REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

El gran solitario de Palacio


Carlos Bracho

Con esta nota le mando un abrazo a René… se merece esto y más…
Bien, aquí va lo que pienso de
EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO
Autor: René Avilés Fabila
(Selección de textos: Carlos Bracho)

Hablar del Movimiento Estudiantil del año de 1968 es hablar, según lo dijo Octavio Paz, de un año axial. En todo caso fue un movimiento social de una resonancia grande dentro de la historia contemporánea de nuestro país. Y tenía, a no dudarlo, un sentido democrático. Y como todo movimiento social de lucha, la represión estuvo presente y todavía lamentamos la tragedia, la matanza ocurrida el 2 de octubre. Y sentimos profundamente el esfuerzo generoso de miles de estudiantes, activistas y brigadistas que le dieron vida y congruencia a esa lucha emancipadora.
Ahora más que nunca se hace necesario revivir lo vivido en esa época. Es urgente darle aire y recapitular sobre eso hechos para que no caigan en el olvido colectivo. Fue un momento extraordinario y al reconocerlo hoy rendimos homenaje a los caídos. Es ese Movimiento Estudiantil una etapa fundamental en el registro de las luchas populares emprendidas en contra del autoritarismo y de la represión institucionalizada.
Y leo ahora la ADVERTENCIA con la que RENÉ AVILÉS FABILA abre esta narración:
“Esta novela narra algunas cuestiones sobre un grupo de muchachos -plena minoría en un país de sesenta millones de habitantes- (recuerden que estamos en 1968: Carlos Bracho) que se enfrentaron al poder omnipotente de un Estado corrupto que dirige un Caudillo longevo: lleva cincuenta años gobernando y supone que aún le faltan otros tantos. Cada seis es transformado física y mentalmente y de nuevo se somete al voto popular, porque es demócrata. Y revolucionario. Si el lector halla similitud con personajes vivos o muertos, con sucesos pasados o presentes, como ha dicho Jorge Ibargüengoitia, no es accidental sino absolutamente ex profeso. Sólo queda agradecer al ejército, a la policía y a la política subdesarrollada su valiosa cooperación: sin ella no hubiera pasado de la primera cuartilla. RAF.”
Y me atengo a lo dicho por el autor en las líneas anteriores, porque creo que si alguien tiene el porqué de los duros señalamientos consignados a lo largo de esta historia, de las críticas profundas y válidas hechas a los protagonistas que desfilan por esta novela, es RENÉ AVILÉS FABILA.
Y quizá yo podría señalar, en otra cuestión, los valores y aciertos literarios. Pero no. Lo mejor es que yo siga esta narración y que sea el mismo autor el que ponga sobre la mesa los innumerables aciertos y los valores que esa escritura tiene, y que claro, saltan a la vista de cualquier lector entendido. Vean si no tengo razón:
“No. Ninguna festividad cívica está completa si tan sólo hay palabras; debe haber actos concretos que demuestren repudio a los antipatrias. Hagamos eco de las frases del Primer Mandatario y sin servilismos no cortesanías trabajemos con él.
“Un jardín público, árboles, fuentes, estatuas de corte clásico (todas cubiertas con gruesos ropajes. Venus púdicas que parecen sudar bajo el ardiente sol con tanta tela de metal como los escultores les pusieron). La gente llega en camiones; llega por cientos, también llegan los cuerpos de protección presidencial. La banda toca música de compositores locales dirigida por el talentoso maestro Heladio Pérez. Como de costumbre, ahí están los vendedores ambulantes estropeando el grato panorama, ofrecen fruta, chicles, periódicos. Los limosneros se acercan a los funcionarios de tono menor que desde muy temprano llegaron a la plaza, con la mano extendida y sus ropas harapientas; una valla azul impide la petición de caridad: es la policía que siempre vigila; en un régimen revolucionario-nacionalista no puede haber descuidos.
