REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

La Ciudad de México comienzos del siglo


José Rojas Garcidueñas

Pareciera a simple vista que el México del siglo XX comenzó con la Revolución, sin embargo la realidad es distinta. Otros son los defectos de la dictadura de Porfirio Díaz, pero en su largo reinado se llevaron a cabo muchas de las obras que impulsaron al país. Justo Sierra, por ejemplo, creó las nuevas maneras para que la educación y la cultura avanzaran. En las postrimerías del siglo XIX, nace la generación que será clave a lo largo del siglo XX y que hasta hoy, ya arrancado el XXI, siguen siendo señeras. Hablamos de la generación del Ateneo de la Juventud, donde militaron intelectuales de la talla de José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, sin duda el mayor novelista mexicano. Asimismo nacieron figuras como Vicente Lombardo Toledano que fue un político destacado, creador de instituciones.
Todos ellos se formaron y vivieron en una Ciudad de México pequeña, de proporciones modestas y con apenas medio millón de habitantes. Elena Garro, nacida alrededor de 1917, la recuerda como un lugar encantador, bello, apacible, con poca gente y, además, generosa y buena. La rodeaban pueblos bellos, de recia personalidad como Coyoacán, Tlalpan, San Jerónimo, San Ángel, Xochimilco, Milpa Alta, Azcapotzalco y Tacubaya, por citar los principales. En algunos de ellos, las familias pudientes tuvieron casonas campestres, sobre todo al sur, donde el clima, los ríos y la vegetación hacías los entornos más gratos y plácidos.
Coyoacán se convirtió en un paraíso para artistas e intelectuales. Allí vivieron Diego Rivera y Frida Kahlo, Salvador Novo y Dolores del Río.
Hoy esa misma ciudad se hizo una terrible aglomeración de millones de personas que la hacen atroz. El cemento ha eliminado los palacios, la vegetación y los ríos fueron entubados una vez convertidos en avenidas de aguas negras.
Hemos seleccionado este trozo de historia sobre todo para recordar con nostalgia la belleza perdida. De ciudad modesta y encantadora se transformó en una macro urbe llena de problemas imposibles de resolver. Nos queda ver antiguas fotografías amarillentas, imaginar el Zócalo con fuentes, palmeras y flores y contemplar al monstruo lleno de vendedores ambulantes, basura, caos vial, manifestaciones y mítines, destrucción de edificios antiguos y el mal uso de otros que han quedado a merced de la “modernidad” y de la torpeza de las nuevas autoridades.

El Búho.


LA CIUDAD DE MÉXICO COMIENZOS DEL SIGLO*
José Rojas Garcidueñas

Hacia el año de 1900, una gran parte de la generación como solemos decir, y aun del mismo grupo de quienes luego habrán de ser “los del Ateneo de la Juventud”, entonces entre la adolescencia y la juventud, empieza a asomarse al mundo y a la vida del país en las calles de la capital, y a su cultura desde los bancos y bajo los arcos de la Escuela Nacional Preparatoria. Por ello es conveniente hacer referencia a tales escenarios.
En esa época, todo el sistema político y social del régimen, que presidía el General Porfirio Díaz, había rebasado la culminación de sus posibilidades e indudablemente había ya iniciado una decadencia, envuelta en muy complejas condiciones, que sería funesta para el propio régimen y para la nación; pero esto, que hoy el historiador y el estudioso de la época percibe claramente, entonces, como siempre ocurre en toda iniciación de un cambio histórico, era incomprensible para casi todos, y sólo algunos percibían los síntomas de un desgaste político que habría de acentuarse con gran rapidez, y muchos, pero sin voz ni posibilidad de expresarlo, sentían más o menos claramente la necesidad de cambios en las estructuras que sustentaban la vida del país.
Pero no eran aparentes los signos de decadencia y, por otra parte, había, hechos y realidades de progreso y modernización en la vida diaria de la ciudad, en comparación obvia con lo que la misma había sido a lo largo de ese siglo XIX que terminaba.
