REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Confabulario

La colección 2/2


Adán Echeverría

              Aprendí,
              en la fraternidad de los árboles,
              a reconciliarme,
              no conmigo:
             con lo que me levanta, me sostiene,
             me deja caer.
             Octavio Paz


Aves

ZOPILOTE REY

(Sarcoramphus papa)
Círculo de plumas atrapando el sol.
El espacio del suelo y su carroña.
Cuerpos sin vida esparcidos por desiertos.
Los animales que no logran el agua, permanecen erosionando huesos a través de los desiertos de la espera.
Luna tras luna se yerguen los misterios
y entre la luz del día se despierta el olor que los atrae.
Con plumaje negro-azulado y puntos blancos, el zopilote rey surca vientos, y en la mirada recorre terrenos baldíos al oeste del Petén.
Lleva el amarillo-azul-rojo en la cabeza como la máscara de vengativa burla.
Si el viento trae hasta su olfato el tufo de la muerte, sus sentidos exageran la fe en el alimento. Maquilla el rostro con el rencor goteando el pico.
Los zopilotes comunes no quieren tener que ver con sus graznidos autoritarios. El plumaje negro les tiembla al ver la sombra de este dios alado, entre las nubes.
El zopilote rey, emperador de la violencia, logra desgarrar el cuerpo de otras aves en pleno vuelo, trazando círculos de terror en el plumaje de la víctima.
La sombra de su envergadura despierta la huida de otros carroñeros.
Ocupa su lugar junto a los cadáveres y, cuando sacia el hambre, defeca entre los restos de podredumbre, para mostrar su vulgar realeza.

CARI CARA
(Polyborus plancus)
En los lugares vírgenes se esconden, lejos de zopilotes, lejos de tus miradas de Humano (inaugurador del Caos).
El cari cara es carroñero tímido. No comparte secretos de sus hedores, no se limita a sentir la muerte, sus garras saben obsequiarla.
No comparten ni se mezclan en el cielo, no tejen círculos que anuncien vulgarmente su presencia.
Su soledad es límite.
Dejan caer la fuerza de sus garras sobre la noche amplia que cubre los ojos de los muertos.

ÁGUILA
(Pandion haliaetus)
Con tu sombra se ocultan las serpientes.
Detrás de las garras escondes el dolor.
Desde la lejanía
capturas la muerte en la mirada.

Sentir que la vida escapa con la caída libre.
Renacer desde las piedras.
Elevarse, elevación,
destino.

HOCOFAISÁN
(Crax rubra)
Entre las plumas del hocofaisán guardo el miedo a la tempestad y al rayo.
En el amarillo, colgando como fruto sobre el rostro, o en el negro, de su corporal silueta, se pierde la dulzura de la noche.
No hay que definir el ceremonial atisbo de perdurable signo. No hay como la fe en la inconsecuencia de sentirse en el olvido de la selva.
El ave negra salta por los gajos, creciendo la historia de sus descendientes, y no esperaremos la siguiente luna para ser pasado y futuro de esta tierra irremediablemente adversa: partiremos hoy hasta la ignominia de ser especies sin nombre propio.

FLAMENCO
(Phoenicopterus ruber)
Detener las nubes, bosquejar los prados, recorrer las dunas, incrustar mareas: que los vientos traigan el aroma de flamencos dibujando flechas.
La ría enrojece, tímida, su muerte de lodo, su agonía por la transmutación de oxígenos y alimentar la vida.

Sin mojarse los vestidos,
los flamencos recogen sueños de permanencia.

CODORNICES
(Colinus nigrogularis)
No hacen ruido las piedras. No vislumbran el recorrer caminos. No se percatan de volver a los milagros, sobrevivir y escapar sobre la voluntad del polvo.
Agrupadas, como las multitudes humanas de los carnavales, las codornices recorren sus comparsas de una madriguera a otra, atrayendo el alimento de perdurar destinos, esquivar los predadores, eclosionar futuros.

PALOMA ALA BLANCA
(Zenaida asiatica)
No te perseguirán más los proyectiles de la furia.
No serás de nuevo el sin sentido de proclamar los ganadores trofeos por impartir la muerte.
Tu presencia no significa más que la garantía de pensar en ¿cuántas podré cazar este día que el sol deshace piedras?
No tienes sentido en la individualidad, se te mide en parvadas.
La fila de tus hijos que ya no podrán contarse las plumas unos a otros: ¡Basta!
Liberación de pesadillas: corretear ancianos por el parque, arrojarles semillas, muertos de hambre: y ahí la maldita domesticación, el acabar con el instinto. Surcarás montes y prados, atreviéndote a desafiar las municiones.
Que no se fíen los silencios de tus alas. Después de crucificar amores, verterás la venganza en el arrancar los ojos.

LECHUZA
(Tyto alba)
Es la insondable noche el territorio de la lechuza
el disparar su grito de roedores con las garras.
Dentro de sus ojos naranja oscura
se prenden las llamas estelares.
Reflectores colgados de los álamos.
No se detiene el plumaje blanco ante la sangre
que cae en su conquista.

¡Agita la noche, lechuza,
los demonios esperan!

PAVO OCELADO
(Meleagris ocellata)
Remontar la selva dejando atrás la milpa.
Ir en busca del sueño colgado de las ramas.
Recoger el fruto verde, brillantes gajos de sol.
El violeta de la ceiba en el plumaje de los pavos eterniza.
Se inunda de gritos el alba:
los pavos intentan escapar con su torpe vuelo
pero la muerte anida en su garganta.