“En el centro del jardín; una enorme montaña como de la altura de un edificio de tres pisos, confeccionada con libros, folletos y revistas. Reporteros que se acercan a ella para analizar el material; no la escalan. ¡Asquerosa propaganda subversiva y pornográfica! dice uno en voz alta. El resto confirma el adjetivo y el matiz virulento. Otro: Sí, de Pekín, de Cuba, de Corea. Varios encapuchados, con antorchas, rodean el cerro de papel en espera de órdenes. Expectantes. Las personas van ocupando las tribunas sin algarabía, silenciosas, discretamente. Los niños con globitos de colores patrios interrogan a sus padres sobre lo que pasa a su alrededor y ellos, toda sabiduría, repiten informaciones de los diarios. Es la propaganda que nos daña, engañó a los estudiantes y pretende acabar con el país y la cultura nacional intacta hasta la fecha, sin contaminaciones.
“Y los pequeños no entienden ni media palabra y mejor piden dulces y juegan con los globos que miembros del Partido de la Revolución Triunfante regalan a los futuros buenos ciudadanos, educados en la verdad.
“Al fin llega el Caudillo y su inseparable séquito, para ellos música inflamada de pasión patriótica, marchas y cantos que muestran la agresividad de nuestras raíces. Y luego, la Fanfarria Presidencial. El director más parece bailarla que dirigirla; la batuta cae en el podio, sigue marcando los compases con las manos sin importarle la pérdida, eufórico.
“Comienzan los poemas y los discursos que exaltan las virtudes de los próceres nacionales que para su fortuna nacieron en este país y nunca leyeron una línea de marxismo. Empiezan las frases altisonantes y la retórica burda.
“El Caudillo se pone en pie y comienza a cantar el himno. El maestro Heladio Pérez dirigía Nopales y tunas por siempre, (marcha de su propia inspiración); recapacita y con rapidez vertiginosa corrige el lamentable error y alcanza al jefe máximo. Todos cantan el himno, mientras que las aves que frecuentan los árboles del jardín huyen asustadas del estrépito. Concluyen. El público aguarda en silencio; está en presencia de algo pocas veces visto a tales alturas del siglo. Los niñitos insisten en corretear por los prados tras sus globos. Imposible. No es el momento.
“Redoble de tambores. El Caudillo endurece las facciones: se pone enérgico. Lo imitan. Lentamente extiende el brazo derecho y con voz ronca dice: Prended el fuego purificador. Acabad con la subversión, con el comunismo, con las ideas exóticas que amenazan nuestra tranquilidad y nuestra paz (seguramente el capitalismo es creación de los habitantes prehispánicos, piensa alguien situado entre la multitud de curiosos involuntarios).
“Los portadores de antorchas -con el fuego sagrado traído desde el Monumento de la Revolución Triunfante- las acercan a la montaña de papel y le contagian las llamas que rápidamente alcanzan alturas sorpresivas. Fuera de los tambores hay una ausencia de ruidos aterradora que permite escuchar el furioso incendio. Un señor abraza a su hijo. Recuerda el pasado de la humanidad, más bien ciertos pasajes negros de Savonarola salta a los inquisidores españoles y luego a Hitler (vestido de niño explorador ante un retrato de Hitler vestido de Führer, diciendo con voz menuda pero ya potente: ¡Heil!) y de pronto entre el humo gris claro aparecen los párrafos de Farenheit 451 de Bradbury. El Caudillo aplaude mirando cómo al fin la enorme montaña se reduce: ahora es un montículo de cenizas, el montículo es oscuro y humeante.
“La orquesta despide al señor Presidente y a sus principales colaboradores, de nuevo la Fanfarria.
“El Caudillo, dentro de su automóvil negro, conversa con el ministro del Interior y con los autores de la ceremonia.
“-Muchos fotógrafos, ¿verdad?
“-Verdad, excelencia.
“Pasa un momento sin que nadie hable; al chofer le parece eterno y a los ayudantes del ejecutivo igual.
“-El escarmiento dará resultados -dice al fin el Caudillo-. Veremos si los estudiantes prosiguen su campaña de calumnias contra nuestro gobierno.
“-Así es.
“Otro silencio. La conversación es forzada, rígida. La seriedad del jefe es consistente: del hombre recto, de carácter. No en balde lleva cincuenta años en el poder (discreta dictadura ejercida con sólo el conocimiento de los miembros del PRT).