Seguramente esas modificaciones eran menos perceptibles, o muchas veces no existían, en el resto del país, salvo en tres o cuatro capitales de provincia. Porque si las estructuras e instituciones permanecían inalteradas, en otros sectores como en el comercio, las comunicaciones y, sobre todo, el aspecto superficial de la vida social y cotidiana, estaban teniendo cambios muy considerables en contraste con lo que fueran apenas quince o veinte años antes. Y esos contrastes, a veces contradicciones, estimulaban oscura, secreta y subconscientemente, como diríamos hoy, a otros cambios que, precisamente, la generación entonces joven iría a realizar.
Lo que menos había cambiado, en las últimas décadas del siglo, muy probablemente era la agricultura —base de la vida económica—. Apenas si en algunas regiones de cultivos industriales y de exportación: el algodón de la Laguna y el henequén de Yucatán, tenían algunas técnicas modernizadas, créditos y prosperidad. En el resto del país la vida agrícola seguía igual, y probablemente empeorando en muchas regiones, por el incontenido aumento de latifundios, creados y multiplicados como directa consecuencia de las leyes liberales de la Reforma, que entregaron los bienes de comunidades: religiosas, indígenas, ejidos de pueblos, a la propiedad individual ilimitada.
La minería, que desde el estallido de la guerra de Independencia decayó mucho y luego siguió con altas y bajas —minas en boranza y vetas que desaparecen o se “emborrascan”— al final del siglo XIX estaba pasando por una etapa de crisis con graves consecuencias. Innovaciones técnicas, sin duda necesarias y en cierto modo económicamente benéficas para el negocio, fueron las instalaciones de mazos movidos por electricidad, para triturar y moler el mineral, así como el nuevo sistema de beneficio de la plata por el procedimiento de cianuración, que permitía el aprovechamiento de minerales de baja ley o sea los que contenían proporciones más bajas de metal. Pero todo ello, que aquí apenas se alude, al substituir por máquinas lo que antes se hacía a mano y con mulas guiadas por hombres (como la amalgama en los patios de las haciendas de beneficio), produjo el desempleo de gran número de operarios y la extinción de lo que había sido un renglón económico importante, subsidiario de la minería: la crianza y comercio de los animales que en el viejo sistema eran fuerza motriz. Además, también nuevos medios de transporte mecánico rápidamente substituyeron, en ese fin de siglo, al tradicional acarreo animal de los minerales, en bruto y refinados, eliminando ese cambio a los criadores, tratantes, arrieros y empresarios, que antes percibían y se distribuían muchos ingresos en la explotación de tantos aspectos económicos del transporte por animales de carga. No ha sido estudiado todo eso, pero es indudable que influyó, no poco, en la alteración de la economía en las regiones mineras, agudizando necesidades y carencias de considerables núcleos de población rural y semi-rural.
La alteración o cambio más notable que estaba ocurriendo en la República, al filo del año de 1900, era en las comunicaciones y transportes, ocasionado por el funcionamiento de los ferrocarriles. Aunque proyectados e iniciados cincuenta años atrás, por diversas causas los ferrocarriles (salvo alguna excepción), sólo fueron quedando establecidos, en funcionamiento importante y eficaz apenas en la década de 1880 a 1890, más o menos, en que la capital, centro político y económico y la región del altiplano, núcleo productor y consumidor principal, quedaron comunicados, en forma definitiva, por las vías férreas, con el Golfo de México por Veracruz y Tampico, luego con el Océano Pacífico por Manzanillo y Salina Cruz y, sobre todo, con los Estados Unidos de América por las ciudades fronterizas y aduaneras de Nuevo Laredo y Ciudad Juárez.
Así pues, en las dos décadas precedentes al año de 1900, desaparecieron la arriería y los lentos carros de tracción animal, para el transporte de mercancías, y también las diligencias y otros carruajes para el transporte de pasajeros, substituido todo ello por los ferrocarriles, prácticamente entre todas las ciudades de principal y mediana importancia del país. Coincidía ese cambio interno con más intensas y rápidas comunicaciones internacionales: mayor frecuencia de barcos en Veracruz, servicio mejor y más extenso de los telégrafos y hasta del cable intercontinental.
