REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 08 | 2020
   

De nuestra portada

Volveremos 2/2 El eterno retorno como frontera de la evolución


Marcos Winocur

     Si el tiempo reuniera nuestra materia después
      de la muerte, y nuevamente la ordenara
     tal y como está ahora, y otra vez nos
     fueran dadas las luces de la vida (...)
     Lucrecio


VIII

Tantas historias con la máquina del tiempo, ese ir y venir al pasado y al futuro, inaugurado con el libro de H. G. Wells. Después, la literatura de ciencia ficción, los filmes, los medios, los cómics, han abusado del tema. Insisto, la flecha del tiempo, que se sepa, tiene un solo sentido. Ni Dios podría excepcionar ese orden, creado por Él mismo. Y Dios no va a desmentir a Dios, es preferible que se diga: al limitar así su quehacer por propia voluntad, ha perdido su carácter de todopoderoso. Pero esto ya es otra historia. Por lo demás, remito a Tomás de Aquino, nombrado santo, la más ilustre cabeza pensante de la Iglesia. Tomás presenta el caso de la doncella que ha perdido la virginidad: podrá el Altísimo restaurar los tejidos y borrar el hecho de la memoria de modo que todo suceda “como si”, pero no podrá restaurar la virginidad a la doncella, perdida para siempre aunque a los ojos de su caballero pretendiente y de todos, y de ella misma, pase por la más casta y virtuosa como lo testimonia el zurcido invisible.
Entonces: mejor conformarse con lo salvado de la muerte, a saber: me resigno a que mi clon ocupe mi lugar mientras yo, caído al fondo del océano, permanezco sujeto al pasado con anclas de acero. Me conformo al eterno retorno en esos términos. Nada de ser resucitado, nada de vida después de la vida, sólo la clonación circular de la rueda del tiempo. Cuando ésta, tras una vuelta completa de 360º, encuentra que ha regresado al punto 0 donde se reitera el pasado mas no se le recupera. Y resignarme también a que el eterno retorno permanezca como hipótesis -la más plausible- no sujeta a verificación. Toda memoria se borra, el Apocalipsis del sol condenándonos a morir de frío o achicharrados, y si éste no es suficiente, el Apocalipsis del agujero negro masivo que, sin dejarse ver, sus efectos se sienten: al centro de la galaxia devorando a ésta con apetito insaciable. Y finalmente, el Apocalipsis total: es el big crush universal o el desvanecerse en el vacío tras el big bang.
En fin, como dice el refrán, “golpe dado, ni Dios lo quita”.
Dicho sea de la manera más general: acontecimiento dado, ni Dios lo quita. Y en el caso, ni las nostalgias del recuerdo nos dejan.
Los versos más conocidos del más conocido de los románticos en lengua española, Bécquer, multiplican la añoranza de lo que fue y ya no será:

“Volverán las oscuras golondrinas
de tu balcón sus nidos a colgar
y otra vez con el ala en sus cristales,
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar;
aquéllas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!”

Ave migratoria sin retorno, así el tiempo todo va dejando atrás y está prohibido marchar al rescate, ni el amor lo puede.

