto en una revista de moda, en la hija de una princesa. El trabajo ya estaba listo y esperando a la dueña en una bolsa de regalo donde una mamá cargaba a una niña desnuda, con una flor amarrada en la cabeza. También caía un aguacero, pero la vecina siempre era puntual, su esposo se encargaba de llevarla hasta ahí o cualquiera de sus hijos. Miró el chubasco hasta que le empezaron a arder los labios y sintió como si las manos se le hincharan. Su vecina era vieja y acababa de tener otra nieta, siempre estaba cargada de las anécdotas de sus niños, de lo traviesos que eran. Su vecina era vieja y sus hijos se reunían con ella, la iban a visitar, y además era tan amable que en cada reunión le regalaba unos pastelitos de fresa que hacía con la cocinera. A ella jamás se le hubiera ocurrido hacer pastelitos de fresa con su sirvienta, la muchacha estaba bien como fregona, pero en la cocina apenas y se defendía. Aquel día la chica de servicio había picado habanero para acompañar la comida, así que ella fue hasta la cocina por uno de aquellos trozos de chile y lo restregó en el cuello del camisón. Se imaginó a la pequeña, tenía que ser blanca, regordeta, arrugada y estúpida como su abuela. Escuchó cómo se detenía un motor bajo la lluvia y los pasos de la vecina al subir por las escaleras del pórtico. ¿Por qué había dejado que le colocaran el timbre? Había sido ocurrencia de los niños y ellos ya no estaban ahí. ¿Qué les había hecho? Al final no dejó que su vecina entrara. La hizo esperar y fue al baño a tirar su trabajo. Abrió la puerta a medias y dijo que tenía que seguir tejiendo. La vecina le entregó los acostumbrados pastelitos de fresa. No parecía molesta, era feliz.
Un perro cruzó la calle y desapareció. Todos se van debajo de la lluvia. El temporal estaba hecho de rostros que ya no podían recordarse, de muebles viejos que había que volver a tapizar y de cuadros que era necesario destruir. La lluvia no ablandaba a nadie, dejaba costras. Todos desaparecen. Había que comer y respirar y mantener los vestidos planchados y tomar el café con las vecinas. Pero este tiempo no puede llevarse mi único día. ¿Acaso hubiera podido resguardar a ese perro? Miró el estambre blanco sobre el sofá. Ya no le parecía un gato perezoso, sino algo trémulo, a punto de morir.
Ya eran varios años que el domingo se convertía en una burbuja donde podía recostarse y sentirse llevada hacia la tranquilidad. Se levantaba tarde y se arreglaba tardando mucho; se bañaba en la tina y se daba difíciles masajes con crema. Después se ponía el vestido violeta que Roberto le había regalado y se perfumaba. No se encontraba sola, ahí estaba esa casa que había envejecido con ella y a la que podía dejar un rato. Se imaginaba que su hogar debería extrañarla. Irse al buffet chino era vengarse del tiempo.
No era éste el primer domingo con accidentes. De hecho, la primera vez que había llegado al buffet pensó que jamás regresaría. Después de misa pasaba siempre por aquel lugar pero sabía que nadie de la colonia entraba. No era tan elegante como exótico para ellos. Eso fue lo que la incitó. Las lámparas rojas de papel y su dragón en el pórtico, le mostraron un espejo en donde ella se vislumbró más joven, llena de voluntad.
Ocupó una mesa que se encontraba en el centro del salón. El lugar de pronto le pareció una cueva en la que ya había estado antes, en sus días de campo. Una chica le dijo, con la voz alta y chillona, que esa mesa estaba ocupada, ¿Ah sí? Respondió. La joven sonrió y explicó que ella y su pareja se acababan de levantar para ir por la comida, pero que ya los había atendido el mesero y ése era su lugar. La señora se cambió a una mesa pegada a la pared y creyó que todo pasaba por algo. Ahora tenía la televisión frente a ella y comenzaba una película norteamericana. El piso del lugar era de una madera oscura y el color de las paredes era también oscuro, rojo. Era un lugar perfecto, con poca gente, con gente desconocida.
La mesera que la atendió no era joven y no sonrió al tomar la orden. La anciana quiso que le llevaran una jarra de jugo de naranja. Miró las manos de la camarera, eran grandes. Su cuerpo sin embargo no era tan grande, parecía hecha con un costal de papas, y sin embargo le había simpatizado. Dejó su bolso y fue por la comida.
No debe llover y no deben de cruzar perros sarnosos sólo para alejarse, sólo para aumentar la espesura del vendaval y de la casa que es vieja y se burla de uno. Caminó de un lado a otro. Se sentó en el sillón y tomó el estambre. Se levantó y volvió a caminar. ¿Acaso lloverá todo el día?