También, y en parte por lo anterior, el periodismo tradicional se transforma y renueva a los finales del siglo que moría: en 1896 comienza a publicarse El Imparcial, edición de la mañana, y El Mundo, edición de la tarde, bajo la dirección de Rafael Reyes Spíndola, con nuevos aspectos técnicos, administrativos y propiamente periodísticos que, al decir de todos los conocedores del asunto, fueron esos nuevos métodos la iniciación del periodismo moderno en México. El año siguiente, 1897, desaparecieron tres periódicos tradicionalmente importantes: El Monitor Republicano, El Siglo XIX y El Partido Liberal. Es indudable que, también en este campo, se liquidaba una etapa histórica y se iniciaba otra diferente.
Con tales recursos para viajes y comunicaciones, las noticias, los periódicos, revistas y libros del extranjero, llegando en mayor número, ponían al país en relación y conocimiento con un panorama extraordinariamente más vasto de hechos y de ideas, provocando una corriente de cambio y renovación, de la cual, la generación que entonces fue la primera en poder asomarse, desde joven, por estas nuevas ventanas, fue la del grupo del Ateneo la que primero pudo aprovechar, como lo hizo, para ver ellos mismos horizontes más lejanos y luego cimentar y fomentar la revolución ideológica de México.

* * *

La ciudad en que vivía esa nueva generación, esta ciudad capital de la nación, tenía por entonces medio millón de habitantes, aproximadamente, contando a quienes vivían en los pueblos próximos como Tacubaya, Coyoacán, Mixcoac, San Ángel y Tlalpan, así como Azcapotzalco, que eran pequeñas poblaciones suburbanas, pero no inmediatamente unidas a México. Ésta, era una ciudad que apenas había comenzado a rebasar formal y decididamente el cuadro de la vieja ciudad colonial, un poco por el Sur y más por el Poniente, y su aspecto en general y en muchos detalles iba cambiando considerablemente en esos años.
Hasta entonces, la inmensa mayoría de las casas habían sido de una sola planta o de dos: planta baja y un piso superior, con amplio patio en seguida del zaguán y otro segundo para servidumbre, cocheras, caballerizas y servicios comunes, con vastas azoteas que, a pesar de los alterados niveles de los pretiles, prácticamente comunicaban manzanas enteras. Aquella vieja y hermosa ciudad, con perfil de torres y cúpulas barrocas y horizontes de lagunas próximas y grandes montañas lejanas, aquella ciudad rápidamente desaparecía y se transformaba.
Así las nuevas casas, por rumbos del noroeste y el poniente: colonias de Guerrero, de Santa María de la Ribera, en terrenos de los señores Flores; en San Rafael, terrenos de la familia Valenzuela y antiguo rancho del Cebollón. Amplias residencias familiares y también nuevas casas de vecindad y para alquilar por pisos, como se decía en España; casas “de productos”, como justamente empezaron a llamarlas, en lenguaje de negocios, los administradores, abogados e instituciones de créditos, que participaban en ese nuevo renglón financiero.
Naturalmente, en lo arquitectónico surgieron nuevas formas y técnicas: se abandonaba el calicanto, substituido por el ladrillo, ya constructivo, ya ornamental, de mejor calidad, cubriendo las fachadas; los apoyos eran de hierro: columnas de los corredores, viguetas para los techos, por lo cual los muros podían ser menos gruesos; la planta principal se levantaba sobre un sótano, a veces utilizable, a veces inútil en sí mismo, pero que aislaba de la humedad frecuente por los altos niveles freáticos de este fondo del valle, antigua laguna. En lo decorativo y ornamental también se daban nuevos estilos: las jambas y dinteles de puertas y ventanas exteriores seguían siendo de piedra, pero se las adornaba con labrados, no en relieve como el barroco virreinal, sino al contrario, dibujos hundidos o esgrafiados, muy discretos y elegantes. En los muros interiores se empezaron a utilizar molduras y adornos de estuco, dejando el yeso en blanco y, muy pocas veces, fileteado en oro. Los vidrios de las ventanas y de las puertas interiores solían tener adornos de dibujos grabados químicamente, imitando esmerilados, y a veces había ventanales con técnica de emplomados y vidrios de colores, todo lo cual lo surtía, de la mejor calidad; la casa Pellandini, cuyo expendio estuvo muchos años en la hoy avenida Madero, más o menos frente al actual Hotel Ritz. De esas casas, con tales características todavía quedan, cada vez menos, ejemplos aislados y fechadas entre 1875 y 1900, en rumbos como Santa María y San Rafael. Las más modernas —dentro de la época a que me refiero—, hacia 1900 y pocos años después, llegaron a tener influencias del llamado “art nouveau”, aunque la verdad es que tal estilo no prosperó mucho en México (salvo notables excepciones, como el Teatro Nacional, hoy Palacio de Bellas Artes, y el interior de la casa de la familia Requena, hoy supérstite en el Museo de la ciudad de Chihuahua); pero sí hubo, poquísimas restan, fachadas con los marcos de puertas y ventanas en ondulantes siluetas y molduras de formas vegetales y balbones y rejas de listones semienrollados, tallos y hojas, como un lejano eco de aquel arte “fin du siècle” que aún vive en muchos rincones y rejas de París y en el delicioso museo que fue casa habitación del arquitecto Barón Víctor Horta, en Bruselas.
