REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 01 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Correlaciones entre historia y poesía: EL CANTAR DE MIO CID


Marisa Trejo Sirvent

Los árabes llamaron a este personaje real: Cid, Sid o Sidi, mi señor, jefe (en su lengua), y los castellanos, Campeador, nombre que se ganó venciendo, en un combate a un caballero Navarro. Su nombre verdadero fue Rodrigo Díaz de Vivar (1040-1099). Debió ser un Juglar de la región de Medinaceli, de acuerdo a Menéndez Pidal, caballero castellano admirado por su pueblo por su carácter rebelde e independiente. Héroe victorioso contra Moros, durante la reconquista (larga lucha emprendida por los españoles para arrojar de la península a los musulmanes que comprendió desde la invasión de los árabes en 711, hasta su total expulsión en 1492); contra Almorávides (tribu africana que invadió la España Musulmana, destructores de las cortes de taifas andaluzas y que traían el Islam); y contra nobles de linaje que lo despreciaban. Este poema rescata los valores de su tiempo, el héroe es un buen padre, un esposo tierno pero también un valiente guerrero.

En la literatura española representa la única obra completa, de nuestra antigua épica escrita en romance, de notable calidad artística, riqueza expresiva y un realismo poco habitual. Cuenta a su vez con elementos de carácter lírico que brindan variedad y belleza a la obra. Esta obra contiene también los rasgos característicos del estilo oral, así como ciertos detalles humorísticos imprescindibles en toda pieza literaria destinada a ser recitada en público, o más bien, cantada, acompañada de música.

Menéndez Pidal afirmó que la poesía más antigua tenía que estar basada en hechos reales. Era una manera de completar la historia. Es precisamente, en el género épico donde lo que ha sido historia o hechos históricos relacionados con héroes y batallas se transforman en leyenda y mito, mediante el proceso de la tradición oral. Es la correlación entre historia y poesía. Sin embargo, estamos de acuerdo que para “estudiar el desarrollo de una poesía histórica tradicional, hay que remontarse a los hechos realmente ocurridos, a la fuente de historia verdadera y exacta, causa directa de su inspiración; pues así se podrán apreciar mejor los elementos artísticos que para su elaboración fueron sacados de la realidad misma y también se podrán analizar detenidamente, aquellos rasgos ficticios con que esos hechos fundamentales fueron completados y ensanchados por la imaginación del pueblo, convirtiendo de esta manera la historia en leyenda” (1).

El Poema de Mío Cid es una obra de autor anónimo, del género épico, que está considerada como la primera obra maestra de la literatura Castellana, y es, a su vez, el más antiguo Cantar de Gesta (poemas donde se celebran las hazañas de los héroes y que corresponde al primer brote de la poesía española, el Mester de Juglaría). Sus antecedentes inmediatos se hallan en la poesía épica francesa, cuya obra más destacada fue La Chanson de Roldand, también de autor anónimo: “los poemas épicos franceses -La Chanson de Rondand y otras chansons posteriores- influyeron decisivamente en la concepción y en la expresión del Cantar de Mío Cid. Es inimaginable que pudo haber sido éste de no haber existido tan aventajados modelos” (2).

