REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 01 | 2020
   

Letras, libros y revistas

El delirio de los animales. La locura en “Moisés y Gaspar”, de Amparo Dávila


Jorge Luis Herrera

Para Ana María y Gregorio Aramayo

Por algún enigmático motivo, la obra de la poeta y narradora Amparo Dávila (Pinos, Zacatecas, 1928) no ha recibido la atención merecida por parte de las editoriales (sus libros se han reimpreso pocas veces y la distribución ha sido limitada) ni por parte de los críticos, lo que ha provocado que esta escritora se haya convertido en una presencia casi mítica dentro del mundo literario mexicano y que la visión sobre su literatura sea bastante parcial (por ejemplo, predomina la idea de que la totalidad de su narrativa pertenece al género de lo fantástico). Apenas en el 2008, con motivo del ochenta aniversario de la escritora, se comenzó a revalorar su trabajo literario y se realizó una serie de homenajes en todo el país; un año después, el FCE publicó su narrativa reunida. Sin embargo, a pesar de este boom, el número de trabajos críticos sobre la obra de Dávila es reducido.

La zacatecana es una escritora que, independientemente de las cualidades de su prosa -que se caracteriza, sobre todo, por su pulcritud y contundencia-, es capaz de violentar a los lectores por medio de la creación de mundos herméticos, nocturnos, demenciales, oscuros, grotescos… En general puede decirse que la narrativa de Dávila es muy profunda en cuanto al conjunto de ideas, imágenes, emociones, símbolos, obsesiones y significados, y que cada relato provoca en el lector la sensación de que bajo la historia central fluyen diversos ríos subterráneos. Un buen ejemplo de esto es el cuento al que dedicaremos este ensayo: “Moisés y Gaspar” (incluido en Tiempo destrozado) donde, como en muchos otros relatos de Dávila, la locura tiene un papel fundamental tanto en el desarrollo de la historia como en la interpretación de la “realidad” que hacen los personajes; por ello intentaremos destacar dicho elemento, lo que, en consecuencia, sentará las bases de nuestro análisis.

A grandes rasgos, “Moisés y Gaspar” relata la historia de un hombre solitario, Juan Kraus, que pierde a su hermano -su único familiar y amigo-, llamado Leónidas, quien, como parte de su herencia, le encarga la “tutela” de dos enigmáticos seres, Moisés y Gaspar, los cuales destruirán paulatinamente la vida del protagonista, quien primero se verá forzado a convivir con ellos, luego tendrá que distanciarse de la mujer con la que mantenía una relación “amorosa”, después deberá mudarse de su hogar y emprender un penoso peregrinaje (porque es echado de todos los departamentos a los que llega, por el desorden y el escándalo que provocan), y finalmente abandonará su empleo y terminará resignándose a vivir con ellos en una vieja y pequeña finca en las afueras de la ciudad, consciente de su imposibilidad para determinar su propio destino: “Allí viviríamos los tres, lejos de todos […] estrechamente unidos por un lazo invisible, por un odio descarnado y frío y por un designio indescifrable” (86). Así, el protagonista atestigua pasivamente la manera en que se van disolviendo su libertad, su personalidad y su identidad.

El cuento está construido con cuatro personajes principales: Leónidas, Juan -quien narra la historia en primera persona del singular- y Moisés y Gaspar; aunque los dos últimos son como una simbiosis fantasmal (ninguno realiza acciones que los distinga entre ellos). Además, aparecen algunos personajes incidentales: Susy, la mujer con la que Juan mantiene una relación “amorosa”; la portera del edificio donde vivía Leónidas, que es quien descubre que éste murió; los asistentes al entierro de Leónidas, que se presentan como una masa uniforme sin identidad ni rostro; el portero del edificio de Juan, quien es el portavoz de los vecinos y quien le hace saber que Moisés y Gaspar provocan mucho alboroto; los múltiples vecinos de Juan en todos los departamentos que habita, que son otra muchedumbre sin identidad específica, que se dedica a quejarse y a odiar a Juan por el desorden que causan Moisés y Gaspar.