Desde luego —y ello es obvio—, de ningún modo las anteriores líneas pretenden ser historia de la arquitectura de la ciudad, ni en su forma más elemental; sólo han querido indicar, como todo o lo más de este capítulo, el momento de cambio y transformación que fue el ambiente citadino en que vivía y se formaba la generación que allí pasó su adolescencia y primera juventud.
Si las habitaciones, el vivir doméstico, se transformaba, era lógico que lo hiciera, con más alcance, la propia ciudad, en sus servicios que determinaban y conformaban la vida cívica y social de la ciudad.
Uno de los más graves problemas de la ciudad de México fue siempre —y, por desgracia, sigue siendo, pero lo actual no es cosa de explicar ahora—, lo relativo a sus desechos de aguas negras y su aprovisionamiento de agua potable. Mientras la población de la ciudad fue bastante reducida, aquellos problemas se fueron resolviendo más o menos dificultosamente, pero sin excesivas complicaciones, pero éstas ya eran graves a los finales del siglo pasado cuando, como ya se dijo, la población andaba por los quinientos mil habitantes. Nuestros abuelos, digo los que ya eran adultos al filo del 1900 conocieron bien, y nos platicaron de ello, aquel horror del paso diario, o a veces terciado, de la “pipa”: un gran barril, montado en un carro tirado por viejas mulas que, anunciado por una campanilla, iba recolectando lo que de cada casa en él vertían, todas las malolientes aguas de lavado y fregado y todos los desechos de nuestra sucia miseria humana. Cuando el paso de “la pipa” tuvo fin, con toda razón los habitantes de la ciudad dieron gracias a la administración porfiriana que los libraron de aquel espectáculo y tales olores. Pues, en la última década del pasado siglo, los estudios que el Ayuntamiento de México encomendó al ingeniero Roberto Gayol empezaron a ser realizados, construyendo varios colectores generales, con sus atarjeas laterales, contribuyendo todo a un gran canal de desagüe del valle de México, primero por las compuertas de San Lázaro, entonces ya en las afueras de la ciudad, y luego a través de sesenta kilómetros hasta el túnel de Tequixquiac y salir, fuera del valle, al río de Tula, afluente de otros que, sucesivamente, van a dar al Golfo de México. Las obras de este sistema fueron inauguradas en marzo de 1900.
De modo concomitante, en esa época y más en los primeros diez años de este siglo, se aumentó el volumen de agua potable que utilizaba la ciudad, se amplió la red de tubería y, hasta donde se pudo, se mejoró la red de distribución dando, también, mayor presión de modo que favoreciera el flujo y el llegar a los tinacos de almacenamiento y servicio en las casas.
