REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

El hombre


Germán List Arzubide

Hace cien años Emiliano Zapata, un hombre puro, limpio, que ganó un sitio privilegiado en la historia patria a base de sacrificios y luchas armadas, defensor del mundo campesino, dio a conocer el Plan de Ayala. Junto a Francisco Villa, supo mostrar el mayor valor ante los enemigos tradicionales de la revolución y contra aquellos que ya se veían como dueños del poder y del futuro de México. Ambos murieron víctimas de la traición. Pero su paso es imborrable, magnífico. Tanto Zapata como Villa fueron considerados por muchos medios de su tiempo como aventureros y bandoleros. Hoy sabemos bien que su sitio está entre los grandes héroes del país. Forjaron como nadie sus respectivas leyendas. El cine y la literatura les han dado notoriedad internacional. En México Villa y Zapata son auténticos mitos, figuras inmensas y recuerdo de momentos en que el país estuvo a punto de encontrar la grandeza que tanto ha querido.
Entre quienes han escrito acerca de Emiliano Zapata, se encuentra el destacado intelectual, uno de los creadores del estridentismo, Germán List Arzubide. El texto que a continuación reproducimos es un hermoso retrato del general asesinado en Chinameca y que nunca pensó en rendirse hasta no ver a los desposeídos a salvo de explotadores.