La comida del lugar era muy mala. Lo peor de todo es que en realidad no sabía qué era y cuando preguntó a un cocinero, le respondieron en chino. Terminó comiendo arroz y papas. Cuando fue por el postre vio que en toda la barra sólo tenían fruta y gelatina. ¿Acaso era la gelatina un postre chino? Quiso reclamar pero se dio cuenta de que no tenía fuerzas, de que estaba sola, de que el lugar era oscuro, semejante a una cueva, de nuevo la película comenzaba y ella quería verla. Tomó un plato de gelatina y regresó a su sitio.
Ahora cada domingo no tenía que molestarse por ir a la barra, la mesera le llevaba el jugo, el arroz, las papas y la gelatina. Dejó de ir a misa y pasaba ahí el domingo entero, tomando jugo y viendo televisión. La empleada le había contado sobre los problemas con su hijo, sobre su casa en la periferia, sobre el trabajo. Nunca parecía alegre y respondía a las preguntas como se responde a alguien que no nos deja disfrutar de un concierto que sabemos irrepetible. La señora disfrutaba de esto más que nada en el mundo, el tener el poder de preguntar, el no tener que responder nada a nadie. Le gustaba ver cómo la camarera se limpiaba las manos en el delantal y la manera en que manejaba los silencios para alejarse, para que no le preguntaran más nada.
Por un momento pareció que escamparía. Tomó su bolso y sin darse cuenta también aquella bola de estambre. Apenas dio un paso vio su imagen reflejada en la ventana. Una mano que no podía ser su mano, llevaba el hilo; una mano blanda y temblorosa cargaba a aquel ser inerte. Un estallido irrumpió en la sala. Uno de los cuadros había caído, aquél donde los niños vestían de piratas. El agua volvió con más fuerza. Se dejó caer en el sillón y comenzó a tejer con los ojos cerrados; era como si las agujas fueran títeres entre los cuales hubiera una lucha a muerte, luego lo arrojó todo junto a la ventana. Ya no se escuchaba la lluvia. Todo había terminado.
Los caminos húmedos y solitarios le hicieron pensar en el campo. En los días de campo donde ella era la reina y los niños, los pequeños niños eran príncipes. Dejó que el viento la despeinara. El aire frío le cortó los labios. Sintió la cara reseca. Había charcos de tanto en tanto. Pensó en el campo húmedo, en las ranas. En la vez que ella y Roberto habían ido a enterrar con los muchachos una rana que encontraron camino a casa de la abuela. Se dio cuenta de que sus manos, como si fueran de otro, se estaban poniendo los guantes. Las manos saben cosas, se entienden entre ellas, pudiera ser que además tuvieran compasión de la mujer que las lleva a comer comida china.
El restaurante tenía más gente de lo común pero ahí estaba su mesa. Se prendió la televisión y comenzó a ver el noticiero. Algunas partes de la ciudad se habían inundado. En un poblado tres niños habían sido arrastrados por un río. Cuando terminó su plato de arroz quiso comer otro. La mesera le contó que su hijo decidió dejar la escuela. Cuando le llevaron la gelatina sugirió que le agregaran crema. En el noticiero una señora hablaba de perros de caza, dos perros saltaban a su lado. Se levantó y cambió el canal. Una película norteamericana terminaba, el final era feliz.
Se levantó el vestido y corrió entre los charcos. Era tan liviana como una hoja de otoño. Los chicos estaban llegando y parecía que habían logrado cazar. Todo era un alboroto. Los perros ladraban y se oía el griterío de los muchachos detrás del trote de los caballos, debajo de la madrugada. Sintió algo en el hombro y vio cómo una serpiente amarilla le bajaba por el brazo. Señora, señora...
Despertó. La noche estaba afuera. La noche era de colmillos. El ruido de los autos la angustió. ¿Cuánto tiempo me han dejado dormir? ¿Qué pensará la camarera y los demás? ¿Me tendrán lástima? Ya en la calle tuvo miedo de caer, de los charcos, de los perros callejeros. La noche parecía girar alrededor con el zumbido de las abejas. Una cuadra antes de llegar a casa comenzó de nuevo a llover. Era una garúa lenta y metódica, como una venganza. Se encontraba empapada cuando llegó a casa y cierto temblor dominaba su quijada haciéndola castañear. Comenzó a tocar la puerta, primero suavemente y luego a puñetazos, sus golpes se perdían en la noche, en el canto de los automóviles que pasaban a toda velocidad, en los perros que aullaban al horizonte, en el vacío de cada una de las habitaciones de su casa. Tocaba con todas sus fuerzas. Roberto, por favor, llueve.