REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

Carroñero de hogares
Anotación urgente, inicio de semana

Anoche se armó un escándalo terrible en los camarotes. Un mozalbete flaco fue capturado, in fraganti, hurtando las monedas de los marineros. Al registrarlo, entre jalones fue apareciendo, de entre sus holgadas ropas, una cantidad inverosímil de objetos: un candelabro de plata, un par de calzas nuevas, una gallina parda, un compás, varias cartas de navegación, una biblia y un ejemplar del Corán. Por supuesto, no le pertenecían. Algunos objetos fueron reconocidos por integrantes de la tripulación, otros tantos fueron asignados para sí, por algunos aprovechados; para sacar ventaja. El resto de las pertenencias no tenemos idea de dónde provenían.
Cuando se vio cercado y descubierto, el muy cínico declaró que ese tipo de robos no tenían importancia alguna, pues a él lo que le interesaba era ser un carroñero de hogares. Supusimos que lo que trataba de explicar era una fascinación por saquear casas cuando la gente no estaba en ellas, pero la explicación que dio fue contundente.
-No soy un saqueador vulgar -se defendió- soy un ladrón de memorias. Tal vez les habrá ocurrido. Uno llega a las montañas, cruza los burgos, atraviesa las campiñas germanas. Hay muchas casas abandonadas a causa de guerras, accidentes, o por pura ilusión de una familia en busca de oportunidades. Esas residencias, esas ruinas húmedas, herrumbrosas, devoradas por la madreselva, son la oportunidad para ejercer mi oficio.
“Me interno a sus muros, recorro el interior, apoyo mi mano en las paredes, en la madera de las puertas desvencijadas. Y entonces, después de algunos minutos de intensa concentración, ocurre que comienzo a capturar los recuerdos de la familia que allí habitaba. Lo absorbo, lo bebo y lo digiero todo: las risas, los cánticos, las lágrimas del desengaño, las cartas de amor y desamor, las intenciones de abandono, las ilusiones de maternidad; los buenos sueños, las peores pesadillas; las páginas memorables de novelas leídas al pie de la chimenea, el olor verde de los leños; la ira de un padre impositivo, la ternura de un abrazo fraterno. Cada pieza, cada elemento ingresa en mí como si entrara en una caja de Pandora. Luego lo robo. Lo asumo mío. Las memorias pasan a formar una colección de hechos que nunca viví, que no tuve; pero me pertenecen. Así voy construyendo, yo, apenas un huérfano vagabundo, un pasado que necesito con desesperación. El asunto de que se enteren de mis pequeños hurtos me tiene sin cuidado. Mis intereses son más profundos.”
Huelga decir que, aterrados ante la idea de que pudiera apoderarse de nuestras vivencias, tomar lo que nos pertenece, decidimos abandonarlo a su suerte en una lancha que tiramos al mar, a toda prisa, y deseándole la mejor de las suertes.”

La letra en llamas
Sin rumbo, por la tarde
-Un libro que aborda las secretas inclinaciones del hombre y su gusto por la crueldad, se encuentra a resguardo en un viejo monasterio de Inglaterra. Lo han leído emperadores, nobles, y uno que otro señor surgido del vulgo. Tal libro, se presume, es un tratado minucioso sobre la manera de sojuzgar reinos, para hacer arder la confianza y la fraternidad entre los habitantes.
“No es un libro prohibido por la iglesia, porque ésta finge desconocerlo. No ha sido satanizado ni se sospecha maldición o conjuro dentro de sus letras. Ello se debe, sin duda, a su imprescindible valor ante los que pretenden dominar el mundo. Mantenerlo lejos de los poderosos, impediría el acceso a sus mecanismos, y por ende, no se darían oportunidad de fortificar sus filas. Acercarlo al pueblo, es reconocer las ambiguas intenciones que se guardan. Su situación es, entonces, un desconcierto.”
“Una leyenda negra circula entre la gente. Dícese de ese compendio que es una obra peligrosa, pues produce una curiosidad que rebasa los límites de la prudencia, que merma la cordura; que termina, en su llamado obsesivo, por destrozar los nervios y el equilibrio mental y espiritual del lector. Reitero: no es una maldición, sino una consecuencia de las ambiciones humanas.”
Tales fueron las palabras que el contramaestre profirió, en la tercera tarde de historias sobre la cubierta, pretendiendo matar el tedio.
-¿Y quién es al autor de ese libro? -pregunté, interesado hasta los huesos.
La mirada del contramaestre se tornó sombría. Engoló la voz y enfocó la vista, concentrado, sabiendo que asumía una gran revelación:
-Allí radica en verdad el misterio. Un buen amigo, un bachiller que estudia sobre temas de esa índole, y que tiene acceso a la nobleza, asegura que es un libro escrito por todos y por nadie: sus páginas permanecen en blanco. Sucede que el objeto posee un extraño don, una especie de simbiosis, de transmutación orgánica que permite al lector y a lo leído convertirse en una sola energía. De esta manera, los conocimientos dormidos acerca del poder y del mal que arrastra el visitante, aparecen vivos en las páginas amarillentas, desgajadas, revelando las más bajas pasiones, los trucos más sangrientos, las peores perfidias, adulterios y genocidios elucubrados por su mente. Se piensa que el libro es una respuesta, cuando en realidad sólo funciona como un estímulo venenoso. Los visitantes se llevan la imagen de los forros y los interiores retratados en la memoria. Días después, aparecen las mismas letras de lo leído, bajo una tormenta de fuego, entre llamas poderosas e incontenibles que afectan la cabeza de los profanos. Terminan enloqueciendo, víctimas de su propia sed de grandeza. El incendio que habita el libro de sus pensamientos concluye por fundir su razón.”
Si bien tenía más preguntas por hacer (y en verdad tenía muchas), decidí no saber más acerca de ese asunto. Preferí beber esa tarde. Pedí tanto vino que tuvieron que llevarme a rastras hasta el camastro. Si algo he podido aprender en estas conversaciones con el contramaestre, en días recientes, es que bien puede aplicarse aquel extraño refrán que dicta: la curiosidad mató al gato, y el ambicioso murió hecho un garabato.