Leónidas es presentado como un ser solitario; no obstante, se sugiere que, a diferencia de Juan, sí tiene algunas amistades (porque asisten varias personas a su entierro). Él llevaba una vida modesta y era empleado: se dice que laboró como cajero en un banco y que después, cuando se trasladó de ciudad, consiguió otro trabajo, aunque no se especifica cuál. A pesar de que en el cuento Leónidas sólo interactúa por medio de los recuerdos de Juan, tres máximas de su mentalidad son las premisas de la historia: “‘es inútil resistirse, podemos dar mil vueltas y llegar siempre al mismo punto de partida…’ ‘Hemos sido muy felices, algo tenía que surgir, la felicidad cobra tributo…’ 8…) (Y) ‘Hay cosas contra las que no se puede luchar (…)’” (80). Dichas sentencias cobran mayor sentido cuando el lector se entera de que Leónidas dejó todas sus cosas arregladas antes de morir; se dice que posiblemente quemó sus papeles personales, que vendió sus muebles (pretextando un viaje), que empacó sus pertenencias en un par de baúles y que dejó como beneficiario de su cuenta bancaria a Juan.

Aunque en ningún momento se habla directamente de suicidio, sí se enfatiza lo repentino de la muerte y el hecho de que, quizá, dispuesto a dejarse cobrar el tributo que la felicidad exigía y cansado de luchar por “llegar siempre al mismo punto de partida” (en otras palabras, la imposibilidad de liberarse de sus fantasmas interiores, representados por Moisés y Gaspar), se quitó la vida. La importancia de las sentencias antes mencionadas se refuerza al final del cuento, ya que el protagonista las utiliza para tratar de aceptar su situación y termina citando una de ellas:

¡Leónidas, Leónidas, ni siquiera puedo juzgar tu decisión! Me querías, sin duda, como yo te quise, pero con tu muerte y tu legado has desecho mi vida. No quiero pensar ni creer que me condenaste fríamente o que decidiste mi ruina. No, sé que es algo más fuerte que nosotros. No te culpo, Leónidas: si lo hiciste fue porque así tenía que ser… “Podríamos haber dado mil vueltas y llegar siempre al punto de partida” (86-87).

El lector no tiene mucha información alrededor del protagonista; se sabe que la persona más importante en su vida era Leónidas, a tal grado que afirma: “Con Leónidas se había ido la única dicha, el único gran afecto que me ligaba a la tierra” (80). Juan vive entregado a su trabajo y a la soledad. Sólo se vincula con Leónidas, durante las vacaciones, y ocasionalmente con Susy, con quien tiene una relación que se reduce, casi de manera exclusiva, a un encuentro sexual a la semana (incluso se afirma que prácticamente no hablaban). En apariencia es un hombre metódico que cumple con ciertas rutinas y que no tiene interés en vincularse con nadie más. De todos los elementos que se dicen sobre él, tal vez el más significativo es el relativo a su situación mental: “Yo vivía tranquilo por algún tiempo […] pero de pronto reaparecían en mí viejos y conocidos síntomas de nerviosidad, cóleras repentinas y melancolía” (83). Este aspecto, sumado a otros que se analizarán más adelante, pone en alerta al lector y lo hacen dudar sobre la interpretación de la “realidad” que realiza el protagonista. A esto puede aunarse la reiteración sobre la actitud antisocial de Juan, quien vive aislado del mundo, como un misántropo, porque no sabe cómo vincularse afectivamente con las personas y porque, según dice, tampoco le interesa. Al haber perdido a Leónidas, Juan se encuentra verdaderamente solo, y, más tarde, por si fuera poco, se aleja de Susy, lo que podría ser el detonante final de su desequilibrio mental.