“-¿Quemaron todo lo decomisado? ¿No quedó algo? -interroga el Caudillo abriendo los ojos, ojos atronadores que hurgan en las mentes de quienes lo rodean- ¿No guardaron un libro para ustedes, una revista?
“Simultáneamente:
“-Nada, excelencia, nada.
“Uno traga saliva, se aplana el pelo (o el bisoñé) y explica:
“-Bueno… algunas cosas quedaron fuera de la hoguera. Por ejemplo de… Marx y Engels…. De Marx y Engels…
“-De Marx y Engels qué-
“-Señor, quemamos el Manifiesto Comunista y obras de ese tipo, pero no nos atrevimos a incinerar La Sagrada Familia para no herir la susceptibilidad religiosa de nuestro pueblo.
“-Bien hecho -responde liberado de una carga opresora el jefe de Estado-. Un buen gobernante debe permitir que su pueblo crea y respete los libros de historia sagrada, mis padres tenían varios. Su actitud demostró habilidad política. La tendré en cuenta para los próximos cambios de la administración del país.”

Para qué insistir en la semejanza de esta escena con los acontecimientos que ocurren hoy en día en las altas esferas del poder. El anterior pasaje literario es un fiel retrato de la actitud de los presidentes en turno. La pluma veraz de René Avilés Fabila nos adentra en el oscuro mundo de los gobernantes que siguen siendo hombres de horca y cuchillo.
“La esposa del Caudillo como de costumbre iba absorta, pensando en las tareas que realizaría esa semana apenas iniciada, pero de pronto alzó sus ojos claros, cubiertos por un discreto velo que nacía en el sombrero pasado de moda, y los fijó en el panorama. El coche, debidamente escoltado, corría a gran velocidad sin respetar los semáforos que en ocasiones indicaban alto con su luz roja. Pasaba por la Avenida Principal que va del Bosque hasta la plaza donde se erguía el Palacio, tétrica construcción de la Colonia. La primera dama tenía que llegar a una ceremonia donde entregaría -simbólicamente- desayunos escolares a los niños pobres del país. Vio la estatua de Diana Cazadora en el centro de una glorieta. Todos los días pasaba frente a ella y hoy se percataba que la escultural mujer no tenía encima alguna prenda de vestir. ¡Está desnuda. Dios mío! Aquello era terrible. Una inmoralidad completa a la vista de los habitantes de la ciudad, a los ojos castos de mujeres y pequeños. Su mente religiosa y austera recorrió con prontitud una gama de emociones de repulsa hacia lo que antes consideró obra de arte. Diana desnuda, extendiendo sus finos brazos para disparar una flecha contra una imaginaria pieza, con la rodilla derecha apoyada en un pedrusco, piernas esbeltas y bien formadas, con el cabello suelto, ondeando, senos erectos casi con vida. La primera dama preguntó el nombre del creador. Su secretaria respondió y fue más lejos: murió hace algunos años y lo consideran un magnífico artista. La mujer, compañera de sufrimientos del Presidente, apuntaba los datos en una libreta negra, con letra rápida, nerviosa, a base de frases inquisitoriales y, desde luego, con tremendas faltas de ortografía.
“Durante ese día y otros más, la esposa del Caudillo (es decir, la esposa por tal sexenio) no lograba quitarse la idea de Diana desnuda, mostrándose impúdica a los ciudadanos. A diario pasaba por la glorieta de la diosa y a diario levantaba la mirilla para contemplar las lujuriosas formas. Los adolescentes podrían excitarse. Imposible tolerar algo parecido, el bronce quebraría los sólidos principios morales y religiosos que el gobierno de su marido había impuesto con tantísimos sacrificios. Y decidió dar órdenes para modificar la situación. Eliminar la obra causaría protestas. La salida sería cubrirla, ponerle una gruesa manta en el cuerpo y que los periódicos y revistas dijesen que reparaban un error del autor: Diana cazaba durante el invierno y por ello iba bien protegida, porque en esa época hasta los dioses del Olimpo tuvieron frío debido a un tremendo descenso de temperatura, explicó la primera dama como si en verdad hubiera leído sobre culturas clásicas, pero fuera de la Biblia nunca tuvo otro libro en sus manos. En el principio fue mujer de hogar, más adelante, cuando la designaron esposa del Caudillo para ese periodo presidencial, sus actitudes fueron las de una colaboradora más en la difícil tarea de gobernar; de ahí que no pudiera leer. No obstante, había dado muestras de inclinarse hacia las artes y por dos veces visitó el Teatro Nacional para condecorar al director que prohibió la representación de La Celestina por inmoral e impidió que un ballet africano danzase ante el público sin prendas íntimas superiores como exigía su folklore primitivo, de belleza selvática; y sus integrantes salieron vestidos profusamente (les regalaron brasieres, suéteres y bufandas de lana), sin atentar contra la decencia.