IX

El tiempo, hijo del movimiento ¿de él hereda la eternidad? Sí, pero, a la vez, el tiempo, fraccionado, es medida del movimiento y orden de los sucesos. Y como tal, su reino es lo finito. La eternidad escapa a toda medida, a todo intento de numerar a su seno. Pero puedo tomar una parcialidad del cosmos, el movimiento de rotación de la Tierra y dividirlo en veinticuatro fracciones iguales, y llamarlas horas tomando a una como punto de partida, la hora cero del nuevo día. Pero si divido lo eterno en dos mitades o en tres tercios, ellos resultarán igualmente eternos y por ende resistentes a toda medida y a toda numerabilidad. ¿Cuál es la hora cero de lo eterno? No la tiene, dejaría de serlo si tuviera hora cero.
Y bien, el movimiento no cesa, es de duración infinita, eterno. El tiempo, su hijo, ha nacido para marcar el antes y el después, y la medida de cada uno. En lo infinito no hay cómo determinarlos. ¿Cuál de las veces del eterno retorno es la que está antes de todas? Trayectoria curva como la recorrida por los astros, la pregunta carece de respuesta. En suma, el movimiento es incesante, el tiempo perdura para ser su medida, para traducirlo al reino de lo finito.
Quisiera abundar sobre el tema. Si comparamos sucesos entre sí, no hay dificultad para clasificarlos y numerarlos según el antes y el después. Es el tipo de cálculos que estamos acostumbrados a hacer. Si digo: cuando mi abuelo dejó de trabajar, mi papá lo sucedió al frente del negocio. Hay tres tiempos en juego. Yo, el nieto, hago de relator desde el hoy. Mi papá en un ayer relativamente cercano se hace cargo del negocio. Mi abuelo en un pasado relativamente remoto, está al frente de un negocio hasta que deja de trabajar. Los tres forman un conjunto finito encerrando a ciertos sucesos que se encadenan entre sí.
Ahora bien, si pongo en juego conjuntos infinitos ¿qué ocurre? Sea la recta A cortada en uno cualquiera de sus puntos dando así lugar a la semirrecta A1 y a la semirrecta A2. ¿Cuál de las dos es más grande que la otra? Ambas son iguales, es decir, comparten el mismo concepto: un principio y ningún final. Esta imposible jerarquización se da igualmente cuando la pregunta se refiere al tiempo. ¿Cuál acontecimiento es primero? Si la comparación se establece entre dos series infinitas, cualquier acontecimiento que se registre cae bajo un destino común: repetirse infinito número de veces. Y esto iguala las series.
En una palabra, quedan abolidos el antes y el después, todo ocurre siempre, lo cual no obsta a que, desgajando conjuntos finitos, manejemos el tiempo a nuestra voluntad. Pero en cuanto el hombre se topa con lo infinito, y esto ocurre a la hora de su muerte, no acaba de entrar a la piedra cuando ya está saliendo de ésta, como se recordará que planteamos al abrir este texto.

X

Del nacimiento no nos pidieron permiso, de la muerte tampoco. Pero, a diferencia del primero, para la segunda nos dejaron la posibilidad de preguntarnos antes que se aparezca doña NOOjos. Y bien, estamos en el sistema solar, perteneciendo a la galaxia llamada Vía Láctea, en fin, el universo. Entre el fuego y el hielo, entre los movimientos cósmicos de ciega inclemencia, nos vemos ridículos oponiendo “hippiosamente” una flor a los megatones, mientras una pregunta nos carcome: ¿a qué nos trajeron si nuestra actividad es irrelevante? Hagamos lo que hagamos, el cosmos nos engullirá como una miga del festín. Nos trajeron, orden de Mamacita Naturaleza o, lo que es lo mismo: lo inorgánico experimenta la tendencia a devenir lo orgánico, a continuarse en la vida. Somos en lo inorgánico esperando por el llamado a la existencia, por las condiciones que nos hagan pasar de la potencia al acto. De la piedra al alma. Del alma a la piedra. Todo es uno. Todo es siempre. Y aquí surge la gran pregunta. ¿Para qué? ¿Para ser cero frente a la evolución titánica de los objetos estelares? El eterno retorno, que por un momento despertó la curiosidad con su cadena de clones, es lo irrecuperable reproductible. Lo hemos aceptado y resulta que en definitiva vale cero frente al universo porque así lo quiere Mister Tiempo. Todo es uno. Se le administra Todo es siempre y arroja el siguiente resultado: Todo es nada.
Ya ven, Mamacita Naturaleza hace trampas. Quién lo diría.

