REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Antonio Velasco Piña: testigo del Movimiento de 1968


Jesús G. Tamayo Medina

Frente a la ventana que el mundo nos ofrecía para mostrar nuestra modernidad, progreso y justicia. 1968 ha pasado a la historia como un año de jóvenes, de inquietudes, de protestas y también de represión, balazos y golpes. A la distancia parece increíble todo lo sucedido en sólo un año, y sin embargo, nada de aquel 1968 surgió por generación espontánea; de alguna manera se fue cocinando, preparando, gestando, para que, sin demasiados avisos, irrumpieran en distintos lugares del mundo esas voces de jóvenes que representaron la esperanza y el hartazgo. Representaciones paradójicas que marcaron nuevos rumbos e hitos que a la fecha nos siguen impactando. Un año tan peculiar como lo fue 1968 es atraído por miradas distintas, por diferentes maneras de observar el fenómeno y por lo mismo, de actuar en consecuencia. Mirar no es “ver”, más bien implica interpretar para de ahí actuar. De cada acción se desprende de una manera específica y única de “mirar” lo acontecido. El libro de Regina, 2 de octubre no se olvida es una mirada atrevida, radicalmente distinta, creativa y a la vez, apegada a hechos e impregnada de magia que nos ayuda a convertir nuestro ser observador de ese momento histórico para México, con ojos que rebasan los acontecimientos en sí mismos, para enseñarnos que cuando sucede algo de semejante magnitud, es imposible analizarlo sólo a la luz de lo acontecido, para entonces permitirnos agregar significados, robarle intimidad al hecho, para en él, descubrir dimensiones desconocidas que rescatan de nuestro pasado y de la sabiduría universal, para proyectar a México a la misión de lucha en la que siempre se ha encontrado. Toda la historia, la recogida por los hechos, la interpretada desde diversas miradas, la enriquecida por la novela y sus circunstancias y personajes, suman en conjunto algo que a la historia siempre conmueve y atrapa: los gritos de fe emitidos por gargantas ansiosas, esperanzadas y cansadas. Lo mágico del texto y de la música que se nos regala en este libro me lleva a preguntarme respecto a qué tipo de codicia respondió todo este movimiento. Claro que mi punto de partida, es por lo tanto, afirmar que gran parte de la historia de nuestro país, está ligada a una magnífica representación de lo que significa la codicia insaciable. ¿En 1968 que se nos quiso arrebatar?, ¿qué querían llevarse los que participaron en uno u otro bando? ¿Se trataba de destruir la estructura económica?, ¿de un hartazgo político?, ¿de estudiantes inconformes infiltrados por los “comunistas” de la época?, ¿una simple protesta por las olimpiadas en puerta?, ¿arrebatarnos la cómoda indiferencia del México tan moderno como marginado? Regina nos lleva a vivir esta convulsión social, de identidad y definición, en un juego de historias, tradiciones y, por lo tanto, reflexiones que a mi juicio, hacen resaltar aquel dos de octubre con un enorme peso de la historia y, sobre todo, de la responsabilidad que implica interpretar los hechos desde esta mezcla de herencias y simbolismos. El simbolismo que nos aporta el texto, nos conduce a liberar nuestro alfabeto de ideales respecto a México. 1968 representa el inicio de una nueva etapa, un nuevo ciclo que ha ayudado a disminuir nuestro ancestral analfabetismo patriótico y despertar la responsabilidad individual y social frente a la misión de nuestra nación. Lo que nos ofrece la experiencia de octubre de 1968, es haber caído en la cuenta que el “desarrollo estabilizador” y la entrada de México en la modernidad, sólo eran fantasías de discursos e ilusiones sin sustento. Desde la óptica de la apariencia y de la historia oficial, la revolución mexicana había generado al país el rumbo correcto, para 1968, dicha revolución desde la oficialidad y en términos prácticos, se había convertido en el esquema del desarrollo estabilizador que antes hice mención. Toda esta fantasía gubernamental, de empresarios de vista corta y cartera amplia, sindicatos a modo, campesinos olvidados, sociedad adormilada, se convirtió en rechazo, injusticia, abandono e ignorancia. Crítica, algo de auto crítica, cambio eran las palabras atrás de los carteles y de los gritos de protesta. Una crisis de conciencia. Lo que somos, lo que presumimos que hemos logrado, no sirve para nada, todo está mal. 1968 representa el momento en que el sistema político y sus controles quedaron expuestos como herramientas débiles y altamente vulnerables. No se sabía qué hacer, contra quién ir, a quién atacar. La dualidad de pueblo adormecido con gobiernos ajenos a la realidad de su propia población, pero protegidos con simulaciones de control, quedó desmantelado en ese año. El texto de Regina y su travesía entre realidades históricas y personajes con alta carga simbólica, nos ayudan a develar que la fuerza y el poder del gobierno, eran otra simulación más de los logros de la modernidad que surgió de nuestra revolución. Es decir, no sólo la economía, educación, seguridad, fuerza laboral, iniciativa privada, el campo, etc., contaban con avances y fortalezas apenas suficientes, además, el gobierno y su poder, resultaron ser otra careta del vacío y de casi nada. De ahí que únicamente la fuerza bruta sin control, reaccionó ante lo difuso de la protesta. Golpear a todos, encontrar o inventar culpables, acudir a la imaginación para inventar enemigos fantásticos que amordazaban a nuestro país. Hasta la fuerza resultó ser pírrica, no por los resultados de aquella noche fatal y sus muertos y desaparecidos, sino por lo vergonzoso de su accionar. Si por un momento admitiéramos que 1968 fue un año de quiebre de conciencia nacional, entonces el valor de la aportación de Antonio Velasco Piña a través de Regina y sus circunstancias, nos ayuda a observar, mirar, decíamos al inicio de este texto, dicho fenómeno a través de esta