El narrador menciona sutilmente otro aspecto relacionado con su posible desequilibrio mental: “Inseparables desde niños (Leónidas y Juan), la guerra nos alejó durante varios años. Encontrarnos, después de la lucha y la soledad, constituyó la mayor alegría de nuestras vidas” (80). Esta experiencia pudo haberle provocado un gran sufrimiento y, por qué no, tal vez el estrés que se vive en un ambiente de guerra le detonó algún padecimiento mental. Nos inclinamos a pensar que sufría de paranoia porque posee varios de los síntomas característicos de dicha enfermedad: interpreta algunas situaciones de manera delirante; sus pensamientos son claros y la manera en que los expone resultan hasta cierto punto convincentes (el principal problema es que parten de una premisa falsa); por último posee un gran poder de persuasión y de “contaminación”, en este caso Juan “contamina” con su delirio a los lectores y los inserta en su “mundo”. El poder de persuasión que ejerce el narrador sobre el lector, para que éste crea sus delirios, está reforzado por la descripción que realiza del “mundo”, que en general es coherente; excepto por su interpretación en torno a Moisés y Gaspar, Juan alude a una “realidad” perfectamente reconocible.

En relación con el estado mental del protagonista y con su manera de percibir la “realidad”, también llama la atención la forma en que comienza el cuento, pues durante el primer párrafo se enfatizan la humedad, el frío y, sobre todo, la niebla:

El tren llegó cerca de las seis de la mañana de un día de noviembre húmedo y frío. Y casi no se veía a causa de la niebla (…) la niebla me penetraba hasta los huesos (…) Todo: escalera, pasillos, habitaciones, estaba invadido por la niebla. Mientras subía creí que iba llegando a la eternidad, a una eternidad de nieblas y silencio. (…) los rostros se borraban entre la niebla y la lluvia (79-80) [Énfasis añadido].

Esta insistencia en la niebla permite suponer que el protagonista percibe la “realidad” a través de un velo brumoso que le impide observar con nitidez, hecho que, por sus apreciaciones y acciones, se confirma más adelante. Coincidentemente, según el mitólogo y escritor Juan Eduardo Cirlot, la niebla simboliza: “(…) lo indeterminado (…) el oscurecimiento” (324). Todo esto abre la posibilidad de que las extrañas acciones atribuidas a Moisés y Gaspar tengan su origen en la mente trastornada de Juan. Sorprende, en primer lugar, que les adjudique sentimientos y pensamientos, pues éstas son características del ser humano y no de las demás especies animales. En el mismo tenor, también asombra el hecho de que gran parte de las alusiones a Moisés y Gaspar están marcadas por la duda, es decir, cuando Juan describe sus acciones lo hace con reservas (esto incrementa la ambigüedad), lo cual podría ser un signo de que aún no está totalmente loco; por ejemplo dice: “No sabía hasta qué punto entendían las cosas” (81) y “Se me acercan silenciosamente, como tratando de olfatear mi estado de ánimo o, tal vez, queriendo conocer mi pensamiento” (86) [Énfasis añadido].

La ambigüedad en torno a Moisés y Gaspar -que brinda gran parte de la efectividad al cuento- surge del hecho de que nunca se establece claramente qué clase de seres o animales son. Al principio de la narración el lector puede suponer que se trata de perros o gatos, porque son presentados como animales que estaban echados a los pies del cadáver de su dueño. Sin embargo, conforme va avanzando el cuento, el lector conoce un poco más sobre ellos, lo que lo obliga a dudar y a pensar que no se trata de simples animales domésticos, pues por ejemplo se dice que lloran tanto, que sus lágrimas caen hasta el piso; que viajaron, muy disgustados, en el vagón del equipaje; que comen fruta y queso; que acostumbran tomar el desayuno a las siete de la mañana en punto y que no toleran la impuntualidad; que ríen, gritan, juegan, se lanzan objetos, se encolerizan y que gustan de dormir en cama. En ese sentido, tal vez la descripción más peculiar y paradójica -porque simultáneamente resulta ridícula y terrorífica- de estos personajes es la siguiente:

El edificio parecía venirse abajo con el ruido tan insoportable que salía de mi departamento. Abrí la puerta, Moisés estaba parado sobre la estufa y desde allí bombardeaba con cacerolas a Gaspar, quien corría para librarse de los proyectiles gritando y riéndose como loco. Tan entusiasmados estaban en su juego que no se dieron cuenta de mi presencia.