También eran objeto de modernización las calles: pavimento y alumbrado. En ese tiempo el pavimento de asfalto empezaba a substituir a los viejos empedrados o a esporádicos ensayos de diversa clase de adoquines, que no dieron resultado. En cuanto al alumbrado, dice Galindo y Villa —que lo sabía bien, no sólo como historiador sino por haber sido Regidor—: “en 1890 desapareció el aceite de nabo que vivió un siglo justo. En este año la Capital contaba con 300 focos eléctricos de 2,000 bujías. . .” Cabe aclarar que esos focos no eran incandescentes sino lámparas de arco, a las que de tanto en tanto había que cambiar los carbones entre cuyas puntas saltaba la chispa, en arco, dando una luz blanca levemente azulosa; esas grandes lámparas colgaban de altos arbotantes de hierro con curvas y adornos muy de época. Pero hacia el año de 1890, nos dice el historiador citado que también había, para el alumbrado público “500 mecheros de gas, 1,130 luces de trementina y 123 de aceite”. 1 Ya es de suponer que esos faroles, tanto los de aguarrás como los de aceite, que al anochecer iban siendo encendidos, uno por uno, por los serenos del barrio, eran un pobrísimo alumbrado y peor en las noches de aguaceros y viento. Pero, al filo del nuevo siglo, la luz eléctrica era ya predominante, tanto en el alumbrado público de la capital como en el doméstico.
Esa electrificación alcanzó, en la misma época, a los tranvías, que eran el medio de transporte colectivo urbano y suburbano. En enero de 1900 se inauguró el nuevo servicio y en poco tiempo fueron desapareciendo de todas las líneas los antiguos y pequeños tranvías de mulitas.
No creo que para los jóvenes preparatorianos de ese tiempo fueran muy atractivos los paseos públicos de la ciudad, que todos los cronistas, escritores costumbristas y hasta los poetas (“Desde las puertas de La Sorpresa, hasta la esquina del Jockey Club...”), nos han descrito, relatado y comentado, aunque siempre dejándose en el tintero no pocos fragmentos y detalles, como lo sabemos los que todavía alcanzamos a conocer aquéllos por los relatos vivos y directos de nuestros mayores. Sin duda los muchachos irían, una y muchas veces, un rato y conversando, a la Alameda, pero sin que ello fuera el pequeño acontecimiento que sí era para los modestos empleados que acudían, con toda la familia, para oír la banda dirigida por Velino Preza, comprar globos a los niños, etc., etc. Tampoco perderían demasiado tiempo en el “paseo de Plateros”, aunque lo conocieran muy bien, como todo el mundo, pues esos jóvenes, futuros ya muy próximos “ateneístas”, ni eran ociosos “lagartijos” ni tampoco irían a colocarse entre las patillas y barbas blancas de los señorones del Jockey Club.
Sin nada de renunciaciones ni limitaciones a priori, antes viviendo plenamente sus propias vidas que, como se verá, fueron muy distintas —sin que ello implique ni un mínimo de pedantería, sino como simple definición o acotación—, es indudable que el campo del interés y de atracción para esos muchachos, era el campo del saber y de la cultura, y sus vidas y sus obras así lo demostraron al correr de los años. Y, de eso, ¿qué les ofrecía la vida social y colectiva de la ciudad donde vivían, en los primeros años del siglo?
Derribado el Teatro Nacional (originalmente de Santa-Anna) en 1900, para construir otro que tardó muchísimo en quedar terminado (el hoy llamado de Bellas Artes), en los años siguientes funcionaban en México varios teatrillos pequeños y cuatro de primera importancia: el Principal, el Arbeu, el Hidalgo y el Renacimiento, luego llamado Virginia Fábregas. El género dominante, continuando el gusto del siglo anterior, era el teatro lírico o sea el teatro musical, en sus diversas especies: la ópera, la opereta (entonces casi novedad aquí) y la zarzuela en sus dos formas: la zarzuela grande y el “género chico”, que no era y es sino la misma zarzuela española pero en obras de un solo acto, que dura cada función una hora, las que en Madrid decían “secciones” y aquí se llamaron “tandas”. Otros géneros teatrales eran poco cultivados y menos, claro está, con obras y actuaciones, que pudieran caber ya no sólo dentro del espectáculo, sino en la siempre restringida categoría de arte teatral. Sin embargo, se pueden citar ejemplos: en 1900 vino a México la compañía que encabezaban doña María Guerrero y don Fernando Díaz de Mendoza presentando, con gran dignidad, obras de Lope de Vega, Tamayo y Baus, etc. y otras más temporadas ofreció la misma compañía en sucesivas visitas; Teresa Mariani, en otra ocasión, presentó Casa de Muñecas de Ibsen, autor del que aquí, todavía hasta 1904, parece que sólo se conocía Espectros; la compañía de Novelli, que puso una o dos obras de Shakespeare también presentó Goldoni, y Mimi Aguglia trajo, pocos años después, La Figlia de Iorio y acaso alguna otra obra de D’Annunzio, lo que suscitaría gran atención de aquel grupo de jóvenes, tan pendientes y sedientos de novedades valiosas que cambiaran el panorama cultural, demasiado tranquilo, quieto y hasta rutinario, que los rodeaba.
