REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

Confabulario

La coincidencia


Benjamín Torres Uballe

-Señor-, le dijo el policía al tiempo de tocarle el hombro, -le habla la señorita-, Iván volteó hacia donde indicaba el vigilante. Una adolescente morena, de carnes abundantes, con el cabello teñido de verde fosforescente la parte izquierda y la otra de color zanahoria, metida en unos viejos jeans muy ajustados y rotos, le hacía señas agitando en una mano la tarjeta plástica del Metrobús. Olvidó retirarla de la máquina expendedora cuando le abonó 100 pesos de crédito.
Agradeció el gesto de honradez de la muchacha, pues bien se la pudo quedar. Eran las once de la mañana, estaba en camino a Ciudad Universitaria para atender sus clases de Biología Molecular. Se desempeñaba como profesor titular desde hacía 9 años a través de los cuales, merecidamente, contaba con magnífico prestigio, gracias a su dedicación y buen trato con alumnos y colegas.
Por las tardes colaboraba en una famosa editorial a la que asesoraba en temas específicos de ciencia y ocasionalmente impartía conferencias sobre el tema, lo que además de posicionarlo como uno de los mejores investigadores en su campo, le proporcionaba buen ingreso extra.
Vivía sin grandes lujos, aunque cómodamente en un departamento ubicado en la colonia Del Valle, el cual había comprado de oportunidad con sus ahorros; era enemigo declarado de los excesos y despilfarro, los consideraba vulgares e innecesarios.
Amante de la buena lectura, de toda clase de música, en especial del Heavy Metal; también le gustaba el teatro y asistía cuantas veces lo permitía su dinámica laboral. Era obsesivamente ordenado en sus finanzas; el departamento lo mantenía impecablemente limpio, cada cosa estaba justo en el lugar preciso.
Iniciaba el verano y dentro de sus deberes académicos tenía como tarea regularizar alumnos del último semestre de la licenciatura en Biología. En esta ocasión totalizaban 27 entre hombres y mujeres. Le agradaba tal encomienda, ya que no eran los grupos numerosos con los que debía lidiar en la temporada regular de clases, ni con estudiantes que muchas veces ni sabían lo que en verdad deseaban escolarmente.
Esa mañana, cuando entró al aula, sus ojos la descubrieron de inmediato, como si un imán los hubiese depositado directamente en ella. Después que cada alumno se presentó en voz alta a sus condiscípulos y al profesor, como era costumbre, supo que se llamaba Isabella, que tenía 24 años y había nacido en Culiacán, Sinaloa.
Por la tarde, en su departamento, mientras realizaba labores de investigación académica, recordó los espléndidos ojos verdes en la tez blanca y el abundante cabello negro de su discípula. Sin quererlo dijo en voz alta -vaya que es guapa-, luego se fue a lavar los platos y a barrer la sala.
Sentado ya en el viejo escritorio, previo a iniciar la clase pudo observarla por la ventana antes de que ella ingresara al salón, la miró despedirse de la otra chica con un beso en la mejilla y un abrazo muy efusivo que pareció extenderse más de lo normal.
Seguía muy atenta a las explicaciones de Iván, constantemente tomaba nota en el cuaderno azul tamaño carta que sacaba de la enorme bolsa color marrón. Durante el breve receso de 10 minutos, al coincidir en la cafetería, ella lo saludó con un beso en la mejilla y el aroma de su exquisito y suave perfume dejó a Iván como en un letargo paradisiaco del que sólo volvió cuando el cajero le dijo: -profesor, son 25 pesos de su capuchino.
En casa, mientras escuchaba el Adagio 10 en G menor, calificaba meticulosamente los ensayos que los alumnos habían entregado esa mañana. Concluyó, y consideró que en las 4 semanas del curso sus discípulos mejoraron sustancialmente. Analizó con especial interés el de ella, le pareció bien estructurado y adecuadamente desarrollado, con mucha pulcritud y sin faltas de ortografía.
Cambió de música, introdujo la memoria USB a la Apple y los acordes retumbaron en las bocinas con “Love Me Two Times”, luego leyó un capítulo de El Aleph de Borges y enseguida se metió a la cama, el día siguiente sería viernes, tenía boleto para asistir a ver la obra de teatro Ausencia de Dios. Recordó que en realidad eran dos localidades pues el gerente del “Foro Chapultepec” -que había sido su alumno- al reconocerlo le regaló uno más. No le dio importancia, de cualquier forma no tenía a quién invitar y prefería ir solo, disfrutaba más así, odiaba que lo estuvieran interrumpiendo.
Bajó del taxi en el estacionamiento exclusivo para profesores, cerca de Rectoría. La mañana, aunque calurosa, era deliciosamente hermosa, o al menos así le parecía a Iván. Dio vuelta a la derecha en el corredor y ahí estaba Isabella con la otra chica, conversando, tomadas de las manos; pensó que seguramente eran grandes amigas, se veían muy sonrientes. -Buenos días, señoritas- les dijo cortésmente -buenos días profesor- respondieron con una sonrisa que a él le pareció un tanto pícara.