EL HOMBRE *
Germán List Arzubide

Digamos de qué manera se quiso destruir a este pueblo, digamos cómo el pavoroso asesino Juvencio Robles ideó el más siniestro plan de muerte y de exterminio para los surianos; cómo al comprender que el zapatismo era más que una rebelión, una lucha de vida o muerte para esos pobres, y que los pueblos todos advertidos de que con él se jugaban su destino, lo apoyaban, quiso hacer de Morelos un montón de ruinas y de sus habitantes míseros esclavos.
Así en su avance, todo lo redujo a cenizas. Al llegar a cada poblado ordenaba reconcentrarse a los habitantes en la plaza pública, dos horas daba para esto. Mientras iban llegando las mujeres, los niños, los ancianos, los impedidos, cargando sus pobres ropas en mezquinos bultos; queriendo salvar algo del escaso haber, el soldadón terrible, rodeado de sus oficiales, bromeaba y reía de los desgraciados y de sus sufrimientos, que él veía dibujarse en los rostros, y cuando finalizaba el tiempo, la tropa avanzando por cuatro puntos, iba incendiando y demoliendo las cabañas hasta no dejar sino humeantes ruinas. Luego los pavorecidos vecinos eran enviados en cuerda hasta México, donde se les abandonaba a morirse de hambre.
Pensad en el dolor de tantos que vieron, sin poder defenderla, arder su casa, el único refugio de su mísera vida; que luego fueron arrancados de sus campos y transportados como prisioneros hasta la capital, sorda a su intenso sufrir, y decid si este cuadro no es más terrible, más desconsolador que aquellos que los novelistas rusos nos dieron en sus libros tremendos. Decid si acaso estos conducidos que iban hacia la indiferencia, lejos de su solar nativo, que iban hacia el hambre, no cayeron en una Siberia más dura que la de los zares, puesto que los llevaban de propósito, al único lugar donde más habrían de vejarlos.
Y así las madres no volvieron a saber de sus hijos ni los hijos de sus padres, de los hombres que quedaron en el monte luchando y que al caer en manos de los federales eran colgados, porque Juvencio Robles “no quería gastar parque en matar tantos y prefería convertirlos en aretes”.
A lo largo de la vía, los pasajeros de todos los trenes del sur, recuerdan con espanto a los “colgados”. Negros, consumidos por el sol, con los rostros contraídos por el último dolor, el viento los agitaba como frutos de árbol dantesco; y eran así, desgarrados, trágicos y pavorosos, la imagen en síntesis sangrienta del indio mexicano, colgado por la cuerda de todas las persecuciones.
Y a este dolor terrible, Emiliano Zapata respondió con su persistencia: acosado, llevado hasta la sierra, en ella se refugió a luchar, y como si la tragedia de la persecución fructificara, vio crecer sus filas y vio cómo los pueblos respondieron con más fe en su lucha. Este dolor les dio más aliento. Entonces, ya nadie dudó un solo instante de que “el jefe” habría de triunfar, de que un día, el hombre aquél, ante la conciencia del mundo, habría de reclamar por sus hermanos, por los abatidos. Y apretándose alrededor de Zapata siguieron esta guerra sin cuartel. ¡Y el indio que durante cuatro siglos pasó arrastrando la vida, el indio que no tenía fuerzas sino para sufrir, aparecía junto a Zapata, pleno de ansia de lucha! Cuando nadie pudo conmoverlo, este hombre extraordinario lo erguía. Su tradicional desconfianza que sembró la secular explotación, se hizo pasión por el caudillo y creyó en él, y todavía fielmente adherido a su recuerdo y sabe ya, iluminado por las palabras que le oyó, que es necesario conquistar en eterna lucha la tierra para vivir la libertad.
¿De dónde hacía nacer este extraño combatiente la fe que le guardaron todos hasta el fin? Y era que la sinceridad de su afán se transmitía de su alma hacia la de todos, porque como los místicos de un ensueño, podía dar con su presencia de espíritu.
Quienes tuvieron la alegría de tratarlo, dicen que en la firmeza de su mirar había una infinita dulzura. Se adivinaba en él al hombre que lleva encendido de altitud el espíritu y había en su voz, al hablar de los indios, una suavidad de infinito amor. Por esto, todos lo siguieron adivinando en él al que habría de salvarlos. En su noche de esclavos, el caudillo ponía un resplandor y al aparecer sobre su caballo —alto, delgado, firme—, con el ademán, el porte de recia seguridad que entre diez mil le hubiera dado ser inmediatamente reconocido como el esperado, entre la tropa rural, de hombres que sólo conocieron la tarea sin fin en el campo del amo, debió ser como un temblor de sublimidad.
Era el jefe y nadie le temía, todos le amaban, todos le respetaban. Hombres a quienes el dolor de años y años de explotación los llevó a la venganza, y a los que su mano bondadosa arrancó del crimen; cabecillas que habían sembrado el espanto entre los burgueses, cobrándose con violencia las humillaciones del pasado, obligados a no seguir en tales hazañas, se revolvían enojados contra quien así se alzaba frente a ellos y al advertir al jefe, llenos de unción, tal vez de reverencia, acataron sus órdenes desde luego.
Y era también el padre: de una carta particular que escribió al general Jenaro Amezcua, entresacamos esta recomendación que es inmensa en su sencillez. Luminosa en su dulzura:
“...asimismo recomiendo a usted que de las veinte piezas de manta que le enviaron últimamente, tome dieciocho a fin de que en esa población hagan camisas y calzones, remitiendo dichas prendas a este Cuartel General. Las dos piezas restantes se servirá usted guardarlas. También recomiendo a usted procure obtener otras veinte o treinta piezas de manta para que se confeccionen las mismas prendas de ropa a que aludo arriba, enviándolas también a este Cuartel General…”