Las sillas estaban tiradas, las almohadas botadas sobre la mesa, en el piso… Cuando me vieron quedaron como paralizados (84-85).

Es importante enfatizar que la duda sobre la identidad de Moisés y Gaspar es sembrada no necesariamente por las acciones que ellos llevan a cabo, sino, como ya se dijo antes, por las acciones que les atribuye el protagonista, quien evidentemente funciona como filtro deformante; por ello, el lector debe tomar con reservas sus opiniones, pues, además, éstas son variables e inconsistentes. Aparte de las apreciaciones de José sobre Moisés y Gaspar, en el cuento hay otros tres supuestos testimonios: dos son introducidos por el narrador a través del diálogo directo y el otro por medio del diálogo indirecto; llama la atención que este último describe la única situación en la que alguien que no sea José reacciona con terror ante estos seres: cuando Susy los ve y huye despavorida, negándose incluso a volver a entrar al departamento de Juan mientras ellos estén ahí; sin embargo, los otros dos, cuando la portera del edificio de Leónidas y el portero del edificio de Juan se refieren a ellos, lo hacen con relativa naturalidad. Además, el lector sabe que Moisés y Gaspar pudieron viajar en tren (obviamente en el vagón de carga, por no ser humanos), lo que permite suponer que se trata de animales y no de seres con apariencia monstruosa.

Hay otro aspecto que llama la atención alrededor de Moisés y Gaspar: sus nombres. De acuerdo con el escritor Gutierre Tibón, Moisés es un nombre de origen hebrero que significa “el que saca”, “el liberador” (172), lo que en el contexto del cuento resulta paradójico, pues el papel que este personaje juega es el contrario: en lugar de ser el liberador, es el esclavizador. Por otro lado, Gaspar es un nombre de origen persa que, según Tibón, significa el “administrador del tesoro” y, además, de acuerdo con la tradición católica Gaspar fue uno de los Reyes Magos que le llevaron un obsequio a Jesús de Nazaret (111-112); en el entorno de la narración, esto podría interpretarse de la siguiente manera: una herencia es como un regalo que una persona, al morir, deja a otra por voluntad propia, y quien lo recibe lo hace libremente; partiendo de esta base es posible considerar que Gaspar fue un “regalo” que Leónidas dio al protagonista, y que Gaspar se convierte en administrador de sí mismo, porque él, junto con Moisés, orillan a Juan para que haga lo que ellos desean.

En este punto vale la pena realizar un paréntesis para decir que la presencia de seres como Moisés y Gaspar, es decir, de animales reales o imaginarios, y el fatídico papel que desempeñan en el destino de los personajes es un elemento recurrente en la narrativa de la zacatecana, donde en general funcionan como depositarios de las proyecciones de los protagonistas, es decir, estos últimos ponen en ellos sus propios temores, maldades, represiones, obsesiones y delirios, y a pesar de que desean destruirlos, en la mayoría de los casos sus intentos son vanos. Por eso siempre buscan “salidas alternas” y luchan contra sus monstruos, tratando desesperadamente de liberar su conciencia, que ha sido capturada por los fantasmas de su inconsciente.

Ahora bien, volviendo al tema del posible desequilibrio mental de Juan, hay un rasgo que lo confirma: su pasividad mientras su “mundo” se desmorona frente a sus ojos. A pesar de que Juan es aparentemente consciente de su situación, la acepta como si tuviera que cumplir un mandato superior o como si fuera víctima del destino; esto puede ser visto como una actitud evasiva, pues prefiere renunciar a todo antes de enfrentar a sus “demonios”. Esta postura ante la vida es un elemento recurrente en la narrativa de Dávila, quien en entrevista afirmó: “[…] Para todos mis personajes el tema de la evasión es fundamental […] Si hay un caos interior éste se proyecta hacia afuera, por lo que no hay escapatoria posible, hay que enfrentarse y asumir los compromisos (morales o materiales).