Al remontarse a los antecedentes de las obras épicas francesas vemos que “en los siglos XII y XIII ya existía una literatura generalmente anónima. Aparecieron entonces los primeros historiadores, Les Chroniqueurs. Era todavía una literatura de tipo feudal, adaptada a la organización política y social del tiempo. En un principio, surgió una poesía épica, los cantares de gesta. Después vino una poesía novelesca, Los Romans Bretons, y una poesía didáctica y alegórica cuyo modelo fue el Roman de la Rose. No eran poemas escritos sino que los cantaban y los recitaban poetas errantes, llamados Trouvères en lengua Oil, y Troubadours en lengua Oc. Al final del siglo XII, se desprendió la historia de la poesía épica y aparecieron los primeros historiadores, los Chroniqueurs” (3). En España, en cambio, historia y poesía siguieron unidas no sólo durante la épica sino que esta tradición se conserva hasta la lírica. Antonio Alatorre comenta que fueron “las tradiciones, muertes y venganzas de esos tiempos, arregladas y debidamente hermoseadas, que dieron materia para los primeros poemas épicos de Castilla… Se sabe que hubo cantares juglarescos sobre las agitadas pendencias de castellanos” y leoneses, y en especial sobre Fernán González, pero seguramente nunca se pusieron por escrito. De los cantares sobre el épico cerco de Zamora y sobre los desventurados Infantes de Lara no quedan sino vestigios, gracias a que en el siglo XIII fueron prosificados por escritores que, muy poco científicamente, los vieron como auténticos documentos históricos y los incorporaron a las crónicas. Uno de los cantares así prosificados fue justamente el del Cid, pero éste tiene la singularidad de habernos llegado, además, en su forma poética escrita” (4).

La estructura del texto, según Menéndez Pidal se divide en tres partes: 1) El Cantar del destierro (hasta el verso 1085); 2) El Cantar de las Bodas de las hijas del Cid (hasta el verso 2277); y 3) El Cantar de la afrenta de Corpes. Su versificación es irregular, en su mayoría son versos alejandrinos.

El Manuscrito que se conserva de esta obra en la Biblioteca Nacional de Madrid, España, fue copiado por Per Abbat y consta de 74 hojas de pergamino con un total de 3,730 versos asonantados (de rima asonante) y de metro variable. Su copista debe haberlo trascrito de su original en Aragonés, el cual probablemente data de los años entre 1140 y 1157. “Per Abbatt, en 1307, habla castellano, y, como es natural, de manera automática e inconsciente castellaniza a cada paso el texto” (5).

El Cantar de Mío Cid, refleja así las guerras o luchas que se dieron contra leoneses y aragoneses y contra los almorávides. Los personajes que intervienen son reales y poco hay de ficción en esta obra. Dice Menéndez Pidal que “la Historia y la Poesía -se entienden, la historia lealmente documentada y la poesía primitiva- muestran una rara conformidad caracterizada; y eso que no hay héroe épico más iluminado por la Historia que el Cid. Es más: frecuentemente sucede que el carácter real del Cid es de mayor interés poético que el de la leyenda… filones poéticos que la vida real nos ofrece en la forma nativa e impura con que las bellezas naturales se dan. La poesía más antigua, la que hablaba a los coetáneos bien sabedores de los sucesos y de las personas, tenía que ser verista, tenía que fundarse en los hechos reales por todos conocidos... ” (6). Algunos poetas de la actualidad, deberían recuperar, en lo que puede ser rescatable de esa correlación entre la poesía y la historia, entre la poesía y la vida, entre la poesía y la emoción auténtica porque hay que recordar que la poesía no es ficción, sino emoción, sentimiento y pensamiento del poeta, música manifestada en el ritmo y conocimiento de la técnica que se manifesta en su expresión poética.

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NOTAS

(1) GARCÍA MORÍN, José (1994). La poesía Lírica Española. Tierra Nueva. (Revista de Letras Universitarias), UNAM., Año 1, Núm. 2, Marzo-abril, México, p. 120.
(2) ALATORRE, Antonio. (1992). Los 1001 años de la Lengua Española. 2ª. ed., México: Fondo de Cultura Económica, p. 115.
(3) G. ESARPIT. (1986). Historia de la Literatura Francesa. 6ª. ed., México: Fondo de Cultura Económica, pp. 18-19. (Breviarios).
(4) Op. Cit. Alatorre, p. 95 y p. 116.
(5) Ibid, p. 117.
(6) MENÉNDEZ PIDAL, Ramón. (1989). El Cid Campeador. 10ª. ed. Madrid: Espasa-Calpe, p. 18. (Colección Austral).