PÁJARO RELOJ
(Eumomota superciliosa)
Azulados colores entre los ramajes del cenote.
Cuelga péndulos el pájaro reloj. Marca la hora justa en que los animales llegan a beber la respiración.
Guardián de agua, rememora, en el plumaje, el líquido sentir de la humedad. Esta piedra húmeda, este cenote.
Caricia lluviosa, canto y ritmo del cortejo en que desciende los péndulos oscilantes, y estira el cuello para picotear a los fantasmas de la fauna.

REPTILES

COCODRILO
(Crocodylus acutus)
Debajo de la panza se extienden las memorias. Las escamas aprisionan el futuro de la ría.
No hay cómo acercarse al resoplar de fauces, para sentir el poder de la mandíbula, acerado precipicio del terror.
El cocodrilo nunca descansa: flota su destreza y renueva remolinos al atrapar la muerte.

NAUYACA
(Agkistrodon bilineatus)
Silenciosa, llevas la muerte atorada en los colmillos.
La escupes cuando sientes la invasión intimista recorrer la senda de tu refugio.
Enroscas el cuerpo sobre el polvo, buscando la venganza de la muerte niña.

CASCABEL
(Crotalus durissus)
Bajo la sombra de los árboles, al levantar el polvo del camino, cuando el sol vomita dolor sobre la espalda del trabajador del campo, ahí espera la muerte, enroscada, agitando la sonaja, llamando a la tristeza para lamer su herida. Ahí está la muerte cubierta de escamas, ahí esperan en la rapidez de la mordida. Ahí queríamos llegar para calmar el espíritu en esta invasión de selva.

IGUANA
(Ctenosaura similis)
No se queman las panzas las iguanas por la voluntad de ser plazas de sol entretenidas en los ramajes del zapote.
Ni se quejan si los insectos pierden el ritmo de su vuelo de hambre.
Las frutas ilusionan la lengua.
En escamas verdosas la iguana guarda espacios de agua para los días de calor.

TORTUGAS
(Terrapene carolina)
Detén el tiempo sobre el carapacho, roca,
voluntad de polvo.
Arrastra la mirada de los huracanes.
Entierra el odio evolutivo.
Ríe la burla de transgredir la muerte.
Permanente pretérito en los escudos de su concha.
No pueden olvidar cómo crecen gota tras gota las estalactitas.
Acumulación de arena, extinción del Hombre.
Recuperar el polvo de la noche
que se vierte sobre la lengua de la tortuga
y su sequedad en los gemidos de su boca quieta.
Polvo y polvo.
Mancha en mancha.
La silueta de los cedros detrás de su caparazón.
Y adentro del agua
el silencio retenido de la lengua.
¿Hasta cuándo miraré tu fauce
cerrada sobre el filo de la luna llena?

TORTUGAS CAREY
(Eretmochelys imbricata)
Antes que las mareas arruinaran el destino de permanencia en la profundidad, y la agonía por el deseo de ahogarse se disolviera, tu rencor por el aire era difuso.
Pero el milagro de los castigos divinos recomendó a la muerte cumplir la penitencia de regresarte a tierra y traer los huevos, cada ciclo de tormentas.
Remontar la playa para depositar las crías en esas oquedades que atraen el hurto y la fiesta del Humano.

No hay que perder la voluntad histriónica de la tragedia.

Desde encender los nidos, perseguir la luna, arremeter oleajes, esquivación de garras y picos. Arrastrar por años, lustros, el miedo de ataques contra la voluntad: sobrevivir las extinciones y la mirada hambrienta de las gaviotas y su revolución de alas. Competir contra los tiburones por el espacio de arena y vida. Arremeter bajo la sombra de la marea roja, atisbar la vida del oxígeno.
Vuelves cada año a dejar tus lágrimas de sal sobre la inhóspita duna que erosiona: erosiona hasta la laja.


ANFIBIOS
RANAS
(Tripion petasatus)
Escondiéndose del sol,
bajo el musgo de las piedras,
las ranas traman
el ataque de la lluvia.


SALAMANDRA
(Bolitoglossa yucatana)
Qué importa que las rocas se llenen de musgos, qué importa la lluvia agitando las ramas de la enrarecida floresta; bajo los helechos nos convertiremos en agua, beberemos nuestra transparencia y la luna quemará nuestro recuerdo humano, para habitar junto a salamandras.

INVERTEBRADOS

LIBÉLULA
Agitar los élitros sobre las charcas.
Dibujar siluetas a través de la lluvia
y sus prismas:
inquietantes giros del sol.

TERMITAS
Es el destino lodo y hojarasca.
No es que no se quemen de angustia con la creciente, con la marejada.
Ni es que de la lluvia se cuelgue el infortunio.
El termitero recogerá la vida de colonia.

No hay por qué preguntarse sobre el Comunismo: el imperio siempre es más atento que la negra calamidad de compartir destinos colgados a la sequedad en la corteza de los mangles.

HORMIGA
Es pérdida de tiempo arremeter contra la tierra. Perseguir los túneles que transportan almidón del mundo hacia la entraña.
Esa transformación de carne y proteínas, diminuta fuerza, orden, certeza, voluntad en el recorrer la ruta trazada por los ingenieros y los inspectores que anuncian bajo el látigo del ácido fórmico los sueños de la Reina.
Crecen las guaridas y las mandíbulas silencian la mordida certera.

A través de las hormigas
escapan pedazos de la humanidad.