La botella de la nostalgia
Conservo entre mis pertenencias un objeto único, el obsequio de una novia de juventud, una muchacha tierna que ha permanecido en mis recuerdos con la persistencia y la fuerza de un oleaje. Ese objeto es una botella. Una tarde ella cantó un romance, que aprendió entre gitanos, justo en el interior del envase. Ese canto quedó registrado, de manera eterna, entre el vidrio, el corcho, y el paso del tiempo.
Cada vez que me invade la nostalgia, destapo el corcho para escuchar esa suave melodía. Lo hago con menos frecuencia de lo que pudiera parecer. Además, no pretendo engañarme. Bien sé que el canto hermoso dentro de una cosa, no puede compensar la ausencia de la amada.

Por los mares de la duda
Día sin fecha, mes de olvido
Más de la mitad de mis hombres me han hecho saber, con azoro, que han decidido poner fin a este viaje. En calidad de Almirante de la fragata, y como embajador de sus Majestades ante los habitantes de las comarcas visitadas, mi obligación debió ser la de abofetear al portador de tan vergonzosa noticia antes de reprender al grupo de insurrectos, dada su puerilidad e irreverencia. Más, en honor a la verdad, la idea del retorno no me pareció imprudente. Después de todo, nuestra empresa debía significar la conquista de nuevas tierras, la explotación de minerales preciosos y la evangelización de pueblos sacrílegos; en cambio, a nuestro paso sólo hemos recolectado memorias asombrosas, y una serie de episodios que dejan mayor provecho al alma que a las arcas de nuestro reino.
Horas más tarde la situación se tornó delicada: se difundió sobre cubierta, entre los pasillos, en la intimidad de los camastros, la posibilidad del fracaso. Por sí solo, el término me parece repugnante; además de poco verídico en el presente caso. Tal vez estas páginas desgastadas no cubran de riqueza las arcas. Lo que es más terrible, no sé bien qué aportación fundamental impongan a quien lea con curiosidad estas líneas. Pero tengo el presentimiento de que, tras la tinta derramada, se encierran respuestas al origen y la permanencia de mujeres y hombres sobre la Tierra; arcanos antiquísimos que le son revelados a unos cuantos; profundas ideas que sólo un espectador alerta podría descifrar con precisión. El valor de estas premisas es mayor al de cualquier diamante o rubí de particular rareza. La valía de nuestro periplo es, por ende, insondable.
Pasé inquieto la noche, retorciéndome sudoroso entre las sábanas; meditando si convenía proseguir la aventura, o era tiempo de dar marcha atrás y no arriesgarnos a la probabilidad de perder un segundo barco. Venció, tras una larga batalla, la decisión de concluir la travesía. Así que, una vez instalado en cubierta, víctima de la jaqueca que me perturbaba tras una noche de insomnio, en medio de un mar amenazado por tormenta; yo mismo torcí el timón a babor, en un movimiento audaz y repentino, que estuvo a punto de lanzar por encima de la baranda a uno de los ángeles adolescentes. Las miradas de la tripulación, aunque solidarias, no dejaban de acusar desconcierto.
Estoy convencido que sus Majestades podrán comprender la naturaleza de la decisión. He preferido apelar al sano juicio que gobierna nuestro entendimiento, antes que a los caballos incendiarios de la vanidad.