XI

Claro, la mente no resiste semejante carga de destino y pide auxilio. Como antídoto, la mente reniega de sí misma, se lanza a alcanzar las cimas más altas de lo absurdo, y “desrazona”:
Lo que en un momento fue, en ningún momento fue.
O bien:
Lo que fue, nunca fue.
Es una hipótesis válida. Dios, Tomás de Aquino y la doncella que para siempre perdió su virginidad, todos retroceden. El universo o su Sumo Creador negándose sin tregua a sí mismo. Es posible la formulación, pues el idioma sigue a la cabeza pensante, pero no se ve cómo describir los mecanismos de un universo donde el tiempo sea obligado a batirse en retirada... cuando una sola opción cancela todas las demás, que se reducirán a copiar en el eterno retorno. Pero, insisto, la hipótesis no puede ser descalificada en nombre de la razón, también lo absurdo tiene su sentido: cuando los contrarios se neutralizan mutuamente, su trabajo consiste en no permitirle ser al otro. Es el caso de las paradojas lógicas. Se formula una afirmación. Se la niega. No acaba de imponerse esta opción contraria cuando la contraria de la contraria se impone sin llegar a recuperar la afirmación inicial, y así indefinidamente sin que ninguna de las opciones llegue a ser: su ser es su no-ser.
Ellos y otros cultores de la lógica matemática en los siglos XIX y XX, no han sido los únicos en revalorizar lo que no se entiende pero que así se presenta, no contra la razón pero desmintiéndola. “Credo quia absurdum” formulaba Tertuliano, apologista de Cristo de los siglos I y II. “Creo porque es absurdo”: no decía “a pesar de que es absurdo”, sino “porque es absurdo”. La razón reside en la sinrazón.

XI

Por su parte, Melesio, el filósofo presocrático, decía: lo que fue, es, y será. Empédocles era de la misma idea, negando ambos que las cosas pudieran tener nacimiento pues, si vienen repitiéndose desde siempre, no hay primera vez para ninguna. Y Nietzsche: “Si el universo tuviera un final, ya debería haber sido alcanzado”.
Una primera impresión nos dicta que el pasado precedió al futuro. Uno está ya archivado, el otro todavía está por verse, sólo puede ser objeto de hipótesis. Pero se olvida que todo pasado fue antes futuro. Ahora bien, como la flecha del tiempo no recorre una recta sino describe un círculo, el “progreso” da la vuelta completa, hace que el pasado reaparezca como futuro. Lo que existe, existió, y siempre existirá. En una palabra, el fenómeno se hace complejo: el futuro se va al pasado, y el pasado da la vuelta y se hace futuro. Evolución circular, como escalera que a ninguna parte conduce, eterno retorno. Y un día este mismo movimiento se cumple para el cosmos como totalidad y el último instante del big crush coincide con el primero del nuevo big bang, si es aceptada la hipótesis de contracción seguida de fase expansiva del universo.
La circularidad temporal se diría que se corresponde con la circularidad del espacio pues todo se curva por efecto de la gravitación universal. La rueda del tiempo y el perímetro del cosmos. Y si la Nada (absoluta) no reemplaza al Ser, si el Ser no pierde su virtud del movimiento, si el movimiento provoca los cambios, si los cambios se ordenan en un sentido de evolución, si todo eso se sigue dando como ley que no admite transgresiones, entonces la apuesta es a favor del hombre y su continuidad, salvo accidente en ruta.
Esas cuestiones han sido tachadas de “metafísicas”. O sea, que están de más. Ocurre lo siguiente: el Ser y la Nada, protagonistas del universo, juegan una permanente partida de ping pong donde la pelotita es la partícula elemental, mejor dicho, aquélla(s) que a nuestros ojos se ha(n) dejado conocer como tal(es). La pelotita va y viene cubriendo una jugada del Ser y otra de la Nada. El objeto de la partida de ping pong así dispuesta es impedir que uno de los contrincantes triunfe sobre el otro, como si fueran el Bien y el Mal, como si fueran Dios y el Diablo, el combate continúa sin vencedor a la vista. Y van a la mayor velocidad permitida. Y no alcanza el Ser a colocar su jugada, cuando la Nada reclama la suya. Si todo fuera Nada, no habría partida de ping pong, es decir, ni pelotita, ni paletas, ni jugadores, nada: la materia ausente, esto es obvio. Por el contrario, si todo fuera Ser, tampoco habría partida de ping pong, esto no es obvio pero también se explica: un universo compacto cancelaría el movimiento. Se necesita el equilibrio entre ambos, que ninguno reine sobre el otro.
La partícula elemental tiene “horror al vacío” y corre a cubrirlo. Pero no puede, éste es más vasto. Existiendo para ahuyentar a la Nada, que a su vez la persigue buscando destruirla, la partícula se debate en un océano de vacío en un segundo frente: para ahuyentar al Ser, que busca paralizarla. Entonces, la partícula gana de ese equilibrio, no es destruida y no se paraliza, rebota de uno al otro extremo de la mesa de ping pong bajo los certeros golpes de las paletas del Ser y la Nada. El devenir es el resultado, diría Hegel, en nuestro caso regido por el Libro de las Posibilidades, ese grueso volumen guardado bajo llave, catálogo de modelos para el eterno retorno, que, ya vimos, tiene a su cargo Mamacita Naturaleza. En sus páginas, la Nada se traduce por el vacío y el Ser por la materia animada de movimiento.