Novedad y revelación fue, hacia 1904, la presentación del ballet. Es claro que todos habían visto actuar a los cuerpos de baile que ejecutaban los números que les correspondían en las óperas, pero que venían a ser como aditamentos espectaculares para mayor lujo y lucimiento de la ópera misma. El ballet, propiamente dicho es indudablemente otro género, y resultaba, para los más, una revelación; así lo dijo un cronista al reseñar el estreno de Coppelia: “El trabajo de Leo Delibes es una joya, una filigrana El público, como es natural, se encontró de pronto asombrado: no tiene costumbre de presenciar esta manera teatral y plástica de presentar las fábulas; le causa extrañeza el convencionalismo escénico, nuevo para él; sin embargo, lo sedujo…” 2
El ambiente musical de México, en los primeros años de 1900, era, a un tiempo, más rico y más pobre que hoy. En primer lugar, hay que descartar los medios mecánicos de reproducción y difusión musical, hoy abundantísimos y en su mayoría excelentes, que entonces no había. Pero es indudable que la entonces joven generación, que fue la de nuestros padres, y las que le precedieron, en ellas era mayor la proporción de personas que tenían conocimientos musicales, a nivel de ejecutantes de algún instrumento, y creo que también era mayor la proporción, en la población de la capital y ciudades de provincia, de quienes tenían otros más conocimientos de musicología: teoría, armonía, composición, etc., puesto que el número de profesores, en escuelas y clases particulares, eran, en proporción, como dije, más que actualmente. Pero el ambiente musical, por otra parte, era pobre, porque una serie de circunstancias —que no es el caso analizar, puesto que no se trata de hacer la historia de la música en México—, habían dejado con poco estímulo por parte de las grandes instituciones, concretamente el Estado y la Iglesia, que habían restringido su impulso en el campo de la música, y éste se encontraba cultivado, activa pero limitadamente, sólo por el esfuerzo individual, lo que dio por resultado un gran número de ejecutantes, sobre todo de piano y de violín, que tocaban en audiciones privadas y ocasionalmente en actos públicos. Las orquestas que existían en México y en varias ciudades de provincia, estaban fundamentalmente dedicadas a su trabajo en los teatros de género lírico —que, como se dijo, eran los más—, que era una de las fuentes económicas de que esos profesionales vivían. Parece increíble, más por desgracia era un hecho, que casi todo ese grandísimo acervo de música instrumental, en sus formas sinfónicas, que produjo la Europa del siglo XIX, en nuestro país había quedado prácticamente desconocido. No se cultivaba la gran música instrumental sino para el teatro lírico. Tal vez por lo mismo, por ejemplo, los últimos tres notables compositores mexicanos del siglo XIX, fueron pianistas y compusieron para piano: Ricardo Castro, Felipe Villanueva y Gustavo Campa.
Por eso fue notable y benemérita la labor de Carlos J. Meneses quien durante diez años, de 1902 a 1912, “con la Orquesta del Conservatorio que dirigía y había fundado, y movilizando él, de hecho, todas las fuerzas disponibles, implantó definitivamente, en México, el género instrumental universal en sus formas superiores”.3
Creo evidente que en esos conciertos, organizados y dirigidos por el Maestro Meneses, está el germen de Dramma per Musica, que Antonio Caso escribió algunos años después, y también el incentivo para la inquietud artística, musical, de Vasconcelos y de otros “ateneístas”; pero solamente el incentivo ante la impresión directa de las grandes obras, ¡que no es poco!, pero no había guías ni orientaciones, sobre todo frente a las obras entonces modernas que, a veces, podían escuchar.