No debemos ni podemos escapar de nosotros mismos” (Herrera 31-32). En la misma entrevista, más adelante, al contestar la pregunta de si cree en el destino, Dávila responde afirmativamente y explica que lo concibe: “como una maraña que nos atrapa y nos mueve. Es imposible huir de uno mismo y del destino” (Herrera 32). Dicho destino es evidente en el desenlace del cuento que nos ocupa, pues el protagonista está a punto de dar el brinco al vacío, a un reino desconocido dominado por las sombras y por el delirio, luego de haber aceptado renunciar a todo, con tal de ser capaz de vivir con y para Moisés y Gaspar. La narración concluye luego de que Juan compra una pequeña finca y cuando asume que no tiene escapatoria; entonces trata de comprender el motivo por el que Leónidas le dejó esa herencia y supone que su situación, al igual que la de su hermano, fue provocada por algo mucho más fuerte que ellos, quizá por su incapacidad para controlar los fantasmas que han poseído sus mentes.

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* Jorge Luis Herrera es autor del libro Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos (Universidad Veracruzana, 2009). Ha participado en distintos talleres de creación literaria y ha colaborado con cuentos, entrevistas, reseñas, ensayos y/o fotografías en diversas publicaciones como el suplemento cultural El Ángel”del periódico Reforma, y en las revistas Los Universitarios, Juku Jeeka, Tierra adentro, Literal, Casa del tiempo, Siempre!, Universo de El búho, La colmena, Ciencia ergo sum, Leguaraz, Opción, Luvina y Desarrollo académico (UPN).

Amparo Dávila (1928) es autora de tres libros de poesía: Salmos bajo la luna (1950), Perfil de soledades (1954) y Meditaciones a la orilla del sueño (1954); y de cuatro de cuento: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964), Árboles petrificados (1977, Premio Xavier Villaurrutia) y Con los ojos abiertos (2008).

El primer libro de cuentos publicado por Amparo Dávila, Tiempo destrozado (1959), incluye doce relatos que, en términos generales, describen personajes, sucesos y elementos comunes que por diversas causas se van volviendo extraños. Dávila no inventa universos puramente fantásticos, sino que diluye el orden del mundo y la personalidad e identidad de los personajes, quienes se van distanciando paulatinamente de la “realidad” y se disuelven caóticamente frente a sus temores, obsesiones y padecimientos mentales; sin embargo, es preciso remarcarlo, nunca se desligan por completo del mundo “real” y cotidiano; de hecho, la imposibilidad de abandonarlo es parte de la problemática central de casi toda la narrativa de Dávila.

La portera afirma, incluso, que los alimentó dos veces al día antes de la llegada de Juan, y el portero se queja del ruido que surge del departamento de Juan cuando éste sale, pero en ningún momento considera a Moisés y Gaspar como seres monstruosos, ni siquiera peligrosos (79-80 y 84).

Aparecen en cuentos como “El huésped”, “La celda”, “Música concreta”, “La señorita Julia”, “Tiempo destrozado” y “Alta cocina”.


Fuentes

Cardoso Nelky, Regina y Laura Cázares (eds.). Amparo Dávila. Bordar en el abismo. México: ITESM / UAM, 2009. (Colección Desbordar el canon).
Cirlot, Eduardo. Diccionario de símbolos. 3ª ed. Barcelona: Labor, 1979.
Dávila, Amparo. Cuentos reunidos. México: FCE, 2009. (Colección Letras Mexicanas).
Estébanez Calderón, Demetrio. Diccionario de términos literarios. 5ª reimp. Madrid: Alianza, 2006.
Farlex. “Medical dictionary”. The free dictionary. Internet. Jul. de 2011.