Bruma al atardecer
Después de la bruma acecha la nada; un vacío inmenso que se instala en nuestros miocardios ateridos de frío. Con esta suman siete las jornadas en las que no nos es lícito ver más allá de una espesa cortina de niebla. El fenómeno es tan poderoso que, incluso en el navío, uno corre el riesgo de errar de camarote; provocándose con ello más de una riña a cuchilladas, o bien, el encuentro íntimo entre dos marineros con inclinaciones femeninas.
Pero más allá de estos enredos terrenales y superfluos; la bruma representa, para quien escribe esta bitácora, una metáfora de la duda. ¿Qué temor profundo anida tras la decisión de volver a tierra firme? ¿Se trata de una auténtica evasión del peligro, en cuestión, del horror ante un mal presagio y el encuentro con los daguerrotipos de la Muerte? ¿O es sólo un anhelo desesperado de libertad de un hombre que se imaginaba libre?
Cualquiera que sea la respuesta; sólo un banco neblinoso responde acongojado. Parece desaparecer, lenta, la certeza de un buen rumbo. A uno de los funámbulos, encaramado en el mástil mayor, también le he visto llorar en silencio.

Mar Tenebris
Mar hostil; tiempos infames
El gaviero despertó azorado ante las constantes sacudidas. Desde su puesto, sonando un mal habido tamborcillo de hojalata, convocó a la tripulación a una reunión urgente.
En una lengua extraña -que sólo un viejo húngaro de tendencias cleptómanas pudo descifrar-, casi dando alaridos, el gaviero afirmó que nos hallábamos navegando las aguas de la Mar Tenebris. Resulta inútil describir la manera en que recibimos la noticia. La sangre se heló al internarnos en la zona de la que tanto nos habían advertido, en tratados y cartografías, los eruditos. La presencia de seres mitológicos que podrían pulverizar la fragata con uno de sus estertores, nos impidió expresar palabra alguna.
En mi preocupación, haciendo uso de la poca lógica que cabía en esas circunstancias, quise convencerme de que tal evento resultaba imposible; que el astrolabio y la brújula se hallaban confundidos. Con más de dos décadas como navegante, mis cálculos no podían estar errados; no había forma de perder la referencia de la Estrella Polar; a menos que, en un arrebato de ira, la rencorosa Calypso hubiera decidido arrojar sobre nosotros un embrujo: la ambigüedad de rumbo en nuestro trayecto (la duplicidad del astro del Norte).
Quizás -y cada vez estaba más convencido del maleficio- ésa era la razón de la niebla inoportuna y sospechosa. De modo que, en nuestro estado de encantamiento, dirigimos la nave hacia los confines del mundo, sin oportunidad de corregir el destino.
En tan profundas cavilaciones, me acerqué a la borda. Pude percibir, tras de mí, cómo un grupo nutrido de hombres temerosos me seguía los pasos. Aterrado por lo que había escuchado sobre tan inciertos oleajes, me recargué en la baranda a esperar lo peor: que al avanzar algunas leguas, la fragata cayera en una catarata mortal hacia el vacío; que Atlas, en un arrebato de furia, decidiera destrozarnos de un puñetazo, por atrevernos a mirar la manera en que cargaba los continentes en sus espaldas envejecidas; o finalmente, el ataque de las bestias que infectaban esta mar; numerosas; asesinas.
De entre la bruma apareció el lomo prieto de un animal enorme. Aguardamos expectantes, conteniendo la respiración, mientras veíamos deslizar ese cuerpo lustroso sobre un oleaje en calma. La niebla abrió y nosotros, que esperábamos el ataque de la bestia, no cabíamos en nuestro asombro al comprobar el paso sigiloso de un Kraken, carente de vida, que se mecía sobre el agua como una flor de loto. Detrás de él; un desfile de cadáveres de seres mitológicos nos dejó sin habla: vimos flotar inerte al Nautilus; a la pesada mole de un Leviatán funesto; presenciamos los giros sin sentido de un calamar gigante entre la confusa marejada; los restos de una ballena blanca, custodiados por tres tritones enflaquecidos hasta los huesos. Al final del desfile, una Naga moribunda alcanzó a lanzarnos una mirada triste y compasiva. Su rostro, casi humano entre las escamas rudas, acusaba desconcierto.
El espectáculo me pareció tan desolador, que, dejando a un lado el miedo inicial, comencé una serie de reflexiones en las cuales el Orbe era el protagonista. No pude entender el fenómeno de otra manera que no fuera la de un presagio; un anuncio que da fin a una era donde la fantasía gobierna nuestras vidas, para dar paso a un mundo moderno, lógico, donde sólo la carnalidad, la exactitud y lo banal se instalan en la mirada de los pueblos.
Un par de lágrimas rodaron por mis mejillas al descubrir el abandono que le esperaba al hombre en los siglos venideros. Después, recompuesto, me dirigí al timón para dar marcha atrás en ese Océano que en verdad resultaba tenebroso; más no por la alarma que genera a los viajeros; sino por la soledad y la desesperanza que se respiran en él. Después de todo, aunque de manera errónea, la venganza de Calypso había resultado más demoledora de lo que ella misma esperaba.

*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.