A las 11 de la mañana toda la clase hizo pausa para tomar un refrigerio. Los alumnos aprovechaban para hacer comentarios a su maestro en un ambiente informal. En el momento que se encontraba ya solo en la mesa, se acercó Isabella sonriendo amablemente y le dijo:
-Hola maestro, ¿puedo sentarme?
-Por supuesto.
-Disculpe la interrupción, sólo quiero preguntarle cómo ve usted mi aprovechamiento escolar.
-Bien, me parece que eres una alumna dedicada a sus estudios; ordenada y constante.
-Gracias profesor, es importante para mí saberlo.
-Por nada, ahora no hay que aflojar en estas dos últimas semanas que faltan del curso.
-No, de ninguna manera-, y sonrió nerviosamente mientras jugaba con el enorme anillo de piedra azul que portaba en el dedo medio de la mano izquierda.
-No eres del DF, ¿verdad?, qué haces cuando no vienes a la universidad.
-En mi departamento, lo comparto con mi amiga y normalmente no salgo, aprovecho para estudiar y poner en orden mi ropa y los pendientes que se acumulan en la semana, usted sabe.
-Qué bien.
-Usted qué hace en sus ratos libres, que supongo son pocos.
-Pues me gusta ir al cine, al teatro, a los conciertos, o simplemente caminar por la ciudad, que en verdad es esplendorosa, hay tanto que ver. Hoy por ejemplo iré al teatro en la noche.
-¿Cuál va a ir a ver profesor?
-Ausencia de Dios, en el Foro Chapultepec.
-¿De verdad?, yo quiero verla, igual que la de 12 Hombres en Pugna.
-Ah, mira, para que veas cómo consiento a mis alumnos, tengo un boleto extra y te lo regalo.
-No, seguramente es para alguna persona con la cual ya tiene compromiso.
-En absoluto, tómalo, se iba a quedar sin usar.
-Pues, si no tiene inconvenientemente, entonces vayamos juntos, ¿le parece?
-De acuerdo, nos vemos a las 7:30 en el lobby, sé puntual, no me gusta esperar.
-Ok, muchas gracia, nos vemos en la noche.
Siendo un hombre dedicado a la ciencia no le dio mayor importancia al hecho de que la joven se entusiasmara con presenciar la obra, así que después de descansar un poco en el departamento se dedicó a dejarlo impecable, sin pizca de polvo; igualmente atacó con furiosa estrategia la ropa sucia hasta dejarla literalmente colgada del tendedero.
Camino al teatro hizo una escala en el pequeño restaurant de comida vegetariana que tanto le gustaba. La mesera cobró la cuenta y le deslizó una vez más una ráfaga de sutiles piropos que Iván cortésmente agradeció sin efusividad alguna.
La descubrió de inmediato, era una chica alta y sobresalía del resto de las mujeres en el lobby del Foro Chapultepec. Se saludaron de beso en la mejilla. Platicaron cordialmente hasta que escucharon la primera llamada. Con desenfado, Isabella colocó su brazo en el de él cuando se dirigieron a sus localidades.
Ya en la sala, ella estuvo muy atenta a la función teatral, y en determinado momento buscó la mano de Iván, él le sonrió galantemente y le obsequió un guiño.
Concluida la obra salieron platicando y se detuvieron en la cafetería del lugar. Cualquiera pensaría que tenían años de conocerse.
-¿Qué te invito Isabella?
-Un capuchino chico deslactosado, con mucha canela por favor.
Él se apresuró a colocar la silla para que Isabella se sentara, lo hicieron uno frente al otro.
-Eres hermosa y tremendamente simpática.
-Gracias, tú, un hombre muy interesante, cualquier mujer se volvería loca por ti-, le dijo ella, tuteándolo.
-Bueno, quiero decirte algo al respecto, puesto que me produces verdadera confianza y eres muy inteligente, espero que lo tomes en su dimensión precisa para evitar malos entendidos.
-Soy gay.
Isabella se quedó mirándolo fijamente con sus enormes ojos, sorprendida por la revelación. Iván, al cabo hombre de ciencia, trataba acuciosamente de interpretar la reacción de la chica.
De pronto, la risa de ella resonó en la cafetería y los asistentes voltearon a verla, entonces se contuvo y coquetamente colocó las palmas de sus manos sobre la boca.
-No puedo creerlo, ¿es verdad o me estás bromeando?
-No, no bromeo, en realidad lo soy.
-Nunca lo imaginé; pero, ¿sabes por qué me reí?
-Porque abiertamente te burlaste de mí.
-No, en absoluto; es que yo también soy gay. La chica con la que me viste hoy en la mañana es mi novia, me lleva en su carro a la universidad todos los días, es arquitecta y tiene su propio despacho en Santa Fe.
-Los astros deparaban nuestro encuentro-, bromeó Iván tomándole delicadamente ambas manos.
-El de nuestras almas-, dijo ella, suavizando el gesto.
-Si no fuera gay, te pediría que fueras mi novia eterna, es difícil sustraerse a tu belleza.
-Y yo te pediría que fueras mi maestro personal, me encanta tu bizarría, pero seamos algo mejor: amigos.
Después, mientras llegaba el taxi, ahí de pie, sobre la acera, contemplaron la espléndida superluna de verano y ella le dijo suavemente al oído: -siempre seremos novios a nuestra manera-, sí, le dijo Iván en un delicado susurro: -Será nuestro eterno secreto.
Llegó el taxi y lo abordaron, enfiló sobre la avenida hacia el sur, perdiéndose rápidamente en la noche, cálida, como sus corazones después de haberse encontrado en un futuro adelantado y enigmático.

©Benjamín Torres Uballe