REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Mujer con cabello verde


Fabiola Morales Gasca

“Desde que me cansé de buscar he aprendido a hallar “
Nietzsche

La mujer estaba ahí, sola en la playa. Se había levantado temprano para contemplar el amanecer y disfrutar los más bellos tonos naranjas en primera fila. Zona VIP sobre la arena blanca. Los primeros en llegar fueron los deportistas, ansiosos de correr sobre sus tenis de llamativos colores sin importar el frío matutino. Después llegó un grupo de seis a diez jóvenes, uno de ellos, el maestro, se colocó al frente e inició la clase de yoga. Todo era demasiado bueno, espiritual y cargado de energía para ser real; dudó un segundo, se pellizcó, sí, todo era real.
Claro, prefirió aplicar la ley del mínimo esfuerzo y fingió meditar. Después de un buen rato se dio cuenta que no necesitaba fingir, contemplar el mar era más que relajante. El sonido incesante de las olas la envolvía y el ver los tonos azules perdiéndose con los tonos naranjas del Sol naciente sobre esa maravillosa arena blanca era el cuadro ideal para cualquier amante de la meditación.
El tiempo siguió transcurriendo, Helios movía lento su carruaje; el grupo de yoga se fue, los corredores emprendieron retirada en busca de bebidas isotónicas refrescantes y la playa quedó nuevamente sola. Una chica de short blanco llegó, una familia, luego un hombre con un perro chihuahua color negro y con ladridos agudos regresó el movimiento a la playa. Caray, si estaba tan sola por qué no se compraba un perro. Un perro no es mala compañía, lo pensaría seriamente. A la hora, nueve y veinte para ser exactos, un grupo de jóvenes colocaron una malla a los dos postes que se encontraban y jugaron vóley. La gente llegaba y se iba, para el medio día, la playa estaba totalmente animada.
Pasada la una de la tarde, la sombrilla era más que una bendición, los rayos de sol caían de forma recta sin piedad. La arena blanca daba esos tonos azules únicos al mar y algunas mujeres iban con niños cubiertos de bloqueadores solares de cabo a rabo. Pieles blancas se tostaban bajo el fulminante sol. Ella estaba lista para un codiciado bronceado.
En ese bello escenario de arena blanca, notó a la pareja que llegaba. Era lo que podía llamarse “una pareja explosiva”. Él, joven, de cuerpo musculoso, piel blanca, cabello negro, traje de baño azul; ella, de unos veintitrés o veinticinco años, de buen cuerpo, cabello corto y pintado de un no discreto color verde y con un bikini azul !Qué envidia, cuánta perfección! El corte de la pieza de abajo no dejaba casi nada para imaginar. Ambos colocaron sus toallas sobre la arena y después de ponerse bronceador mutuamente, saltaron como chiquillos a montar inquietas olas. La mujer que estaba ahí, sola en la playa, dedujo que la pareja era de Europa, tal vez italiana, tal vez asiática. La piel de ellos no era blanca, más bien apiñonada y su cabello negro. Claro, el color verde del cabello aún no define bien alguna raza, total, para qué angustiarse sobre una nacionalidad, entre tanto extranjero y pocos connacionales en esa playa celestial, el origen no importa. Lo que sí importó fue que la pareja regresó, acomodó nuevamente sus cosas y la chica del cabello verde y bikini azul se quitó el top dejando ver sus blancos senos para adquirir un bronceado parejo; después de tomar un poco de agua, él la tomo de la mano y regresaron al mar. No pasaron ni diez minutos cuando al menos otras seis jóvenes de piel blanca y cabellos rubios, acostadas sobre toallas blancas, ya mostraban los senos al sol.
¡Vaya!, pensó la mujer que estaba ahí, sola en la playa. Esta chica sí que supo imponer moda; y algo más allá de lo que se podía llamar envidia se apropió de esta mujer sola ¿Qué se sentiría estar casi desnuda? ¿Cómo sentiría las miradas sobre sus senos eternamente cubiertos? Qué descaro ¿Acaso se puede andar así mostrando el cuerpo, como si nada? ¿Dónde quedaba el pudor y la moral? Las preguntas la empezaron a atormentar, tanto así que ni siquiera se dio cuenta cuando la pareja ¿de italianos? se había marchado, al igual que mucha de la gente que ahí estaba. El anochecer se aproximaba.
La mujer miró insaciable al mar, observó cómo la gente se iba y cómo la playa iba quedando sola. Cuando se aseguró que no había ni una sola alma, se quitó la blusa y el brasier, se quitó el fresco pantalón de manta y echó a correr hacia el agua salada; su café aréola se destacaba sobre la arena blanca. Nadó y nadó, una ola la envolvió, la hizo girar y ella se sintió libre como una fuerte sirena. La mujer que estaba ahí, sola en la playa, jamás en su vida se había sentido tan ligera; ya no tuvo miedos. Voces de tritones de todos los océanos en ese momento le declararon su amor. Supo entonces que la ropa siempre le estorbó al nadar. Embelesada ante tantas declaraciones de amor, nadó de regreso, tomó su toalla sintiendo en sus pies la textura de la arena; a lo lejos pudo distinguir la silueta de un hombre caminando hacia ella. Recordó que era una mujer y no una sirena. Hoy viviría, mañana, mañana se pintaría el cabello de color verde.