Si hay algo inmensamente humano en la historia de América está aquí. Aquí donde el jefe de los indios, cuida que no les falte, junto con el fusil y la tierra que será su liberación, el traje de manta que cubra su pobre carne que el sol de cuatro siglos de desnudez, quemó. Aquí donde el jefe, no es el adusto hombre de cuartel a cuya voz tiemblan los subordinados y a los que domina por el yugo disciplinario y la perpetua amenaza; es el padre —único héroe de un continente que merece este sentido nombre— que vigila porque sus hombres, sus muchachos, como los llamó, tengan, no el uniforme pretoriano que con su lujo insolente y vano, injuria la miseria del pueblo que lo paga; y que por eso mismo, separa al hombre que lo porta, arrogante y despectivo, del obrero y del campesino, con sus pobres trajes desgarrados; sino el calzón y la camisa de manta blanqueados por el sol, que él transformó, cuando llamó a los indios a la revuelta, en el uniforme del pueblo sublevado contra la esclavitud.
Sólo tú, padre de los humildes, pudiste dar órdenes así. No son ya las órdenes guerreras que truenan como descargas y golpean a través de los siglos como perpetuas amenazas, escritas con sangre en las páginas de la historia, sino las órdenes humanas, que los tristes llevan escritas en su desolada esperanza. Voces que alumbran el horizonte dolorido de los hombres.
Convencido de la justicia de su lucha, dentro de su corazón no guardó odios estériles ni malsanas pasiones. Por eso no persiguió sacerdotes ni cerró iglesias. Y cuando alguien, equivocando su conducta, lo llamó defensor de la religión, él respondió firmemente:
—Yo no defiendo la mentira, la desprecio. Yo no combato al cura, porque eso sería fortalecerlo. El cura es producto de la miseria y de la ignorancia del pobre indio. Esto se acabará cuando tengamos libertad, es decir, tierras y también escuelas.
Después de Zapata, nadie ha llegado tan profundamente a abarcar el problema religioso. Ha habido clerófobos, ha habido antirreligiosos, pero ninguno ha sabido comprender, como lo entendió él, que ahí existe, antes que todo, un problema económico y después de educación. Sobre él supo penetrar en la cuita del pueblo, porque él era también, hombre del pueblo.
Solamente un odio tuvo: odió con toda su alma la traición, él que iba a morir traicionado. “No temo a los míos —decía refiriéndose a los indios— porque éstos nunca traicionan. Les temo a los de las ciudades (criollos y mestizos) porque en toda nuestra historia, siempre se han vendido.” Y alguna vez que alguien se le presentó ofreciéndose por dinero, para asesinar a Carranza, lo rechazó indignado diciendo: “Soy hombre de honor y sólo combato de frente”.
Era, lo hemos de repetir, infinitamente humano. Por eso, cuando después de las batallas había prisioneros, hacía retirar a los soldados. “Esos son los que vienen de leva —decía— yo sé cómo se forman los batallones”, y recordaba cuando fue hecho prisionero en su primera rebelión, fue llevado al servicio militar; ordenando dar libertad a los simples soldados, muchas veces dándoles ayuda para que regresaran a sus hogares. A la oficialidad se le formaba consejo de guerra y el castigo dependía de las quejas que daban los pueblos sobre la forma en que habían sido tratados por los prisioneros. Pero si había voluntarios, si encontraba entre los cautivos gente que hubiera ido a ofrecerse para batir a los zapatistas y si además eran de la localidad, entonces su muerte era segura. “Esos son los traidores”, decía cuando alguien llegaba a pedir clemencia para ellos.
Era el pueblo en su más limpio origen y ésa era su fuerza. Exigía el traje del campo en sus filas: “Somos campesinos levantados en armas”, afirmaba. “Nosotros no cobramos sueldo. No portamos uniforme. Comemos el maíz que sembramos. Tenemos las armas que arrebatamos al enemigo.”
Su traje fue el del ranchero mexicano, el verdadero traje de charro de cuero para que resista las rudas labores del campo, propio para los largos días a caballo corriendo campos sin fin. Sin oriflamas ni adornos de oro y plata, por eso cuando hace algunos años se pensó en levantar una estatua al verdadero charro mexicano, que no fuera el traje teatral y mistificado del señor feudal que se viste con estruendoso lujo mientras los peones son vestidos de manta, dije: “Mi idea sobre el charro la personifica la figura de Emiliano Zapata. Esa enorme figura del revolucionario que despierta el recuerdo de Morelos, de Valerio Trujano, de don Pedro Moreno, llena toda la aspiración popular. Zapata, como símbolo de México, representa todo lo noble y todo lo bueno...” Y si en su traje era el pueblo, lo era más en sus costumbres: austero, honesto, sin vanidades, en su campamento no hubo nunca cortesanos; no hubo jolgorios, ni alcohol; tan sólo hombres de lucha. Junto a Zapata no hubo sino sacrificio y un batallar sin tregua.
Que de ello hagan pruebas estas palabras de Figueroa Domenech: “Así vimos desarrollarse la actividad zapatista: amenazar Cuernavaca y correr a amenazar Puebla y después Toluca. Huir de Huitzilac cañoneada, para caer sobre Fierro del Toro y echados de allí volver sobre Tres Marías por tercera vez, siempre en número Superior como si en ellos no se hiciesen bajas o como si sus muertos resucitasen para empuñar de nuevo las armas...” Y rodeados de un anillo de hierro y fuego, aquella carne de angustia, con su jefe al frente que no era el agitador palabrero y vacío, que no era el líder escurridizo y oportunista de nuestros trópicos, sino el jefe, el guía —remachaba su afán con su energía, su resistencia, su audacia. Y siempre al lado de sus muchachos, viviendo su misma vida de privaciones y de afanes, sostenía la más dura barricada para la defensa de los ideales del pueblo.


*Tomado de “El hombre” Germán List Arzubide. In Zapata (Selección de textos), José Ángel Aguilar. Biblioteca del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. 95-100 pp.