“La estatua fue quitada de su pedestal y en un taller la vistieron con un grueso mantón de bronce; sólo mostraba cabeza y manos. De nuevo a su sitio, libre del pecado original.”
“Ante esas personalidades obtusas, ¿qué actos de gobierno que tuvieran un sesgo democrático y de valor republicano y de hechos culturales que enaltecieran a la nación se pudieran esperar? La respuesta es negativa y poco alentadora. La cruel realidad de nuestra política se nos muestra cabalmente todos los días.
“El comandante Lozano fue llamado por el secretario del Caudillo, discretamente y sin notificaciones oficiales, a su despacho; en él estaban tres personas: el propio secretario privado, el coronel y un hombre de lentes oscuros, traje azul marino de corte antiguo, un tipo de aspecto repugnante aun para el comandante del cuerpo secreto. En la presentación se limitó a decirle a Lozano algo así como mucho gusto. Tomaron asiento. Había cigarros y una botella de Martell.
“-Estoy para servirle, licenciado -comenzó el comandante dirigiéndose al secretario.
“El coronel que en estos momentos hacía las veces de mesero ofreció coñac.
“-Mire, quiero que discutamos la forma de mejorar la situación interna. Usted sabe, debemos volver a la estabilidad política. Tenemos periodistas extranjeros por la Semana Deportiva y no podemos sobornarlos. El Caudillo habla con frecuencia de no intervención, autodeterminación de los pueblos y de buenas relaciones con los demás países del mundo y la prensa extranjera acreditada aquí no responde más que falseando los hechos. Lo he llamado para ver qué posibilidades tenemos de utilizar a esos mismos periodistas y modificar la opinión que se han formado del gobierno, incluso transformar la línea de algunos periódicos nacionales que se niegan a colaborar en forma directa con nosotros -explicó el secretario.
“El comandante apuró la copa, entonces notó que no había saludado al coronel: para reparar la falta le dirigió una larga y estúpida mirada que el otro correspondió. Luego se sirvió una copa buscando claridad y confianza. Dijo:
“-Hasta ahora hemos intentado sobornar líderes y aterrorizar estudiantes. Pero creo que no hemos dado un paso significativo, la situación no sigue igual, se agrava.