XII

Claro, los hombres privilegian el pasado, lo histórico, la identidad de los individuos y de los pueblos. ¿Los museos, las ruinas, los papiros, los libros, los archivos, las bibliotecas, los videos, los álbumes de fotos, las sondas espaciales portando testimonio de nuestra civilización...? Son auxiliares de la memoria, tan vulnerables como ésta.
Vivimos entre fantasmas, el presente juega de límite matemático entre recuerdos del porvenir y profecías del pasado. ¿Volveremos? Díganos, Míster Tiempo. Sí, pero no. Allá vamos, donde la piedra y el relámpago no llevan relojes, allá vamos.

XIII

¿Volveremos? Sí, pero sí. Visto de un modo plástico, se diría que un brazo mío anda por la galaxia WIFM321115 y el otro por la galaxia quién sabe qué, uno de mis riñones ha sido proyectado dentro de un agujero negro y el otro está en proceso de fabricación. Un día, tanto girar y girar todo, el tercer planeta, el sistema solar, la constelación correspondiente, la galaxia, el cúmulo de galaxias... se ponen de acuerdo y mis dos brazos, mis dos riñones y todo lo demás ¡coinciden! Y yo vuelvo a ser Yo. No lo sabré, ignoro los “clonados” que me precedieron en el futuro y que me son simultáneos en los más allá del espacio. Porque las cosas se dirían por partida doble: vienen y a la vez ya están. Y el señor Yo, enésimo en el tiempo, enésimo en el espacio, se pondrá en marcha una vez más. Amén.
Y aquí ilustra una curiosa secuencia del pensamiento. Un escritor laico, Jorge Luis Borges, un filósofo con nombre de pintor, Francis Bacon, un libro sagrado, el Eclesiastés, un griego antiguo, Platón, todos a la cabeza de un cuento del primero, titulado precisamente “El Inmortal”. Así dice:
“Nada nuevo hay sobre la tierra. Todo conocimiento es remembranza. Toda novedad es olvido”.

XIV

Y me quedo pensando. La verdad, la neta, no sé. ¿Puedo hacer una preguntitita? Adelante. ¿Para qué? Para qué ¿qué? Para qué tomarse el infumable trabajo de existir, de vivir, si, en definitiva, no hay progreso sino circularidad. Una y otra vez ¿subir al tablado para representar la misma obra? Pues..., sí. Hay quienes ante esa perspectiva se deprimen, se autodestruyen o se vuelven contra los demás, sintiendo que sí, hay gato encerrado, Mamacita Naturaleza hace trampas. Todo será cancelado, mi furia destructiva es sólo la hiperminúscula anticipación del juego perverso del cosmos. Hay quienes así reaccionan. Pero no todos. Otros anteponen al juicio de razón el hecho imperativo. “La vida es un deseo, no una búsqueda de sentido”, declara Chaplin en Luces de la ciudad. Todo fue dicho. Todo está siendo dicho. Todo será dicho. Y aunque la obra no contenga variaciones, nadie recuerda el argumento y, libreto en mano, hay quienes están dispuestos a subir a escena y es más, lo harán con la alegría de interpretar lo que a sus ojos resulta nuevo. En cuanto a mí, a falta de algo mejor, me sumo:
¡Arriba el telón!