Por ejemplo, el Maestro Meneses había tenido el ímpetu feliz de hacer oír, creo que hacia 1906, los Nocturnos y La siesta de un fauno, de Debussy. Pues bien, la incomprensión crítica era tal que, algunos años después, persona tan indudablemente ilustrada como Alba Herrera y Ogazón, escribía párrafos como éste: “Debussy, como Strauss, fue original, primero y luego se propuso serlo mucho más. De aquí ciertas extravagancias: esas dislocadas guirnaldas de sonidos, esos flotantes arabescos, esas exquisiteces enfermizas en su rebuscamiento quintaesenciado, esas sutilezas insubstanciadas como el humo, no tienen ni pueden tener nunca importancia al lado de obras de positiva solidez musical...”.4
En otro campo del arte, el de la pintura, en ese primer decenio del 1900, las cosas andaban, seguramente, peor. Apreciaciones de un reconocido crítico, Justino Fernández, son las siguientes:
“A fines del siglo XIX y principios del XX la decadencia, en materia de pintura, se acentúa de una manera lastimosa. El academismo agotado o desvirtuado sólo es capaz de hacer producir obras poco estimables, en los cuales los asuntos tratados tienden a ser una especie de grandes fotografías a color («Los borrachos», Fabrés). La emoción, la espontaneidad, el gesto original, casi han desaparecido, y en su lugar se advierte la timidez en las concepciones, el dibujo amanerado y el colorido de receta... Por este tiempo, el romanticismo de corbatón, de sombrero de alas anchas, capa española, y a veces con mostachos y perillas, se pasea por cafés y tabernas, hablando mucho y haciendo poco. Aun la producción popular que, a pesar de todo, mantiene siempre su interés, por no estar contaminada con las ideas sofisticadas, muestra una notable falta de calidad solamente substituida por la gracia y la ingenuidad mexicana.” 5
Tal vez convenga una breve glosa, que aclare más lo que Justino escribió: lo de que algunas pinturas de la época tendían a ser, o parecer, grandes fotografías a color, no es peyorativo sino verdad exacta y consecuencia de las ideas del propio maestro catalán, que vino contratado como Director de Pintura en la Escuela de Bellas Artes; hablando de él, dice José Clemente Orozco, quien fue su discípulo poco tiempo: “Las enseñanzas de Fabrés fueron más bien de entrenamiento intenso y disciplina rigurosa, según las normas de las academias de Europa. Se trataba de copiar la Naturaleza fotográficamente con la mayor exactitud, no importando el tiempo ni el esfuerzo empleado en ello. Un mismo modelo, en la misma posición, duraba semanas y aun meses frente a los estudiantes, sin variación alguna. Hasta las sombras eran trazadas con gis para que no variara la iluminación. Al terminar de copiar un modelo determinado durante varias semanas, un fotógrafo tomaba una fotografía del modelo a fin de que los estudiantes compararan sus trabajos con la fotografía”. 6
Y la tímida afirmación de Justino Fernández, ¿a quién se refería? cuando dice: “Alguno que otro artista independiente logra cierta originalidad que, a la postre, es absorbida por la influencia de las escuelas europeas. No obstante, en medio del decadente gusto general de estos años se distinguen artistas de personalidad...” 7 Puede uno preguntarse: ¿qué pintores distinguidos había en México, entre 1900 y 1910, en verdadero ejercicio creador, no en el puro magisterio de la academia?
Alfredo Ramos Martínez, que había regresado de Francia en 1898, permaneció aquí pocos años y se volvió a París, en donde estuvo hasta 1911. Lo mismo hizo el Dr. Atl, yendo y viniendo entre Europa y México. El mismo Leandro Izaguirre, también ausente, sólo regresó hacia 1906. Ángel Zárraga presentó una exposición, en 1904, entre dos viajes. Julio Ruelas, también se fue de nuevo a Europa, en los primeros años del siglo y no volvió más. Los viejos maestros eran eso, exactamente: Parra, Ibarrarán; inclusive el único verdadero gran pintor de su generación, José María Velasco, estaba como los otros al final de su vida, toda su obra estaba ya hecha y pertenecía a otra época.