“-Así es. Y es el momento de actuar. El movimiento crece y muchos sectores lo apoyan. No es el temor a que hagan una revolución y lleguen al poder, se trata de un simple movimiento estudiantil, pero el señor Presidente está indignado, no sólo por los ataques a su persona, por el compromiso que tenemos encima, sino también porque se acerca la mutación, digo el cambio de poderes, el nuevo período presidencial… Luego se dirigió al hombre de azul… Habló:
“-¿Quiénes dirigen el movimiento? Estudiantes, intelectuales, gente inconforme… Yo sé que a los obreros y a los campesinos no les va bien, pero están conformes o sujetos a ambas cosas, aquellos se percatan de su situación y la del país, los segundos están enajenados. Vamos a estimular a los intelectuales, a concederles premios, facilidades para editar sus engendros, ayudas, becas, buenos empleos, que formen agrupaciones, brindémosles locales, subsidios, que despotriquen y que hablen de la libertad de expresión… Quieren publicar, démosles editoriales, mandémosles al extranjero… A los estudiantes hay que mejorarlos… Que sientan ventajas: becas… Y provocar o fomentar la división política entre ellos, que se hagan trotskistas, estalinistas, maoístas, que se debiliten en grupúsculos y que se destrocen igual que chinos y soviéticos… Que dejen de ser estudiantes y necesiten empleo y se incorporen a la clase en el poder… Pero ahora, antes que nada, tenemos que resolver el problema de la prensa local. Prepararle el terreno al Presidente que dentro de un par de meses tendrá la comida de la libertad de prensa… ¿Qué diarios han sido hostiles al gobierno durante el movimiento?... Pues a esos… habrá que ponerles bombas y acusar a los estudiantes… Bien. No basta. Pongámonos nosotros mismos unas cuantas bombas, digamos en un cuartel y en una delegación de policía y por último corramos el rumor de un atentado contra el senador fulano o alguien importante del régimen… Le hacemos un servicio al señor Presidente. Vamos a responsabilizarlos del conflicto estudiantil y de sus consecuencias que ocurrirán en los primeros días de octubre… En cuanto haya noticias de que han sido detonadas varias bombas en la capital, la policía secreta, comandante, deberá hallar pruebas de que fueron puestas por los estudiantes y arrestará a unos cuantos para acusarlos de terroristas. Nosotros tendremos los papeles que necesitamos, o sea, sus confesiones…”
Y así fue. Eso que tan duramente señala René Avilés Fabila, fue la cruda realidad. Así se tramaba, desde las altas esferas del poder, con todo el cinismo, con toda desvergüenza, con actos contrarios a la razón y a la limpieza judicial, la venganza de los hombres que desde el poder habían acumulado riquezas, dinero y claro, que habían traicionado a los iniciadores de la Revolución Mexicana, tramaban, digo, el perpetuarse en el poder, robando, asesinando…
Creo que de más está explicar el porqué, como señalé al principio de esta charla, no iba yo a intentar un análisis o hacer una crítica al trabajo literario del autor. No. No vale la pena hacer ese intento. Los años que han transcurrido desde la aparición de esta novela, la crítica, los lectores, los amigos, los mismos enemigos que se han sentido aludidos por la pluma de René, han aceptado el alto grado de calidad y la manera tan real y profunda con que trata a sus personajes, y los vivos señalamientos que René hace de los actos de los políticos mexicanos son ya un modo -un estilo- que distingue las novelas de este fecundo y duro creador.
Todo lo que sucede en EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO es real. Los que vivimos en ese época y participamos en el Movimiento conocimos el grado de violencia y el uso de la fuerza del Estado -militares, policías, jueces- que contra los estudiantes fueron utilizados para reprimir y acallar las voces de libertad y de deseos de cambiar la terrible situación de impunidad y de reparto injusto de la riqueza y de saqueo y del robo y de fraudes cometidos por la clase en el poder.
Entonces, señoras y señores, para qué hablar de viejas y nuevas formas de escribir una novela. Eso no. No sirve, no funciona para este caso tan particular. Ya dije que la calidad está, en cualquier sentido, en cada línea de esta novela. Así que dejemos que René, nos diga -en las páginas finales de esta obra:

“Unas gotas de política nacional.
1ª. Gota: antes muerto que abandonar la chamba.
2ª. Gota: corromperse o morir en el intento.
3ª. Gota: la represión es la extensión de la política por otros medios (más eficaces).
4ª. Gota: vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
5ª. Gota: con usted hasta la ignominia, mi gobernador.
6ª. Gota: -¿Qué hora es?; -la que usted diga señor Presidente.
7ª. Gota: mi dignidad por una curul.
8ª. Gota: ¿qué fue primero; la corrupción o la política?
9ª. Gota: o la que derrama el vaso: nada de doctrinas exóticas, lo nuestro es mejor, tampoco aceptamos falsas ideologías que nos dividen en izquierdas y derechas; nosotros sólo tenemos un camino: con la Revolución arriba todos, la nueva dimensión/¡!¡!¡!”
Con este angustioso final yo termino también esta presentación de un libro que no necesita ninguna. René Avilés Fabila, tampoco, de parte mía, necesita palabras que lo califiquen. Para mí es uno de los grandes novelistas de México. Sus libros hablan por ello. Sus obras son el testimonio de su calidad.