mezcla de hechos, interpretaciones, deidades, experiencias místicas de diversos orígenes y expresiones, de una manera distinta. El tamaño del impacto de este inicio de nueva conciencia, ha sido de tal magnitud, que el autor convoca a la diversidad de significados, para reunirlos y juntos aprender de la experiencia que va mucho más allá del análisis histórico, en el fondo, se trata de decirnos que la enormidad del reto para construir, develar, descubrir nuestra nueva conciencia, requerirá del amplio concurso e intervención de influencias místicas para “ver y mirar” y por lo tanto actuar, conforme al llamado que nuestra nación tiene dentro del concierto mundial. Nuestra mexicanidad, interpreto lo que nos dice Velasco Piña, no está limitada a la historia de un territorio determinado, sino a la capacidad de convocar la diversidad hacia las profundidades del dolor y la lucha, para de ellas emerger una conciencia infinitamente más amplia de la que hoy tenemos; sin embargo, sin la experiencia dolorosa y simbólica del 68, no sería posible siquiera imaginar lo que logramos ver y aprender de nosotros mismos y de la apertura a lo distinto. En la mezcla de la cosmovisión en la que nos conduce el texto de Velasco Piña, uno se encuentra con una realidad plasmada de manera sencilla, aunque llena de personajes únicos y de fuerza específica, que al descubrirla aparece una de las principales características de 1968 en México. A través de un camino complejo, pero que parecía el único, México se inaugura con una ciudadanía que quiere participar, tomar parte en los asuntos públicos. La ciudadanía como un elemento de participación era, hasta ese momento inexistente. Lo poco y débil con lo que contábamos estaba “controlado” desde los despachos del poder público. La codicia sumada a los intereses particulares, habían dado sus frutos de equilibrio de fuerzas. En 1968 eran inexistentes las herramientas que facilitaran la participación ciudadana para atender las necesidades mismas de los administrados. La “socialización” de la política y ampliar el campo de lo público hacia esferas de la sociedad no eran realidades ni cercanamente visualizadas y mucho menos deseadas. El gobierno se encargaba. Digamos que de las banderas y consignas de ese momento, hoy podemos identificar intereses de grupos ciudadanos que de manera unificada tienen aspiraciones sociales comunes; hoy a la distancia, bien podemos afirmar, que ese aparente pequeño hilo conductor, fue el que abrió la puerta a la construcción de la vida democrática en México. Imposible imaginar elecciones más o menos trasparentes o triunfos de la oposición, sin antes haber transitado por 1968 y su fuerza diversa y ancestral. Quizás para muchos mexicanos, la vida democrática surgió gracias a la insistencia y a ratos paciencia de los partidos políticos de antes y de ahora. Esta afirmación resulta muy pobre, ya que la manera como en aquel entonces grupos ciudadanos decidieron irrumpir y participar, estuvo lejos de los partidos políticos, aunque efectivamente, muchos de aquellos inquietos y valientes, fueron absorbidos por grupos de poder “oficial” y clandestino. Pero en ese momento, sólo eran ciudadanos. Este proceso ha llevado años, la pedagogía ciudadana es una materia compleja que no se aprende o acepta de repente. Requirió primero de vivir experiencias del movimiento social, más adelante fue tomando cuerpo con la creación de nuevas formas de participación y convirtiendo reclamos en derechos. Digamos, que a la distancia, la experiencia de 1968 se fue traduciendo en que la ciudadanía se convierta en coautora de la nación. Se creó, sin querer, una nueva relación entre el gobierno y la sociedad. El Estado se movió. Aunque a la fecha podemos afirmar que el movimiento de participación ciudadana es todavía incipiente, hoy gobierno y ciudadanía se hablan entre iguales con mucha más libertad que hace casi 50 años. Falta mucho por avanzar, quizás el rasgo más significativo para la pedagogía ciudadana, sea la transparencia gubernamental en todas sus acciones y órganos de gobierno. La transparencia es el vehículo primordial de la participación ya que sólo así se logra un intercambio de saberes, experiencia, conocimiento. Aunado a este atributo de visibilidad, hemos avanzado en descentralizar, es decir, acercar a donde la gente está y vive. Implica autonomía para planear y ejecutar. La pirámide inaccesible y oscura del poder, empezó a disipar su neblina a partir de 1968, aunque falta mucho por recorrer. Me atrevo a decir que los personajes de nuestro texto no son obreros o campesinos, empresarios o incluso solamente estudiantes. Me parece que representan esa clase media inquieta, incomoda, crítica que antes de 1968 había permanecido en proceso de incubación. Era la clase no representada dentro de las estructuras del partido, era una sociedad olvidada, ignorada, simplemente porque no hacía ruido. Frente a todas las demás “fuerzas” sociales, los gobiernos de la post revolución, fueron capaces de crear sus contrapesos, controles, corruptelas, beneficios, etc., a cambio de complicidad y silencio. Pero frente a la clase media, latente y en crecimiento, el poder no había creado nada para controlarla en caso necesario. A través del movimiento de 1968 en México, alzó su voz, se presentó e irrumpió para siempre dentro de los destinos de nuestra nación. Los acontecimientos trascendentes, tienen raíces antiguas, diversas y holísticas, así como las consecuencias que se desprenden. La sensación con la que me quedo es de inquietud y cierto nivel de inconformidad, ya que al estar ahora más consciente de nuestra responsabilidad frente a esta energía desatada, resulta imposible permanecer en la ignorancia o indiferencia. La respuesta está en seguir creando puentes y caminos que dirijan la energía de la mexicanidad hacia espacios de profundidad, reflexión, más silencio y mucho más acción. Que el 2 de octubre nunca se olvide.