Para quienes tenían inquietudes o secretamente esperaban que les despertasen, en cuanto a las artes plásticas y fundamentalmente la pintura, inquietudes e interés, no en plan profesional sino por sensibilidad y complemento de cultura en formación, sin duda quienes hubieran sido más provechosos podrían haber sido Ramos Martínez y el Dr. Atl, que conocían bien y a fondo la pintura y sus más modernas expresiones de entonces, como el impresionismo y el “fauvismo” y las más nuevas modalidades, en esos años florecientes. Pero ya dije que, en esa época, las exposiciones y permanencias en México, de aquellos pintores, fueron transitorias.

* * *

Los párrafos precedentes han tenido el propósito, muy limitado pero muy concreto, de señalar o apuntar el ambiente que, en algunos renglones del arte: el teatro, la música, la pintura, rodeaba a los jóvenes que cursaban, en la ciudad de México, sus estudios preparatorios o profesionales, hacia el año de 1900 y los que inmediatamente siguieron.
Ese ambiente o medio artístico era muy pobre. Del “arte”, los poetas, escritores, periodistas, de la generación del modernismo —la anterior a la del Ateneo—, hablaron muy frecuentemente y siempre en tonos de exaltación fervorosa era parte de la tónica de aquella “bohemia” que venía desde el romanticismo, y contra la cual reaccionaría la juventud del Ateneo. Se hablaba mucho de arte pero la verdad es que, salvo los dedicados más o menos profesionalmente a alguna de sus ramas, la mayor parte sabía poco de aquello. No hay, en decirlo, ni exageración ni, mucho menos, desvalorización de la época; es, simplemente, señalar una de las deficiencias existentes en el campo de la cultura mexicana de ese tiempo.
Lo importante, para el objeto del presente estudio es —así lo espero—, que por lo expuesto se explica que en asuntos de cultura artística, más que en otros, la generación del Ateneo tuvo que ser autodidacta y a base de lecturas; que la mayor parte de los de aquel grupo que salvaron ese escollo, lo hicieron ya en su madurez, cuando pudieron ver y vivir otros países y ampliando y completando intensas y meditadas observaciones o lecciones.
También ese medio ambiente señalado, justifica que la formación intelectual de quienes la tuvieron, entre los fines del siglo pasado y los comienzos del presente, y después de la formación inicial sus propios impulsos de renovación, éstos se hayan encaminado por los campos de la literatura y la filosofía, animados siempre por lo que por medio de libros iban conociendo y entusiasmados por el fruto de los mismos, ya que casi no tuvieron más guías que sus lecturas y la fecunda discusión entre ellos mismos.
Pero, por lo pronto, esa generación, por razón de edades, realiza sus estudios primero en la Escuela Nacional Preparatoria y, luego, en las escuelas profesionales, la mayor parte, como veremos, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, entre los años de 1900 a 1910, aproximadamente. De las dos escuelas mencionadas la más formativa fue la primera, por lo que conviene revisar, en somera ojeada, lo que fue y en ella había.

*Tomado de José Rojas Garcidueñas. El ateneo de la juventud y la revolución. Patronato del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, D.F. 1979.

Notas:
1. Jesús Galindo y Villa. Historia sumario de la ciudad de México. Editorial Cultura, México, 1925.
2. El Imparcial, 4 de agosto de 1904. Citado en: Luis Reyes de la Maza, El Teatro en México durante el Porfirismo, tomo III. Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, México, 1968.
3. Carlos Chávez. “La música”, en: México y la Cultura. Secretaría de Educación Pública, México, 1946. pág. 532.
4. Ibídem.
5. Justino Fernández. El arte moderno en México. Antigua Librería Robredo, José Porrúa e hijos, México, 1937. págs. 181-183.
6. José Clemente Orozco. Autobiografia. Eds. Occidente, México, 1945. pág. 14.
7. Justino Fernández, Op. cit., loc. cit.